Los hábitos, se
dice, son la segunda naturaleza de toda la gente. Algo semejante a las convenciones
sociales de convivencia que son la
máscara o el sombrero de conveniencia con el que nos cubrimos en la vida ordinaria
ante los demás.
Aparte de esos hábitos y tácitos acuerdos de vida en
sociedad, todo grupo humano cerrado, incluso el familiar, tiende también a
crear su vocabulario propio, una terminología que le sirva para facilitar la comunicación interna
algunas veces, otras como diversión y otras para camuflar el sentido o la “malsonancia”
atribuidos a algunas acciones.
Lo original y
curioso para los recién llegados a San
Zoilo era la jerga que se usaba en determinadas situaciones de la vida
ordinaria.
Los servicios o
retretes se llamaban “lugares”. Pedir
permiso para “menores” se refería a
ir a los “lugares” por muy poco tiempo. Cuando durante los estudios o las
clases apretaba el enemigo la vejiga, se pedía ir a los “lugares” para
“menores” levantando el brazo y el índice de la mano derecha.
Ir a “mayores” quería decir que se pedía ir
al servicio con apremio y por más largo tiempo. Entonces se levantaba la mano
con los dedos índice y corazón en señal de victoria.
Mandarle a uno a
los “lugares”, que en el lenguaje coloquial sería “a la mierda”, se camuflaba con
un “vete a la India”.
En el plano
académico se designaba “composición”
a los ejercicios de Latín, Griego y Castellano que se realizaban durante el
curso entero a última hora de la tarde.
Las “concertaciones” eran clases públicas de
cualquier asignatura en presencia y con la posibilidad de preguntar a los
protagonistas por parte de todos los alumnos y profesores del colegio. Tenían
algunas una sorprendente escenografía de batallas o hechos históricos.
Se llamaban “academias” a las funciones solemnes sobre un tema monográfico o
con motivo de una especial celebración: certámenes poéticos, actos musicales, o
a veces alguna sesión cinematográfica.
El latín introducía en la vida
diaria numerosas expresiones.
“Age quod agis”:
“Haz lo que haces” era el lema de todos los exámenes de conciencia que al
anochecer hacíamos durante un inacabable
largo cuarto de hora en el monacal coro de la iglesia, para examinar cada uno la
aplicación que había puesto en las
acciones de la jornada y prometer superarse al día siguiente. Dirigía este acto
“el Brigadier”, uno de los alumnos mayores, designado para el puesto por su
madurez y ejemplaridad en buena conducta
y distinción en los estudios.
Un misionero de China que nos dirigió cierto día un retiro
espiritual nos explicó cómo en la religiosidad budística existía también una
consigna semejante al “age quod agis”.
Yo me copié esa norma oriental en uno de mis cuadernos de
composición, sin ningún comentario adicional, y el profesor de literatura me
puso un diez.
-Maestro ¿cómo se puede alcanzar la perfección?
Y que él les contestó:
“El monje al andar, se
entrega totalmente a andar; al estar de pie se entrega a estar de pie, al estar
sentado, se entrega a estar sentado y al estar acostado se entrega a estar
acostado. Al mirar se dedica a mirar, al extender el brazo, a extender el
brazo; al vestirse a vestirse y lo mismo al comer, beber, masticar o gustar o
cualquier otra acción, se dedica y entrega con perfecta comprensión a lo que se
hace”
-Esa fue la norma que les dio Buda. Y eso es lo que debéis
practicar también vosotros. Hacer con alma, cuerpo y el ser entero lo que
estáis haciendo en cada momento, sin distraeros, sin poneros a soñar
despiertos.
Dos días después el profesor de literatura me sorprendió durante
el estudio ausente, en las musarañas. Se inclinó hasta mi oído y me dijo muy
bajito:
-Señor
Buda, aplíquese el cuento: “age quod
agis”…
Y me quitó cinco puntos de aquellos diez que me había puesto en
el cuaderno de composición literaria.
