

En la más
grande acampaban desde el mes de marzo
hasta el otoño algunas tribus nómadas de raza gitana. Venían de Mansilla de las Mulas, en la
provincia de León.
-Esos serán
los “Toltecas” -decía Rubio, que era el que mejor había asimilado mis historias
sobre la conquista de Méjico- la tribu amiga de Hernán Cortés que tanto le ayudó
a conquistar Tenochtitlán.
-Sean los
que sean -añadía el práctico de Zalito- lo que nos conviene es hacerles la
cusca para que no destruyan nuestros trabajos.
Cierto día,
durante la feria de San Mateo, dos arrapiezos amedrentados irrumpieron en
nuestros dominios. Eran hermanos, niño y niña. Venían de las cuevas de enfrente, demudados, sin
palabras, chopados totalmente. Acababan de cruzar el río por el vado resbalando
sobre el verdín de las piedras lustrosas.
-Pero…pero
bueno!! –acudió enseguida Pepín- ¿qué te ha pasado chiquilla?... Y esa sangre…
La gitanita
tenía una gran mancha de sangre en la espalda. Gimoteaba acurrucada en el fondo
de la choza destinada al Consejo Azteca. Sixto sentó al niño al lado de su
hermana y los cubrió con dos camisas y unas cuantas ramas.
A
poco pasaron corriendo dos individuos de una catadura horrorosa. Uno de ellos
blandía una faca de gran tamaño. El otro una tranca fenomenal. Furiosos y
jadeantes, enfilaron hacia la calzada romana. Desde allí se dirigieron hacia el
último ojo del puente, donde acampaba otra familia gitana en esos mismos días.

Se dijo que
era un ajuste de cuentas que venía de muy lejos. Las familias habían intentado
no coincidir en ninguna de las ferias ambulantes. El azar las reunió a escasos
metros en las pacíficas orillas de nuestro río.
Los guardias
civiles se llevaron a los dos huérfanos que habían salvado sus vidas
guareciéndose en nuestro campamento. Uno de los guardias no hacía más que
escudriñar la cabaña. Parecía que no le agradaba mucho nuestro escondite. Pepín y yo le
identificamos.
-Es el cabo
bigotudo –le dije al oído- el de los garbanzos
-Sí…sí..ahora
que lo dices... el que nos espachurraba con sorna, a pocos pasos de la tienda
de la tía Petra, los granos de estraperlo
que se me cayeron
A partir de
esos hechos, se prohibió definitivamente a quienquiera que fuese acampar en las cuevas de Belén.
Había unos
grandes viveros a escasos cien metros de nuestra ciudad azteca. En ellos, por
cierto, trabajaba el tío Vidal y tenía como compañero a un hombre ya mayor
llamado Ambrosio. Este tenía una voz potente.
Mi tío decía
que en las campañas de Marruecos le
habían ajustado en la telefonía sin hilos. Porque en el inmenso desierto
le usaban de vocero. Y le hacían gritar las órdenes de duna en duna a las
tropas desperdigadas. Y también los insultos soeces y las amenazas más obscenas
para amedrentar a los moros agazapados entre las arenas.
Porque
eso sí, mal hablado lo era a espuertas. Con frecuencia le oíamos blasfemar
desde nuestro escondite. Soltar sapos y culebras que salían silbando como
dardos por los huecos de su dentadura desportillada.
Cuando por
la tarde, de vuelta a casa, pasaba por la calzada casi enfrente de la iglesia de San Zoilo, soltaba dos
blasfemias bien sonoras, escupía, pateaba con furia el gargallo y se tiraba dos
o tres sonoros pedos.
-Ahí van… pa los zánganos de los frailes, que pa ellos se los he estado guardando toíto el día…!!
Alonso nos
trajo la noticia. El tío Ambrosio había muerto de repente al atardecer. En la
casa en que vivía, justo al comienzo del puente, habían colocado el cadáver en
el zaguán de entrada. Durante toda la noche se habían oído unos ruidos secos,
espeluznantes, que hacían retumbar la casa y desprenderse a numerosos adobes de
la trasera de los corrales.
Una tía de
Alonso habitaba una casa cercana. Como no podía aguantar los extraños golpes,
se fue hacia las cuatro de la madrugada a casa de nuestro amigo.
-Jesús, y
que su santa Madre nos ampare...descompuesta vengo, hermana..!
-¿Qué pasa
Angustias? Si parece que hayas visto al mismísimo diablo..!
-Ni que lo
digas, ni que lo digas...eso es... es Satanás en persona el que viene a hacerse
cargo del deslenguado del Ambrosio !!”
Al día
siguiente nos fuimos al sepelio de Ambrosio. Lo primero porque, siendo vecino
de fatigas
de nuestro terreno, era de cortesía acudir a su despedida.

Y lo tercero por el gusanillo de la curiosidad. A ver si retumbaban otra vez los “cuescos” del buen hombre.
Porque según Rubio ese debía ser el origen de los zambombazos que se oían a su alrededor durante la noche anterior.
Yo
subí al coro de la iglesia para pasar la página al organista y de vez en cuando
darle al fuelle que alimenta los tubos del órgano. Me gustaba más el vetusto
órgano de mi parroquia, la iglesia de Santa María. El fuelle nuestro era más
grande. Se necesitaba mucho más resuello
para mantener una buena atmósfera en las tubas. Y tenía unos registros más
amplios y unos contrastes mucho más ricos.
En mitad de
la misa de Requiem oímos desde el coro un verdadero tumulto que procedía de la
nave de la iglesia. Todo estaba a oscuras. La gente corría en la penumbra hacia
la salida del templo.
Contemplando
el espectáculo yo me olvidé de darle al fuelle. El órgano terminó con un “sfumato” quejumbroso que se sumó a la
patética confusión de los feligreses.
En el
pórtico exterior de San Andrés comentaban algunos que se habían oído,
procedentes de la caja del muerto, los mismos ruidos tenebrosos de la noche
anterior en el portal de su casa.
No había
sido más que un simple apagón. Pero la ceremonia no pudo terminar. La gente se
negaba a entrar de nuevo en el recinto sagrado. Así que sin más y a hombros de
uno de sus hermanos y de algunos sobrinos el tío Ambrosio emprendió su última
andadura hacia el cercano cementerio.
Faltaba sin
embargo el último traspiés.
-¡Jesús, qué
desgracia! -gritó, santiguándose alterada, una de las mujeres que iba detrás de
mí- ¡Es que se veía venir!
El más joven
de los sobrinos del finado, colocado en el extremo derecho delantero, no
aguantaba más el peso del féretro. Sudaba a mares. Tenía la cara morada y las
orejas lívidas.
Al llegar a
la entrada del camposanto el chico tropezó con el mojón de la cancela. Cayó de
bruces. El ataúd escoró peligrosamente a la derecha, rodó sobre la espalda del
muchacho y fue a caer con un fragor hueco y redondo contra el primer ciprés de
la calle central del cementerio.
La caja se
abrió. El cadáver quedó tendido boca arriba en medio del camino.
La gente que
primero lo vio huyó despavorida. Se le había desprendido el pañuelo que para
mantener las mandíbulas cerradas se suele poner a los muertos de la barbilla al
cuero cabelludo. Tenía la boca abierta en un gran círculo.
Entre las
almenas de sus dientes parecía querer
empezar a disparar alguna de sus
conocidas bravatas salpicadas de blasfemias y de tacos de sal gorda y
salsa bien picante.
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