martes, 18 de agosto de 2015

"É PERICOLOSO SPORGERSI" ( 18 agosto 15 )


La estación del Norte en San Sebastián era un hervidero. Para mí era un caos impresionante.
Las máquinas de varios trenes piafaban como caballos agotados por una larga correría. Soltaban un vapor espeso por los altos de sus chimeneas y por los bajos de los brazos de sus palancas.

-Al salir de la estación, tira todo recto, chico. Verás enseguida, al pasar el puente  a la derecha, el Paseo de los Fueros. ¿Te enteras?
-Sí, sí señor
-No tiene pérdida, chico

Eso me decía el revisor del tren gritando por encima del estruendo y de los pitidos de un mercancías que llegaba en ese momento.

-¿Sabes el número?
-Pues ahora mismo no me acuerdo...
-Sopla! ¿Y cómo vas a dar a casa de tu hermana, rapaz!?
-Espere. Sí... Aquí está.”

Lo llevaba escrito con un carboncillo en la trasera. Al lado del cinto de cuero que  amarraba la maletilla de cartón, color caoba.

-Pues ala! Abur, muchacho. Suerte!
-Abur y gracias, señor

Estaba solo.  Esto sí que era para mí una aventura. Cuando desapareció el olor espeso del humo de los trenes percibí otro que no había notado nunca. Era la brisa del mar que se colaba río arriba, a  pesar de que, en bajamar  a esas horas, el agua corría río abajo a toda velocidad bajo los arcos del puente.
Y qué puentazo. Por lo menos siete veces más que mi querido medio puente del Carrión. Con cuatro monumentales columnas en cada esquina. Era el puente de María Cristina. El río se llamaba Urumea. Así lo decía el letrero que había en la barandilla de la entrada. Buen nombre para que Zalito le sacara un dicho.
Atravesar este majestuoso puente. Ver al fondo unos geométricos edificios, de piedra todos, ventanas con adornos tan bien pegados a las fachadas limpias y relucientes, cancelas de hierro torneado y hasta alguna de color dorado. Y la calle ancha y limpia, adoquinada. Para un niño provinciano, de un poblachón de casas con adobes y calles polvorientas, era una impresión indescriptible.

Así iba yo por la gran avenida, pasmado, con una boca abierta de tres palmos. 

 Me encontraba tan a gusto que, luego de localizar el número de la casa donde me esperaban, decidí seguir un rato río abajo, hasta   desembocar en el lugar más espectacular que pudiera  imaginar: el mar, la playa  de la Concha y con ella mi primer bautismo marino. Inefable para un chico de mar adentro.

 Eran aún las diez de la mañana. Hace unos minutos estaba de verdad molido. ¡Qué viajecito! Lo de menos fue el baqueteo de la camioneta que a media mañana, hacía apenas 24 horas, me llevó  desde Carrión a Fromista.
Me acompañó hasta ahí el primo Marcelo. Esperó a que  llegara el tren mixto del norte, y me recomendó al revisor que iba hasta Miranda de Ebro, para que éste, a su vez, me recomendara al revisor  del tren correo que de Miranda iba hasta la estación del norte de San Sebastián.

El mixto paraba en casi todas las estaciones. Al cabo de  cinco o seis veces aprendí que podía bajar al andén de cualquier estación, beber agua en alguna fuente y volver al vagón antes de que acabaran de cargar o descargar las mercancías de los furgones de cola. 
En una de esas paradas subió al tren una pareja de la guardia civil. Custodiaban a un chico joven de mirada torva, sucio, con pantalones a remiendos, descalzo y con algunos restos de sangre coagulada en su pómulo derecho. Por poco me quitan mi sitio al lado de la ventana. Pero al fin se instalaron en los bancos vacíos del fondo.

Los asientos del tren eran de un suplicio indecible para los huesos. De madera barnizada y dura, plagados de muescas de las navajas albaceteñas que, al llegar el mediodía,  sacaban los viajeros para cortar el pan de hogaza. El “pan con tripa” que llamaban por Carrión, porque para cortarlo en rajas había que apoyarlo con fuerza contra el estómago.

En pocos minutos el vagón se adornaba con un olor penetrante de chorizo rancio, tortilla de patatas, salsas de cebolla y vino recio de esos que hacen carraspear al más pintado cuando desde el porrón baja en cascada el chorrillo espeso hacia el gaznate.

-Abre una miaja el ventanuco, guaje. Que nos “ascisiamos” con ese tufo a vinazo...

