A Floren le sustituyó “el Pupas”. Su nombre
era Arsenio. Venía de las escuelas del ayuntamiento. Le admitimos en la
pandilla, a pesar de su procedencia. Había llegado al pueblo a mitad de curso.
Venía de Valladolid y todo el mundo, desde el maestro abajo, le rechazaba en
las escuelas nacionales. Con el tiempo nos explicaría los motivos.
Apareció un
día, solitario y canijo, perdido por el bosque río arriba, donde estábamos
todos
construyendo la ciudad lacustre de
Tenochtitlán, al estilo de los poblados aztecas que describían los libros de la
conquista de Méjico.
-¿Puedo
ayudar?
-...-
-Tengo un
tío en Cigales que es carpintero… y otro en Dueñas que hace cajas para los
muertos..
-...-
-y sé cazar
pájaros con engrudo..., y ponerles cepos a
los conejos...
Arsenio se
sentó en tierra desesperado. Le saltaban unos lagrimones gruesos como los
cantos rodados del río y su voz temblaba
como el campanillo de las cabras que pastaban en la otra orilla.
-Y aluego que estoy solo... so carajo!!.
Sin amigos. En las escuelas todos me insultan y me dan de lado. Y me llaman
rojo...y mierdoso anarquista...!
Al final
habló Pepín por todos.
-Bueno...venga.
Sea por hoy... quédate chico.
Arsenio, con
la mirada incrédula, se sorbió las lágrimas, dudando de que alguien le pudiera
hablar amablemente
- ¿ Qué tienes en el brazo?
-Son de hace
tiempo. Unas pupas que no me se van, mas
que mi madre me ponga toda clase de fomentos, emplastos y cataplasmas de
linaza...
-Natural
-saltó Zalito- dile a tu señora madre que te cambie los emplastos de tus
pupas...”
-Y ¿por
qué?”
-Porque en
este mundo -sentenció Gonzalo- no hubo ni puede haber jamás “Linaza” buena
Estaba claro
que se refería a Lina , la fiera de la Loma. Arsenio no entendió nada
pero una luz intensa le iluminó por dentro y cambió el signo de su mirada
triste por el alegre bullicio de la carcajada general que desencadenó la guasa
de Zalito.
Así fue como
Arsenio, el “Pupas”, entró en nuestra pandilla.
Era verdad
que tenía destreza en ensamblar las ramas y tablones de las tres cabañas -la del Templo, la del Palacio y
la del Consejo Azteca- que levantábamos bajo las ramas entrelazadas de álamos y
castaños en una campa frente a las
cuevas de Belén.
Y ya que
cazaba divinamente los conejos del campo, decidimos ese mismo día que, cuando
agarrara el más precioso de todos, haríamos en la cabaña-templo, como mandaba
el ritual azteca, un sacrificio al dios Sol. Para ello se había dejado una
abertura grande en el techo inclinado de la choza del Templo. Cuando el sol
penetrara por ella y se posara sobre la
parte central iniciaríamos el rito. Al
acabar la ofrenda comeríamos el conejo tostado en una hoguera a ras de suelo.
Al “Pupas”
se le asignó además otro cometido. Se convirtió en el enlace que necesitábamos
con las niñas de las escuelas nacionales. Una de ellas era Anita. De esta forma
podíamos intercambiar citas y
mandarles recados y suspiros imposibles.
Arsenio, a
pesar de las vejaciones que de continuo sufría de sus compañeros, se convirtió
de la noche a la mañana en un personaje importante en las escuelas. Los chicos
se preguntaban por qué, más que a ninguno de ellos, le estaban siempre rondando
las chavalas más guapas.
Nuestra
imperial ciudad se situaba río arriba en la orilla derecha del Carrión. Se
accedía a ella en parte por una antigua calzada romana de sillares irregulares desgastados por el
secular paso de los caminantes.
Las piedras
de la calzada, llenas de poros y pequeñas galerías internas, albergaban
infinidad de bichitos, sobretodo lagartijas y salamandras diminutas. En los
días calurosos salían por decenas a tomar el sol y a cazar algún que otro
insecto despistado. Cuando nos acercábamos huían precipitadamente hacía su
escondrijo.
En su fuga
dejaban siempre algunos rabos que caracoleaban varios minutos sobre la piedra
gris. Hasta que un vencejo los atrapaba en vuelo rasante y los iba engullendo
trabajosamente por el aire.