Otra expresión, esta vez temida, era la palabra latina “pensum”. Recuerdo que en el colegio de
los Maristas era moneda corriente el copiar cincuenta, cien, doscientas o más
veces una palabra o frase como castigo a lo que fuere: faltas de ortografía,
olvido de deberes, hablar en clase o en los estudios, copiar, llegar tarde, decir
palabrotas, pelearse…
En San Zoilo la monótona mecánica del escribano, por lo
general ineficaz, o los calambres que te entraban en los dedos y en el codo
cuando llegabas a la frase ciento cincuenta de la copia, se suplantaba por otra
sanción más sutil y quizás más productiva: aprender y recitar de memoria un
párrafo de diez, veinte o, raras veces, de treinta líneas en latín. A eso se le
llamaba “pensum”. En los últimos cursos
el “pensum” podía darse en griego.
No había recreos hasta que no le recitaras al maestro de
turno la ración de ejercicio de memoria y el bocadillo de cultura clásica que
te habías ganado por transgresor de las normas. Mientras a tu equipo de fútbol,
por ejemplo, le habían endilgado durante un recreo varios goles tú te recomías
porque no habías aún “chapado el pensum” y no podías entrar en el juego.
Con frecuencia se veía los jueves a algunos alumnos, con la
mirada en las nubes y los puños tensos entre trigales, regatos y barbechos
camino de Villamez. Mientras tanto iban
disparando al viento párrafos de “la guerra de las Galias”, de alguna oda de
Horacio y de la Eneida de Virgilio. O también de “La Anábasis” griega de Jenofonte.
Y, ¿cómo no?, de las “Catilinarias” de Cicerón (¿Quosque tandem, Catilina, abutere patientia nostra…!). Les estaba
prohibido participar en las actividades del día de campo en la finca de
Villamez si no se deshacían antes del malhadado “pensum”.
Hubo un momento en la vida colegial en el que se puso de moda
otra expresión latina de tintes evangélicos. “Noli me tangere” le había dicho Jesucristo a la Magdalena algunas
horas después de su resurrección: “No me toques”. En clase de arte habíamos
comentado un precioso cuadro de Fra Angelico sobre el tema.
Dos hechos coincidentes en esos días motivaron la implantación
práctica de esa frase latina en la vida colegial. Fue el primero los arrumacos
y caricias que uno de los mayores le hacía a una de las caras más bonitas de
los pipiolos. El otro fue el caso de un maestrillo a quien se le notaba
demasiado la protección y preferencias por otro bello infante de los
primeros cursos.
El alumno mayor fue expulsado fulminantemente a los pocos
días. Al joven profesor le cambiaron de colegio a la semana siguiente.
Reviví los paseos de mis primeras vacaciones por las campas
de Velilla de Guardo. Entonces le relaté a Teobaldo estos incidentes que
contrastaban con las escabrosas descripciones que sobre el tema, y dentro de
estos mismos muros, describía en la novela AMDG el antiguo alumno de San Zoilo,
Ramón Pérez de Ayala.
Y le conté cómo en una de sus primeras charlas, después de las
expulsiones del niño tocón y del maestrillo imprudente, el reverendo padre
espiritual había lanzado para todos los cariacontecidos alumnos el drástico
lema en latín: “Noli me tangere”.
Toda expulsión de un compañero tomaba entre el público
infantil tintes de dramatismo. Una ola de pasmo e inseguridad invadía la vida
colegial cuando algún compañero era mandado a su casa. Por aquello quizás de
“Cuando las barbas de tu vecino…”.
Solía ocurrir a las seis de la mañana. Una linterna se
acercaba sigilosa por la camarilla o el dormitorio corrido del designado. Hacer la maleta era cuestión de segundos.
El coche de línea pararía dos horas más tarde en el portón de
entrada.
