viernes, 31 de julio de 2015

YA LLEGA EL CORTEJO ( 31 julio 15 )

La familia, después del gran periplo de la guerra y de los años posteriores, se había instalado definitivamente en Carrión de los Condes.
Así que dije adiós a mi intermedio palentino.

La carretera hacia el norte, camino de Carrión, despide a la ciudad de Palencia con la vista de dos cerros, tan resecos como el inmenso mar de tierra arcillosa sembrada de cristales de mica que los rodea. Sobre uno de ellos se levanta, austero como la llanura, el Cristo del Otero

Es una inmensa estatua de veinte metros de altura. Tiene los brazos levantados y las palmas extendidas, bendiciendo a la ciudad y a la reseca llanura castellana.

-Como esta estatua, así de grande, había dicho cierta vez  mi monjita preceptora -¡cuánto me había costado decirle adiós-  sólo hay otra en el mundo: la del Redentor en Brasil. El Cristo del Corcovado. En Río de Janeiro.


Excavada en el Otero, bajo la estatua colosal, había una ermita diminuta. Su recuerdo me producía largas pesadillas que luego me despabilaban durante varias horas muchas noches.
Veía en sueños sus paredes terroríficas  repletas de ex-votos, piernas y brazos de cera amarillenta, cabelleras, muletas y relicarios con fotos desvaídas, que danzaban en círculo a mi alrededor.

Sólo quedaba quieto, colgado sobre el cepillo de las limosnas, el nudo de un pañuelo. Yo intentaba en vano recogerlo. Las muletas, desprendidas de sus alcayatas enmohecidas,  me perseguían amenazadoras. Y entonces, azorado, salía  a gritos de esa espeluznante pesadilla.

El fenómeno tenía su explicación en lo que yo considero mi primer y decepcionante fracaso financiero.
Con las pagas de ayudar a misa había llegado yo, día tras día, a juntar casi ocho pesetas. Una fortuna. Las guardaba debajo del colchón.
Un buen día organizaron los mayores uno de sus traicioneros saqueos en el dormitorio y se fueron al garete mis ahorros.
Desde entonces decidí llevar los estipendios de las misas anudados en un pañuelo, escondidos en el bolsillo del pantalón.
Ya tenía de nuevo cinco pesetillas. En una de las excursiones por las laderas calizas cercanas a la ermita del Cristo vino la desgracia. Entre salto y salto por riscos y pedruscos se extravió el pañuelito del ahorro con mi nueva fortuna.

Y eso era lo que ahora yo veía, como si de nuevo lo soñara, desde la banqueta trasera del coche de línea que me llevaba hacia Carrión de los Condes.
Mi tesoro, fruto de mis trabajos y sudores, se quedaba allí, perdido entre los cristales de mica de aquellos pelados cerros, o anudado como un ex-voto más en la triste y lóbrega  capilla del Cristo del Otero.

El destartalado coche de línea tardaba casi dos horas en recorrer los escasos cuarenta  kilómetros entre la capital y el pueblo de Carrión
.
Un kilómetro antes de llegar al pueblo está la cuesta de la  Mora. Bonito nombre. Había en la falda de la cuesta, según la leyenda, un pequeño manantial. Contaban que, en tiempos de la Reconquista, el rey Alfonso, el de las Navas, citaba en este paraje a una mora de nombre Zulema. Cierto día en que ella se retrasó, el rey se marchó encolerizado, maldiciendo antes a la fuentecilla. Llegó la mora. Bebió de la fuente maldecida por el rey y murió poco después.
       
No sé si los efectos de la maldición real sobre el lugar podían perdurar después de siete largos siglos. Porque a nuestro desvencijado coche de línea le entró un soponcio  cuando  estaba a punto de traspasar la cuestecilla de la Sarracena. Perdió el resuello. Le dieron dos espasmos.  Empezó a deslizarse peligrosamente cuesta abajo.
A duras penas podía el conductor cambiar la marcha, echar el freno de mano, calmar aquella fiera encabritada.

-Manolo, que nos escoñamos..!!! -vociferaba un  viejo agitando una enorme chapela y un bastón de nudos-  Páralo…joder!!

-Ay! Señora del Remedio , ampáranos...! -decía una mujer de rodillas en medio del pasillo- ¡Santísimo Cristo de Limpias…ten piedad!!

-Quietos...No sus mováis, que ya lo tengo -gritaba el chófer, rojo como una guindilla, intentando apaciguar a los viajeros.

A ambos lados de la carretera había algunas cruces, recuerdo de anteriores desastres en ese mismo punto. El trasto díscolo se había ya deslizado media cuesta, cuando en una de sus tarascadas empotró su viejo trasero en  la cuneta derecha y se inmovilizó entre el polvo de los frenazos y la humareda espesa del motor.
El golpe nos zarandeó a todos como a peleles de trapo. La señora del rezo, que estaba de rodillas, había caído de bruces contra la puerta. Le sangraba la nariz, y nada más. Fue la primera que saltó a la carretera ensalzando a voces el portento.
Falcaron el coche con grandes piedras. Nos dieron los bultos y maletas que iban en la baca, y terminamos nuestro viaje a pie. Parecíamos una fila de cautivos redimidos de algún penal lejano.
Delante, a la entrada del pueblo, iba la beata pregonando a chillidos el prodigio.

-¿Un milagro, sí! ¡Un milagro!... La Virgencita del Remedio y el Cristo de Limpias han bajado a echarnos una mano. Ay…gracias, gracias a ellos…!!

El paisano de la gorra esgrimía otras palabras más aviesas.

-A ver cuando carajo les enteramos a las autoridades  del material cochambroso que nos ponen para viajar. Aunque pensándolo bien para qué hacerlo, si el dueño de la compañía tiene los riñones más forrados que la giba de un camello!

Detrás, a algunos metros, iba Terencio, el cojo, soltando una ristra de sonoras palabrotas al verse cada vez más lejos del cortejo.
Esa fue mi entrada triunfal en el pueblo de mis recuerdos más felices.

