domingo, 9 de agosto de 2015

LA VIDA POR DENTRO ( 9 agosto 15 )

He recordado infinidad de veces una frase dicha por Pepín mientras tirábamos piedras chatas al río para que saltaran por la pizarra gris de la superficie.
Chip,chip,chip...chop...chop.. Pepín había conseguido nueve saltos. Eufórico por la hazaña, como si quisiera sacarle al agua algún misterio que él iba rumiando en su interior desde hacía mucho tiempo, lo soltó como si tal cosa. Sin mirarnos.
Tenía la vista fija en el agua. El agua, con las ondulaciones de los saltos, había diseñado como una gran interrogación que se difuminaba lentamente. Y dijo:

-“Me gustaría saber cómo es la vida por dentro”.

Pepín quería ser cura. No jesuita, de los de San Zoilo, sino de los del seminario de Lebanza, en las montañas del norte de Palencia.

-Por allí anda el peligro de los maquis  -le había dicho Rubio-  Se lo he oído a mi abuelo, que fue republicano de los de antes de la guerra. 
-Lo primero- le replicó Pepín a toda prisa- que no hay republicanos ni de antes ni de luego de la guerra. Lo segundo, que no te se ocurra ir diciendo por ahí que tu abuelo es o fue de la República
-Lo primero –dijo Rubio un pelín mosqueado-, que no se dice  “te se”, sino “se te. Lo segundo que somos de la pandilla y entre nosotros no tiene que haber secretos.
-Bueno. Por si acaso
-Y aluego que no me vas a decir -insistió Rubio- que los maquis no son peligrosos.

 Pepín bajó la voz como si fuera a pronunciar un gran secreto.

-Mira, chaval,  primero que no se dice  “aluego”. Y luego te tengo que decir que la mayor parte de los chicos que van al seminario son de gente pobre que no tiene otro sitio donde cocerse los garbanzos. Y los maquis no pueden ser de peligro para el seminario porque nunca se meten con los pobres...
-Pero sí que roban gallinas, y hasta vacas; y panes de hogaza y...lo que pillan de las orzas de los campesinos...
-Toma! -terció Romero- algo tienen que comer. No se van a tragar sólo las bayas o los pocos osos que están aún por las montañas!!...

Pepín tenía los ojos fijos en un chopo cercano. Subía la mirada por el tronco, desde la raiz hasta la copa. Cuando llegó a la flecha más alta, dijo mirando al cielo:

-Lo que yo de veras me pregunto es ¿por qué tiene que haber Maquis?...
-Porque han perdido la guerra -dijo Alonso-
-¿Y por qué? -le preguntó Pepín mirándole a los ojos- ¡dime por qué ha habido una guerra!
-En la historia de todos los pueblos -dije yo en ese momento- ha habido siempre guerras
-Y siempre, siempre, siempre...tendrá que ser así ?!!...¿Para qué las madres de todo el mundo van a seguir teniendo niños? ¿Para tener que mandarlos a unas batallas que ellos no decidieron y de las que ni ellas ni sus hijos sabrán los por qué…?!!

Esas reflexiones del futuro párroco nos dejaban frecuentemente sin palabra y un tanto desazonados. Porque eran por lo común preguntas sin respuesta.

Y es que la naturaleza, la vida externa que bullía por la Loma o por la Vega del pueblo, tenía pocos secretos para nosotros. La conocíamos, y hasta podíamos decir que la dominábamos palmo a palmo. Pero en cuanto traspasabas la epidermis,  empezaba a surgir algún problema..
.
-No nos metamos en berenjenales...!!!, sentenciaba el grandullón de Rubio.

En cambio Pepín, como si estuviéramos jugando a la brisca o al tute subastado, acababa de echarnos a todos una carta gorda sobre el verde tapiz de la pradera.

-Me gustaría saber cómo es la vida por dentro. Luego añadió: Tener la solución de los misterios 
-Ahí es “ná”. ¡La solución de los Misterios!!! -gritó Alonso- ¡Uy chiquillo! Los misterios, pues son eso… los misterios. No tienes más que hacerte a ellos y...”pa  lante”.

Algunos misterios te los daban en la Doctrina. Estaban en el Credo y en los catorce artículos de Fe, de los que siete pertenecían “a la Divinidad” y los otros siete “a la Santa Humanidad”.
Eso era lo que había que "creer". A pies juntillas. Y porque sí.

Lo que había que "orar" era mucho más fácil: el Padrenuestro, el Avemaría , el  Gloria Patri y la Salve.

Luego venía lo que había que "obrar". Y ahí empezaban los problemas.  Tres de los diez mandamientos  de la Ley  te decían lo que había que obrar y siete lo que no había que obrar. Cuatro de estos últimos se entendían de puro naturales. No jurar, no matar, no hurtar, no mentir. De acuerdo.

Pero, ¿y los tres restantes: no fornicar, no desear la mujer de tu prójimo, no codiciar los bienes ajenos?


-¿Que es fornicar?  -le preguntó Sixto así, de sopetón, al joven Coadjutor de Santa María que nos tomaba la doctrina los domingos, antes de la misa de doce, en el pórtico que da a la plaza de la Inmaculada 

-Hum... -el curita  se puso todo colorado, tropezó con dos sillas, las levantó y  sin mirarnos salió por pies.
-Niños...me voy a llevar el viático a una señora moribunda. Vengan conmigo dos monagos...!

Alonso no entendía qué era eso de “no codiciar los bienes ajenos”. Porque su tío no tenía más que, por redaños, entregar a los del sindicato del trigo ochenta costales para evitar que  le confiscaran toda la cosecha.

 Zalito intervino un día en clase de religión en el colegio.

-Hermano, ¿le puedo hacer la pregunta de una duda?
-Una duda, Gonzalo, no se pregunta. Simplemente, se expone. Venga...vamos a por ella.

Y el chiquillo expuso inocentemente que siendo el noveno mandamiento “no desear la mujer de tu prójimo”, pues que podíamos desear a todas las mujeres que no tuvieran prójimo.

