El primero
que descubrió nuestro escondite fue el hermano Roger. Fue de vuelta de una de
sus correrías por la vega. Venía de visitar a los campesinos de la zona.
El Francés
no pudo sorprendernos en el peor momento. Precisamente el “Pupas” estaba
fabricando media docena de cigarrillos al estilo indio. Lo hacía con una
habilidad pasmosa.
Seleccionaba hierbas aromáticas y las hojas más grandes y
resecas de los chopos plataneros. Las lavaba en el río. Las ponía a secar al
sol sobre las piedras de la orilla. Las desmenuzaba luego y liaba
magistralmente unos orondos pitos con el auténtico papel de fumar de librillo.
-Anda. ¿Y de
dónde lo sacaste ?
-¿El
librillo?... Pues en el estanco... Le dije a la Quica que era para mi padre
Fumábamos
los cigarrillos despacio, en corro, en una especie de canutos de abedul que
simulaban pipas. Con un ceremonial que se nos antojaba parecido al de los
concilios aztecas.
El refugio
se llenaba de humo y de cierto perfume
mitad ácido y mitad meloso que milagrosamente ni nos hacía carraspear ni nos
sentaba mal.
-Allô muchachos... saludos!...oh... zut... es muy bien todo esto... -dijo el
gabacho Roger con exagerados
aspavientos- ¿es todo vuestro?
-Aún no “mosiú”. Esperábamos algún invitado
forzudo para ayudarnos a tapar la entrada con una rueda de molino!! no te
jiba...!
-Mon cher Sixto, no te enfades shico. Además que si molesto, adiós les enfants...!
Hizo ademán
de largarse, pero como nadie dijo nada...entró y se dirigió justo al final de
la estancia donde Arsenio tenía el lote de cigarrillos recién acabado.
Nadie osaba
ni respirar. El Francés cogió uno de los rollitos blancos perfectamente engomados. Lo partió en dos.
Examinó el contenido. Lo olió aspirando dos o tres veces. Luego se lo entregó
de nuevo al Pupas.
-Líalo otra
vez, le dijo.
No sabíamos
cómo reaccionar. Porque el Francés te desarmaba casi siempre con sus salidas
desconcertantes. Nos fue mirando uno por uno, sin que nadie levantara los ojos
del suelo. Al fin dijo:
-No creo que
os haga daño. Otra cosa estaría si meteríarais ahí restos de colillas llenas de miasmas y
microbios. O la picadura áspera esa que dicen “matarratas” o “mataquintos...”
La atmósfera
se distendió en unos segundos. Gonzalo estaba a punto de gritar hurra y de lanzarse
a una pirueta aérea. Roger le paró en seco. Apuntándole con un dedo autoritario
dijo desde la puerta de la cabaña:
-Pero de algo quiero preveniros. No está bueno que comencéis tan
pronto a coger unas costumbres idiotas.
Costumbres nefastas para la salud de vosotros y de los otros “personajes”.
Y se fue de
estampida farfullando cosas en francés, malhumorado.
Al día
siguiente tres “personajes” de la pandilla fuimos al colegio. Sabíamos que el
hermano Roger no nos traicionaría. Le
prometimos sin embargo suprimir de nuestros rituales comunes la fumada. El se
interesó y hasta se entusiasmó con la idea de nuestra ciudad imperial.
Desde
entonces el Francés nos visitaba con frecuencia. Participaba incluso en
nuestras confidencias. Excepto en los temas “escabrosos” que ni se tocaban.
Porque desde hacía mucho tiempo que los adultos nos habían convertido esas
cosas en un coto cerrado, impenetrable.
Eran
frecuentes los comentarios sobre la violencia que pasaba en las casas de
vecinos del pueblo o de algunos familiares.
Y también
las venganzas originadas en todos los rincones del país por causa de la guerra
civil.
-Venancio,
¿sabéis?... el que se casó hace una semana. Pues esta mañana, su Petra amaneció
con un ojo amoratado, tal una ciruela roja.”
-Y eso ¿por
qué?
-Lo más
seguro es que estaría “regao”..
-Ni hablar.
Mi tía dice que la zurró porque la
Petra no le dejaba hacer las cosas esas que los casados
tienen que hacer de noche... Porque ahora se sabe que ella se casó ya con un “pepino”
dentro...y no era del huerto de Venancio ¿sabes?
-¿Y para qué
se casaron?
-Pues
hombre, para que la chica no tenga que llevar el niño a la inclusa. ¿A ti te
gustaría ser inclusero?-A mi lo que sigue sin entrarme en la mollera es pa qué cirios se casa la gente...!