Ignoro por qué en esos días, cuando de ella hablaba con los demás, empecé a referirme siempre a mi madre como “la señora Feli”. A ella, entre hermanos y con los más allegados de la familia, no se le podía decir “mi madre” (¡“a ver si te crees que sólo es madre tuya”¡).
El término “mamá” no era tampoco de uso corriente entre los niños castellanos de la época. Sólo ciertos estratos elevados de la sociedad lo usaban.
De ahí que la tía Carmen, por aquello de la vieja alcurnia heráldica de los Ordaz, pasó una temporada insistiendo, sin conseguirlo, en que a la señora Feli se le diera el tratamiento fino de las familias bien.
Todas las vecinas y los que frecuentaban el ayuntamiento del pueblo, donde madre había conseguido un sencillo trabajo que de hecho la convirtió en funcionaria para toda la vida, le llamaban con respeto “la señora Feli”. Por pura imitación, me quedé yo con la costumbre. Y así seguí llamando a madre toda la vida.

Antes de pasar a vivir en la calle de Santa María, frente a las murallas de la vieja ciudad y del pórtico de la histórica iglesia de Santa María de las Victorias, pasó la familia una temporada  en una casa del Mercado Viejo.

El mercado estaba a la entrada del pueblo, lugar en que se deshizo el  triunfal cortejo de nuestra entrada en Carrión.  
Era una plaza inmensa y desangelada donde se celebraban todas las ferias y mercados de la comarca. Los tratos, los trueques y las ventas que allí se hacían tenían un sabor ancestral, como si te trasladaran todas las semanas al típico arrabal de una ciudad  de la Edad Media.

Ese día te despertaban los rebuznos del asno que su dueño lanzaba con su látigo en carrerilla para demostrarle al comprador que la bestia se tenía sobre  los cuartos traseros. O el relincho del caballo al que levantaban el belfo para mostrar su dentadura amarillenta, pero sana y poderosa. O las coces de una mula vieja  que despejaba el entorno para que nadie le tocara la panza o el envés de las orejas lacias. Y los perros. Y el olor de los orines y excrementos, que perduraba, aún después de  terminada la feria, hasta bien entrada la noche. Vacas, cerdos, gallinas, conejos, pavos y, de vez en cuando, el balido cansino y misericordioso de los corderos resignados a no triscar ese día por los pastos.

Pocas veces sobrepasaban esa sinfonía discordante las voces de los hombres. Las disputas, los roces y a veces alguna faca reluciente saltaban sólo cuando alguien se sentía víctima de un timo clamoroso.
A consecuencia de uno de esos timos se refugió un día en el portal de nuestra casa un feriante demudado y trémulo. Un mocetón le perseguía, navaja en mano, tirando del ronzal de un borrico escuálido y descolorido.
-Ah… bellaco!! Quince días ha que a mi padre le vendiste el animalejo éste… ¡Rufián embustero! Lustroso y reluciente estaba el animal, so falsario…Me cago en “tó…”!!!
El labriego se había parapetado detrás de la mesa de la cocina y a duras penas esquivaba los tajos que ya le habían rozado parte del gaznate
.-¿T’has fijao, maldito tunante, cómo está ahora el pollino…eh, pícaro pajarraco?

Y es que, al primer baño en la charca de la aldea, se le había esfumado al rucio la grasa, la tintura de yodo y los jabones del  tratamiento de belleza que le habían dado. Ahora  era un cenizo,  con la piel llena de rodales  del rabo a las orejas.

Por suerte aparecieron al momento los tricornios de dos guardias civiles y se llevaron a los dos feriantes y a su jumento a dirimir sus cuentas en el cuartelillo.

sábado, 25 de julio de 2015

INTERMEDIO PALENTINO ( 25 julio 15 )

Plaza de toros de  Palencia. Cinco de la tarde. Lleno hasta la bandera. A nuestro lado pasan los tres diestros con sus cuadrillas, picadores, mulillas y monosabios. Va a comenzar el paseíllo. El más famoso de todos, Manolete, nos saluda antes de salir al ruedo.
Era la corrida a beneficio de los Niños Huérfanos de Palencia. Al lado de la enfermería  nos quedamos Núñez, yo y la monja de la Caridad que nos acompañaba. A la plaza no podían entrar los niños, las monjas y los curas.
Salió el primer toro. Desde fuera le oíamos resoplar y mugir amenazador a cada embestida. La gente alternaba los olés y las palabras gruesas mientras la banda perpetraba un conocido pasodoble
.
Vimos pasar a un caballo renqueando, con las tripas colgando por una cornada del toro. A poco apareció un banderillero con todo el pómulo derecho amoratado de un topetazo por arrimarse demasiado, según él afirmaba, al animal furioso.
Entregaron a Núñez un ramo de flores y a mí la montera que el torero había lanzado en brindis al representante de la Casa de huérfanos en el tendido de la presidencia.
 
Cuando abrieron la puerta estaban todavía cortándole una oreja al bicho. 
Luego le arrastraron en una nube de polvo hasta la puerta de mulillas.  
El diestro tenía en su taleguilla una gran mancha de sangre.

Fue emocionante cuando nos levantó en brazos, y toda la plaza nos hizo una ovación grandiosa.
El clarín anunciaba la salida del segundo toro. Pies para que os quiero. Todo había estado muy bonito. Pero al salir le confesé a la Sor:

            -Conmigo que no cuenten en el futuro para ser  torero

En cambio Núñez estaba como ido. Los ojos le hacían chiribitas.

-Pues a mí, dijo entusiasmado mientras redondeaba un paso de muleta, sí que me gustaría un día llegar a ser un “manolete”.