-Es decir, que a parte de las casadas, las monjas, las novias o las hermanas de nuestros amigos  podríamos trincar a todas las demás mujeres, concluyó Zalito.

El profesor se quedó seco. La clase entera había registrado el golpe y, a punto de estallar, le miraba sin pestañear con un silencio espeso.

-¡Trágate esa mosca!, musitó por lo bajini Sixto.

El Hermano se fue por la tangente. Es decir, por la tremenda.

-Pero que bruto eres...so talego! – le espetó gritando y congestionado- ¿No tienes otras dudas más...? ¡Pues sí que nos ha salido zampón el tal Gonzalo!!.

Zalito se había escondido debajo de la mesa. “Tiene razón el Rubio -pensaba para sus adentros- ¡No hay que meterse en berenjenales¡”.

Lo cierto es que se nos había escatimado una vez más otra respuesta. Y lo que no tiene respuesta se te va haciendo poco a poco misterioso.
Y entonces, como un misterio más,  pasa a engrosar la lista de lo que tienes que creer “sin comprenderlo”.
Así que, por las buenas, tres mandamientos  “para obrar” se nos convertían en tres nuevos artículos de fe “para creer”. Y.. ¡" pa lante"!,  que diría Alonso.




EL TORO DE LA DEHESA ( 9 agosto 15 )

No tratábamos, ni mucho menos, con esta saña a todos los animales. En el tiempo de las nidadas, por ejemplo, vigilábamos las puestas y el nacimiento de los pajarillos para, si alguno se cayera, reponerlo de nuevo en su sitio.
Cuando los polluelos echaban a volar seleccionábamos los mejores nidos de la temporada y los llevábamos a la sección de ornitología del laboratorio de Ciencias Naturales del colegio. A cada nido se le ponía el nombre de su fabricante y la fecha de su construcción.

En el momento en que aparecían  las primeras parejas de cigüeñas, rondando ya la primavera, cazábamos al lazo serpientes en los arroyos  y lagartijas por las tapias de las huertas para ponérselas al pie de las ruinas de la abadía.
En lo que quedaba de espadaña tenían plantado las cigüeñas el nido más monumental de toda la Tierra de Campos. El macho bajaba planeando y se llevaba una tras otra todas las piezas. Al  terminar él y su hembra crotoraban desde las alturas. Su particular graznido  sonaba  como un aplauso de agradecimiento.
Protegíamos a las cigüeñas y a las abubillas porque decían que eran beneficiosas para la agricultura. Aunque éstas últimas olían muy mal  y podían pegarte la tiña si llegabas a tocarlas.  
Todo perro sarnoso lo era seguramente por haberse comido una abubilla. Por eso, hasta expulsarlos, la emprendíamos a palos y pedradas con todos los canes tiñosos y esqueléticos que aparecían por el pueblo.
Aunque los perros que sufrían las mayores vejaciones eran sin duda aquellos a los que la chiquillada sorprendía  “enganchados”. Macho y hembra corrían a ocho patas, de lado, aullando, el rabo enhiesto, los pelos erizados y sin poder soltarse.
“Zalito”, experto en el mundo animal, explicaba:

-Eso sucede porque, con el susto de verse sorprendidos, los “conductos” de la perra se han “atrofiado”.

Nunca entendí por qué esta situación  concreta producía tal reacción de burla, asco y aversión hacia los perros.
Sobre todo porque en cuestiones de apareamiento conocíamos prácticamente los de todos los animales de la zona. Hasta de las mariposas y de las hormigas. Y nunca  había chanzas ni violencia ante el espectáculo. Más bien un halo de misterio, subrayado por un silencio ruboroso y algún que otro comentario, breve pero subido de tono, del que la mayoría no pedía explicaciones.

Sí que hubo cierta vez un incidente que  pudo costarnos caro. En la margen derecha del río Carrión, enfrente del Plantío, había entonces una dehesa de toros bravos.
Sobre la orilla sesteaban con frecuencia estas reses peligrosas, sin que hasta el momento hubieran causado percance alguno. Eran gordos y relucientes. 
Nosotros los contemplábamos desde la otra orilla, donde lavaban ropa las mujeres para luego extenderla a secar en la pradera verde.  
Las lavanderas colocaban  cantos en las esquinas de las piezas, para que no se las volcara el viento.
Casi todas las mujeres del pueblo lavaban la ropa a la orilla del río. Al bajar llevaban las herradas de ropa sucia contra la cadera y una plancha de madera ondulada bajo el brazo.

Lavaban de rodillas, apoyada la tabla entre dos grandes cantos. Enjabonaban las prendas, las retorcían dándoles fuertes golpes contra las piedras de la orilla y después de aclararlas las tendían sujetas con pinzas en una cuerda entre dos árboles o las extendían sobre el verde del prado. Les echaban azulete. Para que cogieran un blanco más bonito y fueran la envidia de las otras lavanderas.

Los críos pequeños se quedaban una o dos horas al cuidado de la ropa tendida. Nos sentábamos lejos detrás de las mujeres, como si estuviéramos castigados, para que no les oyéramos conversar sobre sus cosas. Me imagino que de ahí viene la expresión familiar: “Hay ropa tendida”. Equivalente a aquella otra de tintes más guerreros: “Hay moros en la costa”
 En revancha, con la cabeza entre las rodillas, acechábamos con malicia las ondulaciones del viento por ver si en un instante se les alzaban las sayas y nos mostraban sus nalgas sonrosadas.
O esperábamos a que alguna se le fuera un calcetín o una braga río abajo. Entonces era la estampida. Chapoteando, resbalando en el verdín de los cantos rodados, aprovechábamos para tomar un chapuzón y luego, marcando el paso -“plis-plas, plis-pasa las bragas de la tía Colasa”- devolver a su dueña el trofeo repescado y colgado en la punta de una vara.

