lunes, 31 de agosto de 2015

PRIMEROS PASOS (31 agosto 15 )

Sabemos que la memoria es altamente selectiva. Tanto picotear en los arenales del recuerdo para luego recuperar sólo algunos privilegiados granitos, sin que alcancemos los  motivos de  tal arbitrariedad en el desenlace.
Me di cuenta, durante el viaje de regreso de Velilla a Carrión, que no había insistido casi nada, únicamente de pasada, en contarle a don Teobaldo mis primeros pasos en el colegio. Los andares inquietos del día de ingreso y  de los casi dos meses que le sucedieron. Días que, sin duda alguna, fueron decisivos, para superar los prejuicios que sobre el convento yo me traía encima.
¿Sería posible vivir en un lugar tan insólito y distinto como era el vetusto monasterio de San Zoilo?

Eran las diez de la mañana. El caserón estaba aún desierto. Mi hermana, el último eslabón de la cadena familiar que me había acompañado hasta la inmensa puerta de entrada, estaría ya subiendo el puente con andar cansino y apesadumbrado por la encerrona de su hermano pequeño.

Desdibujado por la cortina de mis lágrimas, percibía yo apenas el patio de entrada, conocido como “El Cobertizo”, hacia el que suavemente me había empujado el frailecito portero

-Anda, anda… deja ahí contra pared maleta -me dijo el  Hermano- y date vuelta hasta llegada de otros chicos.

Por su habla, seguro que era de origen vasco.
  
Desde dentro la mole de la casona impresionaba aún más que desde el exterior.
El monasterio de San Zoilo era un enigma para la chiquillada del pueblo. Lo contemplábamos con respeto al bajar por el puente. La iglesia, fea y cuadradota, -la “mayor panera de Castilla” la había bautizado alguien- taponaba el horizonte de la vega con su cementerio monástico al pie y la interminable ristra de ventanales del aburrido edificio a ella adosado. Dentro había un centenar largo de muchachos cautivos a quienes mirábamos como bichos raros en sus escasas salidas por el pueblo. ¿Qué harían atrapados y sin salida dentro de la fortaleza?
Ahora era yo el que me hallaba en la panza de la ballena.

En el patio interior se veían las clases, cubiertos aún de polvo los pupitres y las pizarras.
En el centro una estatua del Corazón de Jesús. Sentado a sus pies estuve largo rato contemplando las andadas de una ristra de hormigas negras que se afanaban entre los pinillos medio resecos del jardín. Bastó un sencillo palitroque que les deshiciera el camino  para verlas desorientadas, azoradas y sin rumbo entre los hierbajos. 
¿No me pasaba a mí lo mismo?
El portero había dejado entreabierta la cristalera. A un tris estuve de colarme por ella y escaparme hacia la libertad. Sólo me detuvo la idea de tener que arrastrar yo solo puente arriba la pesada maleta.

Me atreví al fin a atravesar una especie de túnel al fondo del cobertizo. El pasadizo, después de unos tétricos rincones, daba a un campo de fútbol de tierra y, enfrente, a la inmensa huerta del monasterio.

La llamada “Huerta de los Frailes”, rodeada por altísimas tapias, tenía para las pandillas del pueblo un singular atractivo. En lo más alto de sus muros centelleaban al sol multitud de cristalitos, gruesos y puntiagudos, para protegerla de incómodos visitantes. Así y todo había chicos que se atrevían a trasponerlas, saltar dentro, llenar algún saquito de sabrosísimas peras  y echarlo al otro lado de las tapias donde esperaban sus compinches.

El Hermano, también vasco, que cuidaba la huerta sorprendió un día a dos de ellos. Les atrapó antes de que consiguieran saltar  la tapia. En la mano llevaba una hoz que blandía amenazante sobre los dos rapaces muertos de miedo.

-Fuera  pantalones!...vamos. O cuello cortado. A escoger, desvergonsados!
-No lo haremos más, padre, gimoteaba el más pequeño
-Padre yo no soy…venga, fuera trapos! 
-Por Dios se lo juro -decía el otro cruzando los dedos temblorosos.
-¡Eh! ¡eh!..  y a no jurar, chiquillo, que es pecado…

Con la hoz les hizo tiras los pantalones y les dejó luego saltar las tapias que, con las dentelladas de sus vidrios afilados, acabaron por dejárselos inservibles.

