domingo, 16 de agosto de 2015

EL FIN DEL IMPERIO (16 agosto 15 )

 -¿Mearse en la pila de la iglesia –preguntó Silvio, el de la carnicería a Pepín-  quita las propiedades del agua bendita? 

Eso pasó un domingo, cuando estábamos en la doctrina, poco antes de la misa de doce. Con todas las puertas de la iglesia cerradas para que no entraran gatos o perros vagabundos. El pobre Silvino no se aguantaba. Salió del corro hacia el fondo de la iglesia. Y no se le ocurrió más que auparse de rodillas en el borde y aliviarse en la pila del agua bendita.

Era una pila antiquísima. De la Edad Media. Que servía también como pila bautismal. En ella habían cristianado durante siglos a multitud de fieles tanto nobles como plebeyos.



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Cuando se abrieron las puertas para la misa, fueron pasando las beatas y demás feligreses. Mojaban los dedos índice y anular en el agua tibia y amarillenta de la pila y se santiguaban besando al fin piadosamente los dos dedos humedecidos.
Alguno frunció el ceño ante el ácido olor y sabor del agua bendecida. Pero aun así beatas hubo que repitieron varias veces la ceremonia. Porque el agua bendita de la pila tenía la virtud de perdonar y eliminar los pecados veniales de la gente

Esa era la preocupación del chico. Que  con la contaminación de sus aguas menores  no se les borraran a las piadosas gentes los pecados y salieran de la iglesia tan impuros como habían entrado.

-Pues dile a tu amigo que no se preocupe -comentó el Hermano Roger-  El agua bendita, aunque le caiga una rata dentro, no pierde sus atributos
-Ya se lo diré al Silvi. Porque es que del escrúpulo le dan al pobre unas movidas de tripas que no vive.
-Algo hizo mal ese chico -siguió comentando  Roger-  Profanar la historia de esa pila venerable. Y ser irreverente. ¿A quién se le ocurre  hacer pis precisamente en un lugar donde inclinaron su cabeza para “estar” bautizados tantos personajes ilustres del pasado?!

Silvino es que era un chaval  pero que muy despistado y  bastante chistoso. Cuando recitaba en clase la lista de los reyes godos  les añadía siempre “Daoiz y Velarde”, los héroes del 2 de mayo en Madrid. Y terminaba la retahíla de los cabos de España con el “cabo Armendáriz” que  era uno que había hecho la mili con su padre.
Gonzalo sugirió que le invitáramos a formar parte de la pandilla. Porque además de gracioso y a pesar de despistado, era el que más sabía de juegos de cartas, trueques de cromos, golpes de canicas, chapas, tacos de goma y piques de peonza.
Sería algo así como el hechicero de nuestra tribu. De paso nos explicaría cómo se las daba para que le sobrara al fin de semana la mitad de los veinte céntimos de propina que recibía en casa los domingos.

Yo tenía de propina veinticinco céntimos en los fines de semana. Ir al cine Sarabia a una del Oeste, comprar una manzana roja acaramelada, varios chicles para invitar y un fajo de cromos de futbolistas. No te daba para mucho más…
El  club de fútbol Español de Barcelona era mi equipo. Tardé dos ligas en hacerme con los cromos de la alineación completa. Luego empecé con el Valencia. Hasta juntar la “delantera eléctrica”: Epi, Amadeo, Mundo, Asensi y Gorostiza. Y fui simultaneando a ratos con el Castellón. Solo porque me llamaba la atención el uniforme a rayas blancas y negras que este equipo llevaba.

Silvino no llegó a entrar  sin embargo como último azteca en la pandilla. Nos quedamos así sin saber  cómo se las agenciaba para tener tacos de todos los equipos de Primera  y además que le sobrasen más de cien cromos, que no intercambiaba sino que vendía a toda la chiquillada del pueblo.

-Este gachó -pronosticaba Zalito- llegará a ser un día ministro de  las finanzas

La catástrofe  nos llegó una tarde de la primera semana de julio.

El complejo azteca estaba terminado. Había que proceder a su inauguración. La celebración, a grandes rasgos, era calcada de los festejos que para las grandes solemnidades del Imperio describían los libros sobre la conquista de Méjico.

Era necesario sacrificar a un prisionero. Arsenio partió a tender el cepo al más lustroso conejo de campo que encontrara en las madrigueras que él sabía.
Volvió con una liebre. Un ejemplar precioso de unos dos kilos y medio. Digna de representar a los apuestos prisioneros a quienes  los aztecas, durante los meses que precedían a los sacrificios, acicalaban, engordaban y trataban a cuerpo de rey para ofrecérselos al ídolo Huitzilopochtli.
Rubio se encargó de anestesiar a la liebre con dos certeros golpes detrás de las orejas.

La procesión ritual empezó en el lugar del Consejo Azteca que también llamábamos la Tabacalera. Era el sitio donde “el Pupas” liaba, y donde todos saboreábamos, los cigarrillos de hierbas y hojas de castaño de Indias.
Siguió el desfile hasta la sala de Palacio. Cada uno cogió allí una de las coronas de plumas preparadas  de antemano durante largas semanas. Dejamos las camisas apiladas en un rincón.
Y así, emplumados y con el torso desnudo, llegamos a paso lento hasta el gran Templo. La liebre-víctima quedó recostada en unas parihuelas, al fondo de la estancia.
Antes de desollarla, y enseguida rociar con su sangre las llamas y asarla para el gran festín, había que alumbrar una buena hoguera. Alonso había traído para luego dos botellas de gaseosa que estaban refrescándose en el río. Y dos enormes tortas de aceite como acompañamiento.