Luego nos sentábamos de nuevo y nos divertíamos escogiendo entre los toros los ejemplares que más nos gustaban para que los lidiaran en el pueblo en las próximas ferias de San Rafael o de San Mateo.
Un día  el semental de la manada se puso a montar tranquilamente a una de las vacas. Un chico llamado “Floren” tuvo una idea de lo más perversa. Le vimos armar su tirachinas. Era un verdadero experto. Siempre nos ganaba en las apuestas con tiradores. Tenía varios. Construidos por él mismo; con su lanzadera de piel de vaca,  gomas negras de cubiertas de bicicleta y horquillas de acebuche preciosamente torneadas. Los llevaba prendidos en la cintura, como si fuera un guerrillero de los Picos de Europa.
Así que armó uno de ellos, ojeó unos momentos, tensó las gomas y tiró con fuerza apuntando al morlaco entretenido en su faena. El proyectil fue a dar de lleno en la bolsa que le colgaba al toro entre las patas traseras espatarradas.  El animal saltó un bramido de dolor que se oyó por toda la dehesa. La vaca salió despedida varios metros.
El bicho dirigió furioso su mirada  hacia la otra orilla, donde estaban las lavanderas y  los críos que las acompañábamos, y empezó a cruzar el río a grandes saltos. 
Era como si volara. A veces se hundía en alguna poza unos segundos, salía unos metros más abajo, y a contracorriente retomaba la dirección hacia nosotros. A penas tuvimos tiempo para refugiarnos todos en dos de las casas más cercanas. El toro hozaba, pateaba y bramaba por los alrededores como una bestia acorralada.

Al poco llegaron unos hombres a caballo con el mayoral y dos cabestros. También apareció una pareja de la guardia civil con los fusiles a punto, por si acaso. Pero no fue necesario. Redujeron por fin al agraviado energúmeno y le hicieron atravesar de nuevo el río para adentrarlo en la dehesa.
Sólo entonces salimos del escondite.
Los caballos y los toros habían pateado toda la ropa de las lavanderas. 

sábado, 8 de agosto de 2015

ANCHA ES CASTILLA (8 agosto 15 )

Al principio, el punto de encuentro de la pandilla era el mirador detrás de la iglesia de Belén. Era el punto más alto de todo el pueblo y también el más alejado del colegio. Más que iglesia, Belén parecía un castillo. Desde el mirador se dominaba toda la vega carrionesa. Debajo de la escarpada muralla formaba el río un meandro con orillas arenosas.


Los que habían visto el mar decían que era algo así como una playa. Luego choperas sin fin. Huertas, alamedas, cuérnagos  y arroyos.

En frente, la mole inmensa del monasterio de San Zoilo tapaba en parte la llanura fértil.




Era muy peligroso bajar directamente de Belén al río. Porque si no frenabas a tiempo podías precipitarte en una de las pozas del Carrión y quedar engullido por algún remolino traidor. Eso le pasó un día a Rubio. Tuvo suerte, porque la corriente le echó suavemente hacia la playita. De lo contrario le hubiera arrastrado hacia el primer ojo del puente, y hubiera desaparecido como le sucedió a un hombre borracho que se despeñó desde lo alto, quedó atrapado entre el barro y los ramajes del fondo y sólo apareció dos días después,  dos kilómetros río abajo, amoratado y más hinchado que la barriga de una mula.

Nuestro punto de reunión fue desde entonces  el Plantío, al otro lado del puente, lejos de playas, meandros y remolinos.
Rubio era el más alto de todos nosotros. Nos llevaba casi la cabeza. Eso le daba ventaja en el particular concurso que montamos en la chopera del fondo del Plantío, junto a la puerta de una tapia que en ese lugar perdía su cobertura de enredadera y dejaba al descubierto un reluciente muro de tres por tres.

Allí se hizo la palestra del gran desafío. A ver quien meaba más alto contra la pared  y quién llegaba más lejos a lo largo del muro, desde la puerta hasta el borde de la enredadera. El concurso era los lunes y  los jueves a las seis de la tarde.
Me nombraron secretario. Me agencié una cinta de modista de dos metros, que la tía Carmen guardaba en un cesto de costura, y una libretilla para anotar las puntuaciones semanales.
Rubio tenía que doblar las piernas para soltar el chorro, hasta quedarse a la altura de cualquiera de los demás. Alonso, que era el más pequeño, podía subirse encima de dos ladrillos. A cada cual lo suyo.
Sujeta a un palo, por si la hazaña superaba los dos metros, se aplicaba la cinta a la pared o al suelo. Uno y cuarenta. Uno noventa. Dos. Tres metros. Las marcas eran mejores a lo largo que a lo alto. En el primer mes Sixto era campeón de altura: dos metros diez. Rubio lo era de longitud: tres con cuarenta. Había quien, desde por la mañana, se pasaba horas sin orinar para tener más recursos a la hora del certamen. Otros se bebían un litro o más de agua a las cuatro en la fuente del colegio.

El concurso no duró  ni dos meses. A pesar de montar guardia, hubo chicas que se enteraron y se chivaron, dándole una interpretación muy diferente a nuestro inocente pasatiempo.
Además el dueño del corral empezó a percatarse de que la puerta y el muro no olían precisamente a rosas. Así que un buen día, abrió de sopetón la puerta y nos soltó a un perrazo enorme. A más de uno se le cortó de cuajo la corriente. Otros hubo que se mojaron los pantalones en la desbandada.
Por esas y por otras razones, los perros no eran  precisamente los animales de nuestra devoción. Ni los gatos. Ni los murciélagos.

Confieso que había algo de sadismo y un poco de ensañamiento en nuestra relación con esos animales. Pero nos retorcíamos de risa al ver los saltos, las carreras y córcovos de un gato con dos botes atados a la cola.
Y una vez puesto, a ver quién le quitaba el bote al gato.
Uno de los mininos, cansado de tanto correr, se tiró el pobre al río. Le seguimos corriente abajo mientras boyaba maullando lastimero. Poco a poco los botes se llenaban de agua y el animal se hundía sin remedio. En el paso estrecho, debajo de las eras del matadero, alguien, al borde de una cueva a ras del agua, le arrojó una rama y le sacó a la orilla. Estaba exhausto. Alonso y su hermanita Lauri, que le acompañaba ese día, aprovecharon para cortarle los cordeles atados al rabo.
En cuanto el felino se vio libre, lanzó un bufido terrorífico y saltó como un acróbata por encima de nuestras cabezas, chocó contra el reborde de la salida de la cueva, se agarró como pudo a las ramas de un sauce llorón y de ahí saltó contorneándose a una roca con hierbajos en medio de la corriente. Se ganó una ovación en toda regla.


