viernes, 21 de agosto de 2015

ALARDES Y TRAINERAS ( 21 agosto 15 )

Cuando me despedí de mi familia vascofrancesa sólo les pedí una cosa como recuerdo: la caja gigante de cerillas que me salvaron del acoso de las chinches en la primera noche.

Volvimos a Fuenterrabía, previo trasbordo desde la barquilla Marianne, envueltos en el fragor de los escopetazos del alarde que desfilaba en esos momentos por las principales calles de la ciudad.

Al poner pie en el desembarcadero de la Cofradía de Pescadores de San Pedro volví mi vista a la tierra francesa paralizada y muda.
Y deseé de corazón que, en un día no lejano, pudieran los franceses celebrar la liberación de sus invasores, como ahora lo hacía todo el pueblo de Fuenterrabía precisamente contra el conato de invasión francesa en el año 1638.

El “Alarde” desfilaba en esos momentos por delante de la Cofradía.

-Los alardes recuerdan -me había comentado tío Carlos- a las organizaciones militares que tenía antiguamente cada municipio vasco. Anualmente se pasaba revista a la milicia municipal, coincidiendo en muchos casos con una festividad religiosa o histórica de cada pueblo.

Este Alarde de Fuenterrabía respondía a una promesa que los habitantes, sitiados por los franceses en tiempos de Felipe IV, hicieron a la Virgen de Guadalupe. Establecieron el voto de organizar todos los años una parada militar, el ocho de septiembre, agradeciendo la liberación por las milicias forales vascas y el ejército del Rey Felipe, y por la huída, tras sesenta y nueve días de asedio, de las mesnadas del señor Richelieu.
Todavía oí a algún versolari que se mofaba de la desbandada de los soldados del cardenal. Yo no entendía por qué el corrillo de gente que le rodeaba se partía de risa, hasta que, dejando su recitado en vasco, el poeta soltó en perfecto castellano la coplilla:

-“Huyeron los hugonotes / y se dejaron las bragas / y no las dejaron limpias / pues descubrieron la caca”.


El desfile del alarde se abría con la imponente escuadra de los “atxeros” o zapadores. Llevaban espectaculares morriones de piel de oveja blanca sobre la cabeza. Grandes bigotes y barbas, a veces postizas, y mandiles de cuero. Algunos portaban  fusiles y otros herramientas, picos, palas y hachas.

A los atxeros les seguía “La Tamborrada”. En esta escuadra, como cantinera, desfilaba mi prima Encarna. Preciosa. Boina roja. Corpiño y delantal  con ribetes dorados. Falda, pololos y guantes blancos. Una banda con su nombre y la fecha del desfile le cruzaba el pecho. Abanico y botas altas. De la banda, detalle curioso, colgaba un barrilito que se balanceaba al compás del  garbo con el que desfilaba Encarna y sus acompañantes.
La parada militar seguía con un colorido y un estruendo impresionantes. Razón debía tener Carlos cuando me afirmaba que

-Este alarde y San Marcial de Irún, son los mejores de las Vascongadas.

Pasó la Banda de música del Alarde. Y el Burgomaestre a caballo, erguido y arrogante, con sus ayudantes. Y una docena de Compañías de Infantería, cada una con su Cantinera y sus uniformes diferentes, rivalizando en el garbo de sus pasos, y todas con el pequeño barrilito suspendido de la última cinta de sus bandas. 
De vez en cuando las compañías disparaban atronadores descargas. Nunca me hubiera imaginado un espectáculo tan colorido y ensordecedor.
La última en desfilar era una Batería de Artillería. Arrastraban dos cañones para las salvas finales del desfile. Me dijeron que las dos piezas  procedían de “Las Indias”. Se las había regalado al Alarde, a finales del siglo XIX, la reina María Cristina
El detalle final, cerrando la parada militar, lo ponía el Cabildo Eclesiástico de la Villa.