Sin que
nadie diera respuesta a la incógnita, una más de las de Pepín, éste mismo contó
otro caso. Los escándalos mensuales que armaba un hombre por la noche en una de
las casas de la plaza del mercado viejo.
Tenían lugar
los diecinueve o veinte de cada mes. Volaban los muebles. Los platos y las
sartenes salían por las ventanas.
Facunda, la
mujer, y su hijo de apenas siete años tenían que huir “de seguida” para evitar la tunda que les
esperaba si no lo hacían. A veces, acurrucados los dos, pasaban largas horas
hasta el amanecer debajo de uno de los bancos del mercado viejo o en la cocina
de alguno de los vecinos.
El juez de
paz llamó al marido alborotador. Le intrigaba por qué los arrebatos del hombre
eran mensuales y por las mismas fechas. Después de muchas conversaciones el
juez dio con la explicación.
El buen
hombre había sido acusado de complicidad en determinados ajustes políticos en
el pueblo al terminar la guerra. Le llevaron a la prisión provincial. Fue un
veinte de octubre. Al cabo de varios meses le sacó un primo suyo que era uno de
los altos cargos de la Falange en Palencia evitando que acabara en el
paredón.
Pero lo que
no se pudo evitar fue la brutal paliza que recibió al entrar en la cárcel aquel
veinte de octubre. Ni el haber pasado un invierno de un frío cruel.
Ni el que se
complicara la situación cuando a la brutalidad generalizada de los carceleros
se añadió la actuación del capellán de la prisión que, porque no quería
confesarse, abofeteó a uno de los condenados a muerte. Otro de los presos le
echó sus manos al cuello y poco faltó para que el cura inquisidor muriera
estrangulado.
El suceso
acarreó una represión ejemplar para
todos los reclusos. Palizas, castigos, comida racionada e infecta.
Con razón el
pobre hombre, al llegar la fecha en que se reproducía su atroz experiencia,
perdía la cabeza y no podía dominar el horror de sus recuerdos.
Rubió
recordó entonces al tío Emeterio, aquel guarda forestal que
protegía la pesca del cangrejo y que, como el hombre del que hablaba Pepín, que
así lo vimos todos, prefirió colgarse a vivir de nuevo las experiencias de la
cárcel.
Y Sixto dijo
entonces muy acalorado:
-Lo que no
hay que hacer, ni en broma... ni aunque te pregunten o te amenacen, es comentar
nada de ninguno. Que si fulano fue del sindicato o de las hermandades...que
si tienes un primo fugitivo en
Francia... na de na... ¿entendido?, chitón y abur... Ya os acordáis de lo que
pasó en el campamento de Peña Labra.
El hermano
Roger quiso saber lo sucedido en el campamento de Flechas en los montes de Peña
Labra al que, durante tres semanas, habíamos ido varios del grupo.
Teníamos
un excelente recuerdo de aquella estancia entre las montañas cántabras, algunas todavía nevadas, recién brotada la primavera, con las tiendas
alineadas en cuadro, alrededor de un mástil altísimo donde ondeaba una inmensa
bandera de España.
Se izaba la
bandera al amanecer y se arriaba al caer la tarde. Con el mismo ceremonial. Las
escuadras en formación. La oración a José Antonio fundador de La Falange. Las arengas.
El “Cara al sol”. Los vivas de
siempre.
Había una pequeña biblioteca con cuantiosos libros de héroes y conquistadores de la España Imperial desde Viriato hasta "Los Últimos de Filipinas".
Las páginas más gloriosas de la reciente Cruzada: "El cuartel de la Montaña", "Santa María de la Cabeza", "El Alcázar de Toledo·...
Y muchos ejemplares de la revista "Flechas y Pelayos.

Las páginas más gloriosas de la reciente Cruzada: "El cuartel de la Montaña", "Santa María de la Cabeza", "El Alcázar de Toledo·...
Y muchos ejemplares de la revista "Flechas y Pelayos.
Durante
el día se hacían largas marchas por el monte, entre riachuelos y riscos poblados de
florecillas nuevas.

Yo estaba
entusiasmado con las recias botas de
cuero que calzábamos para estas excursiones. Había que untarlas con sebo cada
tarde para que se conservaran flexibles.
Nos las regalaban al fin de la
acampada. Y luego las usábamos en el pueblo como botas de fútbol que siempre causaban respeto a los equipos
contrarios.
Anochecía.
El cornetín tocaba a silencio. Se oía a ratos el aullido de lobos lejanos o el
graznido de las aves rapaces sobre los picos cercanos. En el fondo de la
explanada se consumían las últimas ascuas del fuego de campamento.
Era entonces
cuando uno de los instructores llamaba a algún chico para, paseando alrededor de la fogata moribunda, comentar
sus impresiones sobre el día o sonsacarle algunas informaciones comprometedoras
sobre su familia o sus conocidos.
