
La estación del Norte en San Sebastián era un hervidero. Para mí era un caos impresionante.
Las máquinas de varios trenes piafaban como caballos agotados por una larga correría. Soltaban un vapor espeso por los altos de sus chimeneas y por los bajos de los brazos de sus palancas.

-Sí, sí
señor
-No tiene
pérdida, chico
Eso me decía
el revisor del tren gritando por encima del estruendo y de los pitidos de un
mercancías que llegaba en ese momento.
-¿Sabes el
número?
-Pues ahora
mismo no me acuerdo...
-Sopla! ¿Y
cómo vas a dar a casa de tu hermana, rapaz!?
-Espere.
Sí... Aquí está.”
Lo llevaba
escrito con un carboncillo en la trasera. Al lado del cinto de cuero que amarraba la maletilla de cartón, color caoba.
-Pues ala!
Abur, muchacho. Suerte!
-Abur y
gracias, señor
Estaba
solo. Esto sí que era para mí una
aventura. Cuando desapareció el olor espeso del humo de los trenes percibí otro
que no había notado nunca. Era la brisa del mar que se colaba río arriba, a pesar de que, en bajamar a esas horas, el agua corría río abajo a toda
velocidad bajo los arcos del puente.

Atravesar
este majestuoso puente. Ver al fondo unos geométricos edificios, de piedra
todos, ventanas con adornos tan bien pegados a las fachadas limpias y
relucientes, cancelas de hierro torneado y hasta alguna de color dorado. Y la
calle ancha y limpia, adoquinada. Para un niño provinciano, de un poblachón de
casas con adobes y calles polvorientas, era una impresión indescriptible.
Así iba yo por la gran avenida, pasmado, con una boca abierta de tres palmos.

Eran aún las diez de la mañana. Hace unos minutos estaba de verdad molido. ¡Qué viajecito! Lo de menos fue el baqueteo de la camioneta que a media mañana, hacía apenas 24 horas, me llevó desde Carrión a Fromista.
Me acompañó
hasta ahí el primo Marcelo. Esperó a que
llegara el tren mixto del norte, y me recomendó al revisor que iba hasta
Miranda de Ebro, para que éste, a su vez, me recomendara al revisor del tren correo que de Miranda iba hasta la
estación del norte de San Sebastián.

