
Yo le describía mi experiencia de
esos dos primeros años. Los primeros pasos titubeantes, el acomodo a una vida
extrañísima en los primeros momentos pero cada vez más tolerable e incluso,
en muchos momentos, absorbente y
atractiva para un chico de mi edad.
-Me lo temía. Has caído en sus
redes como cualquier conejillo de estos altozanos sucumbe a los ardides de sus ojeadores
-Bueno, bueno…-le repliqué yo
enseguida- excepto cierta emboscada que
me tendió mi tía la monja en casa de la abuela María, y que por eso estoy donde
estoy, yo no me he visto metido en otra ratonera. En San Zoilo nos lo dicen
bien claro. “Todas las mañanas pasa por la puerta del colegio el coche de línea
Guardo-Palencia. El que no quiera seguir aquí, coja el pescante y…agur !”
-¿Cuántos lo han hecho?
-Quince este año. Veinte el
anterior
-De un total…?
-De ciento treinta más o menos
Estaba esperando que me
preguntara cuándo me tocaría a mí hacer lo mismo.
Pero no. Me invitó a que nos
acercáramos a su “bohío” como él decía. Era una casita apartada del pueblo. Con
dilatadas vistas a la cordillera por un lado y al bucólico Valle del Brezo, por
el otro.
Sobre la chimenea del comedor, el
lienzo entero del muro estaba totalmente
recubierto de libros. Más de dos centenares, seguro. La mayor parte parecían
antiguos.
-He tenido que ponerlos -dijo
mirándolos con mimo- ahí, en el testero. Al regazo de la lumbre. Para que no claudiquen ante las celliscas de
todos los demonios que nos embisten durante el invierno. Ahora en verano les
abro todas las ventanas. Así tomarán hálito de estas brisas que son las mejores
del planeta.
Luego bajó la voz, en tono casi
confidencial.
-Hay que mimar a los libros, muchacho. Más, si cabe, que a los mortales. Cualquiera de ellos es menos veleta y farsante que los humanos. Un libro es siempre fiel a sí mismo y nunca se desdice ni trapichea con su alma.
-Hay que mimar a los libros, muchacho. Más, si cabe, que a los mortales. Cualquiera de ellos es menos veleta y farsante que los humanos. Un libro es siempre fiel a sí mismo y nunca se desdice ni trapichea con su alma.
Hice ademán de tomar un grueso volumen
encuadernado en piel burdeos y cantos dorados. Me paró en seco.
-Nooo!. Ni se te ocurra. Si aquí
estuviera el piadoso juez Palacios, se te hubiera abalanzado como una fiera.
Para impedirte que ni siquiera quitaras
el polvo a uno solo de esos volúmenes
-¿Por qué?
-¿Sabes lo que es el Índice
de los Libros Prohibidos por la Santa Madre
Iglesia?
-Sí… bueno, algo nos mentaron un
día en clase

Extrajo un pálido volumen en
rústica. Mientras lo hojeaba con no disimulado desaire fue comentando:
-Está editado en Italia. Figúrate
que aquí dice que por primera vez aparece en la lista uno de tus jesuitas
llamado di Goberti. Bueno, no te voy a escandalizar con nombres. Un día
llegarás tú a ellos. Tal vez entonces estén ya libres de los grilletes a los
que una supina insensatez les ha encadenado.
En el lomo de algunos volúmenes
pude descifrar desde la distancia ciertos autores: Voltaire, Rousseau, V.Hugo, Zola…En
la esquina derecha de la chimenea reposaban dos libros algo más nuevos del
escritor valenciano Blasco Ibáñez.
-En realidad he venido a buscar
éste
Encaramado en una vieja cepa que
le servía de taburete cogió de la estantería más alta un pequeño libro.
Ya en el exterior, sentados bajo
una gran chaparra, me mostró sus tapas
amarillentas, RAMÓN PÉREZ DE
AYALA, A.M.D.G, LA VIDA EN
LOS COLEGIOS DE LOS JESUITAS, NOVELA, al tiempo que me preguntaba con pícaros ojuelos
-Seguro.
La mayor parte de nuestras composiciones o ejercicios literarios los empezamos
en el colegio con IHS (esquina superior izquierda) y los terminamos así, con
AMDG (centro inferior de la página) “Ad
Majorem Dei Gloriam”
-Puesto que deduzco, por lo que
me has contado, que ya dominas los latines con cierta soltura no necesito que
me des la traducción corriente de ese lema jesuítico
-Mi compañero Salvador, en unos
de sus primeros ejercicios de traducción latina, lo tradujo: “A Gloria le dieron la mayor”
La carcajada de Teobald0 llegó a
hacer eco en la cercana sierra.
