viernes, 21 de agosto de 2015

ALARDES Y TRAINERAS ( 21 agosto 15 )

Cuando me despedí de mi familia vascofrancesa sólo les pedí una cosa como recuerdo: la caja gigante de cerillas que me salvaron del acoso de las chinches en la primera noche.

Volvimos a Fuenterrabía, previo trasbordo desde la barquilla Marianne, envueltos en el fragor de los escopetazos del alarde que desfilaba en esos momentos por las principales calles de la ciudad.

Al poner pie en el desembarcadero de la Cofradía de Pescadores de San Pedro volví mi vista a la tierra francesa paralizada y muda.
Y deseé de corazón que, en un día no lejano, pudieran los franceses celebrar la liberación de sus invasores, como ahora lo hacía todo el pueblo de Fuenterrabía precisamente contra el conato de invasión francesa en el año 1638.

El “Alarde” desfilaba en esos momentos por delante de la Cofradía.

-Los alardes recuerdan -me había comentado tío Carlos- a las organizaciones militares que tenía antiguamente cada municipio vasco. Anualmente se pasaba revista a la milicia municipal, coincidiendo en muchos casos con una festividad religiosa o histórica de cada pueblo.

Este Alarde de Fuenterrabía respondía a una promesa que los habitantes, sitiados por los franceses en tiempos de Felipe IV, hicieron a la Virgen de Guadalupe. Establecieron el voto de organizar todos los años una parada militar, el ocho de septiembre, agradeciendo la liberación por las milicias forales vascas y el ejército del Rey Felipe, y por la huída, tras sesenta y nueve días de asedio, de las mesnadas del señor Richelieu.
Todavía oí a algún versolari que se mofaba de la desbandada de los soldados del cardenal. Yo no entendía por qué el corrillo de gente que le rodeaba se partía de risa, hasta que, dejando su recitado en vasco, el poeta soltó en perfecto castellano la coplilla:

-“Huyeron los hugonotes / y se dejaron las bragas / y no las dejaron limpias / pues descubrieron la caca”.


El desfile del alarde se abría con la imponente escuadra de los “atxeros” o zapadores. Llevaban espectaculares morriones de piel de oveja blanca sobre la cabeza. Grandes bigotes y barbas, a veces postizas, y mandiles de cuero. Algunos portaban  fusiles y otros herramientas, picos, palas y hachas.

A los atxeros les seguía “La Tamborrada”. En esta escuadra, como cantinera, desfilaba mi prima Encarna. Preciosa. Boina roja. Corpiño y delantal  con ribetes dorados. Falda, pololos y guantes blancos. Una banda con su nombre y la fecha del desfile le cruzaba el pecho. Abanico y botas altas. De la banda, detalle curioso, colgaba un barrilito que se balanceaba al compás del  garbo con el que desfilaba Encarna y sus acompañantes.
La parada militar seguía con un colorido y un estruendo impresionantes. Razón debía tener Carlos cuando me afirmaba que

-Este alarde y San Marcial de Irún, son los mejores de las Vascongadas.

Pasó la Banda de música del Alarde. Y el Burgomaestre a caballo, erguido y arrogante, con sus ayudantes. Y una docena de Compañías de Infantería, cada una con su Cantinera y sus uniformes diferentes, rivalizando en el garbo de sus pasos, y todas con el pequeño barrilito suspendido de la última cinta de sus bandas. 
De vez en cuando las compañías disparaban atronadores descargas. Nunca me hubiera imaginado un espectáculo tan colorido y ensordecedor.
La última en desfilar era una Batería de Artillería. Arrastraban dos cañones para las salvas finales del desfile. Me dijeron que las dos piezas  procedían de “Las Indias”. Se las había regalado al Alarde, a finales del siglo XIX, la reina María Cristina
El detalle final, cerrando la parada militar, lo ponía el Cabildo Eclesiástico de la Villa.

-Ahora suben a santuario de la Virgen de Guadalupe en monte Jaizquíbel. A renovar con Cabildo el voto de siglos en acsión de grasias.

Las fiestas estaban terminando. Había venido de la mili con permiso mi hermano Chus,  a pasar los últimos días.

-Abajo dormirás tú. En caseta perro…-dijo tía Manuela al verle subir las escaleras- sitio en casa no hay para maleantes

Pero enseguida le puso cama en mi alcoba.

Juntos subimos al día siguiente a la ciudad vieja, a las calles cercanas al castillo de Carlos V. Desde la plaza de Guipúzcoa soltaban un  toro bravo atado a una larga cuerda. Pasamos un mal momento cuando el bicho se nos echó inesperadamente encima. Yo sentía contra mi nuca el aleteo entrecortado y caliente de su morro baboso. Por ventura el animal resbaló en los adoquines unos metros antes de llegar a nuestra altura y fue a empotrarse contra un pilón cercano.
El toro se alzó furioso, bramando, queriendo lamerse el impacto de su panzota contra la piedra. Pero se detuvo en seco. Frente a él, pegado a un portal, inmóvil y demudado, estaba un señor de edad avanzada que no había podido zafarse a la última estampida del toro. Unos segundos apenas. Con una certera embestida el cuerno izquierdo enganchó por la barbilla al anciano que voló como un muñeco de trapo varios metros hasta la acera opuesta de la calle. Varios mozos hicieron el quite y se llevaron lejos al animal.
El hombre yacía sin sentido, bañado  en sangre, contra el bordillo. La gente se lamentaba y comentaba:

-Este “deporte” no es para todas las edades. ¿Quién le manda al abuelo…?

-Pues claro…las imprudencias se pagan…

Aunque supimos al día siguiente que el coitado estaba grave, pero no había perdido la vida en esta aventura.

El colofón triunfal de las fiestas fue la victoria de  la trainera de Fuenterrabía en las regatas de la Concha de San Sebastián. Uno de los remeros era mi primo Carlos.

Nicolás lloraba entusiasmado como un niño. Los remos de la trainera de Fuenterrabía, señal de la victoria, se alzaban ese día en el Muelle, enhiestos y triunfantes, tocando casi el cielo de la Concha.  En la tercera bancada de la trainera estaba su hermano Carlos.

Al anochecer de ese día y durante el siguiente  la Bandera de la Concha se paseó triunfal por las calles de Fuenterrabía.
En la historia de las regatas era la segunda que conseguían sus remeros.

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