La vida en
la escuela, entre los ocho y once años, era algo así como un apéndice de lo que
en realidad era nuestro atractivo principal en esos días.
Soportar la férrea disciplina escolar y estar amarrado durante interminables horas al duro banco del pupitre, era para muchos el pretexto para encontrarse con los amigos, trastear juntos en las aulas, corretear a lo loco en los recreos y, al llegar la primavera, empezar a planificar las correrías por las eras, el plantío, las orillas del río y las huertas tentadoras de la vega.
Esta última sería, durante los años de la infancia, nuestra escuela preferida.
Soportar la férrea disciplina escolar y estar amarrado durante interminables horas al duro banco del pupitre, era para muchos el pretexto para encontrarse con los amigos, trastear juntos en las aulas, corretear a lo loco en los recreos y, al llegar la primavera, empezar a planificar las correrías por las eras, el plantío, las orillas del río y las huertas tentadoras de la vega.
Esta última sería, durante los años de la infancia, nuestra escuela preferida.
Los Hermanos se empeñaban en separar a los miembros de las diferentes pandillas en las clases para ahuyentar las distracciones y, si eran peligrosos, aislarlos hasta en los recreos para evitar disturbios.
Poco
conseguían con estas medidas. La comunicación era algo irrenunciable. A la
mínima distracción del profesor, los aviones y las pajaritas de papel volaban
con mensajes certeros por los cielos de la clase.
-“Adela
quiere a Satur”
-“Esta tarde cambio cromos en los soportales”
-A la
Luci le crecen los palomos”
Este último
mensaje rayaba ya en lo peligroso. Habíamos convenido que se debían evitar
misivas verdes o que hirieran el honor de los Hermanos. Eso desde aquel día en
que el Hermano Alberto cogió al vuelo dos cazas de papel.
Uno decía:
-“Me toca los “güevos” el de matemáticas”.
Y el otro:
-“¿Qué le huele a Nati, el “taco” o el
sobaco?”.
Como nadie
se declaró autor de las dos perlas, nos tuvieron al terminar las clases hora y
cuarto en el patio, de pie, con un frío de perros.
Hubo una
temporada en la que las moscas mensajeras sustituyeron a los aviones. Fue Sixto
el primero que trajo una cajita de mixtos llena de moscas vivas. Les recortaba
un poco una de sus alas.
Los mensajes
no podían ser muy largos. Iban clavados con un trocito de alfiler en la barriga
del bicho. Para más refinamiento mojaba las patas de la mosca en el tintero y
la catapultaba por encima de las cabezas de los asistentes.
Todo se
terminó con otra encerrona cuando una mosca voló en una espiral perfecta hasta
la tarima en la que estaba sentado el Hermano que vigilaba el estudio.
Se le fue a
posar en el pequeño babero blanco que sobre la sotana colgado al cuello llevan
los Hermanos. Y lo dejó hecho un mapa.
-“Besos de Filo”, decía el papelito.
El Hermano
Roger era francés. Fue en Francia donde se fundaron los Maristas. Roger era un
Hermano muy joven. Nos daba Geografía. Aunque un día nos dijo que a él lo que
más le gustaba era la
Historia. Estaba en España para hacer unos estudios sobre las
secuelas que la reciente guerra civil había dejado en el medio rural. Visitaba
a muchas de las familias de los alumnos. Iba también por los campos a conversar
largo y tendido con los pastores y los agricultores de la comarca.
Un día nos
paró a todos a la puerta de la clase.
-Os voy a dejag
librges. Y vais a escogeg librgemente el sitio donde quegáis sentagos en la clase”, nos dijo mansamente.
Hubo
primero un corto frenazo de incredulidad.
Luego el griterío y la desbandada. Al final todos se acomodaron a su gusto
entre los suyos.
Y funcionó
el remedio. Durante largo tiempo, en las clases del Francés, se acabaron las moscas, las pajaritas y los
bombarderos. Es más. Si alguno se desmadraba, alguien del grupo le llamaba al
orden, por la innata autoridad que toda pandilla tenía sobre sus miembros.

-“A las 7 en la plaza”.
Trini que pasaba ya por los soportales del hospital
arremolinaba su inmensa y rubia trenza sobre la cabeza, como si fuera a hacerse
un moño. Era la señal convenida.
-“De acuerdo”.
En el
edificio del ayuntamiento, en la plaza principal del pueblo, había además dos
escuelas nacionales. Niños y niñas separados.

Nos daban lástima. Porque el resto del tiempo se lo pasaban encerrados en un caserón al otro lado del río, detrás de las altísimas tapias que rodeaban el antiguo convento y la extensa huerta de los frailes.

.
Eso sí que
era una enciclopedia. Y no la Alvarez de la escuela,
chata y aburrida, con sus páginas amarillentas y su papel tosco sin refinar del que extraíamos a veces en
forma de paja unas diminutas lascas de
madera muerta.

El Hermano
Gil, después del consabido pescozón, les hizo borrar las dos pinturas. Gastaron
una goma de borrar cada uno y la página quedó negruzca e irreconocible.
Luego el Hermano, furibundo y con un retintín que no entendimos, dijo a toda la clase:
Luego el Hermano, furibundo y con un retintín que no entendimos, dijo a toda la clase:
-Que conste,
y bien claro, que esta broma no va a más porque no es menester comentar el
mensaje “subliminal” que esos dos dibujitos encierran.
Sentados en
los soportales de la plaza mayor, Ruiz nos explicó esa tarde lo que “el Gil”
pensaba.
-Lo mío del
bigote de Santa Teresa se cree que va
por los sargentos que son las monjas del colegio de las chicas
-Y lo mío-
dijo Romero- ¿de qué va-Lo tuyo es más campanudo,
chaval. El Holofernes sin calabaza y la Judit con la hoz de labriega significan las ganas
que los comunistas, y otros muchos, les tienen a los civiles, a los del tricornio
acharolado.
¡Vaya ¡ ¡Vaya!¡Qué cosas se le ocurrían a este Hermanito mal pensado!
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