sábado, 15 de agosto de 2015

EL REFUGIO SECRETO ( 15 agosto 15 )

A Floren le sustituyó “el Pupas”. Su nombre era Arsenio. Venía de las escuelas del ayuntamiento. Le admitimos en la pandilla, a pesar de su procedencia. Había llegado al pueblo a mitad de curso. Venía de Valladolid y todo el mundo, desde el maestro abajo, le rechazaba en las escuelas nacionales. Con el tiempo nos explicaría los motivos.
Apareció un día, solitario y canijo, perdido por el bosque río arriba, donde estábamos
todos construyendo la ciudad lacustre de Tenochtitlán, al estilo de los poblados aztecas que describían los libros de la conquista de Méjico.

-¿Puedo ayudar?
-...-
-Tengo un tío en Cigales que es carpintero… y otro en Dueñas que hace cajas para los muertos..
-...-
-y sé cazar pájaros con engrudo..., y ponerles cepos a  los conejos...

Arsenio se sentó en tierra desesperado. Le saltaban unos lagrimones gruesos como los cantos rodados del río y su voz  temblaba como el campanillo de las cabras que pastaban en la otra orilla.

-Y aluego que estoy solo... so carajo!!. Sin amigos. En las escuelas todos me insultan y me dan de lado. Y me llaman rojo...y mierdoso anarquista...!

Al final habló Pepín por todos.

-Bueno...venga. Sea por hoy... quédate chico.

Arsenio, con la mirada incrédula, se sorbió las lágrimas, dudando de que alguien le pudiera hablar amablemente

- ¿ Qué  tienes en el brazo?
-Son de hace tiempo. Unas pupas que no me se van,  mas que mi madre me ponga toda clase de fomentos, emplastos y cataplasmas de linaza...
-Natural -saltó Zalito- dile a tu señora madre que te cambie los emplastos de tus pupas...”
-Y ¿por qué?”
-Porque en este mundo -sentenció Gonzalo- no hubo ni puede haber jamás  “Linaza” buena

Estaba claro que se refería a Lina , la fiera de la Loma.  Arsenio no entendió nada pero una luz intensa le iluminó por dentro y cambió el signo de su mirada triste por el alegre bullicio de la carcajada general que desencadenó la guasa de Zalito.

Así fue como Arsenio, el “Pupas”, entró en nuestra pandilla.
Era verdad que tenía destreza en ensamblar las ramas y tablones de las  tres cabañas -la del Templo, la del Palacio y la del Consejo Azteca- que levantábamos bajo las ramas entrelazadas de álamos y castaños  en una campa frente a las cuevas de Belén.
Y ya que cazaba divinamente los conejos del campo, decidimos ese mismo día que, cuando agarrara el más precioso de todos, haríamos en la cabaña-templo, como mandaba el ritual azteca, un sacrificio al dios Sol. Para ello se había dejado una abertura grande en el techo inclinado de la choza del Templo. Cuando el sol penetrara por ella  y se posara sobre la parte  central iniciaríamos el rito. Al acabar la ofrenda comeríamos el conejo tostado en una hoguera a ras de suelo.

Al “Pupas” se le asignó además otro cometido. Se convirtió en el enlace que necesitábamos con las niñas de las escuelas nacionales. Una de ellas era Anita. De esta forma podíamos intercambiar citas y  mandarles  recados  y suspiros imposibles.
Arsenio, a pesar de las vejaciones que de continuo sufría de sus compañeros, se convirtió de la noche a la mañana en un personaje importante en las escuelas. Los chicos se preguntaban por qué, más que a ninguno de ellos, le estaban siempre rondando las  chavalas  más guapas.

 Nuestra imperial ciudad se situaba río arriba en la orilla derecha del Carrión. Se accedía a ella en parte por una antigua calzada romana  de sillares irregulares desgastados por el secular paso de los caminantes.
Las piedras de la calzada, llenas de poros y pequeñas galerías internas, albergaban infinidad de bichitos, sobretodo lagartijas y salamandras diminutas. En los días calurosos salían por decenas a tomar el sol y a cazar algún que otro insecto despistado. Cuando nos acercábamos huían precipitadamente hacía su escondrijo.
En su fuga dejaban siempre algunos rabos que caracoleaban varios minutos sobre la piedra gris. Hasta que un vencejo los atrapaba en vuelo rasante y los iba engullendo trabajosamente  por el aire.

