miércoles, 16 de septiembre de 2015

LA LENGUA DE ANDAR POR CASA (16 septiembre 15)

Los hábitos, se dice, son la segunda naturaleza de toda la gente. Algo semejante a las convenciones sociales de convivencia  que son la máscara o el sombrero de conveniencia con el que nos cubrimos en la vida ordinaria ante los demás.
Aparte de  esos hábitos y tácitos acuerdos de vida en sociedad, todo grupo humano cerrado, incluso el familiar, tiende también a crear su vocabulario propio, una terminología que le sirva  para facilitar la comunicación interna algunas veces, otras como diversión y otras para camuflar el sentido o la “malsonancia” atribuidos a algunas acciones.

Lo original y curioso para los recién llegados  a San Zoilo era la jerga que se usaba en determinadas situaciones de la vida ordinaria.
Los servicios o retretes se llamaban “lugares”. Pedir permiso para “menores” se refería a ir a los “lugares” por muy poco tiempo. Cuando durante los estudios o las clases apretaba el enemigo la vejiga, se pedía ir a los “lugares” para “menores” levantando el brazo y el índice de la mano derecha.
Ir a “mayores” quería decir que se pedía ir al servicio con apremio y por más largo tiempo. Entonces se levantaba la mano con los dedos índice y corazón en señal de victoria.
Mandarle a uno a los “lugares”, que en el lenguaje coloquial sería “a la mierda”, se camuflaba con un “vete a la India”.

En el plano académico se designaba “composición” a los ejercicios de Latín, Griego y Castellano que se realizaban durante el curso entero a última hora de la tarde.
Las “concertaciones” eran clases públicas de cualquier asignatura en presencia y con la posibilidad de preguntar a los protagonistas por parte de todos los alumnos y profesores del colegio. Tenían algunas una sorprendente escenografía de batallas o hechos históricos.
Se llamaban “academias” a las funciones solemnes sobre un tema monográfico o con motivo de una especial celebración: certámenes poéticos, actos musicales, o a veces alguna sesión cinematográfica.

El latín introducía en la vida diaria numerosas expresiones.
“Age quod agis”: “Haz lo que haces” era el lema de todos los exámenes de conciencia que al anochecer  hacíamos durante un inacabable largo cuarto de hora en el monacal coro de la iglesia, para examinar cada uno la aplicación que  había puesto en las acciones de la jornada y prometer superarse al día siguiente. Dirigía este acto “el Brigadier”, uno de los alumnos mayores, designado para el puesto por su madurez y ejemplaridad en  buena conducta y distinción en los estudios.

Un misionero de China que nos dirigió cierto día un retiro espiritual nos explicó cómo en la religiosidad budística existía también una consigna semejante al “age quod agis”.
Yo me copié esa norma oriental en uno de mis cuadernos de composición, sin ningún comentario adicional, y el profesor de literatura me puso un diez.


Dijo el misionero que sus monjes le preguntaron un día a Buda:

-Maestro ¿cómo se puede alcanzar la perfección?

Y que él les contestó:
                                          
El monje al andar, se entrega totalmente a andar; al estar de pie se entrega a estar de pie, al estar sentado, se entrega a estar sentado y al estar acostado se entrega a estar acostado. Al mirar se dedica a mirar, al extender el brazo, a extender el brazo; al vestirse a vestirse y lo mismo al comer, beber, masticar o gustar o cualquier otra acción, se dedica y entrega con perfecta comprensión a lo que se hace”

-Esa fue la norma que les dio Buda. Y eso es lo que debéis practicar también vosotros. Hacer con alma, cuerpo y el ser entero lo que estáis haciendo en cada momento, sin distraeros, sin poneros a soñar despiertos.

Dos días después el profesor de literatura me sorprendió durante el estudio ausente, en las musarañas. Se inclinó hasta mi oído y me dijo muy bajito:

-Señor Buda, aplíquese el cuento: “age quod agis”…

Y me quitó cinco puntos de aquellos diez que me había puesto en el cuaderno de composición literaria.