El sol se
filtraba oblicuo por algunas aberturas del denso ramaje y daba al conjunto el
aspecto de un templo en miniatura.
Era un sitio
fresco, tranquilo y rumoroso por la cantidad de pájaros que anidaban en la
fronda de los alrededores y el continuo murmullo de las aguas del río que
discurría a escasos metros.
En pocas semanas finalizaron las instalaciones del campamento azteca. El sitio se convirtió en el habitual lugar de reunión. A él acudíamos mañana y tarde, hasta la caída del sol, cuando nubes de mosquitos invadían los humedales del río y nos obligaban como auténticas escuadras de aeroplanos a poner pies en polvorosa. Puente arriba íbamos rascando las ronchas de sus picotazos envenenados.
Tenochtitlán
era el lugar de nuestras confidencias, la caja fuerte de todos nuestros secretos.
Se hablaba
mucho, y con preocupación, de las niñas de las escuelas. No las entendíamos.
¿Por qué se gastaban tanta ñoñez, y tanto “bis...bis...bis”? Y cuanto más
mayores se hacían más se enrollaban en sus complicaciones.
-Lo mejor
–decía Pepín- es pasar de ellas
-Mira tú.
Claro, eso lo dice uno que quiere meterse a cura...!
Rubio nos contó que su hermana se había
levantado cierta noche despavorida.
Tenía la cama llena de sangre, y se miraba aterrorizada las piernas de un rojo
espeso de matanza. El chico lo vio porque estaba la puerta abierta mientras su
madre había ido a por alguna toalla humedecida.
Al volver la
buena señora Rubio le dijo: “Eso debe de ser de algún vampiro, de esos que
vuelan por la noche y entran por las ventanas a chupar la sangre de las
doncellas, que lo leí...”
-Y me dio un
bofetón, que casi me vuelve la cara del revés.
-Dicen que
cuando les pasa eso, las chicas tienen cosquillas por todas partes, no se
pueden bañar; y tienen que ponerle una vela a San Blas y otra...
-Lo de San
Blas es pa los males de garganta, atontao; no veo yo la relación entre la gola
y el chumino....
En otra
ocasión Sixto vino todo mosca por la
conversación que le espió a su hermano mayor con el “Jiripi”, un mocetón de más
de dieciocho años, gallito picón que se las daba de picotear a todas las mozas
de la comarca y a ninguna del pueblo, mire usted qué casualidad!.
El chulapo
le explicaba algo así como que su padre le había llevado a la capital, a una
casa de “cintas” para que le “desvirginasen” (¿¡) …
-Anda, y eso
qué es..?
-Se lo
pregunté a mi hermano. Que yo pensaba que le habían llevado a un sastre o algo
parecido. Mi hermano soltó una carcajada y me dijo que eso se hacía para
“sacarle la bellota” a muchos mozos con dificultades. Primero el padre, como
señal de hombría, le llevaba a emborracharse por las tabernas, y cuando ya
estaba mas ido que un pellejo le dejaba en manos de una matrona experta...”
-O sea de
una puta, terció Zalito.
Pepín se
puso todo rojo y se persignó de tapadillo. Los demás bajaron la cabeza
desconcertados.
-Pues eso...
Y además dijo mi hermano que eso, junto
con el dejarles ya fumar, se hace cuando los chicos se ponen mayores, que han
dejado de ser niños y son ya hombres.

-Pues sí,
porque yo lo he visto por ahí recogiendo colillas de los Ideales y liándose
pitillos que apestan.
-Y lo del
vino porque nació mamándolo. Que de ahí le viene el mote. La Juana , su madre, le ha
alimentado desde chico con sopitas de tintorro. Y había que ver al niñito
haciendo eses y contorneos y entornando los ojos siempre como si estuviera,
pues eso, ea...”jiripi”..!
Mientras
esto decía, Zalito, en medio del regocijo general, daba traspiés como si
estuviera borracho como una cuba.
Alonso
comentó también que en el pueblo de sus tíos, cerca de León, había otra
costumbre muy curiosa.
-Lo llaman
“el bautizo del pantalón largo”
-Y eso..?
-Pues el día
que dejan de ponerse pantalones cortos, les dejan cogerse una buena curda, y
hala...ya se han hecho mayores.
-Jope, pues
entonces yo sé de muchos de por aquí que deberían estar de estreno de
pantalones largos todos los días…!”
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