En el punto en el que chocó el gato contra el techo de la cueva había una colonia de murciélagos dormidos, colgados como peras en la bóveda y en las paredes.
Los aplausos a  su exhibición circense nos impidieron  ver que con su impacto el gato había derribado a uno de esos bichos repugnantes. Con tan mala suerte que la asquerosa rata voladora fue a dar a la cabeza de la única niña presente. La chiquilla gritaba despavorida queriendo librarse de algo viscoso que cada vez se enredaba más en su rubia cabellera. Su hermano tuvo que sentarla en sus rodillas e inmovilizarla para que pudiéramos  neutralizar al animal.

En primer lugar había que pasar un nudo por la cabeza chillona, evitando que el vampiro mordiera a nadie con esos dientecillos afilados que te podían trasmitir infinidad de enfermedades y maldiciones del infierno.
Luego desenredar las patas aladas y extender al final las membranas semitransparentes y pilosas en forma de cruz para poder clavarlas con las gruesas espinas de un rosal  en  el tronco de un árbol. 
Los chillidos de la fiera se acallaban generalmente con un cigarrillo de hojarasca encendido. El murciélago soltaba entonces grandes bocanadas de humo y parecía repetir desvergonzado:  “Puta... puta...putaaa...¡¡¡” Alonso, para que no sufriera  el honor de su hermanita, que ese día era la única chica del grupo, le espetó al maleducado una bola de  barro en el hocico con lo que consiguió acallar sus palabrotas.
Caía la tarde. Dejamos el lugar antes de que se pusiera el sol, y salieran en tropel el resto de murciélagos, compañeros del ajusticiado.
Sobre las hierbas de la  peña, en mitad de la corriente, tomaba el gato los últimos rayos vespertinos. Se lamía cachazudo el rabo y las patas aún mojadas.
Estaba esperando a que nos fuéramos para descolgar al murciélago del árbol y llevárselo a rastras hacia la maleza.

viernes, 7 de agosto de 2015

LA EDAD DE PIEDRA ( 7 agosto 15 )

La plaza del ayuntamiento era  el primero y casi el único lugar de reunión de chicos y chicas juntos, a la vista de todo el mundo. En los bajos del edificio estaban las escuelas nacionales. Niños y niñas por separado.


Cada grupo tenía sus juegos. Y todas y todos se espiaban de soslayo, como si no pasara nada.

Teníamos por norma no meternos con las amigas ni con las hermanas de nuestros compañeros. Por contra, si se ponía a tiro alguna otra, especialmente de las escuelas nacionales, era seguro el estirón de pelo,  la palmada en el trasero o la artera zancadilla que hacía rodar por tierra a la indefensa criatura.

A renglón seguido aparecían los machitos del otro bando dispuestos a blanquear la honra de su ofendida dama. Las cuentas se dirimían a pedrada limpia, a escasos metros de la plaza, en la bajada hacia el plantío, hasta que aparecía el alguacil y dispersaba la algarada.
En una de esas refriegas yo recibí un cantazo fenomenal en la ceja derecha. Sangraba como un pato degollado. En casa, la Sra. Feli puso azúcar en cantidad sobre la herida hasta cortar la hemorragia. Luego vendó toda la frente.
Y así me presenté al día siguiente en el colegio, con mi turbante sarraceno ganado en pleno campo de batalla.

Todos los profesores afearon nuestra conducta. 
El Hermano Roger nos recordó algunas escenas de pinturas rupestres de la prehistoria  que habían descubierto hacía poco en unas cuevas, cerca de su pueblo francés.
Estaban dibujadas en el centro de una pared de roca viva unas  cuantas mujeres asustadas. A ambos lados, dos grupos de salvajes se peleaban  por ellas lanzándose mutuamente palos y pedruscos.

-Una de aquellas piedrgas le ha dado hoy en la cabesa a vuestrgo amigo. ¿Paga qué han pasado tantos siglos de sivilisasión, si ustedes siguen aún en la “Edad de las Piedrgas”, como aquellos “Trgogloditos”?!.

Yo sé que bajé un peldaño en la opinión de niño bueno que todos me tenían. Tan sólo me consoló el sentir el calor de todos los compañeros de pandilla que no me dejaron ni a sol ni a sombra en todo el día.

Algunas chicas de nuestra edad se escapaban con nosotros en las tardes calurosas de los sábados de julio. Ibamos lejos, a bañarnos clandestinamente, en algún remanso del  río Carrión, casi en el límite con Torre de los Molinos.


De los numerosos palomares  redondos que hay entre los huertos salían a veces parejas de mozos y mozas, que intentaban zafarse a nuestra vista como si tuvieran vergüenza.

Ellas iban arreglándose las melenas despeinadas.

Ellos con la cara congestionada, del color de las ricas moras que nosotros íbamos cogiendo en los setos de las veredas.


Fuimos de baño cierta vez a un recodo tranquilo donde el río se remansaba en un pequeño lago. Al final de esta especie de piscina natural, el río, con un murmullo de cascada, se despeñaba uno o dos metros  sobre la calva de inmensos y relucientes cantos rodados

Los chicos nos cambiábamos detrás de unos matorrales. El cambio consistía en  pasar atrás la parte abierta delantera de los calzoncillos. Era ridícula la estampa trasera que ofrecíamos al salir corriendo hacia la balsa. Pero ante la presencia de las niñas, eso era mejor que bañarse coritos como lo hacíamos cuando estábamos solos.
Las niñas guardaban puestas sus ropas íntimas. Sus formas incipientes se insinuaban apenas bajo las telas transparentes. Hacíamos lo posible porque resbalaran en las piedras del fondo para acudir presto a levantarlas y sentir su mínimo pero inquietante roce pasajero.

