
Los vecinos
birlaron el letrero que indicaba la entrada a Villalba. Así que los soldados
pasaban zumbando, sin enterarse de que veinte metros más abajo había un pueblo.
Menos mal, pues todo el mundo comentaba que eran peligrosos.
En los
atardeceres y en las primeras horas de la noche se oía en sordina, formando eco
entre los Picos de Europa y Peña Labra, el rugido de los cañones y las bombas
de la aviación italiana o alemana. A estos, decía el maestro, les llamaban la Legión Cóndor.
-Ya están ahí los “condones” -murmuraba al verlos pasar un abuelo cabizbajo, recostado como una interrogación contra la higuera de la plaza.
-Se llaman cóndores, abuelo. Algo así como las águilas que anidan en la ermita dela Virgen
del Otero.
-Y a mí que me se da cómo se llamen esos jodidos pajarracos. No te amuela!!.
-Ya están ahí los “condones” -murmuraba al verlos pasar un abuelo cabizbajo, recostado como una interrogación contra la higuera de la plaza.
-Se llaman cóndores, abuelo. Algo así como las águilas que anidan en la ermita de
-Y a mí que me se da cómo se llamen esos jodidos pajarracos. No te amuela!!.
Y se
apretujaba aún más contra el reseco tronco como queriendo desaparecer en las
arrugas del árbol centenario.
De Reinosa
llegó el último recado. Las cosas iban mal. Pronto tendrían que evacuar toda la
zona. El mayor estaba enfermo. Sin importancia. Querían sin embargo llevarle a
un hospital de Santander.
Ante la
cercana y sonora presencia del frente de guerra, la abuela y tía Carmen
decidieron alejarse del lugar. Emprendimos camino hacia el sur, veinte
kilómetros de Villalba, río abajo. A pie. “En el coche de San Fernando –decía
con sorna la abuela- un rato a “pies”
y otro andando”.
Yo, hatillo
al hombro, seguía a duras penas el paso de las dos mujeres, altas, recias y
secas como los robles que bordeaban el camino. Llevaban vestidos negros y
pañolón oscuro en la cabeza, pues hacía “sólo” cinco años que el abuelo Lucas
había fallecido.
En Fresno me
enseñó tía Carmen unos cuantos escudos sobre los portones de casas solariegas.
Alguno tenía esculpido el apellido “Ordaz”.
-Mira, mira. El apellido del abuelo Lucas –decía ufana tía Carmen- Y el mío. Y de tu madre. Y el de tío Crescencio, tu padrino, al que ahora vamos a ver en Poza dela Vega.
Los Ordaz emigraron todos a Méjico. Han hecho allí grandes
fortunas. Un día nos llegará de allá la gran herencia. Y ese día se acabarán
nuestros desmanes.
-Mira, mira. El apellido del abuelo Lucas –decía ufana tía Carmen- Y el mío. Y de tu madre. Y el de tío Crescencio, tu padrino, al que ahora vamos a ver en Poza de
A mí lo que
me dolían de muerte eran los pies. Así que pasé por alto el que me explicara lo
que era Méjico, la Herencia y más que nada qué significaban “los desmanes”.
Cuando, para salvar uno de los arroyuelos, se levantó ligeramente el vestido, sólo hasta media pantorrilla por lo de la decencia, parecía la figurita de un pastel sobre una base de bizcocho con chocolate.
Mi padrino
era algo así como el intelectual del pueblo. En Poza no había escuela ni
maestro. El se ocupaba de mantener una centralita que la Eléctrica del Viesgo
tenía instalada sobre un desvío de las aguas del Carrión.
En los ratos
libres arreglaba, montaba y desmontaba,
e incluso fabricaba con piezas de aparatos viejos, las radios de toda la
comarca.

Por eso
sabía mucho más que nosotros de todo lo que pasaba en los frentes de la guerra.
Cogía todas las emisoras. Hasta las extranjeras.
Y por la noche, muy bajito, algunas clandestinas comola Radio Pirenaica.
Y por la noche, muy bajito, algunas clandestinas como
De ese modo
nos enteramos de que habían evacuado toda la zona donde se encontraba la
familia. Los desplazados eran conducidos en interminables convoyes de camiones,
acémilas y carretones hacia la frontera francesa. Una vez en Francia, iban a
buscar los pasos de montaña más accesibles en dirección a Cataluña.
A mi hermano
Chus le gustaba mucho trotar sobre un tozudo asno que tenía una vecina de
Barruelo. Por eso yo me lo imaginaba ahora cabalgando un gran pollino y
arreándole en gabacho, la lengua que mi tío me había dicho que hablaban los
franceses.
Lo que
ignorábamos era que en esa triste caravana faltaba alguna de las cuatro
personas que el ciego vendaval había desgajado de la familia hacía un año.
Me gustaba
ir por leche cada mañana a la vaquería cercana. La señora Petra me daba primero
a beber un cuenco de leche tibia recién ordeñada y un tostón. Llenaba luego los
dos cuartillos de latón y me los colgaba al cinto.
-Cuidadito con correr... Y no te caigas...!
-Cuidadito con correr... Y no te caigas...!
Ese día,
media calle antes de llegar, se me helaron las piernas al oír los gritos que
salían de la casa de mi tío.
Había mucha
gente a la puerta. Sobre la mesa camilla un cable desde Francia.
-“Carlos ha muerto. Peritonitis. Llegamos muy justo a Valdecilla. Hospital sobrecargado heridos de guerra. Tardaron en atenderle. Estamos bien. ¿Cómo está el niño? Nos veremos pronto. Abrazos”
-“Carlos ha muerto. Peritonitis. Llegamos muy justo a Valdecilla. Hospital sobrecargado heridos de guerra. Tardaron en atenderle. Estamos bien. ¿Cómo está el niño? Nos veremos pronto. Abrazos”
Los días
siguientes fueron tristes. Y muy negros. Me pusieron, como a la muerte de mi
padre, un lazo negro en el brazo izquierdo de todas las chaquetas y camisas.
Contra mi
pecho, como una reliquia, yo apretaba el nefasto telegrama. Me escondía debajo
de los faldones de una mesa camilla. No me acordaba de la cara de mi madre. Y
cerraba fuerte los ojos, por ver si en la oscuridad ella me miraba.
-¡Niño! ¿Qué haces ahí debajo de la mesa?
-Estoy rezando a Dios para que madre vuelva”
-¡Niño! ¿Qué haces ahí debajo de la mesa?
-Estoy rezando a Dios para que madre vuelva”
Tenían que
pasar aún muchos meses hasta que se atendiera esta plegaria.
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