martes, 11 de agosto de 2015

LA FIERA DE LA LOMA (11 agosto 15)

Fue sin embargo Florencio el que más sufrió en aquellos días.
Floren vivía en el segundo piso del edificio del Banco de Santander, al lado del teatro Sarabia, enfrente de la casa donde, según indicaba una placa, había nacido el Marqués de Santillana. En el mismo edificio, piso tercero, vivían entonces la abuela María y  tía Carmen.
Floren procedía de la comarca leonesa del Bierzo. Durante la guerra, en el año 37, su madre, de origen carrionés, había desaparecido de manera extraña. Fue a buscar a su marido a Asturias, donde, según las referencias, tenía que encontrarlo luchando en el sitio a la ciudad de Oviedo. No se supo más de ella.
Su padre, por cierto, no estaba en ese sitio sino un poco más lejos en el cinturón de hierro de Bilbao donde un obús enemigo estuvo a punto de segarle la vida.

Cuando acabó la guerra, ya repuesto, vinieron padre e hijo a instalarse en Carrión, el pueblo de sus antepasados. Ahora el padre trabajaba en una cantera cerca de Burgos. Venía los últimos días de cada mes e ingresaba en el banco de la planta baja lo necesario para que Floren y la abuela fueran tirando buenamente.

Hasta les había buscado una limpiadora para que les adecentara la casa dos veces por semana.

La moza, entre dieciocho y veinte años, venía a pie desde San Mamés de Campos, un pueblecito de la Loma, a dos kilómetros de Carrión.   Sólo distinguías el villorrio cuando estabas a unos metros de él. Sus casas de adobe, sin pintar, y las tapias de los corrales de ovejas se confundían con el terruño de una ladera ocre sobre la que parecía estar el pueblo sesteando.

Se llamaba Lina. Les tenía, eso sí, la casa como los chorros del oro. Floren se quedaba embobado viéndola sacar el brillo de la tarima de madera con las dos bayetas en los pies descalzos. Zis,zás,zis,zás..., el movimiento de grupa y de caderas le turbaban el ánimo y algo más al chaval, y tenía que esconderse en una alcoba para seguir espiando, a pesar suyo y rojo como una guindilla, aquellas ondulaciones deliciosas.

La mozuela se percató muy pronto de esa pícara curiosidad. Un día en que la abuela asistía a una reunión de la parroquia, se encontró Floren solo, a su vuelta del colegio, con  “aquel cacho  tía” –así nos lo dijo en una de nuestras reuniones- en bragas escuetas y sin nada de cintura para arriba.
Zis,zás ,zis, zás...,  ondulaba a sus anchas  el pandero y...cuando se dio la vuelta, dos cuévanos de nata, como las ubres de la vaca Lucinda de la lechería, oscilaban rítmica y peligrosamente de norte a sur y de este a oeste.
Floren echó a correr escalones abajo, de cuatro en cuatro. Se refugió en los soportales de la plaza y no volvió a casa hasta que, apostado detrás de la columna que da al estanco, vio cómo bajaba la Lina, haciéndose la ingenua, y se perdía calle de Santa María abajo camino de su pueblo.

El acoso al pobre chico fue desde entonces aumentando sin piedad. Lina cambió de táctica  y empezó a  encerar los pisos de rodillas.
Floren intentaba en vano estudiar en la mesita de la alcoba. Imposible. El rabillo del ojo se le iba sin piedad a las orondas redondeces, a veces desnudas, que, tarareando pasodobles –“¡Florencio Alegre y olé...mi corazón!!”- le enseñaba sin recato aquella fierecilla.
Día hubo en que se acercó a él, le estrechó fuerte contra su mullida delantera y estampó en su nuca dos largos y sonoros besos que le estremecieron desde el cogote a las puntas de los pies.

Florencio no dormía. Tenía raras pesadillas y se despertaba gritando, empapado en un sudor frío. Tenía los ojos como dos moras. Con frecuencia debíamos espabilarle a codazos en la escuela, cuando su cabeza caía como una calabaza sobre el libro abierto en cualquier página encima del pupitre.

-A ti te pasa algo, Floren  -le dijo Pepín.
-Nada. Que no he dormido bien, y estoy cansado...
-Nos dices de una vez qué es lo que tienes...lechuguino!!, dijo gritando Rubio.

Primero entre mocos y pucheros, y luego más sereno, nos contó de pe a pa toda la historia.

-No se lo puedo contar esto a mi abuela, porque le pasaría algo..
-Y  ¿por qué no se lo dices a tu padre?
-La muy zorra mentirosa me dijo ayer que quiere a mi padre, que un día se casará con él y que yo seré entonces hijo suyo!!!

