viernes, 7 de agosto de 2015

LA EDAD DE PIEDRA ( 7 agosto 15 )

La plaza del ayuntamiento era  el primero y casi el único lugar de reunión de chicos y chicas juntos, a la vista de todo el mundo. En los bajos del edificio estaban las escuelas nacionales. Niños y niñas por separado.


Cada grupo tenía sus juegos. Y todas y todos se espiaban de soslayo, como si no pasara nada.

Teníamos por norma no meternos con las amigas ni con las hermanas de nuestros compañeros. Por contra, si se ponía a tiro alguna otra, especialmente de las escuelas nacionales, era seguro el estirón de pelo,  la palmada en el trasero o la artera zancadilla que hacía rodar por tierra a la indefensa criatura.

A renglón seguido aparecían los machitos del otro bando dispuestos a blanquear la honra de su ofendida dama. Las cuentas se dirimían a pedrada limpia, a escasos metros de la plaza, en la bajada hacia el plantío, hasta que aparecía el alguacil y dispersaba la algarada.
En una de esas refriegas yo recibí un cantazo fenomenal en la ceja derecha. Sangraba como un pato degollado. En casa, la Sra. Feli puso azúcar en cantidad sobre la herida hasta cortar la hemorragia. Luego vendó toda la frente.
Y así me presenté al día siguiente en el colegio, con mi turbante sarraceno ganado en pleno campo de batalla.

Todos los profesores afearon nuestra conducta. 
El Hermano Roger nos recordó algunas escenas de pinturas rupestres de la prehistoria  que habían descubierto hacía poco en unas cuevas, cerca de su pueblo francés.
Estaban dibujadas en el centro de una pared de roca viva unas  cuantas mujeres asustadas. A ambos lados, dos grupos de salvajes se peleaban  por ellas lanzándose mutuamente palos y pedruscos.

-Una de aquellas piedrgas le ha dado hoy en la cabesa a vuestrgo amigo. ¿Paga qué han pasado tantos siglos de sivilisasión, si ustedes siguen aún en la “Edad de las Piedrgas”, como aquellos “Trgogloditos”?!.

Yo sé que bajé un peldaño en la opinión de niño bueno que todos me tenían. Tan sólo me consoló el sentir el calor de todos los compañeros de pandilla que no me dejaron ni a sol ni a sombra en todo el día.

Algunas chicas de nuestra edad se escapaban con nosotros en las tardes calurosas de los sábados de julio. Ibamos lejos, a bañarnos clandestinamente, en algún remanso del  río Carrión, casi en el límite con Torre de los Molinos.


De los numerosos palomares  redondos que hay entre los huertos salían a veces parejas de mozos y mozas, que intentaban zafarse a nuestra vista como si tuvieran vergüenza.

Ellas iban arreglándose las melenas despeinadas.

Ellos con la cara congestionada, del color de las ricas moras que nosotros íbamos cogiendo en los setos de las veredas.


Fuimos de baño cierta vez a un recodo tranquilo donde el río se remansaba en un pequeño lago. Al final de esta especie de piscina natural, el río, con un murmullo de cascada, se despeñaba uno o dos metros  sobre la calva de inmensos y relucientes cantos rodados

Los chicos nos cambiábamos detrás de unos matorrales. El cambio consistía en  pasar atrás la parte abierta delantera de los calzoncillos. Era ridícula la estampa trasera que ofrecíamos al salir corriendo hacia la balsa. Pero ante la presencia de las niñas, eso era mejor que bañarse coritos como lo hacíamos cuando estábamos solos.
Las niñas guardaban puestas sus ropas íntimas. Sus formas incipientes se insinuaban apenas bajo las telas transparentes. Hacíamos lo posible porque resbalaran en las piedras del fondo para acudir presto a levantarlas y sentir su mínimo pero inquietante roce pasajero.

Y no hubo más. Entre otras cosas porque apareció un guarda forestal en la orilla de enfrente. El hombre vociferaba hasta desgañitarse. Pero el rumor del agua no nos dejaba oír lo que decía. Lo más seguro era que estaba prohibido bañarse en ese sitio.
Como no le hacíamos ni caso, el hombre desenfundó su carabina de postas de sal. Sonó un estampido seco y corto. Y nos cayó a pocos metros la primera salva.  Al resbalar la sal por la superficie tersa del agua se formó a contraluz un gran abanico de colores. Parecía la cola de un  gran pavo real.

En la desbandada perdimos parte de la ropa. Volvimos de puntillas media hora después a rescatarla. Estaba hecha unos zorros. Embarrada e impresentable. Así que la entrada en casa al anochecer fue de antología.
Para abreviar. Primero cumplir con la tradición familiar: a la cama sin cenar. Segundo: al día siguiente, domingo, ni propina ni salir de casa en todo el día. Tercero: a media tarde se coló un avioncillo de papel por mi ventana. “Te echamos de menos. Si bajas, estamos en el templete del Salón”. Firmaba “Anita” ¡!...
 Me supo a gloria la lectura que en ese momento estaba haciendo del libro “Corazón” de Edmundo de Amicis. Porque pensaba que, si ella se perdiera, yo también iría en pos de Anita, aunque fuera de los Apeninos a los Andes.

Eramos ocho. Siete de los Maristas, y uno de la escuela del ayuntamiento. Zalito cambió el nombre de la pandilla por el de “Los Aztecas”. 

Antes se llamaba “Los ocho de la Fama”. Como aquellos de Francisco Pizarro, que eran algunos más, y que a mí me intrigaban  porque a fuerza de leer tantas historias de españoles  -Numancia, los barcos de Cortés, los trece de Pizarro, Filipinas...y luego y más reciente lo de Franco- me había llegado a preguntar cómo debíamos de ser los españoles que siempre tenía alguien que llevarnos al límite para meternos “en razón”.

Se lo llegué a exponer así al Hermano Roger.  Y él recuerdo que me respondió que no era para tanto.
-Los españoles sois un pueblo más de Europa –dijo- muy paresido y con una historia, aunque muy vuestra, muy “semblable” también a la de los demás.

Y comentó luego con su jerga francesa que todas las naciones tienden a considerarse el ombligo del mundo y a pensar que son como una especie de noria, de esas que se ven en nuestros campos castellanos, con un movimiento sin fin donde se encuentra todo lo peor y lo mejor del mundo.
Cuando sus canjilones están en lo más alto, no hay quien les aguante su soberbia y fanfarronería.
Cuando están hundidos en el fango, da pena ver lo miserables y desastrosas que se sienten.
Como si la Historia no fuera a girar nunca y  a poner a cada cual en su parcela.

Bueno, me dije yo, ya vendrán, pues, tiempos mejores. Y que los veamos.

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