La Madre Dorotea, hermana de mi abuela, se las había ingeniado para apuntarme en ese centro de acogida pasando por  huérfano de guerra. O, aunque no lo fuera, debió arreglárselas para convencer a las autoridades de que la familia estaba en unas condiciones de auténtica catástrofe.
Y en verdad que no era para menos
Madre había vuelto a Barruelo pocos meses después de su llegada del exilio. La casa estaba en ruinas y expoliada. El ayuntamiento quemado y gran parte de la  ciudad arrasada. Acudió, sin éxito, a la parroquia para que alguien testificara su condición de viuda. Se lo negaron.
Como una lacra flotaban aún en el ambiente el recuerdo de las banderas ominosas de aquellos mineros revolucionarios en el entierro civil de mi padre. El compañero Manolo. Al que todos conocían por “el Vasco”.
Pintaban otros bastos en el histórico y  rancio movimiento pendular de las dos Españas. Sólo que ahora los triunfos estarían durante interminables años en el mismo banco con las cartas marcadas y un sólo reglamento, el de los que acababan de ganar la última partida. Hasta que los naipes de tan usados y manidos por las mismas manos se derrumbaran un día por sí mismos.

Pero esa era una historia del futuro. Ahora había que trabajar, y duro, para sacar a flote a la familia. A mi hermano Chus quisieron mandarle a un convento de frailes, cerca de Burgos. Iba de hermano lego. En el tren de ida alguien le dijo:

-Con que al convento te vas, rapaz… Pues ya verás, ya… a los pocos meses te han de marcar con una perra gorda en ascuas un redondel en el cogote.

A la semana se escapó de la encerrona. En un recodo del camino había saltado de la camioneta que llevaba a la ciudad la fruta del huerto de los frailes. Tardó en llegar a casa cuatro días, cubierto externamente de polvo rojizo, pero henchido el espíritu por los aires de  libertad de la meseta castellana.

-Ya he pasado bastantes  peripecias – vino diciendo- para que  ahora me enjauléis  entre las cuatro paredes aburridas de un convento.

El y mi hermana recordaron entonces una aventura semejante que durante la evacuación les había pasado el año anterior cerca de Tarragona.
Dos días después de su llegada a la ciudad  vieron a mediodía  largas filas de niños que entraban en un comedor escolar. El olorcito de comida caliente, y el hambre acumulada durante los interminables días de la evacuación, hizo que se colaran de rondón entre los comensales. Al acabar repartieron a todos bolsas con algo de comida.Luego subieron a unos camiones.
 Cuando los vehículos salieron para embarcarlos en dirección a Francia, empezó el pánico entre los dos hermanos.

-Madre no sabe nada. Tengo miedo. ¿Qué va a pasar cuando nos busque?

-¿Y a dónde vamos?...

-Señoraaa!!!”

La gruesa dama del uniforme decía cosas en un idioma raro, como si ladrara. Se fue  a la delantera del camión. Se notaba cómo hablaba de ellos con el conductor.
En la primera revuelta saltaron los dos en marcha a la cuneta y echaron a correr a todo trapo hacia una casa cercana.
En aquellos camiones iba una parte de los niños españoles que  el servicio de cooperación soviética llevaba a Rusia. Pocos volverían. Sólo muchos años después vendrían algunos, de turistas, para volver a ver los olvidados parajes de su infancia.

Mi estancia en Palencia duró poco más de dos años. Habitábamos  un viejo caserón, húmedo y triste con dos plantas. Había una capilla y muchas salas en la planta baja. Y dos grandes dormitorios corridos en la primera.
 Al fondo dormían los que se meaban en la cama. Te lo indicaba un olor ácido y espeso que iba aumentando al acercarte.
 No podías subir durante el día al dormitorio, por si rondaba alguno de los mayores, que eran peligrosos.

-¡Cuidado! -nos había advertido uno de los antiguos a poco de nuestra llegada- ¡Ojo con la pandilla del Lucio! Tienen la manía de aislar a alguno de los peques, bajarle los pantalones y forzarle a hacer “fafa” en el primer rincón.  Son unos guarros.


En los armarios, a izquierda y derecha de la sala, estaban los roperos. Teníamos uniformes de fiesta, que olían con exageración a  alcanfor y antipolilla.
Con esos uniformes, azul y gris, salimos al aburrido desfile de la victoria, el 18 de julio de 1939. Nos enseñaron el “Cara al Sol”, y a dar los vivas cuando los altavoces lo pidieran.
Y al terminar hubo unos bocadillos gigantes que comimos sentados en la acera y con los pies molidos.
Detrás, en la pared, pintado en negro, un yugo y cinco flechas. Al lado el Generalísimo con un gorro de borla como el que tenía mi foto de la ermita del Valle en Saldaña.


Mis reservas en lectura y escritura, adquiridas en Poza, me eximían de ir a las clases con los demás niños. Por eso acompañaba muchas veces a la Hermana  Ecónoma  por la ciudad.

Al acabar las compras dábamos grandes paseos por los parques o por los Jardinillos de la estación.

La monja me fue contando todas las historias de la vieja ciudad que yo, a mis siete años, asimilaba como podía.

Algunas las identifiqué años más tarde.

-Aquí -me explicó al pasar por el convento de las Claras- una religiosa se enamoró de un hombre y se fugó con él. Para que no se notara su ausencia, la Virgen se disfrazó de monja y así estuvo varios años, hasta la vuelta de la descarriada.
Esto lo leí luego en una de las obras del poeta Zorrilla.

En la cripta de San Antolín, que está en la catedral, me contó:

-En este lugar se refugió un jabalí que el rey Don Sancho vino persiguiendo hasta el interior del templo. El rey hizo un gran pecado porque en las iglesias no se podía entrar con armas. Para pagarlo tuvo que construir esta inmensa catedral palentina.




En San Miguel, donde se casó el Cid con Jimena, fuimos a ver el uno  de enero una ceremonia que  se hacía todos los años en recuerdo de esa boda. 

El bautizo del Niño Jesús (!). 

Cantaban villancicos y nos tiraban caramelos a los niños, como en los bautizos de verdad.



En Palencia aprendí mi primer oficio. Monaguillo. Con paga y todo.


