He recordado infinidad de veces una frase dicha
por Pepín mientras tirábamos piedras chatas al río para que saltaran por la
pizarra gris de la superficie.
Chip,chip,chip...chop...chop.. Pepín había conseguido nueve saltos. Eufórico por la hazaña, como
si quisiera sacarle al agua algún misterio que él iba rumiando en su interior
desde hacía mucho tiempo, lo soltó como si tal cosa. Sin mirarnos.
Tenía la
vista fija en el agua. El agua, con las ondulaciones de los saltos, había
diseñado como una gran interrogación que se difuminaba lentamente. Y dijo:
-“Me gustaría saber cómo es la vida por dentro”.
Pepín quería
ser cura. No jesuita, de los de San Zoilo, sino de los del seminario de
Lebanza, en las montañas del norte de Palencia.
-Por allí anda el peligro de los maquis -le había dicho Rubio- Se lo he oído a mi abuelo, que fue
republicano de los de antes de la guerra.
-Lo primero- le replicó Pepín a toda prisa- que no hay
republicanos ni de antes ni de luego de la guerra. Lo segundo, que no te se ocurra ir diciendo por ahí que tu
abuelo es o fue de la
República
-Lo primero –dijo Rubio un pelín mosqueado-, que no se dice “te se”, sino “se te. Lo segundo que somos de
la pandilla y entre nosotros no tiene que haber secretos.
-Bueno. Por si acaso
-Y aluego que no me vas
a decir -insistió Rubio- que los maquis no son peligrosos.
Pepín bajó la voz como si fuera a pronunciar
un gran secreto.
-Mira, chaval, primero que
no se dice “aluego”. Y luego te tengo
que decir que la mayor parte de los chicos que van al seminario son de gente
pobre que no tiene otro sitio donde cocerse los garbanzos. Y los maquis no
pueden ser de peligro para el seminario porque nunca se meten con los pobres...
-Pero sí que roban gallinas, y hasta vacas; y panes de hogaza
y...lo que pillan de las orzas de los campesinos...
-Toma! -terció Romero- algo tienen que comer. No se van a tragar
sólo las bayas o los pocos osos que están aún por las montañas!!...
-Lo que yo de veras me pregunto es ¿por qué tiene que haber
Maquis?...
-Porque han perdido la guerra -dijo Alonso-
-¿Y por qué? -le preguntó Pepín mirándole a los ojos- ¡dime por
qué ha habido una guerra!
-En la historia de todos los pueblos -dije yo en ese momento- ha
habido siempre guerras
-Y siempre, siempre, siempre...tendrá que ser así ?!!...¿Para qué
las madres de todo el mundo van a seguir teniendo niños? ¿Para tener que
mandarlos a unas batallas que ellos no decidieron y de las que ni ellas ni sus
hijos sabrán los por qué…?!!
Esas
reflexiones del futuro párroco nos dejaban frecuentemente sin palabra y un
tanto desazonados. Porque eran por lo común preguntas sin respuesta.
Y es que la
naturaleza, la vida externa que bullía por la Loma o por la Vega del pueblo, tenía pocos secretos para nosotros.
La conocíamos, y hasta podíamos decir que la dominábamos palmo a palmo. Pero en
cuanto traspasabas la epidermis,
empezaba a surgir algún problema..
.
-No nos metamos en berenjenales...!!!, sentenciaba el grandullón
de Rubio.
En cambio
Pepín, como si estuviéramos jugando a la brisca o al tute subastado, acababa de
echarnos a todos una carta gorda sobre el verde tapiz de la pradera.
-Me gustaría saber cómo es la vida por dentro. Luego añadió: Tener
la solución de los misterios
-Ahí es “ná”. ¡La solución de los Misterios!!! -gritó Alonso- ¡Uy
chiquillo! Los misterios, pues son eso… los misterios. No tienes más que
hacerte a ellos y...”pa lante”.
Algunos
misterios te los daban en la Doctrina. Estaban en el Credo y en los catorce
artículos de Fe, de los que siete pertenecían “a la Divinidad” y los otros
siete “a la Santa Humanidad”.
Eso era lo
que había que "creer". A pies juntillas. Y porque sí.
Lo que había
que "orar" era mucho más fácil: el Padrenuestro, el Avemaría , el Gloria Patri y la Salve.
Luego venía lo que había que "obrar". Y ahí empezaban los problemas. Tres de los diez mandamientos de
Pero, ¿y los
tres restantes: no fornicar, no desear la mujer de tu prójimo, no codiciar los
bienes ajenos?
-¿Que es fornicar? -le
preguntó Sixto así, de sopetón, al joven Coadjutor de Santa María que nos tomaba
la doctrina los domingos, antes de la misa de doce, en el pórtico que da a la
plaza de la Inmaculada
-Hum... -el curita se puso todo colorado, tropezó con dos sillas, las levantó y sin mirarnos salió por pies.
-Niños...me voy a llevar el viático a una señora moribunda. Vengan
conmigo dos monagos...!
Alonso no
entendía qué era eso de “no codiciar los bienes ajenos”. Porque su tío no tenía
más que, por redaños, entregar a los del sindicato del trigo ochenta costales
para evitar que le confiscaran toda la
cosecha.
Zalito
intervino un día en clase de religión en el colegio.
-Hermano, ¿le puedo hacer la pregunta de una duda?
-Una duda, Gonzalo, no se pregunta. Simplemente, se expone.
Venga...vamos a por ella.
Y el
chiquillo expuso inocentemente que siendo el noveno mandamiento “no desear la
mujer de tu prójimo”, pues que podíamos desear a todas las mujeres que no
tuvieran prójimo.
-Es decir, que a parte de las casadas, las monjas, las novias o
las hermanas de nuestros amigos
podríamos trincar a todas las demás mujeres, concluyó Zalito.
El profesor
se quedó seco. La clase entera había registrado el golpe y, a punto de
estallar, le miraba sin pestañear con un silencio espeso.
-¡Trágate esa mosca!, musitó por lo bajini Sixto.
El Hermano
se fue por la tangente. Es decir, por la tremenda.
-Pero que bruto eres...so talego! – le espetó gritando y
congestionado- ¿No tienes otras dudas más...? ¡Pues sí que nos ha salido zampón
el tal Gonzalo!!.
Zalito se
había escondido debajo de la mesa. “Tiene razón el Rubio -pensaba para sus
adentros- ¡No hay que meterse en berenjenales¡”.
Lo cierto es
que se nos había escatimado una vez más otra respuesta. Y lo que no tiene
respuesta se te va haciendo poco a poco misterioso.
Y entonces,
como un misterio más, pasa a engrosar la
lista de lo que tienes que creer “sin comprenderlo”.
Así que, por
las buenas, tres mandamientos “para
obrar” se nos convertían en tres nuevos artículos de fe “para creer”. Y.. ¡" pa lante"!, que diría Alonso.
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