-Ahora suben a santuario de la Virgen de Guadalupe en monte Jaizquíbel. A renovar con Cabildo el voto de siglos en acsión de grasias.

Las fiestas estaban terminando. Había venido de la mili con permiso mi hermano Chus,  a pasar los últimos días.

-Abajo dormirás tú. En caseta perro…-dijo tía Manuela al verle subir las escaleras- sitio en casa no hay para maleantes

Pero enseguida le puso cama en mi alcoba.

Juntos subimos al día siguiente a la ciudad vieja, a las calles cercanas al castillo de Carlos V. Desde la plaza de Guipúzcoa soltaban un  toro bravo atado a una larga cuerda. Pasamos un mal momento cuando el bicho se nos echó inesperadamente encima. Yo sentía contra mi nuca el aleteo entrecortado y caliente de su morro baboso. Por ventura el animal resbaló en los adoquines unos metros antes de llegar a nuestra altura y fue a empotrarse contra un pilón cercano.
El toro se alzó furioso, bramando, queriendo lamerse el impacto de su panzota contra la piedra. Pero se detuvo en seco. Frente a él, pegado a un portal, inmóvil y demudado, estaba un señor de edad avanzada que no había podido zafarse a la última estampida del toro. Unos segundos apenas. Con una certera embestida el cuerno izquierdo enganchó por la barbilla al anciano que voló como un muñeco de trapo varios metros hasta la acera opuesta de la calle. Varios mozos hicieron el quite y se llevaron lejos al animal.
El hombre yacía sin sentido, bañado  en sangre, contra el bordillo. La gente se lamentaba y comentaba:

-Este “deporte” no es para todas las edades. ¿Quién le manda al abuelo…?

-Pues claro…las imprudencias se pagan…

Aunque supimos al día siguiente que el coitado estaba grave, pero no había perdido la vida en esta aventura.

El colofón triunfal de las fiestas fue la victoria de  la trainera de Fuenterrabía en las regatas de la Concha de San Sebastián. Uno de los remeros era mi primo Carlos.

Nicolás lloraba entusiasmado como un niño. Los remos de la trainera de Fuenterrabía, señal de la victoria, se alzaban ese día en el Muelle, enhiestos y triunfantes, tocando casi el cielo de la Concha.  En la tercera bancada de la trainera estaba su hermano Carlos.

Al anochecer de ese día y durante el siguiente  la Bandera de la Concha se paseó triunfal por las calles de Fuenterrabía.
En la historia de las regatas era la segunda que conseguían sus remeros.

HOY POR TI, MAÑANA POR MI ( 21 agosto 15 )

En el cercano pueblo francés de Behobia vivía tía Valentina. Yo andaba el camino desde Hendaya a su casa en una de las bicicletas, aparcadas en la casa de la higuera. Estaba casi nueva.  Pero a mi me daba un poco de vergüenza subir en ella porque tenía las ruedas muy gordas y además no tenía barra. Era una bicicleta de chica, de mi prima Jacqueline, creo.

Uno de los días tomé la ruta de la costa. 
Después de pasar el espigón que separaba el comienzo de la playa  del incipiente estuario del río Bidasoa, empezaba una cuesta muy empinada que ascendía hasta el casino, imponente edificio de estilo moruno, e iba luego bordeando la cornisa atlántica hasta San Juan de Luz. 


Allá abajo, al lado de una gran roca horadada del acantilado, estaban en medio del agua los peñascos de los dos“Hermanos Gemelos” que son algo así como el pórtico de entrada a los tres kilómetros de la magnífica playa hendayense.

Los Gemelos estaban en ese momento cubiertos por la pleamar. Apenas emergían del agua sus cabezas erosionadas. Había un temporal de espanto que rugía como una fiera y escupía hacia lo alto olas de varios metros. Me acerqué al pretil del Boulevard del Mar, como hacía mucha gente, para ver a corta distancia la tormenta. Con tan mala sombra que, al asomarme, brotó del fondo una de esas gigantescas olas, se levantó parecida a una seta inmensa de espuma y cayó plana, como una gran sábana líquida, sobre la bicicleta y su imprudente auriga. Salí de estampida, chorreando arena y agua salada, hacia una tienda cercana. Creo que era una panadería.