-El pobre Salva -añadí yo- lo
hizo con todo el hígado, sin malicia. Pero el profesor creyó que le estaba
tomando el pelo y le endilgó una página de “pensum” latino para aprender de
memoria que le costó los recreos de tres días.
Cuando Teobaldo se repuso de su
ataque de risa inició una larga explicación de la novela.
-Te contaré. Si te interesa, claro…
-Hombre…Sólo con ver el título…
Se arrellanó bien sobre la
hojarasca que cubría las raíces del inmenso árbol. Lo cual me daba a entender
que el discurso iba para largo. Y prosiguió.
-Hace apenas medio siglo, cuando
en 1910, publicó Don Ramón esta novela, o panfleto mejor dicho, la expresión latina AMDG, “A Mayor Gloria de Dios”, revelaba sólo una cosa. Para la mayoría
de los progresistas de medio pelo de entonces el latinajo era algo así como el
paraguas de la corrupción, del oscurantismo y abusos de todo tipo que los jesuitas infligían a sus feligreses
y especialmente a los niños encerrados en sus escuelas.
-Pues a mí me parece…-dije yo
perplejo- Bueno, ahora…
-Que ahora de todo eso nada. Y me alegro de haberlo
oído de un joven testigo como tú. Ese era el interés que me guiaba al preguntarte tantas cosas
sobre tu escuela y sus moradores. Porque debes conocer además una coincidencia chocante. Gran parte de la
novela de Pérez de Ayala está escrita en los escenarios del San Zoilo de
Carrión de los Condes. Allí vivieron muchos de sus protagonistas durante los
cursos 1889 a
1891.
-Qué interesante, oiga. Una
novela de mi colegio.
-Muchas páginas coinciden con lo
que tú me has ido describiendo de la casona y de la organización de la vida colegial en San
Zoilo. Otras…
Entonces se explayó sobre el
escándalo que supuso la descripción que
la novelita hace de un curso escolar en un internado de los jesuitas. Alumnos
glotones, pendencieros o borregos. Curas rigurosos y crueles, místicos,
seductores y afeminados. Energúmenos prepotentes algunos y analfabetos casi todos. Descripciones tétricas sobre
ejercicios espirituales. El marido de una mujer se suicida porque la ve enamorada
de uno de los padres del colegio, precisamente el místico. Un alumno, Coste -dijo
que se llamaba- murió como consecuencia de uno de los frecuentes y brutales
castigos. A un tal Bertuco, alumno protagonista, logran por fin sacarle de tan lóbrego
escenario y tras él hasta el mismo rector jesuita se sale de la Compañía de Jesús.
-Como ves, un argumento
edificante y modélico
-Y que lo diga…
-Aunque lo más grave estaba aún
por venir -siguió Teobaldo- Ocurrió veintiún años después. En el año 1931. Estaba
yo entonces en Madrid. Una mediocre adaptación teatral de de la novela AMDG se
estrenó el 7 de noviembre de ese año en el teatro Beatriz. El escandalazo que
le acompañó fue de volteo de campanas. Bastonazos. Bofetones. Una butaca
volandera me pasó rozando la cabeza. Intervino la guardia de asalto. Se
llevaron a cerca de cuarenta amotinadores projesuitas a los calabozos.
Teobaldo apuntalaba su narración
con gestos exagerados que le dejaban a uno boquiabierto.
-Yo vi a D. Ramon al día
siguiente -añadió a modo de confidencia - en casa de unos amigos. Estaba apesadumbrado.
Porque entonces Pérez de Ayala era
embajador de España en Londres y temía la repercusión de los disturbios del
teatro Beatriz en la sociedad inglesa. Por de pronto Ayala aclaró que la obra AMDG
no reflejaba el ambiente de todos los colegios de jesuitas, como, si miras al título, indicaban las primeras
ediciones de la misma. Se trataba sólo de la vida en un colegio concreto,
situada de inicio en San Zoilo de Carrión de los Condes, en la provincia de
Palencia, y luego en el Colegio de los Jesuitas de Gijón en Asturias.
-O sea que es verdad -le
interrumpí yo- parte de los horrores que ahí se cuentan tuvieron lugar donde yo
vivo.
-Y donde habitó el mismísimo
Pérez de Ayala.-¡Anda! ¿Ayala vivió en San Zoilo? ¿De veras?
-Sí. Pero tienes que saber,
mocito, que lo que ahí se cuenta son sólo hechos novelados. Toda novela es una
ficción. Manufactura de la imaginación de su creador. Si aceptamos que la
imaginación es en gran parte fruto de nuestros recuerdos podemos deducir que
Ramoncín Pérez de Ayala no debió pasarlo bien en los tiernos años de infancia
que estuvo en tu colegio. Adóbalo luego con el beligerante ambiente
antijesuítico de años posteriores… y de
la coctelera puede salirte un bodrio como el que tengo ahora entre manos.