Yo me apresuré a obedecer a la oronda señora que me gritaba desde el fondo del compartimiento y corrí toda entera la ventana. Hasta que dos minutos después:

-Arre, chico... ¿es que nos “quiés” matar con ese ventisca que solo sirve pa curar al queso de Burgos? Cierra el postigo, “redios”!!

La señora gorda miró de reojo, y no muy bueno, al bocazas descontento. Antes de que se enzarzara la pelea, consulté con la mirada a uno de los guardias civiles sentados allá al fondo. Con las manos apoyadas en el acharolado gorro que tenía sobre las rodillas me indicó que achicara un tanto la entrada de aire.
Y mientras lo hacía, yo me sonreía tapándome la cara para que ninguno de los contrincantes lo percibiera. Recordaba el ejemplo que una vez nos puso en clase el Hermano Anselmo para explicarnos los  aumentativos y diminutivos. Era una situación calcada con la que estábamos viviendo en el tren. La señorita fina decía: “Uy!, hace un vientecillo (diminitivo) que molesta el cutis”. Y el bruto de turno replicaba: “Y una mierda -con perdón-, sopla un ventarrón (aumentativo) que revienta la pelleja!!!”.

Había en el compartimento una niña chiquitina que, desde que entró en el vagón, no había quitado el ojo al prisionero. Algo le estaba susurrando al oído de la que debía ser su madre.

-Señor guardia... con el debido respeto. Que dice mi niña, ¿“sabusté”...? que por qué no le damos un bocadito al pobre chico ese…”

La niña, apretujada contra el cuerpo de su madre, miraba al guardia entre asustada y tierna.

-Además de que siempre se ha dicho- prosiguió la señora-  que el hambre es una mala consejera.

El guardia no rechistaba.

-A ver si dándole algo de comer al muchacho se le aclaran las ideas... y quién sabe si se arrepiente  de sus fechorías. ¿Le damos el gusto a la chiquilla, mi sargento...?

El guardia que no pasaba de número raso, de lo de sargento nada, se limitó a encogerse desdeñosamente de hombros. La mujer interpretó la callada por respuesta y empezó a cortar un grueso mendrugo de pan cargado de pollo en salsa.
El bruto de la ventisca pasó el porrón a los dos guardias que le dieron dos buenas caladas de expertos bebedores. Para que el preso comiera tuvieron que quitarle las esposas.
El ambiente se hizo de lo más distendido. Se sucedían las rondas de vino. Hasta la niña se atrevió a acercarse a los guardias y a calarse uno de los tricornios de charol. El casco le cubría la cara entera.

El tren aminoró la marcha en esos instantes ante la llegada a un apeadero semidesierto. Lo que pasó luego duró apenas unos segundos.
El preso acababa de apurar un trago de vino. Estampó lo que le quedaba de pan y pollo contra la cara de un guardia. Propinó  un certero golpe de porrón en la nariz del otro. Saltó por entre los pasajeros hacia la ventana. En el último impulso me dio un pisotón que me hizo ver constelaciones enteras. Y se lanzó al terraplén por el hueco que aún quedaba en la ventana abierta.
Mientras me apretaba la puntera del pie aullando de dolor vi cómo rodaba por entre la maleza  y cómo luego, renqueando, se perdía hacia la izquierda por un sotillo cercano.

Los “civiles” tardaron  unos instantes en reaccionar. Uno se tambaleaba con la nariz amoratada por el porronazo y el otro hacía lo mismo por los vapores del tintorro bebido. Cuando se despabilaron, uno de ellos tiró con fuerza de la palanca de alarma que había en el pasillo.
El tren dio un frenazo en seco. Bajaron los guardias. Dieron un ojeo por los alrededores del apeadero con la pistola en alto y se acercaron de nuevo a mi ventana.

-Muchacho, ¿viste por dónde se fue ese cabrón robaperas?!

Todavía me pregunto por qué, automáticamente, extendí mi brazo hacia la derecha en dirección contraria a la que había tomado el chico.
El tren tardó una media hora en arrancar, relinchando como un jamelgo cansado al que le cuesta recobrar el trote.

Horas más tarde, cuando en Miranda de Ebro me disponía a echar una cabezadita sobre un banco de la sala de espera aguardando la llegada del expreso de San Sebastián, apareció de nuevo entre dos guardias el  fugitivo “robaperas”.
El susto que me llevé sólo desapareció al ver que no le acompañaba la misma pareja de guardias civiles. El pobre llevaba la camisa y los pantalones hechos jirones y un brazo en cabestrillo.
En ese momento  me acordé de lo que estaba escrito en la base de la ventana por donde había saltado el mocito: “ E pericoloso sporgersi” -  “Es peligroso asomarse al exterior"

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