Otra expresión, esta vez temida, era la palabra latina “pensum”. Recuerdo que en el colegio de los Maristas era moneda corriente el copiar cincuenta, cien, doscientas o más veces una palabra o frase como castigo a lo que fuere: faltas de ortografía, olvido de deberes, hablar en clase o en los estudios, copiar, llegar tarde, decir palabrotas, pelearse…
En San Zoilo la monótona mecánica del escribano, por lo general ineficaz, o los calambres que te entraban en los dedos y en el codo cuando llegabas a la frase ciento cincuenta de la copia, se suplantaba por otra sanción más sutil y quizás más productiva: aprender y recitar de memoria un párrafo de diez, veinte o, raras veces, de treinta líneas en latín. A eso se le llamaba “pensum”. En los últimos cursos el “pensum” podía darse en griego.
No había recreos hasta que no le recitaras al maestro de turno la ración de ejercicio de memoria y el bocadillo de cultura clásica que te habías ganado por transgresor de las normas. Mientras a tu equipo de fútbol, por ejemplo, le habían endilgado durante un recreo varios goles tú te recomías porque no habías aún “chapado el pensum” y no podías entrar en el juego.

Con frecuencia se veía los jueves a algunos alumnos, con la mirada en las nubes y los puños tensos entre trigales, regatos y barbechos camino de Villamez.  Mientras tanto iban disparando al viento párrafos de “la guerra de las Galias”, de alguna oda de Horacio y de la Eneida de Virgilio. O también de “La Anábasis” griega de Jenofonte. Y, ¿cómo no?, de las “Catilinarias” de Cicerón (¿Quosque tandem, Catilina, abutere patientia nostra…!). Les estaba prohibido participar en las actividades del día de campo en la finca de Villamez si no se deshacían antes del malhadado “pensum”.

Hubo un momento en la vida colegial en el que se puso de moda otra expresión latina de tintes evangélicos. “Noli me tangere” le había dicho Jesucristo a la Magdalena algunas horas después de su resurrección: “No me toques”. En clase de arte habíamos comentado un precioso cuadro de Fra Angelico sobre el tema.

Dos hechos coincidentes en esos días motivaron la implantación práctica de esa frase latina en la vida colegial. Fue el primero los arrumacos y caricias que uno de los mayores le hacía a una de las caras más bonitas de los pipiolos. El otro fue el caso de un maestrillo a quien se le notaba demasiado  la protección  y preferencias por otro bello infante de los primeros cursos.
El alumno mayor fue expulsado fulminantemente a los pocos días. Al joven profesor le cambiaron de colegio a la semana siguiente.

Reviví los paseos de mis primeras vacaciones por las campas de Velilla de Guardo. Entonces le relaté a Teobaldo estos incidentes que contrastaban con las escabrosas descripciones que sobre el tema, y dentro de estos mismos muros, describía en la novela AMDG el antiguo alumno de San Zoilo, Ramón Pérez de Ayala.
Y le conté cómo en una de sus primeras charlas, después de las expulsiones del niño tocón y del maestrillo imprudente, el reverendo padre espiritual había lanzado para todos los cariacontecidos alumnos el drástico lema en latín: “Noli me tangere”.

Toda expulsión de un compañero tomaba entre el público infantil tintes de dramatismo. Una ola de pasmo e inseguridad invadía la vida colegial cuando algún compañero era mandado a su casa. Por aquello quizás de “Cuando las barbas de tu vecino…”.

Solía ocurrir a las seis de la mañana. Una linterna se acercaba sigilosa por la camarilla o el dormitorio corrido del  designado. Hacer la maleta era cuestión de segundos.

El coche de línea  pararía dos horas más tarde en el portón de entrada.
No había opción para despedidas. Alguno se despabilaba por casualidad y por el rabillo del ojo identificaba al aturdido muchacho que seguía con los hombros caídos y caminando a rastras por el estrecho sendero que le marcaba la amarillenta luz de la linternilla del Prefecto de disciplina. Nunca había comentarios oficiales sobre las expulsiones. Pero, a las pocas horas, por todos los corrillos corría la voz en las primeras filas camino del estudio de la mañana:

-¿Sabéis  quién se ha marchado esta noche?