-¿Puedo descansar aquí un momento? dije sin aliento.

La mujer de la barra, que parecía muy atareada, se encogió de hombros sin mirarme apenas. Poco después un tipo con barba canosa que desde lejos había presenciado el incidente vino empujando la pequeña bicicleta roja.

-Eh voilá! le vélo de la petite fillette…oú est la môme? (Aquí está la bici de la chiquilla ¿dónde está la chavala?)

La mujer de la barra hizo un ligero gesto de cabeza hacia donde yo estaba sentado. Y con aire burlón dijo en perfecto castellano:

-Ahí está, la “niña” de la bicicleta!

Me abalancé sobre la bici y, sin agradecer nada a nadie, me lancé pedaleando furioso boulevard abajo. No paré hasta la casa. Dejé la máquina en el rincón más apartado del corral. Lo menos en que yo pensaba era en el gran peligro que había corrido al borde del mar. Juré no volver más a subir en aquel cacharro. Porque, por su culpa, había ocurrido lo que yo me temía. Me habían tomado alevosamente por una chica.

Tía Valentina era un personaje muy pintoresco. Chapurreaba al mismo tiempo el francés, el castellano y el vasco. En este último hablaba poco cuando estaba conmigo, porque sabía que yo no entendía ni brote. Sus explicaciones interminables eran así mismo intraducibles

En los largos paseos por la orilla francesa del Bidasoa nos paramos un día frente a la histórica Isla de los Faisanes.    El agua, que un rato antes cubría casi por completo los arbustos de la desembocadura, bajaba ahora en corriente desenfrenada hacia el mar. Bandadas de  patos nadaban a contracorriente para llegar los primeros a los lodazales que la bajamar dejaba en su retirada y sorprender a los pececillos rezagados entre el barrillo y las raíces verdosas.
 -Regarde, isla de los faissans. Historia dise que ahí casaron reina de España y rey fransés. Mal negosio. Casorio siempre riñas y malentendus. Es por eso que España y Francia gato y perro durante siglos. Regarde ahora. Frontera close. Fontarrabie, Irún luses y vida. Hendaya y Béhobie tristes y oscuras. Hase pocos meses contrario. C’est de la merde. Hoy por ti, mañana por mí. Todo jodienda. Todo pagalla.

Además de ciertas historias rocambolescas de familia, lo que más le gustaba contar, o más bien escenificar, a tía Valentina era el encuentro entre Hitler y Franco en la majestuosa estación de Hendaya durante el mes de octubre de 1940.
Valentina trabajaba en la limpieza de los grandes vagones de pasajeros y coches cama que diariamente partían desde Hendaya hacía París y otras grandes ciudades francesas.

En esa mañana, ensimismada en su trabajo, no percibió que, ya cerca de las dos de la tarde, desalojaban con gran contundencia la estación entera. Cuando quiso salir de su vagón se encontró con todos los andenes tomados por los soldados “boches”, apostados incluso entre las ruedas de las máquinas, armados con fusiles y ametralladoras y acompañados por enormes perros lobos.
Parapetada tras las cortinillas de una de las ventanas, de sobresalto en sobresalto al escuchar a unos metros de distancia las órdenes secas y salvajes como ráfagas de ametralladora de los mandos nazis, pudo contemplar el espectáculo tragicómico de la entrevista.

Primero, por la línea de Bayona, llegó el tren del alemán. Taconazos. Palabras gruesas. Todos cuadrados. Hasta los perros. Luego silencio. Durante muchos minutos.

-Corasón mío batía como el de un chien enchaîné

A poco apareció un general gordo. Bajó del tren alemán y estuvo un rato mirando ceñudo hacia la línea de San Sebastián.