En una de
esas paradas subió al tren una pareja de la guardia civil. Custodiaban a un
chico joven de mirada torva, sucio, con pantalones a remiendos, descalzo y con
algunos restos de sangre coagulada en su pómulo derecho. Por poco me quitan mi
sitio al lado de la ventana. Pero al fin se instalaron en los bancos vacíos del
fondo.
Los asientos
del tren eran de un suplicio indecible para los huesos. De madera barnizada y
dura, plagados de muescas de las navajas albaceteñas que, al llegar el
mediodía, sacaban los viajeros para
cortar el pan de hogaza. El “pan con tripa” que llamaban por Carrión, porque
para cortarlo en rajas había que apoyarlo con fuerza contra el estómago.
En pocos
minutos el vagón se adornaba con un olor penetrante de chorizo rancio, tortilla
de patatas, salsas de cebolla y vino recio de esos que hacen carraspear al más
pintado cuando desde el porrón baja en cascada el chorrillo espeso hacia el
gaznate.
-Abre una
miaja el ventanuco, guaje. Que nos “ascisiamos”
con ese tufo a vinazo...
Yo me
apresuré a obedecer a la oronda señora que me gritaba desde el fondo del
compartimiento y corrí toda entera la ventana. Hasta que dos minutos después:
-Arre,
chico... ¿es que nos “quiés” matar
con ese ventisca que solo sirve pa
curar al queso de Burgos? Cierra el postigo, “redios”!!
La señora
gorda miró de reojo, y no muy bueno, al bocazas descontento. Antes de que se
enzarzara la pelea, consulté con la mirada a uno de los guardias civiles
sentados allá al fondo. Con las manos apoyadas en el acharolado gorro que tenía
sobre las rodillas me indicó que achicara un tanto la entrada de aire.
Y mientras
lo hacía, yo me sonreía tapándome la cara para que ninguno de los contrincantes
lo percibiera. Recordaba el ejemplo que una vez nos puso en clase el Hermano
Anselmo para explicarnos los
aumentativos y diminutivos. Era una situación calcada con la que
estábamos viviendo en el tren. La señorita fina decía: “Uy!, hace un
vientecillo (diminitivo) que molesta el cutis”. Y el bruto de turno replicaba:
“Y una mierda -con perdón-, sopla un ventarrón (aumentativo) que revienta la
pelleja!!!”.
Había en el
compartimento una niña chiquitina que, desde que entró en el vagón, no había
quitado el ojo al prisionero. Algo le estaba susurrando al oído de la que debía
ser su madre.
-Señor
guardia... con el debido respeto. Que dice mi niña, ¿“sabusté”...? que por qué
no le damos un bocadito al pobre chico ese…”
La niña,
apretujada contra el cuerpo de su madre, miraba al guardia entre asustada y
tierna.
-Además de
que siempre se ha dicho- prosiguió la señora-
que el hambre es una mala consejera.
El guardia
no rechistaba.
-A ver si
dándole algo de comer al muchacho se le aclaran las ideas... y quién sabe si se
arrepiente de sus fechorías. ¿Le damos
el gusto a la chiquilla, mi sargento...?
El guardia
que no pasaba de número raso, de lo de sargento nada, se limitó a encogerse
desdeñosamente de hombros. La mujer interpretó la callada por respuesta y
empezó a cortar un grueso mendrugo de pan cargado de pollo en salsa.
El bruto de
la ventisca pasó el porrón a los dos guardias que le dieron dos buenas caladas
de expertos bebedores. Para que el preso comiera tuvieron que quitarle las
esposas.
El ambiente
se hizo de lo más distendido. Se sucedían las rondas de vino. Hasta la niña se
atrevió a acercarse a los guardias y a calarse uno de los tricornios de charol.
El casco le cubría la cara entera.
El tren
aminoró la marcha en esos instantes ante la llegada a un apeadero semidesierto.
Lo que pasó luego duró apenas unos segundos.
El preso
acababa de apurar un trago de vino. Estampó lo que le quedaba de pan y pollo
contra la cara de un guardia. Propinó un
certero golpe de porrón en la nariz del otro. Saltó por entre los pasajeros
hacia la ventana. En el último impulso me dio un pisotón que me hizo ver
constelaciones enteras. Y se lanzó al terraplén por el hueco que aún quedaba en
la ventana abierta.
Mientras me
apretaba la puntera del pie aullando de dolor vi cómo rodaba por entre la
maleza y cómo luego, renqueando, se
perdía hacia la izquierda por un sotillo cercano.
Los
“civiles” tardaron unos instantes en
reaccionar. Uno se tambaleaba con la nariz amoratada por el porronazo y el otro
hacía lo mismo por los vapores del tintorro bebido. Cuando se despabilaron, uno
de ellos tiró con fuerza de la palanca de alarma que había en el pasillo.
El tren dio
un frenazo en seco. Bajaron los guardias. Dieron un ojeo por los alrededores
del apeadero con la pistola en alto y se acercaron de nuevo a mi ventana.
-Muchacho,
¿viste por dónde se fue ese cabrón robaperas?!
Todavía me
pregunto por qué, automáticamente, extendí mi brazo hacia la derecha en
dirección contraria a la que había tomado el chico.
El tren
tardó una media hora en arrancar, relinchando como un jamelgo cansado al que le
cuesta recobrar el trote.
Horas más
tarde, cuando en Miranda de Ebro me disponía a echar una cabezadita sobre un
banco de la sala de espera aguardando la llegada del expreso de San Sebastián,
apareció de nuevo entre dos guardias el
fugitivo “robaperas”.
El susto que
me llevé sólo desapareció al ver que no le acompañaba la misma pareja de
guardias civiles. El pobre llevaba la camisa y los pantalones hechos jirones y
un brazo en cabestrillo.
En ese momento me acordé de lo
que estaba escrito en la base de la ventana por donde había saltado el mocito: “ E pericoloso sporgersi” - “Es peligroso asomarse al exterior"
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