-Digan a madres que apañen calsonesAgur, sinvergüensas...

Pasó una temporada sin atracos a la huerta hasta que algunos desaprensivos saltaron de nuevo para hacer acopio de unas cerezas gigantes en los inmensos árboles que se veían desde fuera de las tapias. Esta vez les sorprendió el Hermano apuntándoles con una escopeta de postas de sal. Nueva bajada de pantalones. Uno de ellos, al ver el arma apuntándole la cara, se había ensuciado encima.  El Hermano apartó los pantalones con la punta de la escopeta.

-Seresas han descompuesto antes que las comerías, chico -dijo al ver la prenda manchada del aterrorizado chiquillo.

Les obligó así,  semidesnudos, a encaramarse al muro. Y cuando estaban en lo más alto, “pompis en pompa” les espetó dos sonoras descargas de sal en plenas posaderas. Los chicos cayeron entre aullidos al otro lado de la tapia.

-Si madres no quisieron coser  calsones -sentenció el Hermano gendarme- que remienden ahora culos… poca vergüensa

Hacia las doce del mediodía llegaron los primeros alumnos. Venían desde las estaciones de ferrocarril más cercanas donde les esperaba uno de los maestrillos del colegio.        
Gran parte del viaje lo hacían sentados sobre sus maletas en camiones o en la baca de los coches de línea que metían tres horas para hacer los cuarenta kilómetros desde Palencia a Carrión.

Los más antiguos iban animando a los novatos contándoles lo bien que se lo pasaban en el colegio.
Todos los alumnos nuevos habían superado los exámenes de entrada en sus pueblos respectivos. Allá donde surgiera la mínima demanda, en Galicia, León, Castilla, Asturias, Santander… acudían al comienzo del verano los Padres o Maestros examinadores.

Yo, gran y único privilegio en el colegio, estuve exento de tal selección. Siempre me quedó una duda. ¿Habría  superado esa prueba?

-¿A ti qué te pidieron? -le pregunté unos días después a Diego, gallego de Padrón,  en una de nuestras excursiones al campo
-Cosas. Primero hablan con tus padres… el cura del pueblo… a ver si cumples y cómo te comportas. Y en la escuela, a ver cómo andas de cuentas, si lees bien, cómo estás en las clases…
-¿Contigo no charlaron?
-Jolín que no…! Y tuve que hacer aritmética, y leer, y escribir una plana, a ver si era verdad lo que en la escuela les habían dicho
-¿Sólo eso?
-¡Qué va! Más de dos horas pasaron  luego sonsacándome cosas
-¿Como qué?
-Que si me gustaba rezar, comulgar o jugar a decir misa, que si quería ser misionero, que si me dormía rezando el rosario… Y otras cuestiones que no entendía mucho. Lo que yo decía se lo escribían  todo en sus libretas. Por último el maestro más joven me preguntó: ¿Te gustan las niñas?
-¿A que te adivino tu respuesta?
-¡Hombre! No es difícil. A las otras demandas iba yo contestando a casi todo francamente que sí o que no. A esta me puse colorado como un tomate… y ¿qué quieres?... pues naturalmente les dije que “no”. ¿O les puedes decir que “sí”?

La duda sobre la posibilidad de no haber aprobado la prueba de acceso al colegio quedó ahí suspendida. oscilando irónica, como la legendaria espada de Damocles.

Bajaron sudorosos y cubiertos de polvo, boquiabiertos ante el inmenso edificio: la colosal mole de la iglesia adosada a la mansión, las columnas de la entrada, la descomunal puerta guarnecida con clavos.
El recibidor se convirtió en pocos minutos en el andén de una estación de viajeros.

Era el 15 de septiembre de 1944.

-Tú no vienes de lejos, guaje -me dijo uno de ellos
-Pues no.  ¿Cómo lo sabes?
-Por esa tu maleta  más limpia que la calva de un fraile
-Soy de aquí, del pueblo -le aclaré
-¡Qué suerte, guaje! -dijo llevándose las manos a la cabeza- t’as librao de una buena. De Pola de Laviana hasta aquí llevo yo casi dos días, los lomos hechos trizas y más mareao que un besugo

Era asturiano. Se llamaba Pablo. Juntos formamos las primeras filas camino del piso más alto, hacia el dormitorio corrido de San Estanislao que era el de los pequeños. Los mayores tenían sus camarillas individuales en los pisos de abajo.

