Llegamos
a Carrión a mediodía. Desde San Sebastián me acompañó mi hermana, libre por
unos días de las señoras de alcurnia y de la mala baba de su perrito faldero.
Estaba
ya avanzado el mes de septiembre. Por eso en mi primera siesta no pude ya
entrever las imágenes agosteñas que desde el lienzo medieval de la muralla se
proyectaban cada tarde en la blanca pared de mi habitación.
Mi particular "cine de alcoba" consistía ahora en rememorar, mirando al techo, los
detalles de mi primer viaje a la tierra vasca
.
.
Primero
los contrastes. El desfiladero de Pancorbo, entre Burgos y Alava, que el tren franqueaba
envuelto en volutas de humo cansado, marcaba las diferencias.

Hacia
abajo la monotonía inmensa de las llanuras.
Sol absoluto.
Los secos terrones
del barbecho. Las colinas amarillentas de los campos cosechados en verano.
Las
largas hileras de chopos y castaños de indias, guardianes de las carreteras de
Castilla.
Sobre las colinas o en
la falda de los empinados montes surgían a voleo los caseríos, los pueblos y
los rebaños, sin estridencias, arropados por la mañana en el vaho de la neblina
espesa y acompañados con frecuencia durante gran parte del día por el chirimiri
de las nubes bajas.
Y
luego el mar. Recostado en mi cama me sentía mecido, sin engorrosos mareos, por
el suave balanceo del estuario del Bidasoa o las temerosas olas de la barra de la Concha de San Sebastián.

Hasta
el punto de irme adormeciendo, sentado en lo alto del monte Jaizquíbel,
intentando traerme para el pueblo a toda mi familia vasca enmarcada en un
cuadro marinero que abarcaba la bahía entera de Txingudi, el Bidasoa, las tres
villas famosas de Irún, Hendaya y Fuenterrabía.
En lo alto de una barca verdinegra, que mis tíos, Carlos y el Portugués, empujaban mar adentro, iba Encarna, vestida de cantinera, tía Manuela que con su mole hacía zozobrar
peligrosamente
la embarcación, el metro y medio de tía Irune mirando al cielo y tía Valentina
despotricando en vasco contra una chalupa de nazis que en esos momentos zarpaba
de la orilla opuesta.
No
sé qué pintaba una chalupa de nazis en un cuadro de familia, pero el caso es
que de pronto lanzó un cañonazo. Su estruendo fue dando tumbos por todas las
montañas del amplio anfiteatro que forma el estuario del río Bidasoa. Una
bandada de patos pringados de barro surgió graznando bajo los ojos del puente
internacional. Y un toro de cornamenta descomunal salió de estampida de entre
los lodazales de la Isla
de los Faisanes. Bufaba desafiante todo a lo largo de la costa francesa hasta
que apareció una patrulla alemana. El astado ensartó uno detrás de otro a los
dos vehículos y al sidecar con los nazis dentro y los estrelló contra los
peñascos de los dos Gemelos en la playa de Hendaya.
La
chalupa ya no era un barco nazi. Se había transformado en una preciosa trainera
con mis dos primos a bordo. Nicolás enarbolaba el remo de patrón de la barca y
Carlos ondulaba la Bandera
de la Concha ,
el flamante trofeo de las regatas de San Sebastián.
El
toro gigante se había acostado mansamente sobre el río. Su inmensa mole cubría
casi las dos orillas y de su belfo reluciente empezó a brotar un escuadrón de
animalitos redondos y rojizos que rápidos corrían hacia mí copando la montaña.
Eran chinches. Quise huir pero mis pies, como sucede en todas las pesadillas,
estaban firmemente clavados en el suelo.
Me
desperté dando un gran alarido. En la mano tenía la caja de cerillas gigantes
de la casa de la higuera. La acaricié suavemente. Cuántas cosas tenía que
contar a mis amigos. Y a Anita la primera. Para decirle ante todo que no me
había encariñado con ninguna otra ni a este lado ni al otro de las dos
fronteras.
Pero…
los renglones ya estaban trazados y apuntaban a derroteros muy distintos. Esa
misma tarde fuimos a casa de la abuela María. Allí estaba su hermana, Sor
Dorotea, la monja de la Caridad. Estaba
también un cura alto y fuerte, ya mayor, de rostro amable y de mirada alegre.
