martes, 11 de agosto de 2015

LECCION MAGISTRAL ( 11 agosto 15 )

Los términos indefinidos, imprecisos y misteriosos creaban situaciones chuscas y esperpénticas. Aunque la desazón y la duda continuaran acuciándonos por dentro, nos reíamos con ganas cuando pasaban ciertas cosas o cuando se trataba de aclarar asuntos “del botón del ombligo para abajo”.

Por ejemplo. Las niñas saltaban a la  comba al lado del templete de los jardinillos del plantío. Apostado a unos veinte metros seguía el grupo de chavales sus saltos y sus evoluciones. Los pícaros espiaban el color del fetiche universal: sus braguitas.

-¡Blanca!
-¡Rosa!
-¡Azul claro!
-¡Con puntillas...!
-¡No lleva...!!!

La pelirroja aludida, con dos largas trenzas hasta la cintura  y la cara llena de pecas a redondeles, se enfrentó al grupo de provocadores, dio media vuelta, se dobló en dos, y se echó la falda a las espaldas enseñando a los descarados  el redondo culito con  su braguita color carne. La burlona, con las trenzas a ras de suelo, les sacaba una lengua de a palmo entre las piernas.
Alonso estaba demudado. Mordisqueaba las uñas y se contorneaba extrañamente, hasta que dijo por lo bajo a su vecino:

-Oye…yo... yo me voy... que me parece que voy a “fornicar”!!

Y echó a correr a todo trapo en dirección al río.

Había un olmo viejo y retorcido al fondo de las eras que daban hacia la salida de Palencia. Un gran tajo  marcaba el final de la escarpada donde el río se desviaba hacia las vegas de Villanueva y Villoldo.
Era un lugar privilegiado, de brisa fresca y permanente en los atardeceres calurosos. Sentados a la sombra del árbol secular nos parecía estar en la proa de un gran barco, presto a lanzarse  a la deriva por las olas de los oteros, laderas y colinas verdes, pardas, blancuzcas o azuladas de la gran llanura castellana.

 Aquella tarde, sin preámbulos, Sixto  preguntó a Pepín qué significaba la Lujuria. Porque es que era una constante en todas las prédicas del párroco de San Andrés.

-Siempre está igual. Como si soñara con ella. Que  la “lujuria” es la antesala del infierno. Que las mujeres lujuriosas, dijo el otro día, están atizando ya en las calderas del infierno unas llamas directamente proporcionales a sus pasiones pecaminosas...Y dale...y venga... Siempre acaba los sermones con el mismo postre.

Se lo había preguntado, para peor, a una tía suya, una beata de misa, rosario y novena cada día.

-Eso es cosa de mujerzuelas de mala vida. Algo que ni el señor cura ni yo te podemos explicar porque aún no toca, le respondió.

Entonces dijo Rubio:

-Pues yo pensaba que las lujuriosas son esas señoronas llenas de collares, pulseras, sortijas y todo el joyerío que llevan en las procesiones, que apenas pueden andar del peso... y van arrastrando los zapatos...

Alguien le corrigió:

-Entonces sería lujuriosa la misma Virgen de Belén. Porque hace unos años le robaron todo el tesoro del camarín de la iglesia. Hubo luego una suscripción particular. Acudieron con donativos de todo el pueblo y de la contornada. Ahora lleva encima un porrón de joyas y abalorios  que no veas.

-Eso se llama lujo, so zoquete, -le precisó Sixto- no lujuria


-La lujuria es un pecado capital -aclaró Pepín- uno de los siete pecados más importantes, mortales de necesidad
-Y eso...?
-Pues ya lo sabes; que si la pringas con uno de ellos en el buche, sin haberte confesado, te vas de patas y pa siempre a las calderas del señor Pedro Botero
-Eso es  todo por dar miedo, y nada más -insistió otra vez Rubio- sigo sin enterarme

Florencio, el de los tirachinas, hablaba poco. Estaba sentado junto al tronco del inmenso árbol y levantó la mano como si estuviera en una clase del colegio.

-Yo también se lo pregunté a la abuela hace dos días -dijo tímidamente.
-¿Y qué...?
-Dijo que la lujuria es un hambre exagerada de hacer cosas carnales
-Toma -dije yo- eso servirá para cuaresma, que no te  dejan ni oler carne si no compras la bula que venden los obispos...

Pepín aclaró, sin alterarse, que la abuela de Floren no había dicho “comer carne” sino “hacer cosas de carne”, que no era lo mismo. Que no se trataba de cosas de comer, sino de uno de los enemigos del alma, que son tres.

-El Cabo, el Alcalde y el Cura de San Andrés!!!, -soltó presto Zalito en medio de una carcajada general.

Cuando se terminó el jolgorio, intentó proseguir Pepín en plan maestro.

-Entonces, los enemigos son...
-El Alcalde, el Cura y...el “Cabrón”..!!!.

Nuevo tumulto. Tres de la pandilla se echaron encima de Zalito, le maniataron, le quitaron la camisa y se la pusieron a modo de mordaza para que se callara.

-¿Puedo seguir?...
-“Mmm...!”, el prisionero asintió con la cabeza.