Fue así cómo
un chaval de las escuelas, Rafa “el Melenas”, dijo que un tío suyo comunista
estaba escondido en un pueblo cercano desde que empezó la guerra civil.
El chivatazo
ingenuo tardó a penas una semana en surtir su efecto. Se presentaron en la casa
del tío del “Melenas” un par de guardias y un inspector de policía.
Registraron sin éxito durante dos largas
horas. Pusieron todo patas arriba.
Habían arrancado el fondo de varios armarios y desmontado algunas alacenas.
Uno de los
guardias amenazó con llamar a algunos dinamiteros y volar la vivienda para que
apareciera el “topo clandestino”. Cuando a mediodía llegó del campo el tío del
“Melenas” hicieron ademán de esposarle de inmediato para llevarlo al
cuartelillo.
De un falso
fondo de la escalera que subía al primer piso surgió entonces de improviso una
figura macilenta, canosa.
El hombre
estaba bien vestido, mas su piel parecía como la de una cebolla, estriada y
blanquecina, los ojos cegados por el resplandor del sol y por el pánico. Avanzó
vacilante pero digno y extendió sus manos hacia los grilletes que el policía
estaba a punto de ponerle a su hijo.
Era la
primera vez, emparedado durante largos meses, que el viejo delegado comunista
de la comarca encaraba la luz o, mejor dicho, que iba derecho a otras tinieblas
bien diferentes a las que él mismo se había encadenado de por vida. Durante los
meses siguientes a su ejecución, varios miembros de la familia pasaron por
juicios y duras condenas por encubridores.
Puestos a
contar horrores de la reciente guerra, yo recordé el caso del jesuita padre
Valentín, hermano de mi abuela, a quien lanzaron con otros diez más al fondo
del mar en la bahía de Santander con un gran pedrusco atado a los pies.
No faltaron
los macabros detalles sobre los cadáveres bailando tiesos en las profundidades,
según describió un buzo a Sor Dorotea, la monja de la caridad, hermana del
jesuíta.
Alonso
confesó al día siguiente que no había dormido en toda la noche. En sus
pesadillas aquellos muertos flotantes se convertían en enormes pulpos que le perseguían en la
oscuridad. Y eso que tenía un tío que había estado largos meses en una checa
comunista de Madrid de la que contaba experiencias aún más espeluznantes.
-Son cosas que arrastraréis durante largos años, nos comentaba
el hermano Roger. Las guerras, sobre todo las civiles entre
compatriotas, a veces entre hermanos, crean en los niños que las vivieron un
poso duradero y amargo, como el de los vinos añejos ya picados.
Sus palabras
caían como una lluvia fina y escalofriante sobre la pandilla.
-Es la
cosecha, mis amigos, que, sin buscarla, os ha tocado recoger. Una cosecha
pobre. Porque en una lucha como la que habéis vivido nadie gana. Ni los
vencidos, por supuesto. Ni tampoco los vencedores a pesar de las
apariencias...Son “esos que han muerto” de uno y otro lado los verdaderos
perdedores.
-Vaya, Hermano...¿De veras que los que quedamos
nunca olvidaremos estos líos?
-Será
difícil, “mon cher” Alonso. Muy
difícil. Ahora estamos en un nubarrón denso. En la oscuridad del odio. Nada
vemos de futuro. Los horrores y violencias que unos cometieron tratan de
superarse con las barbaridades de los otros... Con frecuencia pagan justos por
pecadores... Estáis aún bajo la tiranía del rencor y el miedo. El rencor tal
vez pase, el miedo os durará siempre. Os hablo claro. Espero que nadie se nos
chive...!
-Está usted,
hermano, en la pandilla de los Aztecas; no en un campamento de Flechas, dijo
enfadado Zalito.
-Bueno. Sin
picarse. Lo que yo creo es que el tiempo, que todo hace olvidar, es como una
goma de borrar de esas que usáis en la escuela. Quita lo gordo. Pero deja el
papel gastado y flojo, como el fino velo de una cicatriz sobre la piel.
Paró un
momento, mientras dibujaba extraños
círculos en el suelo.
-Lo
importante es no volver a escribir sobre esa llaga idénticos errores. Espero
que vosotros, los que habéis sufrido horribles experiencias de uno y otro
signo, seáis algo así como una costra sólida que cierre el paso a nuevos
enconos; algo definitivo que, sin olvidar la cruel historia de estos días,
ayude a que no se repita lo mismo en el futuro.
El silencio
duró algunos minutos. Tan denso como las palabras del bueno de Roger. Al fondo
Arsenio Gómez, “el Pupas”, soltaba unas lágrimas como almendras que caían
mansamente sobre el polvo de la cabaña.