Al comienzo de los soportales de la calle mayor estaba el colegio de monjas de la casa de Villandrando, con ventanas de ajimez y un gran mosaico en lo más alto de la fachada. Yo ayudaba a la misa de siete todas las mañanas.

Era muy duro salir solo y en invierno por las calles desiertas de la gran ciudad. Aunque nevara. El viento helado resoplaba al pasar por el pórtico de San Francisco. Cabalgaba frenético por los soportales de la calle mayor. Y se clavaba en la cara como una cuchilla.Entrar en el colegio era entonces un placer sin igual. Todo limpio, caliente y acogedor, como suelen estar las casas de las monjas.

Yo decía los latines divinamente. Por eso las monjas nunca quisieron otro.
El capellán me daba una perra chica cada día. Una perra gorda los domingos. Y un realín en las fiestas mayores. 

Las monjitas el desayuno. Chocolate con un bollo suizo, y los días que las hacían, los recortes y las hostias defectuosas. 

Yo ya me había encargado previamente de apurar las sobras del vino dulce de las vinajeras.


En los días cálidos, luego de ayudar a misa, me iba, todo a lo largo de la calle mayor, hasta uno de los puentes del Carrión: el Mayor, el de Hierro o Puentecillas.


Me gustaba mirar cómo iba mansa la corriente, e imaginarme que era la misma que saltaba díscola  allá en el norte por los riscos de Villalba o se desmelenaba luego servicial  por los canalillos de Poza de la Vega.



Madre y tía Carmen me visitaban casi todos los meses. Recuerdo que me traían plátanos que me gustaban a rabiar. Pero tuvieron que dejarlo. Uno de los chicos, resentido porque nunca le invitaba como hacía con la mayor parte de mis amigos, empezó a llamarme “el mono”. Para que el mote no cundiera les rogué que desistieran de de tan sabrosa satisfacción mensual.

En junio del 39, pocos meses después del famoso Desfile de la Victoria por las calles palentinas, las dos se llevaron las manos a la cabeza cuando en una de sus visitas yo aparecí en el locutorio. Madre dijo que esa misma tarde me llevaba, “ipso facto” para casa. Exigió la presencia inmediata de la Superiora.

            -Pero ¿por qué no nos han avisado? ¿Vd. Cree, Reverenda Madre, que dentro de dos semanas puede el chico, con esa facha, tomar la Primera Comunión?

La Reverenda no tuvo que darle explicación convincente alguna. En ese momento pasaban las filas del internado entero por delante de la portería. Todos, sin excepción, llevaban la cabeza, como bolas de billar, rapada al cero. 
Las autoridades, ante una grave epidemia de piojos y sarna por todos los colegios de la capital habían dispuesto el “esquilado” de todos los estudiantes, especialmente obligatorio en las escuelas de internos.
Llegó el esperado día de la Primera Comunión que los veinte participantes tomamos rapaditos, con el escaso pelo germinado durante los quince días precedentes. 
Los blancos trajes de comunión de pantalón largo, que a muchos nos sentaban grandes, habían sido alquilados a una sastrería palentina. 
El fotógrafo tuvo la amabilidad de maquillarnos la cabeza de negro.

viernes, 24 de julio de 2015

PRIMERAS LETRAS (24 julio 15)

A mi padrino le debo mi educación temprana. A domicilio.

-Mira niño- me aclaró a los pocos días de estar en Poza- el Méjico ese de tu tía Carmen está a muchas leguas de distancia. Para ir y venir de allá hay, nada menos, que cruzar el charco. Así que, olvídate de herencias y pamplinas

Una pena, porque yo ya había empezado a fabularme viajes y aventuras. Hasta que encontrara a la señora Herencia, esa pariente rica lejana que tanto encandilaba a tía Carmen. Quizás tuviera ella el poder de traerme a casa a madre y a mis hermanos.
           
-Y ¿sabes qué te digo? -continuaba implacable mi padrino- que cada uno se tiene que fabricar su propia herencia. Para eso el camino más corto es llegar a ser un hombre culto. ¿El primer paso? Empezar por leer y escribir correctamente.

Así lo hizo. O mejor, así lo hicimos los dos codo con codo. Nunca he llegado a entender cómo era su metodología pedagógica. Sé que todas las mañanas marcaba una tarea. Por las tardes yo me acercaba a la central eléctrica de la que estaba encargado y daba la lección, entre el olor a grasa y el estruendo de los motores y poleas que recibían el agua verdosa de la presa. Por unos gruesos cables, me indicaba, salía la corriente hacia las torres. El agua sobrante fluía luego de nuevo cristalina por un largo canal hacia el río Carrión.

Al atardecer volvíamos al pueblo en bicicleta. Yo iba sentado en el manillar, las piernas recogidas para que no se enredaran en los radios de la rueda delantera.

Mi padrino era muy severo. Pero no pegaba. Si no había cumplido en mi trabajo era llegar a casa y...

-¡Hala!...al cuarto. Sin cenar. Hasta mañana.

¡Que cruz de tradición familiar! Aunque es verdad que al cabo de una hora, allí estaba tía Carmen, una y otra vez, con el tazón de la humeante sopa de pan de hogaza.

El milagro fue que en menos de dos años yo leía de “carretilla”, que decían en el pueblo, todo lo que me ponían.  Escribía peor, pero decente. Hasta les repasaba a los familiares y a las vecinas, todos en corro en el zaguán de la casa, las últimas noticias del diario “El Día de Palencia”.



Como premio me había suscrito mi tío a un tebeo. Me llegaba todos los meses de la capital. Lo devoraba de un tirón, hasta terminar todas las historietas, pasatiempos y adivinanzas.

         
No dudo de que así nació mi afición de por vida a la lectura. Y mi agradecimiento a uno de mis mejores profesores.


Un día, en recompensa a mis buenos “resultados académicos” que decía mi padrino, me llevaron a la fiesta de la ermita de la Virgen del Valle en la cercana villa de Saldaña. Había un gentío inmenso. Por la explanada abarrotada de peregrinos circulaba el anda de  la Virgen. Iba precedida por los “seises”, un grupo de danzarines vestidos de colores. La gente agitaba pañuelos blancos. Parecía una nube de palomas.