La fórmula  del “Noli me tangere” se aplicó durante largo tiempo y con un excesivo rigor a todo bicho viviente que apenas te rozara o se te aproximara un palmo.
Marcar las filas, es decir: guardar la distancia del compañero que te precedía extendiendo el brazo, se hacía con la mano temblorosa y sin tocar su hombro.

¿Y qué hacer, por ejemplo, en los partidos de fútbol? Mientras duró la norma estricta, todo buen regateador cogía el balón en medio del campo y sin que nadie osara tocarle llegaba solito a la meta y  le colaba el tanto al mejor guardameta.
Hasta que en una de las finales de los campeonatos que organizábamos entre cursos varias veces al año, el maestrillo-árbitro se plantó, reunió a los equipos en el centro del campo y les increpó bien alto, para que todo el colegio presente en la final del torneo  se enterara:

-Pero …vamos a ver. ¿Qué estamos haciendo, chicos?
-Está claro, padre, jugando al fútbol…¿no?, dijo uno de los más atrevidos
-Pues, nooo!! y no…! -gritó el profesor, mientras imitaba con gestos amanerados los andares de unas delicadas jovenzuelas- a mí esto me parece más un baile de cortesanitas gazmoñas

Los jugadores y el resto de espectadores no sabían cómo reaccionar. Si reír las monerías del árbitro de sotana arremangada o pedirle que explicara este desplante. El mismo se adelantó:

-De intentar jugar al fútbol, nada. Estáis haciendo una pantomima. Una mamarrachada. El fútbol es un deporte, chicos…¿Os enteráis? Un deporte en el que se disputa un balón que hay que encajar en la meta contraria, o impedir que nos lo cuelen en la nuestra. Para ello hay que superar numerosos obstáculos. ¿Y sabéis cuáles son los obstáculos en esa porfía?
-Los agujeros que hay en el campo -contestó sin titubear uno de los más pequeños que por poco, con su gracia, casi le desarma la intención que el árbitro llevaba.
-Esos son meros accidentes, niño, contestó áspero el maestrillo. Los obstáculos a vencer son los jugadores del equipo contrario; no dejarles pasar, quitarles sin remilgos el balón, chocar con ellos si es preciso y…¿sabéis que en el futbol hay “cargas” reglamentarias que no son faltas?...Pues aplicaros el cuento. Y…a jugar!! Que ya es hora de que dejemos de confundir las cosas…Caramba!!

A los pocos minutos, por un empujón voluntario dentro del área pequeña, se pitó   penalti. Era el primero después de varias semanas. Mientras tanto, moviendo compulsivamente la cabeza, el padre espiritual abandonaba el terreno y se esfumaba por los caminos de la huerta.

-¿De veras, padre -le preguntamos al maestrillo al día siguiente- que no le han echado una buena peluca por lo del fútbol?
-Pues de veras que no. Ya veis…¿Por qué iba a ser al contrario? Si yo no hice más que recordar  a todos que el sentido común es uno de los componentes más importantes de la virtud

A nuestro lugar de descanso nocturno se les llamaba “camarillas”. Excepto  el de los más pequeños que era corrido, con las camas pegadas a ambas paredes, los otros dormitorios tenían en el centro de parte a parte un gran tabique que no tocaba el techo. Adosadas a él iban las camarillas individuales, exiguas alcobas sin puerta, austeras, con una cama, un taburete y una percha.
Los dormitorios tenían nombres de santos jóvenes jesuitas: San Estanislao, San Luis Gonzaga y San Juan Berchmans.


El de los mayores, junto a la gran escalerona que daba al claustro, tomaba el nombre de padre Tarín, el de la cabra. Las paredes de las camarillas de este dormitorio estaban encastradas en los muros de la antigua iglesia románica a escasos metros de los sepulcros de los Condes de Carrión allí emparedados desde hacía siglos, como se descubrió en uno de los últimos veranos.

-Para que luego tengáis miedo de los muertos –me comentó el día de la exhumación de los nobles castellanos el Padre promotor del descubrimiento de esta necrópolis- Habéis dormido plácidamente año tras año compartiendo a pocos metros el reposo con estos restos venerables…y ni siquiera os han importunado con la más leve cosquilla en los pies

Las camarillas del Pe. Tarín tenían un palanganero con jarra para el agua limpia y un cubo para la sucia. Los otros dormitorios utilizaban lavabos comunes.
La maleta bajo la cama servía de armario.  A su lado el indispensable orinal. Todos los días se organizaban las procesiones mañaneras, cada uno con su “farol”, así llamábamos al orinal, el cubo de agua sucia y el inspector atento por si ibas bien peinado o no te habías espantado las legañas.

