Cuando me
despedí de mi familia vascofrancesa sólo les pedí una cosa como recuerdo: la
caja gigante de cerillas que me salvaron del acoso de las chinches en la
primera noche.
Volvimos a
Fuenterrabía, previo trasbordo desde la barquilla Marianne, envueltos en el
fragor de los escopetazos del alarde que desfilaba en esos momentos por las
principales calles de la ciudad.
Al poner pie
en el desembarcadero de la
Cofradía de Pescadores de San Pedro volví mi vista a la
tierra francesa paralizada y muda.
Y deseé de
corazón que, en un día no lejano, pudieran los franceses celebrar la liberación
de sus invasores, como ahora lo hacía todo el pueblo de Fuenterrabía
precisamente contra el conato de invasión francesa en el año 1638.
El “Alarde”
desfilaba en esos momentos por delante de la Cofradía.
-Los alardes
recuerdan -me había comentado tío Carlos- a las organizaciones militares que
tenía antiguamente cada municipio vasco. Anualmente se pasaba revista a la
milicia municipal, coincidiendo en muchos casos con una festividad religiosa o
histórica de cada pueblo.
Este Alarde
de Fuenterrabía respondía a una promesa que los habitantes, sitiados por los
franceses en tiempos de Felipe IV, hicieron a la Virgen de Guadalupe.
Establecieron el voto de organizar todos los años una parada militar, el ocho
de septiembre, agradeciendo la liberación por las milicias forales vascas y el
ejército del Rey Felipe, y por la huída, tras sesenta y nueve días de asedio,
de las mesnadas del señor Richelieu.
Todavía oí a
algún versolari que se mofaba de la desbandada de los soldados del cardenal. Yo
no entendía por qué el corrillo de gente que le rodeaba se partía de risa,
hasta que, dejando su recitado en vasco, el poeta soltó en perfecto castellano
la coplilla:
-“Huyeron los hugonotes / y se dejaron las
bragas / y no las dejaron limpias / pues descubrieron la caca”.

El desfile del alarde se abría con la imponente escuadra de los “atxeros” o zapadores. Llevaban espectaculares morriones de piel de oveja blanca sobre la cabeza. Grandes bigotes y barbas, a veces postizas, y mandiles de cuero. Algunos portaban fusiles y otros herramientas, picos, palas y hachas.
A los atxeros les seguía “La Tamborrada ”. En esta
escuadra, como cantinera, desfilaba mi prima Encarna. Preciosa. Boina roja.
Corpiño y delantal con ribetes dorados.
Falda, pololos y guantes blancos. Una banda con su nombre y la fecha del
desfile le cruzaba el pecho. Abanico y botas altas. De la banda, detalle
curioso, colgaba un barrilito que se balanceaba al compás del garbo con el que desfilaba Encarna y sus
acompañantes.
La
parada militar seguía con un colorido y un estruendo impresionantes. Razón
debía tener Carlos cuando me afirmaba que
-Este
alarde y San Marcial de Irún, son los mejores de las Vascongadas.
Pasó
la Banda de
música del Alarde. Y el Burgomaestre a caballo, erguido y arrogante, con sus
ayudantes. Y una docena de Compañías de Infantería, cada una con su Cantinera y
sus uniformes diferentes, rivalizando en el garbo de sus pasos, y todas con el
pequeño barrilito suspendido de la última cinta de sus bandas.
De vez en cuando las compañías disparaban atronadores descargas. Nunca me hubiera imaginado un espectáculo tan colorido y ensordecedor.
De vez en cuando las compañías disparaban atronadores descargas. Nunca me hubiera imaginado un espectáculo tan colorido y ensordecedor.
La
última en desfilar era una Batería de Artillería. Arrastraban dos cañones para
las salvas finales del desfile. Me dijeron que las dos piezas procedían de “Las Indias”. Se las había
regalado al Alarde, a finales del siglo XIX, la reina María Cristina
.
El
detalle final, cerrando la parada militar, lo ponía el Cabildo Eclesiástico de
la Villa.
-Ahora
suben a santuario de la Virgen de Guadalupe en monte Jaizquíbel. A renovar con
Cabildo el voto de siglos en acsión de
grasias.
Las
fiestas estaban terminando. Había venido de la mili con permiso mi hermano
Chus, a pasar los últimos días.
-Abajo
dormirás tú. En caseta perro…-dijo tía Manuela al verle subir las escaleras-
sitio en casa no hay para maleantes
Pero
enseguida le puso cama en mi alcoba.
Juntos subimos al día siguiente a la
ciudad vieja, a las calles cercanas al castillo de Carlos V. Desde la plaza de
Guipúzcoa soltaban un toro bravo atado a
una larga cuerda. Pasamos un mal momento cuando el bicho se nos echó inesperadamente
encima. Yo sentía contra mi nuca el aleteo entrecortado y caliente de su morro baboso.
Por ventura el animal resbaló en los adoquines unos metros antes de llegar
a nuestra altura y fue a empotrarse contra un pilón cercano.

El
toro se alzó furioso, bramando, queriendo lamerse el impacto de su panzota
contra la piedra. Pero se detuvo en seco. Frente a él, pegado a un portal,
inmóvil y demudado, estaba un señor de edad avanzada que no había podido
zafarse a la última estampida del toro. Unos segundos apenas. Con una certera
embestida el cuerno izquierdo enganchó por la barbilla al anciano que voló como
un muñeco de trapo varios metros hasta la acera opuesta de la calle. Varios
mozos hicieron el quite y se llevaron lejos al animal.
El
hombre yacía sin sentido, bañado en
sangre, contra el bordillo. La gente se lamentaba y comentaba:
-Este
“deporte” no es para todas las edades. ¿Quién le manda al abuelo…?
-Pues
claro…las imprudencias se pagan…
Aunque
supimos al día siguiente que el coitado estaba grave, pero no había perdido la
vida en esta aventura.
El
colofón triunfal de las fiestas fue la victoria de la trainera de Fuenterrabía en las regatas de
la Concha de
San Sebastián. Uno de los remeros era mi primo Carlos.
Nicolás lloraba entusiasmado como un niño. Los remos de la trainera de Fuenterrabía, señal de la victoria, se alzaban ese día en el Muelle, enhiestos y triunfantes, tocando casi el cielo de
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