Ensimismado con el espectáculo, me perdí en medio de la multitud. Pasó casi una hora. Apareció, descongestionada, tía Carmen.
           
-Pero,hijo…¡Qué susto nos has dado! Por tu madre y tus hermanos que no lo vuelvas a hacer, eh? O si no, mira que te mido con la zapatilla!!

Yo me había arrimado al puesto de un fotógrafo ambulante. Hacía apenas unos minutos que el retratista me había puesto frente a un teloncillo decorado. Para hacerme, gratis, un retrato.                                          

Salí vestido de falangista, con correaje, un gorro de dos puntas pistola y una borla.
Como tenía el pelo muy enroscado, por debajo del gorro apuntaban unos tirabuzones que yo odiaba.

Porque había gente que para enrabietarme me preguntaba con retintín si era una chica. Era el 29 de septiembre de 1936.

De todas las enseñanzas de mi padrino sólo se me quedó un ligero error de  perspectiva. Fue lo de “cruzar el charco” para ir y volver de Méjico. Nunca me explicó la frasecilla. Por eso yo imaginé durante mucho tiempo que el país azteca estaba en dirección a León, al otro lado de unos parajes pantanosos que llamaban charca y que separaban en pocos kilómetros la vega del Carrión de los pelados campos del páramo cercano. Total que no debían vivir tan lejos los parientes ricos de mi tía Carmen. Entre ellos, naturalmente, la tía Herencia.

Mi abuela tenía dos hermanos. Uno era jesuita. El padre Valentín. La otra era monja de la Caridad. Sor Dorotea.
A finales de agosto de 1937 terminó la batalla por Santander. Lo dieron las veinte radios de mi padrino al mismo tiempo.
Con una diferencia. Las radios nacionales insistían en los relatos espeluznantes de los presos procedentes del penal de Santoña, y las republicanas en las torturas y ejecuciones que esperaban en el penal del Dueso a los prisioneros atrapados en el puerto santanderino antes de que pudieran escapar a Francia.
La abuela sabía que al padre Valentín le habían encerrado en Santoña.

-Ay, Señor!... -decía, cubriéndose los ojos y balanceándose trémula en su mecedora- mira que no marcharse con los demás jesuitas expulsados al extranjero. Y encima ir celebrando misas clandestinas por ahí. En casas particulares y en las capillas privadas de los grandes señores. Ya veremos, ya… como acaba.  Y es que, a veces, es mejor ser listo que santo, hombre de Dios!



Cuando por Navidad de ese año vino la Madre Dorotea a pasar las fiestas, nos trajo la peor noticia.

A su hermano, el jesuita, le habían sacado una noche con once presos más a la bahía de Santander. Les ataron grandes pedruscos a los pies, y les despeñaron al agua desde el faro.
Uno de los buzos, que meses más tarde se sumergió para dar fe de los hechos, había enloquecido del pronto que le dio al ver de pie, varados en el fondo, roídos por los peces, los cadáveres de los ajusticiados. Ahora estaba recogido en la casa de la Caridad donde Sor Dorotea era la Madre Superiora.

La monja repartió en una misa funeral que reunió a todo el pueblo  los recordatorios, a estilo de la época,  de la muerte de su hermano jesuita.

“Rogad a Dios en caridad por el alma del Rvdo. P. Valentín Mayordomo que falleció en Santander asesinado por las hordas marxistas en el mes de marzo de 1937 a los 59 años de edad y 44 de religión”.
                                           
 Los males no pueden durar eternamente. Ya lo dice el refrán: “no hay mal que cien años dure”. Incluso después de la muerte, que es el más aciago de todos los males, las esquelas de los periódicos decían que el difunto había “pasado a mejor vida”.
Y en el grueso volumen del Quijote que a veces yo le cogía prestado a mi padrino, éste había señalado un pensamiento del caballero andante.
Con mi escritura, aún insegura, yo me lo había copiado en un retazo de papel de estraza y lo había encolado en la tapa de un cuaderno.

“Todas estas borrascas que nos suceden, decía Don Quijote, son señal de que presto ha de serenar el tiempo, y han de sucedernos bien las cosas, ya que no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca.”

Y así fue.

Aparecieron de súbito los tres en el portal, sin previo aviso. Era en abril de 1938. Flacos y mal vestidos.
A mí me dio algo así como una descarga, semejante a las chispas que saltaban en los postes de la central eléctrica, y me dejó alelado, plantado como el tronco de un árbol seco en una esquina del corral.
Todos corrían, lloraban, reían y gritaban en un  descomunal barullo.

-¡Niño! Que es madre y tus hermanos. Ya han venido…!

Se acercaron a mí. Madre tenía unos cabellos muy largos, más blancos de lo que yo recordaba, que me envolvieron como una nube de gloria, dulce y relajante. Sus ojos llorosos brillaban de alegría, pero en el fondo quedaba aún, y así sería para siempre, un poso inmenso de tristeza.
Había llegado el final de una penosa y gratuita pesadilla. Pero una cruz, la del hijo muerto, quedaba para siempre allá plantada en un lejano cementerio. Maldita guerra.

Al acostarme  en esa noche, recuperado ya el rostro y las caricias de mi madre, yo pensaba además en lo fenómeno que era, y cuánto sabía, el sin par caballero Don Quijote de Cervantes.

-Ya he visto que te has copiado mi frase preferida del Quijote -me había dicho mi padrino- Guárdala. Apréndetela de memoria, hijo. Habrá tal vez un día en que te sea útil.  



jueves, 23 de julio de 2015

EL EXODO ( 23 julio 15)

Desde finales de la primavera hasta bien entrado el otoño de 1937 hubo desfile de tropas por la carretera de arriba, hacia Guardo. Decían que había muchos italianos. Y hasta moros.
Los vecinos birlaron el letrero que indicaba la entrada a Villalba. Así que los soldados pasaban zumbando, sin enterarse de que veinte metros más abajo había un pueblo. Menos mal, pues todo el mundo comentaba que eran peligrosos.
En los atardeceres y en las primeras horas de la noche se oía en sordina, formando eco entre los Picos de Europa y Peña Labra, el rugido de los cañones y las bombas de la aviación italiana o alemana. A estos, decía el maestro, les llamaban la Legión Cóndor.