Y no hubo más. Entre otras cosas porque apareció un guarda forestal en la orilla de enfrente. El hombre vociferaba hasta desgañitarse. Pero el rumor del agua no nos dejaba oír lo que decía. Lo más seguro era que estaba prohibido bañarse en ese sitio.
Como no le hacíamos ni caso, el hombre desenfundó su carabina de postas de sal. Sonó un estampido seco y corto. Y nos cayó a pocos metros la primera salva.  Al resbalar la sal por la superficie tersa del agua se formó a contraluz un gran abanico de colores. Parecía la cola de un  gran pavo real.

En la desbandada perdimos parte de la ropa. Volvimos de puntillas media hora después a rescatarla. Estaba hecha unos zorros. Embarrada e impresentable. Así que la entrada en casa al anochecer fue de antología.
Para abreviar. Primero cumplir con la tradición familiar: a la cama sin cenar. Segundo: al día siguiente, domingo, ni propina ni salir de casa en todo el día. Tercero: a media tarde se coló un avioncillo de papel por mi ventana. “Te echamos de menos. Si bajas, estamos en el templete del Salón”. Firmaba “Anita” ¡!...
 Me supo a gloria la lectura que en ese momento estaba haciendo del libro “Corazón” de Edmundo de Amicis. Porque pensaba que, si ella se perdiera, yo también iría en pos de Anita, aunque fuera de los Apeninos a los Andes.

Eramos ocho. Siete de los Maristas, y uno de la escuela del ayuntamiento. Zalito cambió el nombre de la pandilla por el de “Los Aztecas”. 

Antes se llamaba “Los ocho de la Fama”. Como aquellos de Francisco Pizarro, que eran algunos más, y que a mí me intrigaban  porque a fuerza de leer tantas historias de españoles  -Numancia, los barcos de Cortés, los trece de Pizarro, Filipinas...y luego y más reciente lo de Franco- me había llegado a preguntar cómo debíamos de ser los españoles que siempre tenía alguien que llevarnos al límite para meternos “en razón”.

Se lo llegué a exponer así al Hermano Roger.  Y él recuerdo que me respondió que no era para tanto.
-Los españoles sois un pueblo más de Europa –dijo- muy paresido y con una historia, aunque muy vuestra, muy “semblable” también a la de los demás.

Y comentó luego con su jerga francesa que todas las naciones tienden a considerarse el ombligo del mundo y a pensar que son como una especie de noria, de esas que se ven en nuestros campos castellanos, con un movimiento sin fin donde se encuentra todo lo peor y lo mejor del mundo.
Cuando sus canjilones están en lo más alto, no hay quien les aguante su soberbia y fanfarronería.
Cuando están hundidos en el fango, da pena ver lo miserables y desastrosas que se sienten.
Como si la Historia no fuera a girar nunca y  a poner a cada cual en su parcela.

Bueno, me dije yo, ya vendrán, pues, tiempos mejores. Y que los veamos.

jueves, 6 de agosto de 2015

LA ESCUELA PARALELA ( 6 agosto 15 )

La vida en la escuela, entre los ocho y once años, era algo así como un apéndice de lo que en realidad era nuestro atractivo principal en esos días.
Soportar la férrea disciplina escolar  y estar amarrado durante interminables horas al duro banco del pupitre, era para muchos  el pretexto para encontrarse con  los amigos, trastear juntos en las aulas, corretear a lo loco en los recreos y, al llegar la primavera, empezar a planificar las correrías por las eras, el plantío, las orillas del río y las huertas tentadoras de la vega.
Esta última sería, durante los años de la infancia,  nuestra  escuela preferida.

Los Hermanos se empeñaban en separar a los miembros de las diferentes pandillas en las clases  para ahuyentar las distracciones y, si eran peligrosos, aislarlos hasta en los recreos para evitar disturbios.
Poco conseguían con estas medidas. La comunicación era algo irrenunciable. A la mínima distracción del profesor, los aviones y las pajaritas de papel volaban con mensajes certeros por los cielos de la clase.


-“Adela  quiere a  Satur”
-“Esta tarde cambio cromos en los soportales
-A la Luci le crecen los palomos

Este último mensaje rayaba ya en lo peligroso. Habíamos convenido que se debían evitar misivas verdes o que hirieran el honor de los Hermanos. Eso desde aquel día en que el Hermano Alberto cogió al vuelo dos cazas de papel.
Uno decía:
-“Me toca los “güevos” el de matemáticas”.
Y el otro:
-“¿Qué le huele a Nati, el “taco” o el sobaco?”.

Como nadie se declaró autor de las dos perlas, nos tuvieron al terminar las clases hora y cuarto en el patio, de pie, con un frío de perros.

Hubo una temporada en la que las moscas mensajeras sustituyeron a los aviones. Fue Sixto el primero que trajo una cajita de mixtos llena de moscas vivas. Les recortaba un poco una de sus alas.
Los mensajes no podían ser muy largos. Iban clavados con un trocito de alfiler en la barriga del bicho. Para más refinamiento mojaba las patas de la mosca en el tintero y la catapultaba por encima de las cabezas de los asistentes.
Todo se terminó con otra encerrona cuando una mosca voló en una espiral perfecta hasta la tarima en la que estaba sentado el Hermano que vigilaba el estudio.
Se le fue a posar en el pequeño babero blanco que sobre la sotana colgado al cuello llevan los Hermanos. Y lo dejó hecho un mapa.

-“Besos de Filo”, decía el papelito.

El Hermano Roger era francés. Fue en Francia donde se fundaron los Maristas. Roger era un Hermano muy joven. Nos daba Geografía. Aunque un día nos dijo que a él lo que más le gustaba era la Historia. Estaba en España para hacer unos estudios sobre las secuelas que la reciente guerra civil había dejado en el medio rural. Visitaba a muchas de las familias de los alumnos. Iba también por los campos a conversar largo y tendido con los pastores y los agricultores de la comarca.

