sábado, 8 de agosto de 2015

ANCHA ES CASTILLA (8 agosto 15 )

Al principio, el punto de encuentro de la pandilla era el mirador detrás de la iglesia de Belén. Era el punto más alto de todo el pueblo y también el más alejado del colegio. Más que iglesia, Belén parecía un castillo. Desde el mirador se dominaba toda la vega carrionesa. Debajo de la escarpada muralla formaba el río un meandro con orillas arenosas.


Los que habían visto el mar decían que era algo así como una playa. Luego choperas sin fin. Huertas, alamedas, cuérnagos  y arroyos.

En frente, la mole inmensa del monasterio de San Zoilo tapaba en parte la llanura fértil.




Era muy peligroso bajar directamente de Belén al río. Porque si no frenabas a tiempo podías precipitarte en una de las pozas del Carrión y quedar engullido por algún remolino traidor. Eso le pasó un día a Rubio. Tuvo suerte, porque la corriente le echó suavemente hacia la playita. De lo contrario le hubiera arrastrado hacia el primer ojo del puente, y hubiera desaparecido como le sucedió a un hombre borracho que se despeñó desde lo alto, quedó atrapado entre el barro y los ramajes del fondo y sólo apareció dos días después,  dos kilómetros río abajo, amoratado y más hinchado que la barriga de una mula.

Nuestro punto de reunión fue desde entonces  el Plantío, al otro lado del puente, lejos de playas, meandros y remolinos.
Rubio era el más alto de todos nosotros. Nos llevaba casi la cabeza. Eso le daba ventaja en el particular concurso que montamos en la chopera del fondo del Plantío, junto a la puerta de una tapia que en ese lugar perdía su cobertura de enredadera y dejaba al descubierto un reluciente muro de tres por tres.

Allí se hizo la palestra del gran desafío. A ver quien meaba más alto contra la pared  y quién llegaba más lejos a lo largo del muro, desde la puerta hasta el borde de la enredadera. El concurso era los lunes y  los jueves a las seis de la tarde.
Me nombraron secretario. Me agencié una cinta de modista de dos metros, que la tía Carmen guardaba en un cesto de costura, y una libretilla para anotar las puntuaciones semanales.
Rubio tenía que doblar las piernas para soltar el chorro, hasta quedarse a la altura de cualquiera de los demás. Alonso, que era el más pequeño, podía subirse encima de dos ladrillos. A cada cual lo suyo.
Sujeta a un palo, por si la hazaña superaba los dos metros, se aplicaba la cinta a la pared o al suelo. Uno y cuarenta. Uno noventa. Dos. Tres metros. Las marcas eran mejores a lo largo que a lo alto. En el primer mes Sixto era campeón de altura: dos metros diez. Rubio lo era de longitud: tres con cuarenta. Había quien, desde por la mañana, se pasaba horas sin orinar para tener más recursos a la hora del certamen. Otros se bebían un litro o más de agua a las cuatro en la fuente del colegio.

El concurso no duró  ni dos meses. A pesar de montar guardia, hubo chicas que se enteraron y se chivaron, dándole una interpretación muy diferente a nuestro inocente pasatiempo.
Además el dueño del corral empezó a percatarse de que la puerta y el muro no olían precisamente a rosas. Así que un buen día, abrió de sopetón la puerta y nos soltó a un perrazo enorme. A más de uno se le cortó de cuajo la corriente. Otros hubo que se mojaron los pantalones en la desbandada.
Por esas y por otras razones, los perros no eran  precisamente los animales de nuestra devoción. Ni los gatos. Ni los murciélagos.

Confieso que había algo de sadismo y un poco de ensañamiento en nuestra relación con esos animales. Pero nos retorcíamos de risa al ver los saltos, las carreras y córcovos de un gato con dos botes atados a la cola.
Y una vez puesto, a ver quién le quitaba el bote al gato.
Uno de los mininos, cansado de tanto correr, se tiró el pobre al río. Le seguimos corriente abajo mientras boyaba maullando lastimero. Poco a poco los botes se llenaban de agua y el animal se hundía sin remedio. En el paso estrecho, debajo de las eras del matadero, alguien, al borde de una cueva a ras del agua, le arrojó una rama y le sacó a la orilla. Estaba exhausto. Alonso y su hermanita Lauri, que le acompañaba ese día, aprovecharon para cortarle los cordeles atados al rabo.
En cuanto el felino se vio libre, lanzó un bufido terrorífico y saltó como un acróbata por encima de nuestras cabezas, chocó contra el reborde de la salida de la cueva, se agarró como pudo a las ramas de un sauce llorón y de ahí saltó contorneándose a una roca con hierbajos en medio de la corriente. Se ganó una ovación en toda regla.


En el punto en el que chocó el gato contra el techo de la cueva había una colonia de murciélagos dormidos, colgados como peras en la bóveda y en las paredes.
Los aplausos a  su exhibición circense nos impidieron  ver que con su impacto el gato había derribado a uno de esos bichos repugnantes. Con tan mala suerte que la asquerosa rata voladora fue a dar a la cabeza de la única niña presente. La chiquilla gritaba despavorida queriendo librarse de algo viscoso que cada vez se enredaba más en su rubia cabellera. Su hermano tuvo que sentarla en sus rodillas e inmovilizarla para que pudiéramos  neutralizar al animal.

En primer lugar había que pasar un nudo por la cabeza chillona, evitando que el vampiro mordiera a nadie con esos dientecillos afilados que te podían trasmitir infinidad de enfermedades y maldiciones del infierno.
Luego desenredar las patas aladas y extender al final las membranas semitransparentes y pilosas en forma de cruz para poder clavarlas con las gruesas espinas de un rosal  en  el tronco de un árbol. 
Los chillidos de la fiera se acallaban generalmente con un cigarrillo de hojarasca encendido. El murciélago soltaba entonces grandes bocanadas de humo y parecía repetir desvergonzado:  “Puta... puta...putaaa...¡¡¡” Alonso, para que no sufriera  el honor de su hermanita, que ese día era la única chica del grupo, le espetó al maleducado una bola de  barro en el hocico con lo que consiguió acallar sus palabrotas.
Caía la tarde. Dejamos el lugar antes de que se pusiera el sol, y salieran en tropel el resto de murciélagos, compañeros del ajusticiado.
Sobre las hierbas de la  peña, en mitad de la corriente, tomaba el gato los últimos rayos vespertinos. Se lamía cachazudo el rabo y las patas aún mojadas.
Estaba esperando a que nos fuéramos para descolgar al murciélago del árbol y llevárselo a rastras hacia la maleza.

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