La calzada se perdía casi a ras de suelo en una chopera densa. A la derecha, un sendero estrecho de unos cincuenta metros entre brezos, jaras y arbustos enanos. El caminito terminaba en un claro circular. En el centro un castaño gigantesco. Sus ramas se entrelazaban  a tres metros de altura con las de los chopos  cercanos.
El suelo estaba mullido por las capas de hojarasca de todos los otoños.
El sol se filtraba oblicuo por algunas aberturas del denso ramaje y daba al conjunto el aspecto de un templo en miniatura.
Era un sitio fresco, tranquilo y rumoroso por la cantidad de pájaros que anidaban en la fronda de los alrededores y el continuo murmullo de las aguas del río que discurría a escasos metros.

En pocas semanas finalizaron las instalaciones del campamento azteca.  El sitio se convirtió en el habitual lugar de reunión.  A él acudíamos mañana y tarde, hasta la caída del sol, cuando nubes de mosquitos invadían los humedales del río y nos obligaban como auténticas escuadras de aeroplanos a poner pies en polvorosa. Puente arriba íbamos rascando las ronchas de sus picotazos envenenados.

Tenochtitlán era el lugar  de nuestras confidencias,  la caja fuerte de todos nuestros secretos.
Se hablaba mucho, y con preocupación, de las niñas de las escuelas. No las entendíamos. ¿Por qué se gastaban tanta ñoñez, y tanto “bis...bis...bis”? Y cuanto más mayores se hacían más se enrollaban en sus complicaciones.

-Lo mejor –decía Pepín- es pasar de ellas
-Mira tú. Claro, eso lo dice uno que quiere meterse a cura...!

Rubio nos contó que su hermana se había levantado cierta noche  despavorida. Tenía la cama llena de sangre, y se miraba aterrorizada las piernas de un rojo espeso de matanza. El chico lo vio porque estaba la puerta abierta mientras su madre había ido a por alguna toalla humedecida.
Al volver la buena señora Rubio le dijo: “Eso debe de ser de algún vampiro, de esos que vuelan por la noche y entran por las ventanas a chupar la sangre de las doncellas, que lo leí...”

-Y me dio un bofetón, que casi me vuelve la cara del revés.
-Dicen que cuando les pasa eso, las chicas tienen cosquillas por todas partes, no se pueden bañar; y tienen que ponerle una vela a San Blas y otra...
-Lo de San Blas es pa los males de garganta, atontao; no veo yo la relación entre la gola y el chumino....

En otra ocasión  Sixto vino todo mosca por la conversación que le espió a su hermano mayor con el “Jiripi”, un mocetón de más de dieciocho años, gallito picón que se las daba de picotear a todas las mozas de la comarca y a ninguna del pueblo, mire usted qué casualidad!.
El chulapo le explicaba algo así como que su padre le había llevado a la capital, a una casa de “cintas” para que le “desvirginasen” (¿¡) …

-Anda, y eso qué es..?
-Se lo pregunté a mi hermano. Que yo pensaba que le habían llevado a un sastre o algo parecido. Mi hermano soltó una carcajada y me dijo que eso se hacía para “sacarle la bellota” a muchos mozos con dificultades. Primero el padre, como señal de hombría, le llevaba a emborracharse por las tabernas, y cuando ya estaba mas ido que un pellejo le dejaba en manos de una matrona experta...”
-O sea de una puta, terció Zalito.

Pepín se puso todo rojo y se persignó de tapadillo. Los demás bajaron la cabeza desconcertados.

-Pues eso... Y además  dijo mi hermano que eso, junto con el dejarles ya fumar, se hace cuando los chicos se ponen mayores, que han dejado de ser niños  y son ya hombres.
-¿Sabes que te digo?. Que lo del cacahuete o la bellota, no sé si le haría falta al Jiripi. Lo que le sobra al tipo ese es el tabaco y lo del vino.
-Pues sí, porque yo lo he visto por ahí recogiendo colillas de los Ideales y liándose pitillos que apestan.
-Y lo del vino porque nació mamándolo. Que de ahí le viene el mote. La Juana, su madre, le ha alimentado desde chico con sopitas de tintorro. Y había que ver al niñito haciendo eses y contorneos y entornando los ojos siempre como si estuviera, pues eso, ea...”jiripi”..!

Mientras esto decía, Zalito, en medio del regocijo general, daba traspiés como si estuviera borracho como una cuba.

Alonso comentó también que en el pueblo de sus tíos, cerca de León, había otra costumbre muy curiosa.

-Lo llaman “el bautizo del pantalón largo”
-Y eso..?
-Pues el día que dejan de ponerse pantalones cortos, les dejan cogerse una buena curda, y hala...ya se han hecho mayores.
-Jope, pues entonces yo sé de muchos de por aquí que deberían estar de estreno de pantalones largos todos los días…!”

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