sábado, 15 de agosto de 2015

NUESTROS VECINOS, LOS TOLTECAS ( 15 agosto 15 )

Pronto descubrimos que no estábamos solos. Enfrente, al otro lado del río, estaban las históricas cuevas de Belén, adonde, según la tradición bajaban del pueblo los moros a coger agua. 
En la más grande acampaban  desde el mes de marzo hasta el otoño algunas tribus nómadas de raza gitana.  Venían de Mansilla de las Mulas, en la provincia de León.

-Esos serán los “Toltecas” -decía Rubio, que era el que mejor había asimilado mis historias sobre la conquista de Méjico- la tribu amiga de Hernán Cortés que tanto le ayudó a conquistar Tenochtitlán.
-Sean los que sean -añadía el práctico de Zalito- lo que nos conviene es hacerles la cusca para que no destruyan nuestros trabajos.

Cierto día, durante la feria de San Mateo, dos arrapiezos amedrentados irrumpieron en nuestros dominios. Eran hermanos, niño y niña. Venían  de las cuevas de enfrente, demudados, sin palabras, chopados totalmente. Acababan de cruzar el río por el vado resbalando sobre el verdín de las piedras lustrosas.

-Pero…pero bueno!! –acudió enseguida Pepín- ¿qué te ha pasado chiquilla?... Y esa sangre…

La gitanita tenía una gran mancha de sangre en la espalda. Gimoteaba acurrucada en el fondo de la choza destinada al Consejo Azteca. Sixto sentó al niño al lado de su hermana y los cubrió con dos camisas y unas cuantas ramas.

A poco pasaron corriendo dos individuos de una catadura horrorosa. Uno de ellos blandía una faca de gran tamaño. El otro una tranca fenomenal. Furiosos y jadeantes, enfilaron hacia la calzada romana. Desde allí se dirigieron hacia el último ojo del puente, donde acampaba otra familia gitana en esos mismos días.
El resultado fue calamitoso. Asomándonos a la orilla del río, pudimos ver cuatro personas, tres adultos y un niño, tendidos frente a la cueva. Bajo el puente aparecieron cinco cadáveres más.
Se dijo que era un ajuste de cuentas que venía de muy lejos. Las familias habían intentado no coincidir en ninguna de las ferias ambulantes. El azar las reunió a escasos metros en las pacíficas orillas de nuestro río.

Los guardias civiles se llevaron a los dos huérfanos que habían salvado sus vidas guareciéndose en nuestro campamento. Uno de los guardias no hacía más que escudriñar la cabaña. Parecía que no le agradaba  mucho nuestro escondite. Pepín y yo le identificamos.

-Es el cabo bigotudo –le dije al oído- el de los garbanzos
-Sí…sí..ahora que lo dices... el que nos espachurraba con sorna, a pocos pasos de la tienda de la tía Petra, los granos de estraperlo  que se me cayeron

A partir de esos hechos, se prohibió definitivamente a quienquiera que fuese  acampar en las cuevas de Belén.

Había unos grandes viveros a escasos cien metros de nuestra ciudad azteca. En ellos, por cierto, trabajaba el tío Vidal y tenía como compañero a un hombre ya mayor llamado Ambrosio. Este tenía una voz potente.
Mi tío decía que en las campañas de Marruecos le  habían ajustado en la telefonía sin hilos. Porque en el inmenso desierto le usaban de vocero. Y le hacían gritar las órdenes de duna en duna a las tropas desperdigadas. Y también los insultos soeces y las amenazas más obscenas para amedrentar a los moros agazapados entre las arenas.

Porque eso sí, mal hablado lo era a espuertas. Con frecuencia le oíamos blasfemar desde nuestro escondite. Soltar sapos y culebras que salían silbando como dardos por los huecos de su dentadura desportillada.

Cuando por la tarde, de vuelta a casa, pasaba por la calzada casi enfrente de  la iglesia de San Zoilo, soltaba dos blasfemias bien sonoras, escupía, pateaba con furia el gargallo y se tiraba dos o tres sonoros pedos.

-Ahí van… pa los zánganos de los frailes, que pa ellos se los he estado guardando toíto el día…!!