-Es
el Padre Rector de los Jesuitas de San Zoilo, me dijo por lo bajo tía Carmen.
Anda, bésale la mano.
La
escena siguiente se desarrolló con una insospechada rapidez. Sin más preámbulos
ni presentaciones la monja levantó el
crucifijo del gran rosario que llevaba colgado a la cintura, lo puso
luego sobre mi cabeza y, con los ojos cerrados, profetizó dirigiéndose al
jesuita:
-Este,
padre, será el sucesor de nuestro hermano mártir, del jesuita Valentín
Mayordomo, vilmente asesinado por los republicanos sólo por proclamar su fe en
el ejercicio de su menester sacerdotal. Así nos lo ha concedido la Providencia
-Amén
Jesús, dijo persignándose tía Carmen
-Esperamos
que el chico cumpla con creces vuestras expectativas, añadió solemnemente el
señor Rector
Mi
hermana y la sra. Feli contemplaban el cuadro sin demasiado entusiasmo. El sopetón me había dejado a mí, el protagonista
de esta solemne investidura al estilo de las mejores páginas de un libro de
caballerías, sin opción a la palabra. Era sin duda una encerrona. Una
conspiración.
La
conjura se había perpetrado en mi ausencia durante las semanas anteriores. Los
conspiradores: tía Carmen, Sor Dorotea y el jesuita Padre Abarquero, allí
presente. La Providencia , a la que la
monja invocaba, había movido muy bien los hilos del azar o de las coincidencias
del momento.
Tía
Carmen trabajaba entonces en la lavandería de los jesuitas de San Zoilo. El
Rector de ese colegio había sido durante largos años compañero de estudios y
ministerio del mártir Padre Valentín Mayordomo. Sor Dorotea “de la Providencia ” supo
aprovechar una vez más las circunstancias. Ya lo hizo, años atrás, al terminar
la guerra, para mi ingreso en el colegio de huérfanos de Palencia.
Ahora
acababa de ponerme mesa, cama y pupitre en el flamante y reconocido
Colegio-Seminario del Sagrado Corazón de los jesuitas de Carrión de los Condes.
Antes
de marcharse el P. Rector me dejó el último número de “Carrión”, la revista del colegio, para que fuera “enterándome” de algunas cosas
de allá dentro.
-Las
clases empiezan la semana que viene –dijo con una sonrisa amable al despedirse-
te esperamos
-No
te apures por tus sábanas o por tu ropa -había dicho tía Carmen- Yo te las
cambiaré cuando toque y te mandaré las limpias a tu camarilla.
Madre
no quiso venir. Habíamos hablado varias veces en esos días. Yo la notaba
triste.
-Hay
muchas familias como la nuestra - me dijo- que nunca podrán costearse los
estudios para sus hijos. Por eso los seminarios y conventos están de bote en
bote.
Y
era verdad. En Velilla de Guardo teníamos un primo de mi edad, Camilo, que se
había metido en los dominicos. Yo mismo en las Vascongadas había oído que había
pueblos como Azcoitia o Azpeitia que, entre monjas y frailes, tenían más de
cien de sus habitantes en casas religiosas.
-¡Qué
potra tienes, rediola! -me había
comentado Alonso, uno de los raros de la pandilla con quien pude contactar en
esos pocos días- Jobar…!! ¿Qién
pudiera?!
También
me habló Alonso del disgusto que tenía
Anita, que se consideraba algo así como burlada y dejada en la estacada por un
desertor.
Por
supuesto que madre me planteó también la posibilidad de renunciar a esa
oportunidad que tantos anhelaban. Creo que ambos no teníamos, ni mucho menos,
las cosas claras.
Arrastrando
los pies, no sé si por el peso del maletón o de un fardo interno que me
aplastaba desde el cogote hasta las mismas plantas, franqueé a duras penas el
portón de aquella descomunal fachada.
Pasar
página pensé. El primer capítulo había terminado.
El
fraile diminuto tuvo que empujarme suavemente para transponer la cristalera que
daba al patio de entrada al colegio.
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