Un día nos paró a todos a  la puerta de la clase.

-Os voy a dejag  librges. Y vais a escogeg  librgemente el sitio donde quegáis sentagos en la clase”, nos dijo mansamente.

Hubo primero  un corto frenazo de incredulidad. Luego el griterío y la desbandada. Al final todos se acomodaron a su gusto entre los suyos.
Y funcionó el remedio. Durante largo tiempo, en las clases del Francés,  se acabaron las moscas, las pajaritas y los bombarderos. Es más. Si alguno se desmadraba, alguien del grupo le llamaba al orden, por la innata autoridad que toda pandilla tenía sobre sus miembros.

Lo que nadie podía evitar era la estampida al final de las clases de mañana y tarde. Del cercano colegio de monjas salían las chicas a la misma hora. No se podía abordar directamente  a las niñas en ese momento porque no estaba bien visto por las monjas que, por si acaso, estaban apostadas a pares en las ventanas de la escuela. Los avistamientos se hacían  por lo tanto en silencio. Un silencio casi devoto que se contentaba con  atisbar apenas los medios guiños y las sonrisas de reojo que las modositas alumnas de las “sores” dirigían a sus escogidos. Silvino, el de la carnicería, izaba un cartel escrito en grandes letras rojas y pegado a una larga regla de madera de pino.

-“A las 7 en la plaza”.

Trini  que pasaba ya por los soportales del hospital arremolinaba su inmensa y rubia trenza sobre la cabeza, como si fuera a hacerse un moño. Era la señal convenida.

-“De acuerdo”.

En el edificio del ayuntamiento, en la plaza principal del pueblo, había además dos escuelas nacionales. Niños y niñas separados.

Y luego en la salida de la carretera hacia León estaba el colegio de San Zoilo.Un antiguo monasterio imponente. Eso era otra cosa. Lo llevaban los jesuitas. Los alumnos eran internos. Iban para curas.Sólo les veíamos dos o tres veces al año, en la procesión del Corpus y en algún rosario de la aurora de los del mes de mayo.
Nos daban lástima. Porque el resto del tiempo se lo pasaban encerrados en un caserón  al otro lado del río, detrás de las altísimas tapias que rodeaban el antiguo convento y la extensa huerta de los frailes.


Lo nuestro era una bendición. Salías de la escuela  y te topabas con una racha de libertad que venía de las eras y  recorría las lomas cercanas hasta perderse en el inmenso lienzo de la llanura castellana. Un mundo por conquistar. Un libro que cada día pasaba  una página distinta con enseñanzas nuevas
.
Eso sí que era una enciclopedia. Y no la Alvarez de la escuela,  chata y aburrida, con sus páginas amarillentas y su papel tosco  sin refinar del que extraíamos a veces en forma de paja unas  diminutas lascas de madera muerta.

La costumbre  entonces era  rellenar a lápiz el hueco con el que las pajitas  dejaban entrever la página de abajo. Al dar la vuelta a la página, había que completar, partiendo de ahí,  un dibujo de libre creación.


A Ruiz le salió debajo Santa Teresa de Jesús, y él le pintó unos bigotes descomunales que se salían de la plana. Romero le colocó un tricornio de guardia civil a la cabeza de Holofernes que sostenía   triunfalmente  Judit con su mano derecha, mientras que en la mano izquierda le puso a la heroína  una hoz y un martillo entrelazados.
El Hermano Gil, después del consabido pescozón, les hizo borrar las dos pinturas. Gastaron una goma de borrar cada uno y la página quedó negruzca e irreconocible. 
Luego el Hermano, furibundo y con un retintín que no entendimos, dijo a toda la clase:

-Que conste, y bien claro, que esta broma no va a más porque no es menester comentar el mensaje “subliminal” que esos dos dibujitos encierran.

Sentados en los soportales de la plaza mayor, Ruiz nos explicó esa tarde lo que “el Gil” pensaba.

-Lo mío del bigote  de Santa Teresa se cree que va por los sargentos que son las monjas del colegio de las chicas
-Y lo mío- dijo Romero- ¿de qué va-Lo tuyo es  más campanudo, chaval. El Holofernes sin calabaza y la Judit con la hoz de labriega significan las ganas que los comunistas, y otros muchos, les tienen a los civiles, a los del tricornio acharolado.

¡Vaya ¡ ¡Vaya!¡Qué cosas se le ocurrían a este Hermanito mal pensado!





martes, 4 de agosto de 2015

LOS AZTECAS ( 4 agosto 15 )

Eran ocho volúmenes. Narraban la Historia de la Conquista de Méjico por Hernán Cortés. Me los iba dejando uno por uno nuestra vecina de al lado, la señora Marce.
Ella era el ama de llaves y sacaba los libros de la biblioteca de la casa del Ilustrísimo Señor Prelado, que era algo casi como un obispo que ejercía de capellán castrense en Madrid. Por eso, excepto algunas temporadas cortas, Monseñor estaba siempre en  la capital.

Aprovechábamos sus ausencias para sacar y reponer libro por libro.  Repetí varias veces el tomo quinto para releer las páginas  donde  se contaban la Noche Triste y la batalla de Otumba.

Y llegué a copiar párrafos enteros que describían la quema de las naves por el gran conquistador para impedir que se le volviesen  los soldados a Cuba.
Eran tomos de mucho cuidado. De cuatrocientas páginas cada uno. Tardé casi  año y medio en  plancharme los siete primeros.

La vecina me dejó entrar varias veces a la biblioteca. Yo caminaba de puntillas sobre las mullidas alfombras. Rozaba a penas, con reverencia, el mobiliario del más puro estilo castellano. Y me quedaba boquiabierto ante los lomos de cientos de volúmenes, tiesos como soldados, en las estanterías de la pared que justamente lindaba medianera con nuestra casa.

En una de sus visitas se encontró el obispo a la puerta de casa con la señora Feli.