No había opción para despedidas. Alguno se despabilaba por
casualidad y por el rabillo del ojo identificaba al aturdido muchacho que
seguía con los hombros caídos y caminando a rastras por el estrecho sendero que
le marcaba la amarillenta luz de la linternilla del Prefecto de disciplina.
Nunca había comentarios oficiales sobre las expulsiones. Pero, a las pocas
horas, por todos los corrillos corría la voz en las primeras filas camino del
estudio de la mañana:
-¿Sabéis quién se ha
marchado esta noche?
La fórmula del “Noli me tangere” se aplicó durante largo
tiempo y con un excesivo rigor a todo bicho viviente que apenas te rozara o se te
aproximara un palmo.
Marcar las filas, es decir: guardar la distancia del
compañero que te precedía extendiendo el brazo, se hacía con la mano temblorosa
y sin tocar su hombro.
¿Y qué hacer, por ejemplo, en los partidos de fútbol? Mientras
duró la norma estricta, todo buen regateador cogía el balón en medio del campo
y sin que nadie osara tocarle llegaba solito a la meta y le colaba el tanto al mejor guardameta.
Hasta que en una de las finales de los campeonatos que
organizábamos entre cursos varias veces al año, el maestrillo-árbitro se
plantó, reunió a los equipos en el centro del campo y les increpó bien alto,
para que todo el colegio presente en la final del torneo se enterara:
-Pero …vamos a ver. ¿Qué estamos haciendo, chicos?
-Está claro, padre, jugando al fútbol…¿no?, dijo uno de los
más atrevidos
-Pues, nooo!! y no…! -gritó el profesor, mientras imitaba con
gestos amanerados los andares de unas delicadas jovenzuelas- a mí esto me
parece más un baile de cortesanitas gazmoñas
Los jugadores y el resto de espectadores no sabían cómo
reaccionar. Si reír las monerías del árbitro de sotana arremangada o pedirle
que explicara este desplante. El mismo se adelantó:
-De intentar jugar al fútbol, nada. Estáis haciendo una
pantomima. Una mamarrachada. El fútbol es un deporte, chicos…¿Os enteráis? Un
deporte en el que se disputa un balón que hay que encajar en la meta contraria,
o impedir que nos lo cuelen en la nuestra. Para ello hay que superar numerosos
obstáculos. ¿Y sabéis cuáles son los obstáculos en esa porfía?
-Los agujeros que hay en el campo -contestó sin titubear uno
de los más pequeños que por poco, con su gracia, casi le desarma la intención
que el árbitro llevaba.
-Esos son meros accidentes, niño, contestó áspero el
maestrillo. Los obstáculos a vencer son los jugadores del equipo contrario; no
dejarles pasar, quitarles sin remilgos el balón, chocar con ellos si es preciso
y…¿sabéis que en el futbol hay “cargas” reglamentarias que no son
faltas?...Pues aplicaros el cuento. Y…a jugar!! Que ya es hora de que dejemos
de confundir las cosas…Caramba!!
A los pocos minutos, por un empujón voluntario dentro del
área pequeña, se pitó penalti. Era el primero después de varias
semanas. Mientras tanto, moviendo compulsivamente la cabeza, el padre
espiritual abandonaba el terreno y se esfumaba por los caminos de la huerta.
-¿De veras, padre -le preguntamos al maestrillo al día
siguiente- que no le han echado una buena peluca por lo del fútbol?
-Pues de veras que no. Ya veis…¿Por qué iba a ser al
contrario? Si yo no hice más que recordar
a todos que el sentido común es uno de los componentes más importantes
de la virtud
A nuestro lugar de descanso nocturno se les llamaba “camarillas”. Excepto el de los más pequeños que era corrido, con
las camas pegadas a ambas paredes, los otros dormitorios tenían en el centro de
parte a parte un gran tabique que no tocaba el techo. Adosadas a él iban las
camarillas individuales, exiguas alcobas sin puerta, austeras, con una cama, un
taburete y una percha.