-¿Y todo eso les hizo daño a los
jesuitas?
-Que si les hizo…! -prosiguió
Teobaldo con las manos en la cabeza-. En ese mismo año 31, en el mes de mayo, se habían incendiado cerca de un
centenar de sus casas en España. No me acuerdo en qué ciudad un cartelón
rezaba: “A las once y media de la noche, carrera de frailes en la
Gran Vía ”.
-¿Qué brutos! -dije yo.
-Pero faltaba la guinda final
-Más aún…?!
-Sí, guapo, sí. El 23 de enero de
1932…
- Justo quince días antes de que yo
naciera
-Pues ya ves, naciste casi con el
decreto oficial -por mandato constitucional- de disolución de la orden de los
jesuitas y la incautación de todos sus bienes.
Todos los estudiantes se fueron al exilio y el resto se dispersó por donde buenamente
pudo.
-Pues de todo eso -dije recapacitando
un instante- no nos han mentado ni pizca en las clases, ni fuera de ellas. Y
fíjese que ahora me acuerdo que uno de esos “dispersados” que usted dice fue un
tío abuelo mío jesuita. Que lo despeñaron en 1936 las hordas marxistas desde el
faro de Santander con un peñasco atado a las piernas según cuenta a todo el
mundo su hermana monja, y tía mía, Sor Doretea.
-Eso les honra. A tus profesores.
¿Para qué emponzoñar a oos niños y jóvenes con recuerdos de insensatas
calaveradas?! Tiempo habrá en que las descubráis por vosotros mismos y las
paséis por el tamiz de vuestras experiencias. La infancia y la adolescencia son
épocas de ensoñación. Un vivir en la realidad sin haber entrado todavía en
ella. Pretender volar sin tener aún la
nervadura de las alas. Soñar semidespiertos. Contarse a sí mismo la existencia
de todo, reducido a la estatura de cada uno. Nefasto será el educador que
ignore tal circunstancia. Que irrumpa empotrando diques en esa corriente
natural con el devaneo estúpido y tan
frecuente de formar seres “a su imagen y semejanza”.
Le pedí, casi le supliqué, que me
dejara el libro. Yo leía muy rápido. Podía sin duda acabarlo en los dos días
que aún me quedaban de estancia en Velilla.
-Vade retro, Satanas, -replicó vehemente- Ya le he dicho, muchacho, en qué “Sagrada Colección”, prohibida a todos los cristianos grandes o chicos, se encuentra esta novela.
Y añadió, ya un poco más
relajado:
-Ni a usted, amigo, le conviene aún su lectura. Ya llegará el día. Además que el escándalo que a mí me salpicaría, si se la dejara, sería más sonado que la batalla de Lepanto.
-Pues no haberme encandilado con la dichosa obrita -le dije muy enfadado- Usted sí que se ha aprovechado de todo lo que le he contado
-Ni a usted, amigo, le conviene aún su lectura. Ya llegará el día. Además que el escándalo que a mí me salpicaría, si se la dejara, sería más sonado que la batalla de Lepanto.
-Pues no haberme encandilado con la dichosa obrita -le dije muy enfadado- Usted sí que se ha aprovechado de todo lo que le he contado
Cambió de color su rostro. Estuvo
unos instantes con la mirada perdida en el nevado horizonte. Se quitó el
sombrero. Puso el libro dentro y lo tiró a mis pies. Y se arrodilló a dos
pasos, la cabeza gacha y los brazos caídos como un penitente.
-Cierto, chaval. La verdad excluye toda contrarréplica -susurró mansamente- Estoy abatido. No me queda sino manifestarle la más sentida de todas mis excusas…
Nunca me había visto en tal
aprieto. La situación era por un lado de un cómico subido. Por otro yo intuía
haberme pasado en la reflexión que le hice al bueno de Don Teobaldo. Sin
pensarlo más cogí el chambergo con el libro y se lo encajé en la cabeza medio
pelona.
Todo terminó en una doble y
estrepitosa risotada. Teobaldo entró luego en su casa para dejar la novela. Salió
enseguida con un papel en la mano. Me lo entregó y echó a correr, trotando como
un potrillo revoltoso.
El papel decía en grandes
caracteres: “A.M.D.G.” =“A
Merendar De Gorra”. Desde los
cincuenta metros con los que se había adelantado, gritó, blandiendo en el aire
su cayado:
-Allá vamos, carrionés. A merendar de gorra en casa del Juez Palacios, que tiene los mejores torreznos y la cecina más exquisita de todas las Castillas.
-Allá vamos, carrionés. A merendar de gorra en casa del Juez Palacios, que tiene los mejores torreznos y la cecina más exquisita de todas las Castillas.


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