-Me ha dicho Marce que tiene usted un gran lector en casa
-Sí, Monseñor
-Muy interesante, señora Feli, pero que muy interesante
-El chiquillo no tiene otra querencia. Como que me cuesta a veces mandarle a hacer recados y a jugar con los amigos. Le aficionó a los libros su padrino desde crío, y así va...
-Muy bueno, señora Feli,  pero que muy bueno. Un don del cielo. Es un primer paso para que hagamos de él algo de provecho el día de mañana.  Ya le haré un regalito un día de estos.

No entendí los proyectos del Monseñor a mi respecto “pal día de mañana”.


Dos días más tarde me trajo la señora Merche un opúsculo de parte del señor obispo. Narraba la vida de San Tarsicio, el niño que mandaron a llevar la hostia consagrada a un enfermo y que fue martirizado a pedradas en el camino por unos desalmados que le salieron al paso.

La buena educación hizo que algunos días después, a la salida del colegio, me vistiera de domingo y fuera a darle las gracias a Monseñor.

Le dije azorado que me había gustado mucho el librito. Y en un alarde de  osadía sin par le pedí que me dejara el octavo volumen, el último que me faltaba por leer, de La Conquista de Méjico.
La cara del prelado cambió de súbito de aspecto, entre cetrino y cárdeno, y me espetó una perorata de bandera.

-Los niños de tu edad, amiguito, no deben leer libros licenciosos. Libros que describan costumbres paganas y aberrantes, contrarias a la fe y a las buenas costumbres. Pues sólo faltaba eso.

¡Trágame tierra! Empecé a temblar  como una jalea de membrillo. Se me puso la cara más blanca que la pared sobre la que se proyectaba la figura del prelado inquisidor.

-Vaya semilla. Meterte en la mollera los amoríos y el canibalismo de la obra que me dices. ¿Tú has hecho ya la primera comunión?
-Sí, Monseñor
-Pues tendrás que confesarte. Ahora mismo. Venga. ¿Te arrepientes de haber leído, a tu edad, lo que no debiste, contrario a la moral y doctrina de la santa Fe católica?
-Lo que usted diga, padre.

Yo continuaba sin saber qué hacer, si hincarme de rodillas o salir corriendo aunque fuera hacia el infierno...

-¿Y prometes no volver a repetirlo?
-Bueno
-Rezarás como penitencia siete padre nuestros con los brazos en cruz. Ego te absolvo...
-Amén…

En lugar de besarlo, me dieron ganas de morder y triturar el grueso anillo que me presentaba el obispo perdonavidas. ¿Qué había hecho yo de malo?

Subí a mi habitación. Detrás del mismo muro donde en las tardes veraniegas proyectaba el sol mis sueños medievales estaban las historias que habían encandilado mi imaginación durante largos meses.
¡Cómo quisiera que esa pared fuera  de cristal!  Para seguir viendo lo de las naves en llamas.

Y a Marina, la acompañante de Cortés que primero se llamaba Malinche e iba vestida con plumas y ropas indias y luego llevaba trajes y sombreros de copete como las grandes damas.


Y a Moctezuma, el coloso emperador que, aunque humillado, murió como un gigante de una pedrada que le dio en la frente uno de los suyos.
Y a los Sumos Sacerdotes en lo alto de la Pirámide del Sol, ofreciéndole el corazón de indómitos guerreros...
Todo era maravilloso. Y que le den al Monseñor.  Yo no veía en ello nada licencioso, ni contrario a la fe ni a la urbanidad que nos daban en el colegio.

Por la tarde se lo conté a los comparsas de la pandilla. Reían como enanos. Uno de ellos se puso una especie de bufanda en la cabeza. Con una castaña pilonga se plantó un grueso anillo en el dedo corazón de la mano izquierda. Iban todos doblando la rodilla delante de él y con la otra mano les daba un buen capón mientras decía:

-Te prohíbo que leas a San Tarsicio, o morirás a pedradas en el río !!!

Precisamente a orillas del río Carrión, un poco más allá de las cuevas de Belén, inspirados en la descripción de Tenochtitlan, la antigua capital de los aztecas, estábamos construyendo con troncos y ramajes las chozas de una “ciudad lacustre” para nuestras reuniones y aventuras.
Fue entonces cuando Zalito, como siempre, salió con una de sus famosas ocurrencias.

-Tengo una idea. De ahora en adelante, la pandilla tendrá otro nombre: ¡¡“Los Aztecas”!!.







sábado, 1 de agosto de 2015

HOMBRES DE PROVECHO ( 1 agosto 15 )

La señora Feli se había casado meses atrás con un vecino del pueblo. Ese fue el motivo por el que yo tuve que dejar el provisional y lóbrego centro de huérfanos de Palencia. Le llamábamos “tío” Vidal. Era el modo normal de tratar en la zona a los padrastros. 
Desde su infancia se le conocía en el pueblo con el apodo de “Zepelín”. Porque cuando uno de los dirigibles cruzó los cielos de la localidad, allá por los años 17, el muchacho daba numerosas carreras por todo el pueblo brazos en cruz, zumbando como el monstruo de los aires.

En casa decidieron inscribirme en el colegio de los Hermanos Maristas de Carrión. Era un edificio inmenso de ladrillo rojo. Aulas con techos altísimos y largos pasillos encristalados que daban al enorme patio interior.

Me impresionó desde el primer momento un campo inmenso de fútbol que estaba en la parte trasera del colegio. En él jugaban los más mayores. Tenían un equipo que desafiaba a los equipos de los pueblos cercanos.
Estos venían a jugar con unos atuendos rarísimos. Y traían botas de cuero, engrasadas con sebo,  al menos de medio quintal de peso cada una.
Era normal que todos los partidos acabaran en gresca. Los medianos, entre nueve y doce años, hacíamos de jueces de línea corriendo por las bandas con un banderín de color verde (el rojo estaba prohibido).
Cuando un balón salía del campo y venía a reclamarlo un jayán de aquellos de las botas de siete leguas se lo entregábamos sin rechistar, aunque le tocara el saque a uno de los nuestros. Acudía el árbitro para rectificar la coacción. Y ahí se armaba el lío. Nosotros nos apartábamos para evitar cualquier soplamocos extraviado en la barahúnda.
Lo más frecuente era que, a raíz de un incidente tan banal, se suspendiera el encuentro. Desde una distancia prudente acompañábamos al terminar al equipo visitante con pitos y bocinas hacia la salida del pueblo cantando:; “Hemos ganao, al equipo colorao, el defensa medio muerto y el portero escalabraooo!!!”.
 A partir de ahí no quedaba más remedio que echarse cuerpo a tierra, porque seguro que alguna piedra respondona nos venía como saludo final de despedida.