Para hacer la hoguera se seguía el ritual del “fuego nuevo”. Según las tradiciones de los aztecas cada medio siglo había que sacar una lumbre nueva desde el “Cu”, un templo edificado en una alta montaña que llamaban “la colina de la estrella”. 

Si el fuego se encendía era señal de que el mundo seguía adelante.

Serían las cuatro de la tarde. A través de la apertura dejada en el techo oblicuo de la sala debería posarse un potente rayo de sol sobre el montoncito de maleza seca colocado en el centro del Templo. Exacto. El rayo, cuajado de danzarinas motitas de polvo, se posó sobre las hojas secas.
Sixto aplicó entre el rayo y la hojarasca una lupa que él usaba para su colección de sellos. Pasaron largos minutos.

El fuego no venía. El rayo de sol amenazaba con desaparecer de la claraboya. ¿Se acabaría el mundo?


Alguien sugirió que para animar la ceremonia los pontífices aztecas emplearían cánticos o fórmulas mágicas y danzarían como posesos en circunstancia semejante. No se nosocurría nada.  Hasta que Zalito, gesticulando exageradamente empezó a berrear
:
“El cuscús que hacen los moros / es una pasta que no se toma
compuesta de jimijama / que no hay cristiano que se la coma ¡
Mojama  jimijalama / mojama jamatelá
Ay mojama jimijalama / ay mojama jamatelá....¡¡¡”

Ya llevábamos ocho o diez frenéticas vueltas vociferando la improvisada marcha guerrera. Exhaustos.

Asomó  de pronto un tenue hilillo de humo sobre la hojarasca. Echaron todos cuerpo a tierra y empezaron a soplar con fuerza. Las hojas secas volaron en todas direcciones.
Sixto logró atrapar al vuelo una pequeña hoja aún humeante. Y para impedir que se apagara del todo acabó de encenderla con la mecha del chisquero.

Prendió la hoguera. Tenía cuatro troncos secos y una cepa sarmentosa de viña en el centro de la estancia. Era el lecho final para el sacrificio. El mundo seguía su camino.

El ritual decía a continuación que así, emplumados pero completamente desnudos, procedía un buen baño purificador en aguas cristalinas.
¡Cuánto sabían aquellos aztecas! Era lo más normal que una agotadora danza sagrada pidiera un baño reparador. Era la fusión de  lo práctico y de lo funcional.

Pero esta vez la tal sabia fusión se convirtió en una espectacular hecatombe. Llevábamos quince minutos de saltos y chapuzones desde una roca en promontorio a la poza del remanso del río,  cuando alguien gritó desde la otra orilla:

-Eh! Chicos....Fuego!! Fuegoooo!!!...

Miramos todos en dirección al pueblo. Pero continuaron chillando a voz en grito que no era allí... que era detrás... en la chopera (¡!)...
Fue Rubio el primero que salió corriendo hacia el campamento. Con las manos en la cabeza.
A medio camino, viéndose desnudo, bajó los brazos para taparse las vergüenzas. Y así, haciendo eses, apretando compulsivamente el culo y corriendo como una señorita, logró llegar el primero a la ciudad en llamas, rescatar algunos pantalones y camisas y volver con la cara y el cuerpo tiznados. Medio asfixiado.

Sixto entregó inmediatanente a Arsenio, “el Pupas”, dos prendas cualquiera.

-Márchate -le dijo- date prisa. Tú no has estado aquí esta tarde. Ni nunca. ¿Entendido?

El chico echó a correr y desapareció sin vestirse aún en dirección a los Viveros. Los demás estábamos paralizados de terror. Alonso lloraba sin consuelo apoyado contra el tronco de un árbol.
Llegaron cuatro hombres que no lejos de allí estaban saneando un cuérnago. Traían palas, algunos baldes desconchados y cuatro gruesos capazos de goma negra.

-Moveisus, chicos..! -vociferaba uno de ellos- No sus quedéis ahí paraos...rediola!!!
-Venga, lloricas,  so mamones...! Con lloros no apagaréis nada -decía otro, mientras arrancaba las ramas de las paredes de la choza y arremetía con ellas como un toro contra las llamas
-Traed agua del río… o mead encima de las llamas… maulas!!

Transportamos agua. Innumerables baldes de agua que con el azoramiento y  los tropezones llegaban medio llenos a su destino. Y también tierra que se echaba sobre las ramas y sobre los troncos y tablones aún en ascuas esparcidos por los alrededores.
Al cabo de media hora estaba dominado el incendio. Se había conseguido que no prendiera en los gruesos árboles que sustentaban el tinglado de la Gran Ciudad Azteca.

Para evitar nuevos brotes, echamos al río las ramas aún humeantes. A lomos de la corriente, coronadas algunas por los penachos de plumas de la ceremonia, se iban perdiendo mansamente río abajo. Subían y bajaban haciendo guiños al  Padre Sol poniente.Al llegar al último remolino giraron sobre sí mismas y se inclinaron todas hacia la orilla desde la que mirábamos incrédulos y llorosos su escapada. Era su saludo de despedida.

El Imperio había terminado.


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