A la clase de matemáticas se la llamaba “amena”. Una palabra de origen desconocido, a no ser que hiciera referencia a los esfuerzos que intentaba el profesor, padre Jiménez, para hacer agradable la asignatura.
Jiménez era uno de los profesores más populares del colegio. El único en cuyo honor nos quitaban una clase para recreo el día de su santo. Siempre iba de prisa. Fue Ministro,  o sea el que llevaba las cuentas de la casa. Prefecto de Disciplina, el que hacía solito las notas medias. Y el que las leía a todos reunidos en la sala de estudios.

En cuanto un alumno se ponía con un 4 en conducta general, un 5 en urbanidad y un 3 en aplicación al estudio, interrumpía la lectura de notas para esgrimir la omnipresente espada de Damocles:

-¡Ojo! A las ocho de la mañana para a la puerta todos los días la camioneta de Palencia, y desde Palencia, a casa…

Fue  Jiménez eminente profesor de Inglés y a veces de Griego. El inglés lo sabía de su estancia en Cuba. Para él  la “i” se pronunciaba entre la “i y la e”, la “a” entre la “a y la e”…y así con todas las vocales.
  
Se ocupaba de los jardines de la casa. Formaba cuadrillas para mantenerlos en forma. En una de ellas, dedicada especialmente a los macizos interiores del claustro, estuve yo varios años. El agua la sacábamos con baldes que lanzábamos al fondo del pozo e izábamos con una polea oxidada y quejumbrosa. Conseguimos unos setos de pinillos extraordinarios. En su interior infinidad de pensamientos, rosas y begonias. A fin de curso  el Pe Jiménez nos invitaba a todos los jardineros a una merienda junto al cuérnago.


Pero la actividad más inmemorial  del Pe. Jiménez era la clase de “amena”. A principio de cada curso daba a todos sus alumnos unos elaboradísimos apuntes de matemáticas. Famosos eran sus teoremas: “Sea el triángulo…se trata de demostrar que…en efecto…” y seguía la “demostración”, es decir, la lección para el día siguiente. Sus clases eran muy animadas. Sobre todo los monólogos que las ilustraban.

-¿Qué trae usted ahí, señora?
-Unas fracciones que estaban muy baratas en la plaza
-¿Y usted qué pidió?
-Deme algunas propias
-Veamos señora: ¿las dichas fracciones tienen mayor el numerador o el denominador?
-Tienen mayor el numerador
-Pues le han engañado, señora, clamaba irritado el P. Jiménez. Porque le han vendido a usted fracciones “impropias”. A devolverlas de mi parte... ande, ande... ya!!!




lunes, 14 de septiembre de 2015

EL LEVÍTICO (14 septiembre 15)

Hablar de chicas era evidentemente un tema tabú en nuestras conversaciones colegiales. Yo sólo hablaba de estas cosas con el guaje asturiano Pablo. El conocía ya de sobra el episodio de Floren y La Fiera de la Loma. Sabía también que había una rubita en el pueblo de Carrión que, años atrás, por mí “sorbía los vientos” como decía el pastor Ventura.
En las raras ocasiones en las que subíamos en fila de a dos al pueblo -procesión del Corpus o rosarios de la aurora por el mes de mayo- Pablo se colocaba puntualmente a mi lado. 
Al pasar por la esquina de los soportales del ayuntamiento, junto a la fonda “La Vidala”, me daba un codazo de complicidad. Mi antigua amiga Anita vivía en la primera planta.

-¿Qué pasa…oye? -decía yo fingiendo naturalidad
-Que te juro que la he visto…que está allá arriba detrás de los visillos…espiando

Y a ambos se nos  coloreaba la cara y se aceleraba el pulso adolescente.