-Ya están ahí los “condones” -murmuraba al verlos pasar un abuelo cabizbajo, recostado como una interrogación contra la higuera de la plaza.

-Se llaman cóndores, abuelo. Algo así como las águilas que anidan en la ermita de la Virgen del Otero.
-Y a mí que me se da cómo se llamen esos jodidos pajarracos. No te amuela!!. 

Y se apretujaba aún más contra el reseco tronco como queriendo desaparecer en las arrugas del árbol centenario.

De Reinosa llegó el último recado. Las cosas iban mal. Pronto tendrían que evacuar toda la zona. El mayor estaba enfermo. Sin importancia. Querían sin embargo llevarle a un hospital de Santander.

Ante la cercana y sonora presencia del frente de guerra, la abuela y tía Carmen decidieron alejarse del lugar. Emprendimos camino hacia el sur, veinte kilómetros de Villalba, río abajo. A pie. “En el coche de San Fernando –decía con sorna la abuela- un rato a “pies” y otro andando”.
Yo, hatillo al hombro, seguía a duras penas el paso de las dos mujeres, altas, recias y secas como los robles que bordeaban el camino. Llevaban vestidos negros y pañolón oscuro en la cabeza, pues hacía “sólo” cinco años que el abuelo Lucas había fallecido.

Atravesamos Fresno del Río y Pino del Río. Y otros pueblos que tenían todos ese mismo apellido, el del señor río Carrión que cruza de norte a sur entera la provincia  y va  desparramando generoso sus riquezas en la fértil vega palentina hasta perderse en el Pisuerga a las puertas de Valladolid.            
En Fresno me enseñó tía Carmen unos cuantos escudos sobre los portones de casas solariegas. Alguno tenía esculpido el apellido “Ordaz”.

-Mira, mira. El apellido del abuelo Lucas –decía ufana tía Carmen- Y el mío. Y de tu madre. Y el de tío Crescencio, tu padrino, al que ahora vamos a ver en Poza de la Vega. Los Ordaz emigraron todos a Méjico. Han hecho allí grandes fortunas. Un día nos llegará de allá la gran herencia. Y ese día se acabarán nuestros desmanes.

A mí lo que me dolían de muerte eran los pies. Así que pasé por alto el que me explicara lo que era Méjico, la Herencia y más que nada qué significaban “los desmanes”.

Al caer el sol llegamos a Poza de la Vega, pueblecito a la vera del río, lleno de riachuelos y regatos que atravesábamos con sumo cuidado sobre lajas planas y resbaladizas Enfrente de la iglesia la abuela dio un traspiés en una de ellas. No se cayó de bruces al agua de puro milagro. Pero se le mojaron los bajos de la falda. Y con el peso iba arrastrando por el camino las bostas de las vacas.
 Cuando, para salvar uno de los arroyuelos, se levantó ligeramente el vestido, sólo hasta media pantorrilla por lo de la decencia, parecía la figurita de un pastel sobre una base de bizcocho con chocolate.

Mi padrino era algo así como el intelectual del pueblo. En Poza no había escuela ni maestro. El se ocupaba de mantener una centralita que la Eléctrica del Viesgo tenía instalada sobre un desvío de las aguas del Carrión.

En los ratos libres arreglaba, montaba  y desmontaba, e incluso fabricaba con piezas de aparatos viejos, las radios de toda la comarca.
Por eso sabía mucho más que nosotros de todo lo que pasaba en los frentes de la guerra. Cogía todas las emisoras. Hasta las extranjeras.
Y por la noche, muy bajito, algunas clandestinas como la Radio Pirenaica.

De ese modo nos enteramos de que habían evacuado toda la zona donde se encontraba la familia. Los desplazados eran conducidos en interminables convoyes de camiones, acémilas y carretones hacia la frontera francesa. Una vez en Francia, iban a buscar los pasos de montaña más accesibles en dirección a Cataluña.
A mi hermano Chus le gustaba mucho trotar sobre un tozudo asno que tenía una vecina de Barruelo. Por eso yo me lo imaginaba ahora cabalgando un gran pollino y arreándole en gabacho, la lengua que mi tío me había dicho que hablaban los franceses.
Lo que ignorábamos era que en esa triste caravana faltaba alguna de las cuatro personas que el ciego vendaval había desgajado de la familia hacía un año.

Me gustaba ir por leche cada mañana a la vaquería cercana. La señora Petra me daba primero a beber un cuenco de leche tibia recién ordeñada y un tostón. Llenaba luego los dos cuartillos de latón y me los colgaba al cinto.

-Cuidadito con correr... Y no te caigas...!

Ese día, media calle antes de llegar, se me helaron las piernas al oír los gritos que salían de la casa de mi tío.
Había mucha gente a la puerta. Sobre la mesa camilla un cable desde Francia.

-“Carlos ha muerto. Peritonitis. Llegamos muy justo a Valdecilla. Hospital sobrecargado heridos de guerra. Tardaron en atenderle. Estamos bien. ¿Cómo está el niño? Nos veremos pronto. Abrazos”

Los días siguientes fueron tristes. Y muy negros. Me pusieron, como a la muerte de mi padre, un lazo negro en el brazo izquierdo de todas las chaquetas y camisas.
Contra mi pecho, como una reliquia, yo apretaba el nefasto telegrama. Me escondía debajo de los faldones de una mesa camilla. No me acordaba de la cara de mi madre. Y cerraba fuerte los ojos, por ver si en la oscuridad ella me miraba.

