sábado, 1 de agosto de 2015

HOMBRES DE PROVECHO ( 1 agosto 15 )

La señora Feli se había casado meses atrás con un vecino del pueblo. Ese fue el motivo por el que yo tuve que dejar el provisional y lóbrego centro de huérfanos de Palencia. Le llamábamos “tío” Vidal. Era el modo normal de tratar en la zona a los padrastros. 
Desde su infancia se le conocía en el pueblo con el apodo de “Zepelín”. Porque cuando uno de los dirigibles cruzó los cielos de la localidad, allá por los años 17, el muchacho daba numerosas carreras por todo el pueblo brazos en cruz, zumbando como el monstruo de los aires.

En casa decidieron inscribirme en el colegio de los Hermanos Maristas de Carrión. Era un edificio inmenso de ladrillo rojo. Aulas con techos altísimos y largos pasillos encristalados que daban al enorme patio interior.

Me impresionó desde el primer momento un campo inmenso de fútbol que estaba en la parte trasera del colegio. En él jugaban los más mayores. Tenían un equipo que desafiaba a los equipos de los pueblos cercanos.
Estos venían a jugar con unos atuendos rarísimos. Y traían botas de cuero, engrasadas con sebo,  al menos de medio quintal de peso cada una.
Era normal que todos los partidos acabaran en gresca. Los medianos, entre nueve y doce años, hacíamos de jueces de línea corriendo por las bandas con un banderín de color verde (el rojo estaba prohibido).
Cuando un balón salía del campo y venía a reclamarlo un jayán de aquellos de las botas de siete leguas se lo entregábamos sin rechistar, aunque le tocara el saque a uno de los nuestros. Acudía el árbitro para rectificar la coacción. Y ahí se armaba el lío. Nosotros nos apartábamos para evitar cualquier soplamocos extraviado en la barahúnda.
Lo más frecuente era que, a raíz de un incidente tan banal, se suspendiera el encuentro. Desde una distancia prudente acompañábamos al terminar al equipo visitante con pitos y bocinas hacia la salida del pueblo cantando:; “Hemos ganao, al equipo colorao, el defensa medio muerto y el portero escalabraooo!!!”.
 A partir de ahí no quedaba más remedio que echarse cuerpo a tierra, porque seguro que alguna piedra respondona nos venía como saludo final de despedida.


En las clases teníamos un sólo libro para todas las asignaturas, tipo enciclopedia Luis Vives. 
Había también un libro de lecturas, piadosas o patrióticas. Y un catecismo de la doctrina cristiana, que recitábamos, al pie de la letra y sin comentario alguno, dos veces por semana.
Formábamos todos en pie, pegados a las paredes, en un gran círculo para no soplar. Y dábamos la lección, primero de corrida, uno detrás de otro, y luego salteados.
Era el Hermano el que decidía por quién empezar. El que no se lo sabía… ¡Hala!… a sentarse en el pupitre y  quedarse castigado en una de las aulas del colegio una hora, de cinco a seis, por la tarde, o dos o tres horas el sábado por la mañana.

Aún se usaban los palmetazos en las palmas o en las yemas de los dedos. Eso era principalmente cuando, al empezar las clases matinales, el Hermano llamaba a  boleo  para presentar las cuentas o los problemas, las cien o doscientas líneas de castigo, los ejercicios gramaticales, una poesía de memoria.
Y... mira por dónde, ese día no lo habías preparado o del canguelo se te ponía la mente en blanco.
Cada infracción tenía su correspondiente número de golpes que, humildemente, se recibían al pie de la tarima del profesor.
Alumnos había que usaban trucos para evitar el dolor. El más frecuente era insensibilizar palmas y yemas untándolas con un diente de ajo poco antes de entrar en la clase.
A estos listejos se les veía, en lugar de retirar las manos convulsivamente a cada golpe como los demás, llegar  impávidos a la tortura, aguantar estoicamente la andanada y retirarse como una rosa a su pupitre.
El alcohol o la colonia recién puesta también mitigaban bastante los efectos de los golpes. Había varios Hermanos que debían tener la pituitaria atrofiada y no se enteraban de esas estratagemas. Y había otros que primero te pedían la mano, la olisqueaban, y, como percibieran la treta,  sustituían  la manopla por los tirones de oreja o los capones. Y además te doblaban el castigo.