El seminarista en ciernes dijo que, según el catecismo, nos persiguen sin parar tres enemigos: el Mundo, la Carne y el Demonio.
Son los que se encargan de echarnos zancadillas y de mandarnos tentaciones de fuera para que nos maten el alma que está dentro.
Entonces,  la Carne y las indigestiones que se cogen abusando de ella... eso es lo que hace el pecado de Lujuria.

-¿Habéis entendido?...

Silencio general. Alonso, sin quererlo, se acordaba de una indigestión de callos que había cogido hacía dos días. Y enseguida de otra de ciruelas claudias muy maduras que cogió el verano pasado y que se las pasó moradas. Luego, deducía, los empachos no venían sólo por la carne...
Zalito hacía señas para que le quitaran la mordaza. Pero nadie lo hizo; no fuera a despacharse con una nueva patochada.
Así que fue el mismo Sixto que era un redicho, y que al fin y al cabo era quien había empezado el embrollo, quien acabó diciéndole a Pepín en plan castizo y elegante:

-Pues como “Vueciencia” –así era como llamábamos en el colegio a los empollones de la clase- no nos diga ahora qué  carne es esa con la que se guisa la lujuria nos vamos a ir todos de aquí en ayunas y con las tripas destempladas. ¿Está claro...?!.

Pepín no se inmutó. Dispuso a toda la cuadrilla en círculo frente al olmo. Se acomodó él mismo delante del tronco y empezó a dar órdenes con rapidez, sin permitir que nadie hiciera comentarios.

-Sixto, agárrate la nariz
-¡.....!?
-Que te la cojas, leche!!

Luego ordenó a Alonso que se agarrara la oreja derecha y a mí que hiciera lo propio con la oreja izquierda. Hizo desatar a Gonzalo.

-Ya que estás sin camisa, te tocas el ombligo. ¡Sin chistar! ¡venga!

A Floren y a Romero les asignó a cada uno una de sus piernas.

-Pedro Rubio...cógete la pilinga!...

-¿Qué ¡¡ ¿ la mía..!!?, dijo pálido de terror el pobre chico.

Y sin dar tiempo a que explotara la juerga entre la tropa, gritó Pepín:

-¡Silencio todos!!...¿ cuál va a ser  Pedrito?...Venga ... pero sin sacarla, hombre!!

Nos tuvo así cerca de dos minutos. Cada cual miraba para un lado y se hacía el longuis lo que podía.
Zalito apretaba como si fuera un timbre el botón de la barriga y vaciaba enseguida los mofletes a punto de estallar en una sonora carcajada.

-Ya basta! -dijo Pepín .

Y todos respiramos. Luego fue preguntando uno por uno qué es lo que habían sentido con sus respectivos tocamientos. Nada, naturalmente.

-Y tú Rubiete...¿tú le notaste algo...?”
-Hombre, Pepín...¿qué te voy a decir?...Pues...chs..., nos has tenido mucho tiempo manos a la obra, y así... te notas  a pocos, de refilón, un cosquilleo...

Sin dejar que estallara la inevitable algarabía, Pedrín sentenció solemnemente:

-Sixto: Eso es “La Carne”!. Y de ahí le salen todos los guisos, empachos y jarturas con que se forma la Lujuria, ¿estamos?.


Nadie osó hacer ni un solo comentario. A mí sí que me pasó fugazmente por la mente, como si fuera el relámpago que en ese momento cortó en dos la chopera de la vega, por qué el Hermano Abel estaba siempre persiguiendo obsesivamente a los que durante las clases no tenían sus manos encima del pupitre.
Una nube espesa y torva venía por la llanura. Diez minutos más y estallaría la tormenta. Una de esas típicas tormentas veraniegas de Castilla que atraviesa colinas y llanadas a lomos de mil caballos desbocados y deja en pos de sí un telúrico sabor a carga eléctrica y  un relajante olor a gleba húmeda, agradecida.

-¡Hala! se terminó. Abur, muchachos -dijo Pepín.

Todavía, mientras nos dispersábamos, se oyó al guasón de Gonzalo que gritaba:

-Suelta la vela...! que se acabó la procesión, chiquillo!!!
-Bah!, serás tontaina, mariquita...!! -le replicaba Rubio a lo lejos

Lo peor fue al día siguiente. En el colegio. Teníamos lección de castellano con el Hermano Anselmo. Iba ese día de metáforas, tropos y analogías.

-Explíquenme, señores, en breves palabras, la frase que les voy a poner en la pizarra”

Con impecable letra redondilla fue escribiendo el Hermano en el encerado,  y subrayando con especial énfasis el final de la propuesta.

Qué significado, o significados, tiene la expresión popular: “Poner toda la carne en el asador”

Como si le hubieran plantado una tachuela en el asiento del pupitre, saltó Rubio asustadísimo. Instintivamente se había echado una mano a la bragueta. Con la otra intentaba sacarse algo de la boca amoratada. El refrán de la pizarra le había sorprendido mordisqueando la goma de borrar que ahora tenía encasquillada en la garganta. Tuvieron que llevarle de urgencia a la enfermería.
El Hermano Anselmo, más asustado que el paciente, no se explicaba lo ocurrido.

-No ha sido nada -dijo Sixto-  el asado ese de carne tal vez estaba un tanto duro y ... al ( casi iba a decir “lujurioso”, pero no lo hizo)...al tragón de Rubio se le ha debido atravesar en el gaznat

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