Pablo rió con ganas cuando le conté, unos días antes de acabar el curso, lo que me había pasado durante mis vacaciones anteriores en Velilla de Guardo.
Aquel año, cosa rara, no estaba en el pueblo mi locuaz amigo Teobaldo. Tampoco estaba el primo Camilo, el dominico.
Pero, contra los designios protectores de tía Carmen, sí que aparecieron cierto día Sole y  Clara, dos hijas gemelas de un vecino de mis tíos. Dos lindas criaturas de doce abriles. Venían de una residencia veraniega de monjas cerca de Torrelavega.

Huérfano de conversación, antes de la llegada de las gemelas, y sin compañía con quien pasear por las frondosas veredas y ascender a los riscos de la montaña palentina, yo había buscado por las alacenas del comedor algún libro. Encontré al fin, detrás del  ventanuco de un bargueño antiguo, un ejemplar de Ivanhoe, la  novela medieval caballeresca de Walter Scott.

Era mi primera, y durante muchos años única, lectura romántica.
El impacto fue semejante a aquella mi precedente intrusión en la Historia de la Conquista de Méjico tan malquista por el Prelado vecino mío de la calle de Santa María.
A la emoción de  las aventuras, las intrigas, raptos, emboscadas y torneos, ingredientes propios de la novela de enredo medieval, se sumó el toque apasionado del  caballero sir Wilfrid Ivanhoe.

El héroe de la novela tiene que optar entre las dos mujeres que compiten  por su amor: la noble Rowena, de sangre real y la hebrea Rebeca, plebeya que le curó un día milagrosamente de sus heridas y a quien él  luego, mediante un duelo en juicio de Dios,  salvó de la horca y de las garras de un malvado templario.
Fue Rowena quien consiguió al fin conquistar al invencible guerrero.

La transferencia fue inmediata. Nada más aparecer, Clara y Sole, por obra y gracia de alguno de los brujos supervivientes de la novela romántica, se transmutaron en las heroínas de Walter Scoot.

Las dos niñas, tímidas y esquivas en los primeros momentos, aparentaron una fingida indiferencia hacia el primo raro de su vecino que, como él, estaba interno en un colegio de frailes.

El hielo se rompió a los dos días. Sentados a la sombra de la ermita de San Juan, frente a la histórica fuente La Reana, conté a las dos niñas la novela de Ivanhoe.  Leímos incluso algunos de sus párrafos más ardientes.
Los juegos de los días siguientes fantasearon sobre dos princesas prendadas de un apuesto doncel. Para eludir mohines y recelos, las niñas se repartieron alternativamente los papeles. La noble Rowena de un día se transfiguraba al día siguiente en la plebeya Rebeca.
Llegó el último día del duelo romántico. La hebrea era la favorita. Para evitar que la novela original se desvirtuase en su final, ambas firmaron la paz esa misma mañana.
Cuando, al comienzo de la tarde, el deslustrado corcel del coche de línea Guardo -Palencia echó a andar, las heroínas gemelas despidieron entre lágrimas y agitar de pañuelos al enamorado campeón que partía  hacia Tierra Santa.

-Por supuesto que le contaste al padre espiritual esas tus aventuras con las doncellas sajonas - dijo Pablo
-Que te lo has creído, cachupín!! ¿Y para qué?
-Pues también es verdad, solución no te hubiera dado, creo yo…como a mí…con la mía…

Sin darme a tiempo a preguntar, el asturiano me contó uno de sus recientes problemas de conciencia.
A la vuelta de su última ida a Roma, vino de visita al Colegio el Padre Provincial de los jesuitas y nos regaló a todos dos estampas, bendecidas por el mismísimo Papa  Pio XII. Una del Pontífice sobre una vista de la plaza de San Pedro. Y la segunda, una reproducción de una Virgen de Murillo. Bellísima y realista, con la expresión más auténtica de una encantadora joven andaluza.
Pablo lo pasó muy mal. Porque al contemplar a veces la belleza de la imagen se azoraba.

-Oyes, que me venían malos pensares y hasta se me movía…esto…- me confesó señalando la entrepierna.

Llegó a pasar noches sin dormir. Se vio destinado a las llamas del infierno porque, claro, que eso le pasara a él era un horrendo sacrilegio..!! Al final fue y se lo explicó entre sollozos al Pe. Espiritual.