Alonso nos trajo la noticia. El tío Ambrosio había muerto de repente al atardecer. En la casa en que vivía, justo al comienzo del puente, habían colocado el cadáver en el zaguán de entrada. Durante toda la noche se habían oído unos ruidos secos, espeluznantes, que hacían retumbar la casa y desprenderse a numerosos adobes de la trasera de los corrales.

Una tía de Alonso habitaba una casa cercana. Como no podía aguantar los extraños golpes, se fue hacia las cuatro de la madrugada a casa de nuestro amigo.

-Jesús, y que su santa Madre nos ampare...descompuesta vengo, hermana..!
-¿Qué pasa Angustias? Si parece que hayas visto al mismísimo diablo..!
-Ni que lo digas, ni que lo digas...eso es... es Satanás en persona el que viene a hacerse cargo del deslenguado del Ambrosio !!”

Al día siguiente nos fuimos al sepelio de Ambrosio. Lo primero porque, siendo vecino
de fatigas de nuestro terreno, era de cortesía acudir a su despedida.

Lo segundo porque Alonso, como monaguillo de la parroquia de San Andrés, tenía que llevar uno de los cirios en el entierro.

Y lo tercero por el gusanillo de la curiosidad. A ver si retumbaban otra vez los “cuescos” del buen hombre.

Porque según Rubio ese debía ser el origen de los zambombazos que se oían a su alrededor durante la noche anterior.
Yo subí al coro de la iglesia para pasar la página al organista y de vez en cuando darle al fuelle que alimenta los tubos del órgano. Me gustaba más el vetusto órgano de mi parroquia, la iglesia de Santa María. El fuelle nuestro era más grande. Se necesitaba  mucho más resuello para mantener una buena atmósfera en las tubas. Y tenía unos registros más amplios y unos contrastes mucho más ricos.
En mitad de la misa de Requiem oímos desde el coro un verdadero tumulto que procedía de la nave de la iglesia. Todo estaba a oscuras. La gente corría en la penumbra hacia la salida del templo.
Contemplando el espectáculo yo me olvidé de darle al fuelle. El órgano terminó con un “sfumato” quejumbroso que se sumó a la patética confusión de los feligreses.

En el pórtico exterior de San Andrés comentaban algunos que se habían oído, procedentes de la caja del muerto, los mismos ruidos tenebrosos de la noche anterior en el portal de su casa.
No había sido más que un simple apagón. Pero la ceremonia no pudo terminar. La gente se negaba a entrar de nuevo en el recinto sagrado. Así que sin más y a hombros de uno de sus hermanos y de algunos sobrinos el tío Ambrosio emprendió su última andadura hacia el cercano cementerio.

Faltaba sin embargo el último traspiés.

-¡Jesús, qué desgracia! -gritó, santiguándose alterada, una de las mujeres que iba detrás de mí-  ¡Es que se veía venir!

El más joven de los sobrinos del finado, colocado en el extremo derecho delantero, no aguantaba más el peso del féretro. Sudaba a mares. Tenía la cara morada y las orejas lívidas.

Al llegar a la entrada del camposanto el chico tropezó con el mojón de la cancela. Cayó de bruces. El ataúd escoró peligrosamente a la derecha, rodó sobre la espalda del muchacho y fue a caer con un fragor hueco y redondo contra el primer ciprés de la calle central del cementerio.
La caja se abrió. El cadáver quedó tendido boca arriba en medio del camino.

La gente que primero lo vio huyó despavorida. Se le había desprendido el pañuelo que para mantener las mandíbulas cerradas se suele poner a los muertos de la barbilla al cuero cabelludo. Tenía la boca abierta en un gran círculo.
Entre las almenas de sus dientes  parecía querer empezar a disparar alguna de sus  conocidas bravatas salpicadas de blasfemias y de tacos de sal gorda y salsa bien picante.

Esa tarde no fuimos al lugar de nuestras reuniones. No fuera que resonase en los alrededores algún estruendo que alterara la rumorosa tranquilidad de la corriente del río, el soplo de la brisa amiga entre la fronda  y  el griterío escandaloso de los centenares de pajarillos que al atardecer acudían a acomodarse en nuestro refugio

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