-Luego bajó “él”. Fürer  en persona. Gritaba a generalote grueso. Mostacho de mosca temblaba, muy en colère. Se metió a pasear, manos al culo, en grandes jambadas, arriba abajo, abajo arriba, furioso porque esperaba ya tiempo. Oh dis… era comique, quelle putade!!

Estábamos en el andén y en el punto mismo donde, brazo en alto, al final se encontraron los dos personajes.

-“Generalito” español avanzaba con ojuelos entreabiertos, cara de “contentamiento”. Hitler  adelantó, orgulloso, para entrar primero en tren de entrevista.

Valentina imitaba sus gestos y sus andares. Recordaba las larguísimas horas que estuvo encerrada y la “cara de perro enragé” con la que el alemán despidió al “generalito”.

Pero tuvo que parar porque en la puerta principal de la estación había un gendarme que no le quitaba el ojo.

-Ese…cochon gendarme vendido al enemigo. Traidor patria. Vichy. Franco jodido valiente pues. Pequeño pero matón, eh? Salió de tren fresco como rosa. Hitler volvió cola entre piernas. Franco no entregó España a los  boches alemanes como hisieron con Fransia cobardes militares de aquí

Una patrulla pasó en tromba por la calle de la estación. Era la misma que días atrás vimos en el puente internacional.

-Voilá… puercos!!… van a casar gente de la resistensia. Como si serían lapinos de montaña


Mi recuerdo voló de nuevo hasta mi profesor y amigo Roger Barthelémy que andaba sin duda por las montañas galas tratando de encontrar y devolver a su patria el honor que, según decía tía Valentina, Francia había perdido.

jueves, 20 de agosto de 2015

LA CASA DE LA HIGUERA ( 20 agosto 15 )


Al  amanecer de mi primera noche de estancia en Hendaya, estaba yo acurrucado en un butacón y con una enorme caja de cerillas en la mano como arma defensiva.
Tía Irene me había advertido seriamente que no se podía encender luz alguna durante la noche so pena de recibir la visita de los gendarmes franceses o la ráfaga de una ametralladora alemana apostada en la esquina cercana.

-Si tienes que levantarte para algo ensiendes…allumette de esta caja y caminas bajito, piernas dobladas como enanitos

Era una caja descomunal con cerillas de madera y una exagerada cabezota roja cada una que dejaban en ridículo a nuestros diminutos mixtos de cera de la fosforera española.
Al acostarme puse las cerillas debajo de la almohada. El silencio nocturno era sobrecogedor. Me dormí pensando cómo una guerra podía ser tan silenciosa, con una sensación de ahogo y de amenaza de algo que pudiera surgir en cualquier momento de la oscuridad entre el fragor de los obuses y el tableteo de las ametralladoras.

El enemigo tardó a penas diez minutos en aparecer. Algo, en efecto, subía por mis piernas, por mis brazos y hasta por la nuca. Pataleando frenético me deshice de la sábana y del pesado edredón que cubría la cama. Salté al suelo. Las baldosas estaban frías y ásperas. Exploré de arriba abajo cuello, brazos y piernas por si alguna cuerda los estuviera atenazando.
A palpas llegué como pude a la cabecera y, aún de rodillas, encendí la primera cerilla.
El humo y un penetrante olor a azufre me atontaron unos instantes. Solté la caja y estuve estornudando y lagrimeando sin parar un buen rato. En algún sitio había oído que los alemanes usaban gases asfixiantes y lacrimógenos en los combates. Trepé como pude y me quedé hecho un ovillo en medio de la cama.

Esta vez fue todo mucho más rápido. A los primeros síntomas de cosquilleo en los pies y codos bajé sigilosamente al suelo. Tanteando recuperé las cerillas y con los brazos estirados, para alejarlos de la cara, encendí una cerca de la cama. Un escuadrón de bolitas parduzcas y alargadas con ágiles patas y boca puntiaguda se desparramó instantáneamente por la blanca llanura hasta perderse en los laterales. Eran chinches.
No tuve más remedio que buscar otro refugio más seguro. En el bunker elevado de aquel butacón y encendiendo a ratos, por si acaso, alguna de aquellas apestosas cerillas pasé como pude mi primera noche en el extranjero.