-Me ha dicho que no era para asustarse, que si yo no consentía ni pecado venial había, y que cuando hubiera “moción” y, procurando que no fuera con tocamientos, que me pusiera algún pañuelo con agua fría…
-¿Dónde? -dije yo
-Pues donde va a ser, tontaina…en el “rabanillo”, hombre! Todavía no lo he probado, porque no sé cómo puedo llevar siempre a punto un pañuelo empapado con agua fría en el bolsillo…

Pablo  no volvió al colegio al término de las vacaciones del 46. Pasaba igual cada verano con bastantes compañeros. A él se lo había recomendado el mismo padre espiritual.
  
-Lo peor - me había dicho la víspera de su marcha, mientras tiraba piedras a los patos del cuérnago- es que no sé cómo lo voy a explicar en casa. La familia se me da que no entiende nada de todas esas cosas.
-Pues es verdad -dije yo
-O que a todo ello le ponen siempre una pesada tapadera para evitar que se escape no sé qué tufo que parece que huela mal. Alguna cosa hay de la que no hay que hablar nunca con los niños ni los niños con los mayores.

Era cierto. Yo tenía mi experiencia personal sobre el asunto. No era algo exclusivo del colegio. Había en todas las familias una suerte de tácita confabulación. A los niños no se les podía hablar ni explicar cosas “impuras”.

Yo me encontré un día, sin aclaración convincente, con  que me habían cambiado de residencia familiar. Tenía una habitación nueva en casa de la abuela María. Estaba en la misma entrada del puente. A dos pasos de San Zoilo. Era, me dijeron, para facilitar mis idas y venidas al colegio.  
Acepté el cambio a regañadientes. El cuarto era más espacioso, separado de la alcoba, y con mesa para estudiar y estantería para los libros. Pero yo añoraba aquella otra habitación de mis sueños estivales en la calle Santa María, pegada a la biblioteca de estilo castellano del prelado madrileño. Donde, en libros de tapas gruesas color tabaco, reposaban Moctezuma, Hernán Cortés y los héroes de la batalla de Otumba.  
Además ésta casa del puente olía al vinazo y a la cecina que se servía a todas horas  sobre las mesas de madera tosca y ennegrecida de la taberna “La Espuela” que estaba  debajo, en la misma esquina de la escalerona.

En algunas rápidas escapadas a casa sí que noté que madre estaba un poco demasiado gordita. Pero fue sólo en el cumpleaños de madre cuando se desveló el gran misterio.

Todos los años, el dos de febrero, iba yo  a celebrar su aniversario en la casa de la calle Santa María. Era la fiesta de la Candelaria.
Coincidía  en general con la de San Blas patrono de los males de garganta. Madre me llevaba a Sta. María para que el cura, como a todos los niños de la parroquia, nos pusiera dos velas cruzadas delante del cuello y un velo por la cabeza hasta la nuca, y nos echara la bendición del santo como protección contra todas las enfermedades de las vías respiratorias.
El remedio no debía ser tan radical, porque el párroco, muy sensato, añadía al final de la ceremonia:

-La bendición de San Blas no descarta, queridos niños, que, en días de frío, si vais a la escuela o a jugar a las eras pongo por caso, no tenéis que olvidaros de llevar la bufanda, los guantes y unos buenos calcetines de lana…¿Entendido?...

Al terminar la bendición de San Blas tenía lugar una de las más antiguas tradiciones del pueblo. Por la pendiente que, desde el pórtico de Sta. María bordea la antigua muralla medieval hacia el viejo convento de las clarisas,  se tiraban dos serones de naranjas que la chiquillada perseguía alborotada.

La famosa “Rodada de la Naranja” recordaba el enfado del Cid Campeador cuando vino cierta vez a Carrión a ver al rey Alfonso. Como la acogida no fue de su agrado desparramó por esta calle el valioso cargamento de naranjas de Valencia que traía como regalo para el monarca. Además se quedó sin voz de tanto berrear su descontento. Aunque luego acudió a la iglesia de las Claras, donde celebraban la fiesta de San Blas, y con la intercesión del dicho santo recobró de nuevo el habla.