El Hermano Gil tenia un puntero enorme como una pértiga de cerca de tres metros. Aquella espada de Damocles se paseaba amenazadora desde la tarima sobre la cabeza de los críos, dispuesta a caer sobre el primero que charlara durante el estudio o no se supiera la lección. Gonzalo -“Zalito” para la pandilla- aunque era flaco y esmirriado, se colgó un día del palo que amenazaba su cogote y lo chascó en dos entre el aplauso de todos los asistentes.

El recuerdo de esa persecución en regla al alumno díscolo y vago no significó nunca la aversión y el odio hacia nuestros maestros. Era como un juego. Un juego de época, tal vez no extrapolable a tiempos pasados ni sobre todo a los futuros, con sus reglas y mutuos pactos entre los participantes.
El tapiz sobre el que se jugaba era, aunque parezca mentira, la justicia. Sólo eran mal recibidos los castigos desmesurados en la forma o inmerecidos en la causa. En lo demás tenía un importante papel la picaresca. Y ésta con frecuencia no es más que la necesidad ejercitada con astucia inteligente.

  De aquellos Hermanos, prodigio de sencillez y de paciencia, pedagogos de profesión con la  metodología de su tiempo, guardamos,  además de la manopla, el pellizco y el puntero, todo lo que, a su manera, en nosotros sembraron de educación y de cultura. Que no fue poca.
Una cultura que se edificó sobre los tediosos palotes de  iniciación a la escritura, sobre las tablas de  multiplicar mil veces salmodiadas que en los meses de calor, con las ventanas abiertas de la escuela, sonaban por el pueblo más fuerte que la algarabía de cientos de gorriones y jilgueros. Y sobre la “doctrina” y las clases de urbanidad, y las interminables listas de reyes, ríos, cabos y cordilleras.

La chiquillada , exasperante y bulliciosa, valoraba sin duda todo ese aluvión que se le venía encima y la dedicación que en ello ponían los Hermanos del babero blanco.
Por eso, con mucha sorna, en las excursiones les cantábamos,  vociferando y con un ritmo exagerado, aquello de:

“Ahora que somos pequeñitos  /  y de pueril inteligencia,
no podemos comprender  /  el bien que se nos hace
en esta santa casa  /  pal día de mañana (bis)
Gloria a nuestros profesores  /  que con sus sabias enseñanzas
iluminan nuestras mentes / y nos hacen hombres de provecho
en esta santa casa /  pal día de mañana (bis)
Ya sabemos jografía  /  jometría y aritmética
sólo nos falta aprender /  los treinta reyes godos
pal  día de mañana, /  en esta santa casa (bis)



El hermano Anselmo fue el primero que me sacó libros de lectura de la biblioteca. Eran las vidas de Colón y de los grandes descubridores y conquistadores de América.  Y de los Santos, por supuesto. Y alguna obrita de Julio Verne.

Después él mismo me enseñó cómo proceder para, al terminar un libro, ir a la biblioteca, entregar el libro leído y apuntarse otro nuevo.

Así adquirí un cierto ritmo de lectura que conservaría durante largos años. Primero fue un libro al mes. Más tarde un libro para tres semanas. Llevaba un cuadernito donde me los iba apuntando.
Lo malo era cuando llegaba uno de esos tochos de tomo y lomo y centenares de páginas que te desbarataban la cadencia.
Entonces decidí, por mi mismo, establecer la página como unidad media de lectura. Cincuenta  páginas semanales. A bulto, unas diez o doce cada día

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