Eran ocho
volúmenes. Narraban la
Historia de la
Conquista de Méjico por Hernán Cortés. Me los iba dejando uno
por uno nuestra vecina de al lado, la señora Marce.
Ella era el
ama de llaves y sacaba los libros de la biblioteca de la casa del Ilustrísimo
Señor Prelado, que era algo casi como un obispo que ejercía de capellán
castrense en Madrid. Por eso, excepto algunas temporadas cortas, Monseñor
estaba siempre en la capital.
Aprovechábamos
sus ausencias para sacar y reponer libro por libro. Repetí varias veces el tomo quinto para
releer las páginas donde se contaban la Noche Triste y la
batalla de Otumba.
Y llegué a
copiar párrafos enteros que describían la quema de las naves por el gran
conquistador para impedir que se le volviesen
los soldados a Cuba.
Eran tomos
de mucho cuidado. De cuatrocientas páginas cada uno. Tardé casi año y medio en plancharme los siete primeros.
La vecina me
dejó entrar varias veces a la biblioteca. Yo caminaba de puntillas sobre las
mullidas alfombras. Rozaba a penas, con reverencia, el mobiliario del más puro
estilo castellano. Y me quedaba boquiabierto ante los lomos de cientos de
volúmenes, tiesos como soldados, en las estanterías de la pared que justamente
lindaba medianera con nuestra casa.
En una de
sus visitas se encontró el obispo a la puerta de casa con la señora Feli.
-Me ha dicho
Marce que tiene usted un gran lector en casa
-Sí,
Monseñor
-Muy
interesante, señora Feli, pero que muy interesante
-El
chiquillo no tiene otra querencia. Como que me cuesta a veces mandarle a hacer
recados y a jugar con los amigos. Le aficionó a los libros su padrino desde
crío, y así va...
-Muy bueno,
señora Feli, pero que muy bueno. Un don
del cielo. Es un primer paso para que hagamos de él algo de provecho el día de
mañana. Ya le haré un regalito un día de
estos.
No entendí
los proyectos del Monseñor a mi respecto “pal día de mañana”.


La buena
educación hizo que algunos días después, a la salida del colegio, me vistiera
de domingo y fuera a darle las gracias a Monseñor.
Le dije azorado que me había gustado mucho el librito. Y en un alarde de osadía sin par le pedí que me dejara el octavo volumen, el último que me faltaba por leer, de
La cara del
prelado cambió de súbito de aspecto, entre cetrino y cárdeno, y me espetó una
perorata de bandera.
-Los niños
de tu edad, amiguito, no deben leer libros licenciosos. Libros que describan
costumbres paganas y aberrantes, contrarias a la fe y a las buenas costumbres.
Pues sólo faltaba eso.
¡Trágame
tierra! Empecé a temblar como una jalea
de membrillo. Se me puso la cara más blanca que la pared sobre la que se
proyectaba la figura del prelado inquisidor.
-Vaya
semilla. Meterte en la mollera los amoríos y el canibalismo de la obra que me
dices. ¿Tú has hecho ya la primera comunión?
-Sí,
Monseñor
-Pues
tendrás que confesarte. Ahora mismo. Venga. ¿Te arrepientes de haber leído, a
tu edad, lo que no debiste, contrario a la moral y doctrina de la santa Fe
católica?
-Lo que
usted diga, padre.
Yo
continuaba sin saber qué hacer, si hincarme de rodillas o salir corriendo
aunque fuera hacia el infierno...
-¿Y prometes
no volver a repetirlo?
-Bueno
-Rezarás
como penitencia siete padre nuestros con los brazos en cruz. Ego te absolvo...
-Amén…
En lugar de
besarlo, me dieron ganas de morder y triturar el grueso anillo que me
presentaba el obispo perdonavidas. ¿Qué había hecho yo de malo?

¡Cómo quisiera que esa pared fuera de cristal! Para seguir viendo lo de las naves en llamas.
Y a Marina, la acompañante de Cortés que primero se llamaba Malinche e iba vestida con plumas y ropas indias y luego llevaba trajes y sombreros de copete como las grandes damas.


Y a Moctezuma, el coloso emperador que, aunque humillado, murió como un gigante de una pedrada que le dio en la frente uno de los suyos.
Y a los
Sumos Sacerdotes en lo alto de la
Pirámide del Sol, ofreciéndole el corazón de indómitos
guerreros...
Todo era
maravilloso. Y que le den al Monseñor. Yo no veía en ello nada licencioso, ni
contrario a la fe ni a la urbanidad que nos daban en el colegio.
Por la tarde
se lo conté a los comparsas de la pandilla. Reían como enanos. Uno de ellos se
puso una especie de bufanda en la cabeza. Con una castaña pilonga se plantó un
grueso anillo en el dedo corazón de la mano izquierda. Iban todos doblando la
rodilla delante de él y con la otra mano les daba un buen capón mientras decía:
-Te prohíbo
que leas a San Tarsicio, o morirás a pedradas en el río !!!
Precisamente
a orillas del río Carrión, un poco más allá de las cuevas de Belén, inspirados
en la descripción de Tenochtitlan, la antigua capital de los aztecas, estábamos
construyendo con troncos y ramajes las chozas de una “ciudad lacustre” para
nuestras reuniones y aventuras.
Fue entonces
cuando Zalito, como siempre, salió con una de sus famosas ocurrencias.
-Tengo una
idea. De ahora en adelante, la pandilla tendrá otro nombre: ¡¡“Los Aztecas”!!.
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