-Yo sé que
es duro de entender lo que os he dicho. Pero es la verdad. “Es esto que deseo” de corazón para vuestro bello País, añadió el Francés. Lo que
pasa, concluyó, y es lo grave para el futuro, es que a cada uno de vosotros le
ha correspondido estar a un lado y a algunos en los dos lados a la vez. Y hay
que sobrevivir en tal estado...
El “Pupas”
intentaba reprimir los sollozos sin conseguirlo, recostado sobre el telar donde
liaba sus cigarros, arrebujado en sí mismo, jipando con los chillidos de un
conejillo acorralado.
Era muy
difícil pedirle a este niño que olvidara. Con lo que ahora estaba pasando. Con
lo que traía a las espaldas desde Valladolid, antes de que sus padres vinieran
medio fugitivos a nuestro pueblo.
En las
escuelas nacionales le perseguían todos. El maestro fue el primero en fomentar
los malos tratos.
-Mañana nos
mandan un rojillo a la escuela, dijo a los chicos. Cuidado con el menda. Estos
traen la sarna a donde acampan.
Le sentó en
el último rincón. En el pupitre más desvencijado. Y se olvidó de él. Como si
formara parte del mismo mueble carcomido, destinado a ser quemado en la estufa
durante el próximo invierno.
Los que no
cesaban en insultos, zancadillas, patadones y hasta escupitajos eran los demás
muchachos. Claro, tenían bula del maestro...
Los padres
de Arsenio, como desplazados “no adictos”, debían presentarse cada quince días
en el cuartel de la guardia civil y
comunicar cada uno de sus
movimientos a la autoridad. Las gentes les evitaban como si fueran leprosos.
Había quien les provocaba. Pero ellos no tenían más remedio que aguantar y
carcomerse por dentro.
-Hazte el
sordo, hijo. No te pelees -le recomendaba el padre- Déjalo correr. El tiempo lo
compondrá todo... Ten cuidado, no se repitan los malos tragos que pasamos...
Eran esos
malos tragos lo que Arsenio no podía olvidar. Malos recuerdos que empezaron
cuando a su padre le encarcelaron por haber sido anarquista antes de la guerra.
Para no amargar más la vida de su hijo nunca el hombre mencionó su triste experiencia carcelaria.
Pero al “Pupas” le tocó seguir, con apenas seis años, los pasos de su madre
presa por ser la mujer de un subversivo.
Fue en una
antigua y cochambrosa fábrica de maderas convertida en prisión. Su madre le
llevaba en brazos mientras caminaba con los pies atados a la cadena que formaban
unas quince mujeres más con sus niños pequeños.
Los niños,
agrupados al fondo de la gran nave, contemplaron paralizados por el terror cómo
desnudaban a sus madres y a empujones las introducían en otra sala más lejana.
A ellos los instalaron en un cuarto estrecho y sucio. Tres niños por camastro.
Sobre jergones de paja de maíz, húmeda y maloliente.
A la mañana
siguiente vino a verle su madre durante unos veinte minutos. Vestía un extraño ropón anudado a la cintura. La cabeza rapada. Tenía algunas manchas de sangre
en la espalda y en el pecho izquierdo.
Esta
pesadilla duró tres meses. Salieron libres, aunque sometidos a una vigilancia
estricta. Pero prefirieron marcharse de Valladolid. Para evitarle al niño los
espectáculos de terror que se
organizaban cerca de donde vivían, en el Campo de San Isidro.
Era el lugar
en el que tenían lugar las ejecuciones públicas. Iban muchos curiosos a
presenciarlas. Tantos que algunos
aprovechados llegaron a montar puestos de bebidas y bocadillos por los
alrededores.
Su madre
encerraba a Arsenio en la última habitación de la casa. Esto no evitaba que el
chico oyera el tableteo de las descargas y a continuación el ruido escueto y
seco de los tiros de gracia El pánico le
producía en brazos y espalda sarpullidos
y pústulas que no se le iban. Ahora le
sucedía lo mismo cuando pensaba, o cuando soñaba, que sus padres y él podían en
cualquier momento correr una suerte semejante.
Aquella
tarde el Hermano Roger prometió visitar al maestro de la escuela pública. Para
pedirle que suavizara su desdén por el chiquillo y frenara las tropelías de los
demás alumnos. Cosa que, sin esperar más tiempo, hizo a la mañana siguiente.
Esto y la
definitiva admisión en la pandilla azteca mejoraron poco a poco notablemente la salud de Arsenio.
Hasta las heridas se le iban
cicatrizando.
-Oye, ¿y
cómo te llamaremos ahora, si se te van las “pupas”?!...
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