viernes, 14 de agosto de 2015

RASTROJOS BAJO LA LUNA - LA VENGANZA (14 agosto 15 )

El mes de agosto era siempre el de mayor trajín en los pueblos castellanos. Todo giraba en torno a la cosecha de los cereales, el centeno, la avena y sobre todo el trigo. Para la siega venían grandes cuadrillas del norte, especialmente gallegos.
Los recién llegados desde comienzos de julio se iban ajustando para “el agosto” con la docena de terratenientes del pueblo. Cobraban en dinero, unas ciento y pocas pesetas y la manutención.
Los del pueblo y alrededores percibían la mitad en dinero y la otra en costales de trigo, cosa mal vista por los funcionarios del fielato que plantaban la oreja  a partir de ese momento para descubrir a quién revendían su trigo los jornaleros o a qué molino llevaban sus costales para la molienda doméstica.

Por eso llevar a los molinos el trigo del agosto era una odisea indescriptible. Lo llevábamos por la noche, a partir de las doce. Se iba a la molienda todo el tiempo que duraban  los costales ganados por el trabajo en agosto y  por lo que casi todo el mundo obtenía yendo a  “respigar” en los campos vacíos después del acarreo de las nías.
La molinera no admitía más de quince kilos por familia. Cuando almacenaba lo suficiente de varias familias lo molía a escondidas y acudíamos, por lo general una semana más tarde, a retirar  la harina blanquísima para el pan candeal y un saquito de salvado para dar de comer a los animales.
La obsesión de todos era que no faltase el pan y que las hogazas fueran de la mayor blancura posible. ¡Pero cuántos sudores nos costaba!
Tanto a la ida como a la vuelta de los molinos era preciso esquivar la ronda de los motoristas que patrullaban por los campos. Aparecían de pronto a lo lejos  dos potentes faros.  Emergían de las largas hileras de chopos como los ojos rojizos de legendarios dragones (había precisamente una de las máquinas de un guardia a la que llamaban “dragón”).
Y todos echábamos cuerpo a tierra agazapándonos en los recodos de los arroyos o cubiertos de hojarasca en las cunetas de la carretera. 

Ayudábamos también a las cosechas  en las eras. A los chavales nos encargaban parte de la trilla en los calores del mediodía. Pasábamos horas y horas sobre el trillo tras la cansina y soñolienta pareja de vacas, azuzando con el rejón a los perezosos animales, dando vueltas y vueltas al redondel de la mies extendida en el suelo desde las primeras  horas de la mañana. Hasta que el grano se soltara de la paja triturada.
   
El Hermano Roger nos había comentado en clase.

-Tanto los arados de “laburar” como los trillos empleados en las eras de esta tierra son una reproducción exacta de lo que ya se hacía “cuantidad” de siglos atrás en “Mesopotamí”.

Desde entonces, por lo  atrasados  que me parecían, les tomé manía a esos artefactos. ¿Tan pobre era la evolución e inventiva de nuestra civilización durante siglos?

Aunque también es verdad que, especialmente al trillo, le cogí también cierta reverencia y respeto por ser  uno de los objetos de mayor longevidad que hasta entonces había contemplado. 
Llegué a admirar sus recias tablas de madera durísima, y los silex incrustados como escamas bajo su piel estriada.
Pude contar en algún trillo hasta  trescientos de esos pedernales, diminutas piezas de piedra duras y cortantes como cuchillas. Se fabricaban la mayor parte de ellos en Cantalejos, un pueblo de la provincia de Segovia.
De pie como un auriga en el centro del trillo o sentado en el fondo sobre una banqueta,  seguía largo tiempo el chirrido monótono de  sus piedrecitas talladas sobre la paja desmenuzada. Era como una música lejana que viniera de las fértiles llanuras entre el Tigris y el Eufrates...

-Chiquillo, que se aflojan..!! -gritaba alguien desde debajo del carro donde estaba echando la siesta- ¡que se te cagan, leche..!!

Y despertabas azorado de la histórica ensoñación. Porque eso era lo peor que te podía pasar, que “se aflojaran las vacas”.
En ese momento había que operar con la máxima rapidez y en varios frentes. Te lo habían advertido repetidas veces.