-¡Niño! ¿Qué haces ahí debajo de la mesa?
-Estoy rezando a Dios para que madre vuelva”

Tenían que pasar aún muchos meses hasta que se atendiera esta plegaria.



miércoles, 22 de julio de 2015

ENTRE DOS FUEGOS (22 julio 15)


Sólo pasó año y medio  hasta el estallido de la gran tormenta. Carlos, con dieciocho años, por expreso mandato de mi padre, se había convertido en jefe de familia.
Es proverbial la solidaridad de los mineros. La condición de su trabajo, el silencio oscuro de las galerías y los tajos, la vida pendiente a cada instante de los caprichos del grisú o del desplome de una viga mal apuntalada son como la amalgama de sus vidas. Nada une tanto como el miedo y la aventura compartida en sobresalto durante los largos años de una existencia en constante peligro. Por eso no le faltó ninguna ayuda a la familia en aquellos pocos meses.

El médico de casa aconsejó que el niño de tres años, que era yo, cambiara de aires para curar una infección en los ojos. Era difícil tratarla en la zona por el polvillo que sin cesar venía de las minas.
Chus, el más inquieto, había ido a casa de unos amigos para una temporada en lacercana Reinosa, provincia de Santander.


A mí me llevaron al pueblo, a casa de la abuela María y de tía Carmen, mi madrina.

El pueblecito se llamaba Villalba de Guardo, al norte de la provincia de Palencia.



Parecía colgado de un ribazo sobre las rumorosas aguas del río Carrión.
La casa estaba al fondo del Corralón, una plaza cerrada a la que se entraba por un gran soportal empedrado. La parte posterior de la mansión parecía empotrada en la montaña. Y allí había un pozo vivo que desde el primer momento sembró en mi imaginación toda clase de figuraciones tétricas y misteriosas.

En esos días, agazapada desde hacía tiempo, saltó la bestia negra de la guerra. Durante una semana, a mediados de julio de 1936, los “partes” de la radio eran confusos. Hasta que se confirmó una sublevación militar que venía de Africa y que  dirigían, con fines diferentes, los mismos que unos meses antes  aplastaron la rebelión de los mineros.
De nuevo volvían las reuniones clandestinas, los piquetes agresivos y algunos “paseíllos” de macabro amanecer.

Mi madre, con Carlos y Ester decidieron ir a buscar a Chus a Reinosa. Pensaban volver de inmediato y reunirse con el resto de la familia en el pueblo de Villalba. Pero no fue así.
Cuando quisieron regresar, España se había cascado en dos, como una granada ensangrentada. Los rojos contra los nacionales decían unos. Los fascistas contra la república decían los otros.
El frente de guerra se estableció a pocos kilómetros de  Barruelo entre las provincias de Santander y Palencia. Mi madre y tres de sus hijos quedaron atrapados en la zona republicana, solos, sin casa y sin apoyo de ningún tipo.
Empezaban para ellos  casi dos largos años de  éxodo, privaciones  y desgracias. Números anónimos en las largas colas de huérfanos y viudas que recorrían el país sin rumbo ni destino. La moneda de la sinrazón.

Por Villalba no pasaría la guerra.  Sólo arriba, en la carretera, en la dirección de la casa del Nido, se había oído algún que otro tableteo solitario al alba. Por eso en algunas casas  había sillas vacías a la hora de comer. Por lo demás, la vida siguió sin grandes privaciones ni sobresaltos en el primer año de la guerra civil.

Esa temporada vino al pueblo una compañía de  teatro ambulante. Instalaron una carpa esmirriadita en el corralón. Por la noche iluminaban la carpa con grandes quinqués de carburo. Ponían la obra de “Genoveva de Brabante”.
Desde la casa de la abuela  nos deslizábamos los más pequeños hasta el pie de un mástil y entrábamos a ras de suelo, como lo hacía el gélido viento de la noche, a ver la función no apta para niños.
Los espectadores estaban sentados en taburetes y banquillos que cada uno había traído de sus casas. El público y los actores, rodeados del humo espeso y blanquecino de las luminarias, tenían las caras grises azuladas. Daban miedo. Y olía de pena.

-“Genoveva de Brabante / junto a ti / siento ardiente / palpitar mi corazón”... tronaba un barítono gigante.

Y tanto ímpetu ponía en la cantata que al levantar su brazo en el escenario diminuto se llevó por delante uno de los quinqués, éste se enredó en una de las bambalinas y los dos se estrellaron con estruendo sobre la tarima. Cundió el pánico. La gente se olvidaba de los banquillos y se precipitaba en la penumbra hacia las lonas sin encontrar las puertas.
Menos mal que los dos actores obraron con una encomiable rapidez y sangre fría. El barítono se quitó en un segundo su chaquetilla. Genoveva se desprendió de su refajo de colores. Sofocaron con las prendas el fuego de la lámpara y a zapatazos apagaron la bambalina en llamas.
Se notaba en la operación cierta experiencia. Seguro que no era ésta su primera chamusquina. A los diez minutos estaba reanudada la función. Yo me dirigía hacia casa. En el tumulto había perdido una sandalia. La que me esperaba cuando la abuela se enterara.

La abuela María tenía muy mal genio. Por una nonada te expedía a la cama sin cenar. Y sin  rechistar. Claro que la tía Carmen acudía luego  de tapadillo a la alcoba con un tazón humeante. Sopa de pan y un huevo como un sol en lo más alto.
Al pinchar la yema me vino esa noche a la imaginación la estampa de Santa Genoveva sin refajo, en cuclillas sobre  el fuego en medio del escenario. El humo le salía de sus posaderas, y subía hasta los hombros. Parecía una gallina clueca.
La casa del corralón tenía en los muros lindantes con la casa vecina unas grandes grietas  que se perdían detrás del pozo. Por los boquetes cabían hasta las tenazas del fogón. Un día  mi hermana, sin saber por cierto lo que decía, le contestó a una regañina de la abuela María: “¿Y a usted qué la incumbe!”. Las tenazas volaron sobre la cabeza de la insolente y se perdieron por una de las hendeduras sin que se oyera el ruido de tocar fondo.
Nos metían miedo con esas enormes rendijas. Decían que allí había restos de personas emparedadas.

