jueves, 6 de agosto de 2015

LA ESCUELA PARALELA ( 6 agosto 15 )

La vida en la escuela, entre los ocho y once años, era algo así como un apéndice de lo que en realidad era nuestro atractivo principal en esos días.
Soportar la férrea disciplina escolar  y estar amarrado durante interminables horas al duro banco del pupitre, era para muchos  el pretexto para encontrarse con  los amigos, trastear juntos en las aulas, corretear a lo loco en los recreos y, al llegar la primavera, empezar a planificar las correrías por las eras, el plantío, las orillas del río y las huertas tentadoras de la vega.
Esta última sería, durante los años de la infancia,  nuestra  escuela preferida.

Los Hermanos se empeñaban en separar a los miembros de las diferentes pandillas en las clases  para ahuyentar las distracciones y, si eran peligrosos, aislarlos hasta en los recreos para evitar disturbios.
Poco conseguían con estas medidas. La comunicación era algo irrenunciable. A la mínima distracción del profesor, los aviones y las pajaritas de papel volaban con mensajes certeros por los cielos de la clase.


-“Adela  quiere a  Satur”
-“Esta tarde cambio cromos en los soportales
-A la Luci le crecen los palomos

Este último mensaje rayaba ya en lo peligroso. Habíamos convenido que se debían evitar misivas verdes o que hirieran el honor de los Hermanos. Eso desde aquel día en que el Hermano Alberto cogió al vuelo dos cazas de papel.
Uno decía:
-“Me toca los “güevos” el de matemáticas”.
Y el otro:
-“¿Qué le huele a Nati, el “taco” o el sobaco?”.

Como nadie se declaró autor de las dos perlas, nos tuvieron al terminar las clases hora y cuarto en el patio, de pie, con un frío de perros.

Hubo una temporada en la que las moscas mensajeras sustituyeron a los aviones. Fue Sixto el primero que trajo una cajita de mixtos llena de moscas vivas. Les recortaba un poco una de sus alas.
Los mensajes no podían ser muy largos. Iban clavados con un trocito de alfiler en la barriga del bicho. Para más refinamiento mojaba las patas de la mosca en el tintero y la catapultaba por encima de las cabezas de los asistentes.
Todo se terminó con otra encerrona cuando una mosca voló en una espiral perfecta hasta la tarima en la que estaba sentado el Hermano que vigilaba el estudio.
Se le fue a posar en el pequeño babero blanco que sobre la sotana colgado al cuello llevan los Hermanos. Y lo dejó hecho un mapa.

-“Besos de Filo”, decía el papelito.

El Hermano Roger era francés. Fue en Francia donde se fundaron los Maristas. Roger era un Hermano muy joven. Nos daba Geografía. Aunque un día nos dijo que a él lo que más le gustaba era la Historia. Estaba en España para hacer unos estudios sobre las secuelas que la reciente guerra civil había dejado en el medio rural. Visitaba a muchas de las familias de los alumnos. Iba también por los campos a conversar largo y tendido con los pastores y los agricultores de la comarca.

Un día nos paró a todos a  la puerta de la clase.

-Os voy a dejag  librges. Y vais a escogeg  librgemente el sitio donde quegáis sentagos en la clase”, nos dijo mansamente.

Hubo primero  un corto frenazo de incredulidad. Luego el griterío y la desbandada. Al final todos se acomodaron a su gusto entre los suyos.
Y funcionó el remedio. Durante largo tiempo, en las clases del Francés,  se acabaron las moscas, las pajaritas y los bombarderos. Es más. Si alguno se desmadraba, alguien del grupo le llamaba al orden, por la innata autoridad que toda pandilla tenía sobre sus miembros.

Lo que nadie podía evitar era la estampida al final de las clases de mañana y tarde. Del cercano colegio de monjas salían las chicas a la misma hora. No se podía abordar directamente  a las niñas en ese momento porque no estaba bien visto por las monjas que, por si acaso, estaban apostadas a pares en las ventanas de la escuela. Los avistamientos se hacían  por lo tanto en silencio. Un silencio casi devoto que se contentaba con  atisbar apenas los medios guiños y las sonrisas de reojo que las modositas alumnas de las “sores” dirigían a sus escogidos. Silvino, el de la carnicería, izaba un cartel escrito en grandes letras rojas y pegado a una larga regla de madera de pino.

-“A las 7 en la plaza”.

Trini  que pasaba ya por los soportales del hospital arremolinaba su inmensa y rubia trenza sobre la cabeza, como si fuera a hacerse un moño. Era la señal convenida.

-“De acuerdo”.

En el edificio del ayuntamiento, en la plaza principal del pueblo, había además dos escuelas nacionales. Niños y niñas separados.

Y luego en la salida de la carretera hacia León estaba el colegio de San Zoilo.Un antiguo monasterio imponente. Eso era otra cosa. Lo llevaban los jesuitas. Los alumnos eran internos. Iban para curas.Sólo les veíamos dos o tres veces al año, en la procesión del Corpus y en algún rosario de la aurora de los del mes de mayo.
Nos daban lástima. Porque el resto del tiempo se lo pasaban encerrados en un caserón  al otro lado del río, detrás de las altísimas tapias que rodeaban el antiguo convento y la extensa huerta de los frailes.


Lo nuestro era una bendición. Salías de la escuela  y te topabas con una racha de libertad que venía de las eras y  recorría las lomas cercanas hasta perderse en el inmenso lienzo de la llanura castellana. Un mundo por conquistar. Un libro que cada día pasaba  una página distinta con enseñanzas nuevas
.
Eso sí que era una enciclopedia. Y no la Alvarez de la escuela,  chata y aburrida, con sus páginas amarillentas y su papel tosco  sin refinar del que extraíamos a veces en forma de paja unas  diminutas lascas de madera muerta.

La costumbre  entonces era  rellenar a lápiz el hueco con el que las pajitas  dejaban entrever la página de abajo. Al dar la vuelta a la página, había que completar, partiendo de ahí,  un dibujo de libre creación.


A Ruiz le salió debajo Santa Teresa de Jesús, y él le pintó unos bigotes descomunales que se salían de la plana. Romero le colocó un tricornio de guardia civil a la cabeza de Holofernes que sostenía   triunfalmente  Judit con su mano derecha, mientras que en la mano izquierda le puso a la heroína  una hoz y un martillo entrelazados.
El Hermano Gil, después del consabido pescozón, les hizo borrar las dos pinturas. Gastaron una goma de borrar cada uno y la página quedó negruzca e irreconocible. 
Luego el Hermano, furibundo y con un retintín que no entendimos, dijo a toda la clase:

-Que conste, y bien claro, que esta broma no va a más porque no es menester comentar el mensaje “subliminal” que esos dos dibujitos encierran.

Sentados en los soportales de la plaza mayor, Ruiz nos explicó esa tarde lo que “el Gil” pensaba.

-Lo mío del bigote  de Santa Teresa se cree que va por los sargentos que son las monjas del colegio de las chicas
-Y lo mío- dijo Romero- ¿de qué va-Lo tuyo es  más campanudo, chaval. El Holofernes sin calabaza y la Judit con la hoz de labriega significan las ganas que los comunistas, y otros muchos, les tienen a los civiles, a los del tricornio acharolado.

¡Vaya ¡ ¡Vaya!¡Qué cosas se le ocurrían a este Hermanito mal pensado!





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