- Cuando veas que una vaca se espatarra, lo primero tienes que parar el trillo. “Sooo Linda…Sooo Romera…!
-¿Y por qué?
-Es que si las bestias “se hacen” sobre la mies, las bostas embozan los pedernales, y hacen resbalar la  tabla, sin más, sobre la trilla.
-Ah! vale…
-Enseguida coges aprisa el  serón de esparto  y se lo aplicas entre el rabo y las dos patas traseras.

Omito la detallada descripción del evento. Cerrabas los ojos y agachabas la cabeza bajo el cesto hasta oír el chapoteo del pastelón en su caída. Y como los males no suelen venir separados lo normal era que la vaca compañera de la yunta se animara a continuación a hacer las mismas obligaciones forzándote a repetir idéntica liturgia.

El único consuelo era imaginar, al tiempo que le dabas un par de rejonazos furibundos a la yunta de  desvergonzadas vacas, que seguramente los rapazuelos de Mesopotamia debían haber pasado hacía siglos por los mismos trances. “La Historia siempre se repite”, que nos decía Roger.

Ir a “respigar” era otra de las faenas duras de la temporada. Al filo de la madrugada se vaciaban de mieses todos los días algunos campos. Los carros cargados  hasta los topes salían de ellos bamboleándose como enormes pasos de Semana Santa. Su silueta se perfilaba en el horizonte sobre la luna y las nubes color naranja del amanecer.

Entonces entraban las “respigadoras” para recoger las pocas espigas que quedaban perdidas en los rastrojos. Les acompañábamos  los más menudos a regañadientes, porque había que madrugar y porque íbamos ateridos por el relente en esas mañanitas tan frescas de los veranos castellanos.  En un libro de cuadros que tenía el Hermano Roger había uno de un pintor francés sobre las espigadoras en Francia.

Los rastrojos estaban a veces lejos, a tres o más kilómetros del pueblo. Llegar pronto era importante. Había que hacerlo antes de que llegaran los pastores que también hacían madrugar a sus magros rebaños para alimentarlos con las espigas huérfanas  a menudo enterradas bajo los terrones duros y pedregosos.

Al volver a casa, las espigas recogidas se extendían  al sol en los corrales o sobre las aceras de las calles hasta la media tarde. Luego se machacaban con un mazo para separar el grano y se aventaban con bieldos a la brisa del atardecer, al mismo tiempo que lo hacían las grandes parvas de las eras.
Las calles del pueblo se cubrían con un polvillo fino sobre el que se marcaban los pasos de los transeúntes y las líneas paralelas de las ruedas de las carretas. Como si fuera  la nieve del invierno.

Lo normal era ir a espigar los rastrojos de la vega. Hubo un día sin embargo en que nos juntamos cuatro amigos de la pandilla en un campo de arriba del pueblo, hacia la Loma. A la espera, sacudiendo contra el ribazo los pies aletargados por el frío, estaban cuatro cuadrillas de respigadoras. Una de ellas venía del cercano villorrio de San Mamés de Campos.
Una voz destacaba por encima de las demás del grupo. Y una silueta, alta y redondeada  se dibujaba contra la luna agosteña.

-Es Lina” -dijo Sixto- la Linaza..!
-La Fiera de la Loma -confirmó Rubio

Surgió espontáneo el recuerdo de Floren y su partida del pueblo sin que la pandilla se hubiera vengado de la sucia Catalina.

-¡Llegó su hora!! -sentenció Rubio, mientras trazaba el plan de la venganza.

Hacía varios meses que habíamos olvidado a esta “personaja”, como la llamaba Zalito. La pandilla había conseguido entonces librar a Floren de las garras de la malvada limpiadora. Eso ocurrió  mientras yo me encontraba en el hospital palentino, convaleciente de la caída desde la balaustrada del primer piso de casa de Floren, al huir del achuchón que le estaba dando al chico  la despechugada infame.

Al día siguiente del accidente,  según me contaron mis amigos, se dirigieron todos en comisión al Francés, el Hermano Roger. Le espetaron de pe a pa el problema de Florencio.
La solución sólo tardó dos días. El Hermano Roger esperó al padre de Floren a pie de camioneta, a su llegada desde Frómista. Le explicó los hechos. Le tuvo que calmar y convencerle para que no fuera de inmediato al pueblo de la harpía a deslomarla. Y le sugirió que se llevara consigo  a la abuela y al muchacho. Con la distancia amainarían las pesadillas del chico y el tiempo borraría los recuerdos bochornosos.