Sixto dijo entonces por lo bajo que “nanai”
-Eso no está nada  claro -añadió Alonso
-Pues alguna decisión hay que tomar -afirmó Rubio
-Y  “de seguida” -sentenció Zalito

Antes que la pandilla decidiera la estrategia para liberar a Floren del cerco de  lujuria de la “Fiera de San Mamés” me sucedió un percance que me apartó casi veinte días de la pandilla y del colegio.
Fue en el mismo edificio en el que vivía Floren. Llegábamos juntos de los Maristas. El entró en su casa del segundo. Yo subí hasta el tercero. 

La tía Carmen o en su ausencia la abuela María, me preparaban casi todos los días la merienda. Una
rebanada de pan de hogaza con miel y un tazón de leche hervida. Yo extendía sobre la miel la capa de nata que subía hasta el borde de la taza.
La abuela María hervía siempre la leche antes de tomarla. Tenían que aparecer dos dedos de nata en la superficie del cazo. De lo contrario la leche había sido bautizada. El espesor de la nata denotaba el mayor o menor trapicheo de la lechera de turno. ¡Ay de la tramposa, si la nata no afloraba al romper el hervor y no se estancaba espesa y untuosa, dos dedos  y no menos, en lo alto!
A sus setenta años la abuela tenía más malas pulgas que un perro callejero. Yo creo que eran esos ácaros los que la mantenían en vigor, siempre más tensa que un arco de ballesta.
Un día en el que la leche estaba claramente adulterada se  plantó en jarras delante de la lechera, sin respetar la cola de los asistentes, y  le dijo bien alto, para que todo el mundo se enterara:

-Rosaura, no nos vendas  gato por  liebre...
-Pero qué dice...!
-Que si sigues echándole agua a la leche, te llevaré a los consumeros, mona
-El agua se la pondrá usted, mancheguina mohína. Para que le cunda más a sus nietucos...so roñosa1

Lo de mancheguina venía de lejos. Nunca pude averiguar su procedencia. Sólo sé que era algo que a la abuela le sacaba aún más de sus casillas.
Así que se quitó la zapatilla derecha y se la endilgó violentamente a la lechera por encima del mostrador. La tía Rosaura esquivó el artefacto que fue a aterrizar en una de las tinas.
La leche tintó de estrías blancas la pared azulada de la tienda. Dos vecinas apartaron a la abuela que salió erguida y cojeando del establecimiento.

-Señora María, que se deja usted la zapata...
-Para ella. Que la guarde y se la pudra dentro de la mercancía. A ver si así da más sustancia

A pesar de su evidente mal genio, yo tengo que romper una lanza en defensa de la abuela María y decir que no era verdad lo de que ella aguara en casa la leche que compraba. La  prueba era la espesa capa de nata que yo extendía todas las tardes sobre la miel y el pan de la merienda. Y que sabía a gloria.
Y lo de mohína y triste tampoco me cuadraba. Porque tenía en la memoria las veces que allá en el norte de Palencia, en Villalba de Guardo, la abuela cogía el pandero y arrastraba a las eras del molino, al otro lado del puente, a las mozas y mozos del pueblo para amenizar  las joticas  y las zarabandas de los buenos tiempos.

La merienda nos duraba un poco más de media hora. Luego bajaba yo a esperar a Floren en el descansillo del segundo. Lo hacía, mal que le pesara a los consejos de mi abuela, resbalando con el vientre sobre la barandilla de la escalera, a todo trapo, en  dos embestidas.
Ese día tardaba  el chico en salir más de lo debido. Se oía desde el interior algún que otro grito confuso, como de protesta.
La puerta se abrió bruscamente. Floren trataba de escaparse aterrorizado. Detrás de él apareció la criada. Tenía al descubierto uno de aquellos pechos imponentes. Asió por los pelos sin clemencia al muchacho arrastrándolo hacia adentro, y dio un portazo que hizo temblar de abajo arriba las escaleras de la casa.

Mi reacción instintiva fue echarme de bruces contra la balaustrada y deslizarme a toda prisa por la pendiente como de costumbre. Al llegar a la altura del primero intenté frenar  y mirar hacia arriba, por si Floren hubiera conseguido escabullirse de aquella arpía, con tan mala suerte que debí inclinarme demasiado hacia adelante, me fallaron las manos y salí despedido hacia el vacío.
Yo mismo oí el choque brusco de mi humanidad sobre las losas del zaguán. Se abría una puerta y una voz, a no sé cuantos kilómetros, preguntaba: “¿Pasa algo?”.

El atontamiento duró, quizás, una o dos horas. Cuando me incorporé estaba anocheciendo. Decidí no subir a casa de la abuela. Primero porque el dolor de todo el cuerpo  no me lo hubiera permitido. Segundo porque temía una bronca descomunal de la susodicha.
Salí a la calle. La nalga derecha, hasta la rodilla, parecía de corcho. Me daba vueltas la cabeza. La  mano del mismo lado estaba descolgada, tal como si fuera la de un muñeco de trapo.

-Chiquillo, qué pasó?. Si “pai” que estés borracho...
 
Marcelo, un primo del tío Vidal, me llevó en brazos hasta casa. Llamaron a don Fernando, el médico de la familia. Fractura de la muñeca derecha y otras zarandajas de contusiones varias, dictaminó.