-Y a ver si un día, si no te portas bien -decía severa la abuela-  tenemos que hacer lo mismo contigo!

De tanto repetirlo, le perdimos el temor al espantajo. A cada balde que se sacaba del pozo mirábamos por si aparecían residuos de alguno de aquellos fantasmas o, quizás, vete a saber, las tenazas volanderas de la abuela María.

Pasaron dos meses sin tener noticias de  madre y los hermanos. Al fin llegó una carta semiclandestina.

-“Estamos bien. Madre cose ropa para el frente.  Yo ayudo en la improvisada fábrica de material de guerra. No hay escuela. Por eso los dos pequeños pasan los días correteando y jugando a la guerra por las calles”.
Firmado: Carlos

En Villalba la escuela  abrió normal en el otoño. A ella  íbamos todos los niños del pueblo. Desde los que teníamos tres hasta los de diez años. Leer y escribir sólo lo hacían  los de seis para arriba.
Yo les envidiaba. Porque en los destartalados pupitres de madera tenían un agujero mágico. Mojaban las plumas y trazaban cosas sobre papeles y cuadernos.
Desde nuestro rincón nos escapábamos a veces. Metíamos un dedo en la tinta  y nos pintábamos unos a otros  puntos azulones en la nariz  y en los carrillos. Más de un atolondrado se llevó el tintero como capuchón en el dedo, y nos puso a los demás  como una noche con estrellas.
El maestro don Eulogio, el buen hombre, acudía sin reñirnos.

-Vaya…vamos a ver… anda, anda, iros a lavar las manos a la artesa.

La artesa estaba a la puerta de la escuela. A su lado dejábamos las albarcas en los días de lluvia. Ibamos luego a secarnos en la estufa  que había en el centro de la clase. Los leños y cepas que la alimentaban los traíamos cada uno de nuestras casas.
El pobre señor no reparaba en que el contraste entre el agua fría del exterior y el calor de  las brasas nos producía unos enormes sabañones en las manos.  
Cantábamos mucho. Todavía no eran los himnos patrioteros que más tarde se impusieron en las aulas. Eran canciones de corro y retahílas para memorizar números, ríos, capitales o municipios de  provincia. Los pequeños no entendíamos nada, pero seguíamos el ritmo la mar de entretenidos.

Los domingos el maestro nos llevaba en fila desde la escuela a la parroquia. En el pórtico, antes de entrar a misa, el cura nos preguntaba las oraciones que habíamos aprendido durante la semana.


El piso de la iglesia era de madera. Entrábamos marcando fuerte el paso para que las tablas chirriaran como el graznido de los cuervos.
Y cuando nos sentábamos en el suelo seguíamos dando culadas para que el estruendo continuara. Más de una vez, al volverse el cura -“Dominus vobiscum”- pescaba  un sonoro capón el que estaba más cerca del altar. ¡“Ayyy”!. Fin del concierto.


De  la vida parroquial  en Villalba recuerdo un momento delirante.
Fue el Viernes Santo. Oficio vespertino de Tinieblas. Cada cual llevaba carracas, manoplas de madera u otros instrumentos que metieran el mayor ruido posible.
Al pronunciar la séptima palabra moría Jesucristo. Se apagaban las luces de la iglesia. Y se escenificaba con el ruido ensordecedor  de todos los cachivaches de los fieles la inmensa hecatombe de la naturaleza ante la muerte de su Creador.

Eran cinco minutos de una plasticidad impresionante. Inolvidables. Sólo que ese día tuvieron un cómico final. Los mayores de la escuela, no sé si “motu propio” o instigados por un “pérfido ateo” como dijo minutos más tarde el señor cura, vinieron a la iglesia con mazos y puntas.
Aprovechando la inmensa algarabía de matracas, carracas y pataleos cosieron contra las tablas las largas faldas y las enaguas de gran número de beatas arrodilladas en el suelo o en los reclinatorios de las damas distinguidas.

Cuando dieron la luz, un soplo de estupor recorrió la piadosa asamblea. Se rasgaban como un gemido las ropas de las mujeres. Más de una cayó irreverente de espaldas. Los menudos nos reíamos con ganas al verles los pololos.
Se interrumpieron los oficios sacros. Las víctimas salieron a toda prisa. Por las calles iban luciendo los jirones de sus mejores ropas. .A la salida nos reunieron a todos en el pórtico de la iglesia. Nos habíamos ganado una semana sin recreo. Pero hay que ver lo contentos que  bajábamos el repecho hacia el pueblo.

Ya estaban los almendros en flor. El río Carrión, allá en lo hondo, saltaba entre grandes piedras hasta el remanso del molino.
Para llegar al molino había que atravesar un puente con grandes travesaños de madera. Los tablones dejaban enormes huecos que había que sortear con suma precaución. La espuma formaba allá en lo hondo como un rebaño de diminutas ovejas que se abrevaban en sus aguas. Primavera.

Por las tardes de los días de fiesta, se daban cita los mozos y mozas del pueblo para bailar al son del pandero que tocaba la abuela María. Con una sal  y un donaire que en nada presagiaban lo avinagrado de su carácter. Por ejemplo la popular  jota asturiana:

"Al olivo, al olivo,/ al olivo subí. / Por cortar una rama / del olivo caí.

Del olivo caí, /¿quién me levantará? / Esa gachí morena /  que la mano me da.

Que la mano me da, / que la mano me dio./ Esa gachí morena / es la que quiero yo.


Es la que quiero yo / y es la que he de querer. / Y esa gachí morena / ha de ser mi mujer.


Ha de ser mi mujer, / ha de ser, y será, / esa gachí morena / que la mano me da."

Pocos cayeron en la cuenta de que en ese instante, a muchos pies de altura, una escuadrilla de cazas volaba pesadamente en dirección a Santander. Una hora más tarde volverían más ligeros, después de haber aliviado su carga de muerte en las montañas.