La casa adonde mis tíos me habían llevado para dormir llevaba algún tiempo deshabitada. Mis aventuras de la noche anterior dieron mucha risa a todos. Pero a las pocas horas la casa había sido desinfectada de arriba abajo. Sacaron todas las camas y muebles sospechosos a la “corte” como decía tía Irune, es decir al corral de la casa que estaba cubierto casi entero por una monumental higuera. Por eso todos la conocían como “la casa de la higuera”. Aplicaron chorros de agua hirviendo a somieres, catres y largueros y pasaron por zotal todos los rincones de escaleras y habitaciones.

-Oh…punaises!! ¿Cómo se dise en español?
-Chinches, tío
-Pourvu que eu pudera eliminar -murmuraba entre dientes el Portugués- así de fásilmente, como chinches, aos que não quero ni nomear
-Chutsilensio y au boulot -replicaba aún más bajo tía Irune- que aquí, mismo las paredes oyen

La casa, de dos plantas, había servido de paso de ida y vuelta a muchos de los que huyeron a Francia en los primeros meses de la guerra civil española.
A Irune, una gran mujer de apenas metro y medio de estatura, le apenaba en aquellos días la suerte de muchos españoles que huían hacia ninguna parte, apenas con lo puesto, solo con el miedo y la preocupación grabada en sus rostros demacrados, deseando cuanto antes alejarse del horror de los bombardeos que avanzaban desde los montes de Navarra o de las colinas de la Rioja y de los saqueos y abusos que contra la población, sobre todo contra las mujeres, llevaban a cabo la soldadesca y en especial los moros venidos de África.

Fui varias veces con tía Irune hasta el puente internacional sobre el Bidasoa. En estos momentos, acabada ya la contienda civil española, el puente estaba cerrado con una tupida red de espinos metálicos en el centro.
Ni un alma al otro lado, en la frontera española. En la parte francesa unos cuantos gendarmes.

Hubo un día en que aparecieron a una velocidad de vértigo dos vehículos atestados de soldados alemanes precedidos de una moto con sidecar. Hablaron rápidamente con los gendarmes y dieron media vuelta a todo trapo mientras sus voces de mando resonaban como latigazos en los ribazos del río.

-Buscan prófugo, o elemento de Resistensia, ¿quién sabe?, dijo Irune.

Este mismo puente estaba totalmente abierto en los primeros días de la guerra civil, julio de 1936. La policía de uno y otro lado hacía por lo general la vista gorda. Un sello de los funcionarios de una y otra parte servía no se sabía bien para qué sino para poder ponerse a salvo por el tiempo que fuera y seguir viviendo.

Los fugitivos que estaban más comprometidos, en general por motivos políticos, pasaban a Francia de noche en pequeñas embarcaciones por el estuario del Bidasoa hasta las playas de Hendaya o de San Juan de Luz, o cruzaban el río, monte a través, más allá del puente de Behobia.
Pero la mayor parte, ante la mirada curiosa o compasiva de numerosos veraneantes franceses que abarrotaban las playas en esos días, lo hacían por este puente internacional.

Tía Irune les esperaba en territorio francés. Sabía distinguir a simple vista, para evitar posibles problemas en el futuro, a los inocentes, a quienes impulsaba el auténtico terror, de los que llegaban forzados por circunstancias personales como la pertenencia a cualquier partido, sindicato o familia con antecedente políticos.

Hubo una masiva afluencia de fugitivos durante los dos o tres días que duró el incendio de Irún.