Algunos  de ellos vinieron a ayudar a los “pipiolos” o “pipis”, como se conocía a los recién llegados, a transportar sus fardos hasta el pie de cada cama.

Daban las doce en el reloj de la imponente torre de la iglesia. Como si fueran de soldaditos autómatas, las filas se pararon de golpe.
Uno de los mayores comenzó el rezo del “angelus”.Nos pareció algo raro. Pero era una vieja costumbre en el colegio.Siempre que sonaran las campanadas de las horas  en el reloj de la torre, si te encontrabas en patios o pasillos, había que pararse, rezar un Ave María y continuar  la marcha  luego como si tal cosa. A mediodía se recitaba el ·"angelus".

La siguiente ocasión en que vivimos esta norma fue esa misma tarde durante un partido de fútbol improvisado en el patio. “¡La hora, la hora!” gritó alguien a la primera campanada de las seis.
Los  equipos se detuvieron en el acto, excepto el delantero, uno de los nuevos, que tenía la pelota y de un tiro cruzado la metió por la misma escuadra izquierda de la portería. Al terminar el rezo surgieron airadas las protestas. El maestro vigilante amonestó al abusón. Anuló el tanto. Y marcó un bote neutro en el centro del campo.

Los alumnos mayores se encargaron de informar a los pipiolos despistados y desorientados. Nos iban mostrando  despacito las clases, los patios y salas de juego, la huerta y la piscina, el comedor, la capilla, la enfermería, la imponente iglesia.


Lo que más me impresionó fue el claustro plateresco. Nunca había visto una filigrana en piedra tan extraordinaria. Estábamos embaucados.

-Fijarse si San Zoilo es grande que pasamos  hasta la noche viendo cosas nuevas -les decía yo a la familia el día en que, a la semana siguiente, pasé un momento por casa, cuando me mandaron a por unos papeles al ayuntamiento.
-Ya verás, ya verás… -recordó patético una vez más el pesado de mi hermano Chus- cuando con la perra gorda en ascuas te hagan el redondel de la coronilla
  
Tampoco en esos primeros días nos soltaron grandes sermones de introducción. Nadie se metió con los nuevos. Ni nos hicieron novatada alguna, como las que estábamos acostumbrados a hacer en los maristas, que algunas se pasaban de castaño oscuro.

A los pocos días vimos que se trataba sólo de seguir los pasos al centenar de muchachos, silenciosos cuando tocaba estarlo y bullangueros cuando era necesario, y adaptarse a la “distribución” establecida desde los primeros días.

La naturalidad en el recibimiento y la constante ayuda de profesores y compañeros influyeron en nuestra rápida integración al ritmo de la vida colegial.

Sólo se dieron cinco casos de chicos que a las pocas semanas del ingreso volvieron a sus casas por miedo o por no poder adaptarse al orden y disciplina que la nueva vida les marcaba. Alguien les acompañó de nuevo a sus domicilios antes de que llegara noviembre y con él las primeras nieves.
A partir de esas fechas nadie podría salir de San Zoilo.
Porque Castilla quedaba incomunicada casi hasta el fin de la primavera siguiente con todo el norte de la península.

Ese era el motivo por el que el curso escolar no tenía interrupción ni vacaciones de los  alumnos en sus casas.
Diez largos meses seguidos. Interminables.
Los cortos períodos de Navidades y Pascua se pasaban enteramente en el colegio. Excepto para los que  vivíamos en Carrión o en los pueblos cercanos.

La primera noche fue de morriña a penas disimulada, de llantos silenciosos difícilmente contenidos y de alguna que otra pesadilla que sobresaltaba más aún a los que no podíamos pegar ojo.

Tres o cuatro veces oí las recelosas campanadas de la torre. Arrebujado bajo las sábanas recité las Ave Marías correspondientes. Había que acomodarse a los nuevos tiempos.


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