En las clases teníamos un sólo libro para todas las asignaturas, tipo enciclopedia Luis Vives. 
Había también un libro de lecturas, piadosas o patrióticas. Y un catecismo de la doctrina cristiana, que recitábamos, al pie de la letra y sin comentario alguno, dos veces por semana.
Formábamos todos en pie, pegados a las paredes, en un gran círculo para no soplar. Y dábamos la lección, primero de corrida, uno detrás de otro, y luego salteados.
Era el Hermano el que decidía por quién empezar. El que no se lo sabía… ¡Hala!… a sentarse en el pupitre y  quedarse castigado en una de las aulas del colegio una hora, de cinco a seis, por la tarde, o dos o tres horas el sábado por la mañana.

Aún se usaban los palmetazos en las palmas o en las yemas de los dedos. Eso era principalmente cuando, al empezar las clases matinales, el Hermano llamaba a  boleo  para presentar las cuentas o los problemas, las cien o doscientas líneas de castigo, los ejercicios gramaticales, una poesía de memoria.
Y... mira por dónde, ese día no lo habías preparado o del canguelo se te ponía la mente en blanco.
Cada infracción tenía su correspondiente número de golpes que, humildemente, se recibían al pie de la tarima del profesor.
Alumnos había que usaban trucos para evitar el dolor. El más frecuente era insensibilizar palmas y yemas untándolas con un diente de ajo poco antes de entrar en la clase.
A estos listejos se les veía, en lugar de retirar las manos convulsivamente a cada golpe como los demás, llegar  impávidos a la tortura, aguantar estoicamente la andanada y retirarse como una rosa a su pupitre.
El alcohol o la colonia recién puesta también mitigaban bastante los efectos de los golpes. Había varios Hermanos que debían tener la pituitaria atrofiada y no se enteraban de esas estratagemas. Y había otros que primero te pedían la mano, la olisqueaban, y, como percibieran la treta,  sustituían  la manopla por los tirones de oreja o los capones. Y además te doblaban el castigo.

El Hermano Gil tenia un puntero enorme como una pértiga de cerca de tres metros. Aquella espada de Damocles se paseaba amenazadora desde la tarima sobre la cabeza de los críos, dispuesta a caer sobre el primero que charlara durante el estudio o no se supiera la lección. Gonzalo -“Zalito” para la pandilla- aunque era flaco y esmirriado, se colgó un día del palo que amenazaba su cogote y lo chascó en dos entre el aplauso de todos los asistentes.

El recuerdo de esa persecución en regla al alumno díscolo y vago no significó nunca la aversión y el odio hacia nuestros maestros. Era como un juego. Un juego de época, tal vez no extrapolable a tiempos pasados ni sobre todo a los futuros, con sus reglas y mutuos pactos entre los participantes.
El tapiz sobre el que se jugaba era, aunque parezca mentira, la justicia. Sólo eran mal recibidos los castigos desmesurados en la forma o inmerecidos en la causa. En lo demás tenía un importante papel la picaresca. Y ésta con frecuencia no es más que la necesidad ejercitada con astucia inteligente.

  De aquellos Hermanos, prodigio de sencillez y de paciencia, pedagogos de profesión con la  metodología de su tiempo, guardamos,  además de la manopla, el pellizco y el puntero, todo lo que, a su manera, en nosotros sembraron de educación y de cultura. Que no fue poca.
Una cultura que se edificó sobre los tediosos palotes de  iniciación a la escritura, sobre las tablas de  multiplicar mil veces salmodiadas que en los meses de calor, con las ventanas abiertas de la escuela, sonaban por el pueblo más fuerte que la algarabía de cientos de gorriones y jilgueros. Y sobre la “doctrina” y las clases de urbanidad, y las interminables listas de reyes, ríos, cabos y cordilleras.

La chiquillada , exasperante y bulliciosa, valoraba sin duda todo ese aluvión que se le venía encima y la dedicación que en ello ponían los Hermanos del babero blanco.
Por eso, con mucha sorna, en las excursiones les cantábamos,  vociferando y con un ritmo exagerado, aquello de:

“Ahora que somos pequeñitos  /  y de pueril inteligencia,
no podemos comprender  /  el bien que se nos hace
en esta santa casa  /  pal día de mañana (bis)
Gloria a nuestros profesores  /  que con sus sabias enseñanzas
iluminan nuestras mentes / y nos hacen hombres de provecho
en esta santa casa /  pal día de mañana (bis)
Ya sabemos jografía  /  jometría y aritmética
sólo nos falta aprender /  los treinta reyes godos
pal  día de mañana, /  en esta santa casa (bis)



El hermano Anselmo fue el primero que me sacó libros de lectura de la biblioteca. Eran las vidas de Colón y de los grandes descubridores y conquistadores de América.  Y de los Santos, por supuesto. Y alguna obrita de Julio Verne.

Después él mismo me enseñó cómo proceder para, al terminar un libro, ir a la biblioteca, entregar el libro leído y apuntarse otro nuevo.

Así adquirí un cierto ritmo de lectura que conservaría durante largos años. Primero fue un libro al mes. Más tarde un libro para tres semanas. Llevaba un cuadernito donde me los iba apuntando.
Lo malo era cuando llegaba uno de esos tochos de tomo y lomo y centenares de páginas que te desbarataban la cadencia.
Entonces decidí, por mi mismo, establecer la página como unidad media de lectura. Cincuenta  páginas semanales. A bulto, unas diez o doce cada día