Así fue. Floren partió con la familia al pueblo burgalés de Villarcayo. Nos escribió dos meses más tarde. Estaba contento porque había encontrado una nueva madre. Era una buena mujer que desde hacía poco tiempo vivía con su padre.
Pensaban casarse, pero todavía no podían hacerlo. Hasta que se arreglaran unos papeles que declararan a su primera madre definitivamente desaparecida,  como a tantos otros, en los aciagos días de las batallas del Norte.

Luego de la partida de Floren, la pandilla quiso tomarse la justicia por su mano. Había que lapidar a la culpable. Por “adúltera”. Que así lo ordenaba y lo describía la Biblia, según Pepín.
Menos mal que se les ocurrió ir a preguntar al Hermano Roger cuál era el ritual bíblico para lapidar a las féminas que habían “abusado del adulterio”.
El Francés tuvo que aplicarse a fondo para evitar la tropelía  y explicarles que no se trataba de ningún adulterio y que nadie podía tomar la justicia “por sus manos”, o sea convertirse  por sí mismo en la mano de la justicia.

-Pues si no es por las manos, que sea por los pies, a palos o a pedradas..
-¡Esto no puede quedar así...!!
-A esa “Linaza” hay que aplicarle dos  buenos tánganos de “aceite de ricino”!
-Pues, hala! en camino... -les dijo ya harto y en un potable castellano el Hermano Roger que para entonces había asimilado bastante nuestra lengua-
-Pero cuando lleguéis –añadió-  y eso sin que previamente os vean los  Civiles, acordaos de lo que un día en un caso “paresido” dijo Jesucristo: “El que de vosotros sea sin pecado que tire la primera piedra”!!
-Jope con los frailes...-susurró alguien- ¡siempre el freno!!
-Y jodiéndote las iniciativas...
-Las palabrotas no dan la razón a nadie, Gonzalito...
-Ya lo sé, Hermano, ni tampoco engordan, no te...  jiba!!

Pero ahora, en esta dulce y fresquita madrugada de verano, no estaba presente, por fortuna, el sentenciero de Roger. Así que manos a la obra.
La estrategia se urdió en pocos segundos  A la derecha del terreno había un escarpado terraplén sobre un arroyo reseco lleno de ortigas y zarzales. Rubio y Sixto se colocaron al borde del ribazo.

-Eh!, aquí...venir chavales -gritó el Rubio- he encontrado una poza a rebosar de espigas!

La primera en precipitarse hacia la trampa fue la avariciosa Catalina. Y era verdad. Había de espigas para llenar una talega.
Dando codazos a todo el mundo, “Linaza” se afanaba en recoger más que ninguno. Su orondo trasero apuntaba respingón hacia la luna. Sixto fingió de maravilla un brusco tropezón sobre un terrón cercano y cayó de lleno sobre el voluminoso pandero.
La guapa se desequilibró. Al otro lado Rubio, inclinado sobre la orilla del talud, le hizo la cama y ella dobló en redondo. Rodó entre zarzas y maleza unos tres metros hasta el fondo  del arroyo.
La recogieron con un brazo desportillado,  con las manos y la cara  llenas de rasguños de las espinas e infladas y amoratadas por las caricias de las ortigas venenosas. Todavía alcanzaron la última carreta que la llevara al pueblo.

-Pobrina... -decían Sixto y Rubio con cara compungida- no pudimos hacer nada por ella
-Está mu malica...-lamentaba una mujer mayor- tendrán que llevársela sin más al hospital
-Eso, eso -decía yo para mis adentros- y que  allí le pongan un barril de cloroformo. Que sepa lo que es bueno!!

Al día siguiente mandamos una carta a Villarcayo, a nuestro amigo Floren.
Decía escuetamente y en francés para que nadie se enterara: “Justice est faite”. Que quiere decir: “Se ha hecho justicia”.
Porque eso era lo que nos decía el Hermano Roger cuando acabábamos de cumplir el castigo merecido por alguna de nuestras fechorías.





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