Después de recoger, a base de codazos y trompicones, una naranja medianita y dos mandarinas enanas, volví a Sta. María.

Madre no había salido aún de la iglesia. En el interior tenía lugar en ese instante la procesión de las candelas.
Una larga fila de mujeres con pequeñas velas, previamente bendecidas por el señor cura, discurría por las naves laterales del templo hasta el altar de la famosa estatua de la Virgen de las Victorias.
El cura párroco y dos monaguillos que sostenían los picos de la capa pluvial cerraban la marcha.
Pensé de inmediato en esos pobres monagos, que por ayudar a la ceremonia, se habían quedado sin rodar la naranja del Cid. Luego me dijeron que el señor cura había retirado antes las dos más preciosas para sus abnegados ayudantes. “Monaguillo, pillo”,  ya lo decía la voz popular.
Pero algo llamó al instante mi atención. Delante del cura y de los dos acólitos de blancos roquetes sobre sotanas rojas, iban nueve mujeres en fila de a dos. La última, la que iba sola, era la Sra. Feli, es decir mi madre. Portaban  grandes cirios. Un velo oscuro les cubría la cabeza hasta los hombros.
En las escaleras del altar otras tantas mujeres  esperaban. Cada una tenía en brazos a un bebé. Los niños o niñas eran de varios meses a penas. Serios y quietecitos. Excepto el más menudo que sollozaba sin estridencias porque, oh sorpresa,  era arrullado por mi tía Carmen - pasito adelante, pasito atrás- hasta que se quedó dormido.

Las nueve mujeres se arrodillaron en reclinatorios ante la capilla. El cura explicó el sentido de la ceremonia. Era la fiesta de la Purificación de la Virgen María.

-Ella, “aunque no lo necesitase”, recalcaba el párroco, hizo lo que a todas las mujeres que tuvieran hijos ordenaba el libro del Levítico. Presentarse en el templo para purificarse cuando pasaran por lo menos cuarenta días después del “alumbramiento” (No entendí la palabra, aunque supuse por la circunstancia que significaría tener un hijo).

Acto seguido, el cura bendijo a las nueve madres. Cambió los velos negros por otros blancos. Les entregaron sus respectivos retoños. El sacerdote les fue levantando uno tras otro a la altura de su cabeza como ofrenda a la Virgen.
Un monaguillo corría por el pasillo central. Llevaba una jaula con nueve tórtolas. Al llegar al atrio les abrió  la portezuela.
Las palomitas huyeron libres pero amilanadas por el volteo de todas las campanas de la iglesia que anunciaban el fin de fiesta.

¡Cuántas ideas encontradas llevaba yo en mi cabeza mientras pausadamente salíamos de la iglesia!
Tía Carmen iba silenciosa a mi lado. Llevaba el cirio de la ceremonia. Las candelas bendecidas en esa ocasión se guardaban en las casas. Porque servían para amparar a los moribundos y para protegerse contra las tempestades y las tentaciones diabólicas.

-O sea -iba yo recapacitando para mis adentros -que yo tengo un hermanito.
-Se llama José Luis. Así lo dijo el cura en el acto de la ofrenda.
-Y nadie hasta el momento me ha dicho ni la más mínima…
-Por eso -no había duda- me mandaron a vivir a la casa del puente…
-Y -además- como las otras madres, la Sra. Feli ha tenido que “purificarse”
-Por haber tenido a mi hermanito.
-¿Lo habrá hecho también cuando me tuvo a mí?
-Y ¿por qué tener un niño era algo “impuro”?
-…..…?
-Claro, a los niños…-y más si están en los jesuitas- no se les habla de cosas impuras

 Al salir al ático, el sol de aquella suave mañana invernal cegaba los ojos. Caía de plano sobre las piedras doradas de la histórica iglesia y contra los sillares, roídos por brisas seculares,  de la muralla adosada al templo.
Creo que fue eso lo que despejó un tanto mis incertidumbres.
Además me dejaron que llevara en brazos al bebé los pocos metros que  separaban nuestra casa de la iglesia de Sta. María.
Era muy guapo. Pesaba como una pluma. Y yo le llevaba con un miedo atroz, no fuera que se me cayera y sus cachos saltaran volando como las tórtolas que acababa de soltar el monaguillo hacía pocos instantes.

