
Uno de los
días tomé la ruta de la costa.
Después de pasar el espigón que separaba el
comienzo de la playa del incipiente
estuario del río Bidasoa, empezaba una cuesta muy empinada que ascendía hasta
el casino, imponente edificio de estilo moruno, e iba luego bordeando la
cornisa atlántica hasta San Juan de Luz.

Allá abajo, al lado de una gran roca horadada del acantilado, estaban en medio del agua los peñascos de los dos“Hermanos Gemelos” que son algo así como el pórtico de entrada a los tres kilómetros de la magnífica playa hendayense.
Los Gemelos
estaban en ese momento cubiertos por la pleamar. Apenas emergían del agua sus
cabezas erosionadas. Había un temporal de espanto que rugía como una fiera y
escupía hacia lo alto olas de varios metros. Me acerqué al pretil del Boulevard
del Mar, como hacía mucha gente, para ver a corta distancia la tormenta. Con
tan mala sombra que, al asomarme, brotó del fondo una de esas gigantescas olas,
se levantó parecida a una seta inmensa de espuma y cayó plana, como una gran
sábana líquida, sobre la bicicleta y su imprudente auriga. Salí de estampida,
chorreando arena y agua salada, hacia una tienda cercana. Creo que era una
panadería.
-¿Puedo
descansar aquí un momento? dije sin aliento.
La mujer de
la barra, que parecía muy atareada, se encogió de hombros sin mirarme apenas.
Poco después un tipo con barba canosa que desde lejos había presenciado el
incidente vino empujando la pequeña bicicleta roja.
-Eh voilá! le vélo de la petite fillette…oú
est la môme? (Aquí está la bici de la chiquilla ¿dónde está la chavala?)
La mujer de
la barra hizo un ligero gesto de cabeza hacia donde yo estaba sentado. Y con aire
burlón dijo en perfecto castellano:
-Ahí está,
la “niña” de la bicicleta!
Me abalancé
sobre la bici y, sin agradecer nada a nadie, me lancé pedaleando furioso
boulevard abajo. No paré hasta la casa. Dejé la máquina en el rincón más
apartado del corral. Lo menos en que yo pensaba era en el gran peligro que
había corrido al borde del mar. Juré no volver más a subir en aquel cacharro.
Porque, por su culpa, había ocurrido lo que yo me temía. Me habían tomado
alevosamente por una chica.
Tía
Valentina era un personaje muy pintoresco. Chapurreaba al mismo tiempo el
francés, el castellano y el vasco. En este último hablaba poco cuando estaba
conmigo, porque sabía que yo no entendía ni brote. Sus explicaciones
interminables eran así mismo intraducibles
En los
largos paseos por la orilla francesa del Bidasoa nos paramos un día frente a la histórica
Isla de los Faisanes. El agua, que un
rato antes cubría casi por completo los arbustos de la desembocadura, bajaba
ahora en corriente desenfrenada hacia el mar. Bandadas de patos nadaban a contracorriente para llegar
los primeros a los lodazales que la bajamar dejaba en su retirada y sorprender
a los pececillos rezagados entre el barrillo y las raíces verdosas.
Además de
ciertas historias rocambolescas de familia, lo que más le gustaba contar, o más
bien escenificar, a tía Valentina era el encuentro entre Hitler y Franco en la
majestuosa estación de Hendaya durante el mes de octubre de 1940.
Valentina
trabajaba en la limpieza de los grandes vagones de pasajeros y coches cama que
diariamente partían desde Hendaya hacía París y otras grandes ciudades francesas.
En esa
mañana, ensimismada en su trabajo, no percibió que, ya cerca de las dos de la
tarde, desalojaban con gran contundencia la estación entera. Cuando quiso salir
de su vagón se encontró con todos los andenes tomados por los soldados “boches”, apostados incluso entre las
ruedas de las máquinas, armados con fusiles y ametralladoras y acompañados por
enormes perros lobos.
Parapetada
tras las cortinillas de una de las ventanas, de sobresalto en sobresalto al
escuchar a unos metros de distancia las órdenes secas y salvajes como ráfagas
de ametralladora de los mandos nazis, pudo contemplar el espectáculo
tragicómico de la entrevista.
Primero, por
la línea de Bayona, llegó el tren del alemán. Taconazos. Palabras gruesas.
Todos cuadrados. Hasta los perros. Luego silencio. Durante muchos minutos.
-Corasón mío batía como el de un chien
enchaîné
A poco
apareció un general gordo. Bajó del tren alemán y estuvo un rato mirando ceñudo
hacia la línea de San Sebastián.
-Luego bajó
“él”. Fürer en persona. Gritaba a generalote grueso.
Mostacho de mosca temblaba, muy en
colère. Se metió a pasear, manos al culo, en grandes jambadas, arriba abajo, abajo arriba, furioso porque esperaba ya
tiempo. Oh dis… era comique, quelle putade!!


-“Generalito” español avanzaba con
ojuelos entreabiertos, cara de “contentamiento”.
Hitler adelantó, orgulloso, para entrar
primero en tren de entrevista.
Valentina
imitaba sus gestos y sus andares. Recordaba las larguísimas horas que estuvo
encerrada y la “cara de perro enragé”
con la que el alemán despidió al “generalito”.
Pero tuvo
que parar porque en la puerta principal de la estación había un gendarme que no
le quitaba el ojo.
-Ese…cochon gendarme vendido al enemigo.
Traidor patria. Vichy. Franco jodido valiente pues. Pequeño pero matón, eh?
Salió de tren fresco como rosa. Hitler volvió cola entre piernas. Franco no
entregó España a los boches alemanes como hisieron con Fransia cobardes militares de aquí
Una patrulla pasó en tromba por la calle de la
estación. Era la misma que días atrás vimos en el puente internacional.
-Voilá… puercos!!… van a casar gente de la resistensia. Como si serían
lapinos de montaña
Mi recuerdo
voló de nuevo hasta mi profesor y amigo Roger Barthelémy que andaba sin duda
por las montañas galas tratando de encontrar y devolver a su patria el honor
que, según decía tía Valentina, Francia había perdido.
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