La señora
Feli se había casado meses atrás con un vecino del pueblo. Ese fue el motivo
por el que yo tuve que dejar el provisional y lóbrego centro de huérfanos de
Palencia. Le llamábamos “tío” Vidal. Era el modo normal de tratar en la zona a
los padrastros.
Desde su
infancia se le conocía en el pueblo con el apodo de “Zepelín”. Porque cuando
uno de los dirigibles cruzó los cielos de la localidad, allá por los años 17,
el muchacho daba numerosas carreras por todo el pueblo brazos en cruz, zumbando
como el monstruo de los aires.

Me
impresionó desde el primer momento un campo inmenso de fútbol que estaba en la
parte trasera del colegio. En él jugaban los más mayores. Tenían un equipo que
desafiaba a los equipos de los pueblos cercanos.
Estos venían
a jugar con unos atuendos rarísimos. Y traían botas de cuero, engrasadas con
sebo, al menos de medio quintal de peso
cada una.
Era normal
que todos los partidos acabaran en gresca. Los medianos, entre nueve y doce
años, hacíamos de jueces de línea corriendo por las bandas con un banderín de
color verde (el rojo estaba prohibido).
Cuando un
balón salía del campo y venía a reclamarlo un jayán de aquellos de las botas de
siete leguas se lo entregábamos sin rechistar, aunque le tocara el saque a uno
de los nuestros. Acudía el árbitro para rectificar la coacción. Y ahí se armaba
el lío. Nosotros nos apartábamos para evitar cualquier soplamocos extraviado en
la barahúnda.
Lo más
frecuente era que, a raíz de un incidente tan banal, se suspendiera el
encuentro. Desde una distancia prudente acompañábamos al terminar al equipo
visitante con pitos y bocinas hacia la salida del pueblo cantando:; “Hemos ganao, al equipo colorao, el defensa
medio muerto y el portero escalabraooo!!!”.
A partir de ahí no quedaba más remedio que
echarse cuerpo a tierra, porque seguro que alguna piedra respondona nos venía
como saludo final de despedida.


En las clases teníamos un sólo libro para todas las asignaturas, tipo enciclopedia Luis Vives.
Había también un libro de lecturas, piadosas o patrióticas. Y un catecismo de la doctrina cristiana, que recitábamos, al pie de la letra y sin comentario alguno, dos veces por semana.
Formábamos todos en pie, pegados a las paredes, en un gran círculo para no soplar. Y dábamos la lección, primero de corrida, uno detrás de otro, y luego salteados.
Era el
Hermano el que decidía por quién empezar. El que no se lo sabía… ¡Hala!… a
sentarse en el pupitre y quedarse castigado en una de las aulas del colegio
una hora, de cinco a seis, por la tarde, o dos o tres horas el sábado por la
mañana.
Aún se
usaban los palmetazos en las palmas o en las yemas de los dedos. Eso era
principalmente cuando, al empezar las clases matinales, el Hermano llamaba
a boleo
para presentar las cuentas o los problemas, las cien o doscientas líneas
de castigo, los ejercicios gramaticales, una poesía de memoria.
Y... mira
por dónde, ese día no lo habías preparado o del canguelo se te ponía la mente
en blanco.
Cada
infracción tenía su correspondiente número de golpes que, humildemente, se
recibían al pie de la tarima del profesor.
Alumnos
había que usaban trucos para evitar el dolor. El más frecuente era
insensibilizar palmas y yemas untándolas con un diente de ajo poco antes de
entrar en la clase.
A estos
listejos se les veía, en lugar de retirar las manos convulsivamente a cada
golpe como los demás, llegar impávidos a
la tortura, aguantar estoicamente la andanada y retirarse como una rosa a su
pupitre.
El alcohol o
la colonia recién puesta también mitigaban bastante los efectos de los golpes.
Había varios Hermanos que debían tener la pituitaria atrofiada y no se
enteraban de esas estratagemas. Y había otros que primero te pedían la mano, la
olisqueaban, y, como percibieran la treta,
sustituían la manopla por los
tirones de oreja o los capones. Y además te doblaban el castigo.
El Hermano
Gil tenia un puntero enorme como una pértiga de cerca de tres metros. Aquella
espada de Damocles se paseaba amenazadora desde la tarima sobre la cabeza de
los críos, dispuesta a caer sobre el primero que charlara durante el estudio o
no se supiera la lección. Gonzalo -“Zalito” para la pandilla- aunque era flaco
y esmirriado, se colgó un día del palo que amenazaba su cogote y lo chascó en
dos entre el aplauso de todos los asistentes.
El recuerdo
de esa persecución en regla al alumno díscolo y vago no significó nunca la
aversión y el odio hacia nuestros maestros. Era como un juego. Un juego de
época, tal vez no extrapolable a tiempos pasados ni sobre todo a los futuros,
con sus reglas y mutuos pactos entre los participantes.
El tapiz
sobre el que se jugaba era, aunque parezca mentira, la justicia. Sólo eran mal
recibidos los castigos desmesurados en la forma o inmerecidos en la causa. En
lo demás tenía un importante papel la picaresca. Y ésta con frecuencia no es
más que la necesidad ejercitada con astucia inteligente.

Una cultura
que se edificó sobre los tediosos palotes de
iniciación a la escritura, sobre las tablas de multiplicar mil veces salmodiadas que en los
meses de calor, con las ventanas abiertas de la escuela, sonaban por el pueblo
más fuerte que la algarabía de cientos de gorriones y jilgueros. Y sobre la
“doctrina” y las clases de urbanidad, y las interminables listas de reyes,
ríos, cabos y cordilleras.
La
chiquillada , exasperante y bulliciosa, valoraba sin duda todo ese aluvión que
se le venía encima y la dedicación que en ello ponían los Hermanos del babero
blanco.
Por eso, con
mucha sorna, en las excursiones les cantábamos,
vociferando y con un ritmo exagerado, aquello de:
“Ahora que somos pequeñitos / y de
pueril inteligencia,
no podemos
comprender / el bien que se nos hace
en esta santa casa / pal
día de mañana (bis)
Gloria a nuestros
profesores / que con sus sabias enseñanzas
iluminan nuestras mentes
/ y nos hacen hombres de provecho
en esta santa casa / pal día de mañana (bis)
Ya sabemos jografía /
jometría y aritmética
sólo nos falta aprender
/ los treinta reyes godos
pal día de mañana, / en esta santa casa (bis)
El hermano Anselmo fue el primero que me sacó libros de lectura de la biblioteca. Eran las vidas de Colón y de los grandes descubridores y conquistadores de América. Y de los Santos, por supuesto. Y alguna obrita de Julio Verne.
Después él
mismo me enseñó cómo proceder para, al terminar un libro, ir a la biblioteca,
entregar el libro leído y apuntarse otro nuevo.
Así adquirí
un cierto ritmo de lectura que conservaría durante largos años. Primero fue un
libro al mes. Más tarde un libro para tres semanas. Llevaba un cuadernito donde
me los iba apuntando.
Lo malo era
cuando llegaba uno de esos tochos de tomo y lomo y centenares de páginas que te
desbarataban la cadencia.
Entonces decidí, por mi mismo, establecer la página como unidad media de
lectura. Cincuenta páginas semanales. A
bulto, unas diez o doce cada día
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