-Habrá que ir mañana al Hospital Provincial. Rayos X de todo el cuerpo y operación del brazo roto. Mientras tanto le dais dos aspirinas y varias tomas de leche muy caliente.
-¿Con nata o sin ella?, ¿y de qué teta?...! -parece que pregunté yo medio adormilado-
-Este niño está delirando. Cama y que descanse. Hasta mañana.

La línea de autobuses Aja, que cubría el trayecto de Guardo hasta Palencia, acababa de estrenar el coche nuevo en sustitución de la tartana antigua, la de los continuos sofocones y sobresaltos al traspasar la cuesta de la Mora. Valía la pena viajar ahora, aunque fuera aún con aire doloroso y el brazo en cabestrillo.
La señora del asiento del fondo le preguntó a madre:

-¿Qué le ha cogido al chico? Le veo mu sufriente, el pobrecito…

Y la señora Feli:

-Resbaló de la baranda del ayuntamiento. Casi dos metros. Un milagro. Sólo se ha desgraciado la muñeca.

Era mi versión camuflada, y sin testigos, de los hechos. Porque a ver el guapo que contaba en familia lo de Floren, mi deslizamiento archiprohibido por la barandilla del piso de la abuela, la furcia descocada y el odioso secuestro  de la criatura impúdicamente arrastrada por los pelos.

La estancia en el hospital provincial de Palencia tuvo dos fases. La primera nada más llegar. Pasaron por rayos X  todo el cuerpo, menos  la mano, porque así lo decía el parte del médico del pueblo.
Luego dos médicos muy jóvenes, de estreno, se ocuparon de la fractura a su manera. Palpoteaban sin miramientos la mano escacharrada y yo bramaba de dolor, sin que aquellos banderilleros le dieran la mínima importancia. En cierto momento uno sostuvo con firmeza mi brazo y el otro tiró con fuerza de la muñeca dislocada y la encajó en su sitio en un segundo. Casi me desmayé. Creo que vi más estrellas que un telescopio de Canarias que, según decían, era de los más potentes de la Tierra. Uno ordenó que me vendaran hasta el codo. Y el otro dijo a la monjita de la Caridad:


-De hoy en ocho días, le echaremos un vistazo.

Pasó la semana en la espera de que llegaran las primeras radiografías. Como no había nada de importancia, desaparecieron al poco tiempo las moraduras y los escorzones de las piernas. Pero la mano seguía doliendo. De tal manera que el jefe de los médicos ordenó al quinto día un nuevo retrato urgente de la mano rebelde.
Esta última radiografía llegó al octavo día, a la hora exacta del “vistazo” anunciado por los dos médicos banderilleros. Recibieron un rapapolvo de bandera. Desde la sala de espera oíamos los gritos y denuestos del jefe a los dos pipiolos. El antebrazo, en su unión con la muñeca, estaba astillado. Había que efectuar nueva ruptura y recomponer en el quirófano el desaguisado.

-Esta vez  -les decía yo-  fue con cloroformo. Te ponen una careta. Te dicen que cuentes hasta siete. Tú no llegas ni a cuatro, y empiezas a flotar, atrás, “alante”... y  pasan nubes grises y luego estrellitas que salen de un agujero negro como la pelusa de los chopos al acabar la primavera. Y al final te quedas quieto, acurrucado en un lejano túnel, sin sentir, ni ver, ni oír. En el vacío. Así tres horas.
-Sigue, sigue…que parece una película de intríngulis
-Lo malo viene al despertar. Tienes que vomitar el éter que te has tragado. Y como no tienes nada en el estómago, porque no te permiten comer doce horas antes de la operación, ni te dan ni agua siquiera hasta doce horas después, sólo tienes arcadas huecas y arrojones fingidos que te dejan como un pingo.
-Eh, sooo… para,  que me dan ganas de devolver…!
-Eso último es lo peor. A mí me duraron las ansias tres días y tres noches. Y todavía  tengo ahora el éter pegado a las narices.

Así les describía yo a los pandilleros mis días de internado en el hospital de la provincia. Gonzalo le daba con los nudillos a la escayola que llegaba casi hasta el codo. Y se reía porque sonaba a hueco, como cuando dábamos  con una piedra al viejo tronco de un árbol carcomido para que salieran los bichitos refugiados en su interior, mientras decía:

-¡A ver lo que te encuentras  ahí dentro cuando te quiten la cáscara, volantinero!

Sobre la rugosa piel de la escayola que empezaba a amarillear una semana antes de cortarla, tenía estampada la firma de todos mis amigos, y la de Anita –cómo no- , y algún que otro dibujo malicioso. Anita, en cambio, había puesto una flor de margarita con una cara sonriente en la corola.
Bueno, no estaban todas las firmas. Faltaba  la de Floren. Pero, en cambio,  el chico me había dejado  como recuerdo, dos de sus más fabulosos tirachinas.

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