Los dormitorios tenían nombres de santos jóvenes jesuitas:
San Estanislao, San Luis Gonzaga y San Juan Berchmans.

El de los mayores, junto a la gran escalerona que daba al
claustro, tomaba el nombre de padre Tarín, el de la cabra. Las paredes de las
camarillas de este dormitorio estaban encastradas en los muros de la antigua
iglesia románica a escasos metros de los sepulcros de los Condes de Carrión
allí emparedados desde hacía siglos, como se descubrió en uno de los últimos
veranos.
-Para
que luego tengáis miedo de los muertos –me comentó el día de la exhumación de
los nobles castellanos el Padre promotor del descubrimiento de esta necrópolis-
Habéis dormido plácidamente año tras año compartiendo a pocos metros el reposo
con estos restos venerables…y ni siquiera os han importunado con la más leve
cosquilla en los pies
Las camarillas del Pe. Tarín tenían un palanganero con jarra
para el agua limpia y un cubo para la sucia. Los otros dormitorios utilizaban
lavabos comunes.
La maleta bajo la cama servía de armario. A su lado el indispensable orinal. Todos los
días se organizaban las procesiones mañaneras, cada uno con su “farol”, así llamábamos al orinal, el
cubo de agua sucia y el inspector atento por si ibas bien peinado o no te
habías espantado las legañas.
A la clase de matemáticas se la llamaba “amena”. Una palabra de origen desconocido, a no ser que hiciera
referencia a los esfuerzos que intentaba el profesor, padre Jiménez, para hacer
agradable la asignatura.
Jiménez era uno de los profesores más populares del colegio. El
único en cuyo honor nos quitaban una clase para recreo el día de su santo. Siempre
iba de prisa. Fue Ministro, o sea el que
llevaba las cuentas de la casa. Prefecto de Disciplina, el que hacía solito las
notas medias. Y el que las leía a todos reunidos en la sala de estudios.

En
cuanto un alumno se ponía con un 4 en conducta general, un 5 en urbanidad y un
3 en aplicación al estudio, interrumpía la lectura de notas para esgrimir la
omnipresente espada de Damocles:
-¡Ojo! A las ocho de la mañana para a la puerta todos los
días la camioneta de Palencia, y desde Palencia, a casa…
Fue Jiménez eminente
profesor de Inglés y a veces de Griego. El inglés lo sabía de su estancia en
Cuba. Para él la “i” se pronunciaba
entre la “i y la e”, la “a” entre la “a y la e”…y así con todas las vocales.
Se ocupaba de los jardines de la casa. Formaba cuadrillas
para mantenerlos en forma. En una de ellas, dedicada especialmente a los
macizos interiores del claustro, estuve yo varios años. El agua la sacábamos
con baldes que lanzábamos al fondo del pozo e izábamos con una polea oxidada y
quejumbrosa. Conseguimos unos setos de pinillos extraordinarios. En su interior
infinidad de pensamientos, rosas y begonias. A fin de curso el Pe Jiménez nos invitaba a todos los
jardineros a una merienda junto al cuérnago.
Pero la actividad más inmemorial del Pe. Jiménez era la clase de “amena”. A principio de cada curso daba
a todos sus alumnos unos elaboradísimos apuntes de matemáticas. Famosos eran
sus teoremas: “Sea el triángulo…se trata de demostrar que…en efecto…” y seguía
la “demostración”, es decir, la lección para el día siguiente. Sus clases eran
muy animadas. Sobre todo los monólogos que las ilustraban.
-¿Qué
trae usted ahí, señora?
-Unas
fracciones que estaban muy baratas en la plaza
-¿Y usted qué pidió?
-Deme algunas propias
-Veamos
señora: ¿las dichas fracciones tienen mayor el numerador o el denominador?
-Tienen
mayor el numerador
-Pues
le han engañado, señora, clamaba irritado el P. Jiménez. Porque le han vendido
a usted fracciones “impropias”. A devolverlas de mi parte... ande, ande... ya!!!