De vuelta al colegio, en el primer estudio de tres cuartos de hora al comienzo de la tarde, fui  de inmediato a la biblioteca. El cura había dicho en su sermón que lo de la purificación estaba en el libro de “El Levítico”. Hice todo lo posible por no olvidarme del nombre. Lo fui repitiendo como una letanía puente abajo.

-Supongo que el libro ese estará en la Biblia…-me dije

Y sí que estaba. Era el tercero del Antiguo Testamento. Me resultó un farragoso galimatías impresionante. Holocaustos, sacrificios, oblaciones, rituales, reglas y más reglas, reparación de los pecados…
Estaba a punto de abandonar la búsqueda, cuando en el capítulo once leí al sesgo que se hablaba de animales puros e impuros, de los que se podían comer y de los que no. Animales impuros eran y por lo tanto no había que comerlos: el camello, el conejo, la liebre y el cerdo.

-Pues apañadas van -dije a media voz- las fondas y casas de comidas
-Chss…¡Silencio! -recordó molesto alguien desde el fondo de la sala. Era un profesor, absorto en la consulta de un libro de Historia.

Impuros eran también, según el libro, todos los animales acuáticos que no tuvieran aletas y escamas. Y una copiosa lista de voladores. Me gustó ver que en esa prohibición entraban los que desde mi niñez habían sido más repugnantes: los murciélagos y las abubillas. Si tocabas a uno de estos animales muertos te volvías impuro, decía el libro, y tenías que purificarte a la caída de la tarde.
Lo que yo buscaba estaba a continuación. En el capítulo doce. Y decía:

“La mujer que dé a luz un varón, será impura durante 7 días, como en el tiempo de su menstruación (mí, no entender, que dicen los indios en las películas de vaqueros). El día octavo será circuncidado el prepucio (mí seguir sin pescar…) del niño. La madre continuará en casa durante 33 días…hasta que se haya cumplido el tiempo de su purificación”.

Pues sí. Aunque había palabras ininteligibles, así lo decía el Libro Sagrado. Eso, sin embargo, no me explicaba en modo alguno por qué era “impura” la mujer que tenía (o alumbraba según el párroco) un hijo.
Al acabar los días de la purificación, el libro describía cómo sería la ceremonia de presentación de la mujer en el templo y que  llevaría una  tórtola  en sacrificio por el pecado (¿?) Y concluía: “El sacerdote hará sobre ella el rito de expiación y quedará purificada”.

Releí el capítulo. Y lo que más me impactó entonces fue algo, pero que muy chocante, que me pasó desapercibido en la primera lectura.
El libro  también decía textualmente: “Si da a luz una niña,  la mujer será impura durante dos semanas como en su menstruación (¿?) y  continuará en casa 66 días más…”

-Anda.. y toma ya! El doble que los niños…se me escapó otra vez en el silencio sagrado de la biblioteca.

¡Las chicas deben estar el doble de impuras que los chavales…!! pensé yo, sin entender este nuevo detalle que se añadía al misterio de la Purificación.
Hasta que de improviso una lucecita se iluminó en algún recóndito lugar de mi imaginación. Y deduje enseguida: ¿Tendría esto que ver con la consigna del padre espiritual, siempre repetida al prepararnos para las vacaciones veraniegas?

-¡¡¡Cuidado con las niñas!!!, -casi grité,  levantando el brazo tembloroso ante un imaginario y asustadizo público infantil.
-¿Qué has dicho chico?!, -preguntó el profesor desde su pupitre

El sobresalto que su intervención me produjo me hizo botar aturdido. El gesto brusco  rasgó una de las esquinas de la página del Levítico.
Mientras le mostraba la página afectada, pude balbucear a duras penas:

-Nada, nada… que al levantarme tan deprisa, mire…mire lo que me ha pasado… y por eso yo me gritaba a mi mismo enfadado: “¡Cuidado con las uñas!!!”

Devolví rápido la Biblia a su estantería. Al pasar al lado del maestro, éste se limitó a arquear ligeramente los hombros sin levantar la vista del voluminoso libro de Historia.