-“Fue espantable” -me decía, queriendo decir espantoso

Dicen que empezó con los cañonazos de la ermita de arriba que se vislumbra desde este lado del río, pero otros afirman que fue intencionadamente provocado porque se le vio empezar desde tres focos diferentes a la vez. Al compás de la inmensa hoguera parecían danzar todos los montes cercanos como si se hubieran desplazado a ellos los aquelarres y sus brujas del cercano Zugarramendi.

En las paredes y sobre los muebles del comedor de  la casa de la higuera se veían numerosas fotos de los que durante largos meses se refugiaron allí. Siete familias llegaron a guarecerse en la casa durante varios días. Hasta que conseguían contactar con algún conocido o encontraban cualquier apaño para ir tirando en las cercanas ciudades de San Juan de Luz, Biarritz o Bayona.
No les cobraba la estancia. Algunos insistían en pagar y le dejaban algunas pesetillas de las de la República o, con cierta frecuencia, le regalaban joyas de oro del pequeño tesoro familiar con el que pensaban sobrevivir algún tiempo en el extranjero. Sin decirme dónde la tenía escondida, Irune me enseñó una gran cacerola llena de estas joyas. Por el momento nada podía hacer con el pequeño tesoro.

-Antes de venir  alemanes, nadie, ni bancos ni prestamistas, querían saber  de oro de los españoles –me decía Irune- Ahora, con los nazis aquí dentro “hasta en la  soupe”, mejor es que no se “enterarían” porque requisarían todo lo que “reluse” para su armamento o sus elegantes putaines.

Pasados algunos meses, cuando los nacionales ya habían tomado casi todo el norte de la península, la gran mayoría de los refugiados comenzó el camino de vuelta. Muchos lo hacían encorvados bajo el peso del cruel interrogante de un futuro incierto. Pero lo preferían a la incomprensión del destierro en extrañas tierras.
Los que no regresaban era porque se habían instalado en otros lugres de Francia, especialmente en París, o habían cruzado el charco hacia Méjico, Brasil o Argentina. Iniciaban así su penosa y larga odisea de exiliados políticos que, con la llegada y ocupación de los nazis, sería especialmente trágica para los que se quedaron en Francia.

Antes de atravesar de vuelta la frontera, casi todos los que habían reposado en horas difíciles a la sombra de la frondosa higuera de la casa de mis tíos pasaron a saludarles. Algunos insistían aún en pagarles lo que, según ellos, les debían de aquellos aciagos días.

-Adiós “Santa Irene" siempre le estaremos agradecidos, le dijo como despedida un antiguo notario de Tolosa al iniciar desde el viejo puente internacional su regreso a la patria.

miércoles, 19 de agosto de 2015

LA OTRA GUERRA ( 19 agosto 15 )

Mi hermana estaba de doncella en una casa de alto copete de la nobleza madrileña. Durante el verano venían a  San Sebastián. Estuve en esa casa apenas unas horas. En la cocina. Con un perrito lanudo que, de tan feo, hasta resultaba gracioso.
Entró en algún momento la señora condesa o duquesa, o algo así. Venía a supervisar el horno con los bollitos de pan que ella misma solía preparar. Los blancos, de harina candeal, para la familia. Los negros, de centeno, para el servicio.

-¿Es su hermanooo? -dijo la dama al verme, acompañando con un ringorrango de la mano izquierda el eco de su voz temblona.
-Qué monooo! -ahora quien ringorroneaba  era la mano izquierda.
-Y qué valienteee!! -añadió ahuecando la boquita de piñón con las dos manos sobre los rubios bucles de su cabellera.
-Hacerse solito un viaje tan largo. Seriecito el chicooo... uuhm!!...

Sin dar tiempo a que dijéramos ni un monosílabo, la señora de alcurnia pasó su fina y noble mano por mi pelo, como si fuera por el perrito de lanas, y desapareció altiva,  personaje de opereta, por el largo pasillo alfombrado de su mansión veraniega.
El chucho, presa de un ataque de celos, me enseñó sus dientes de fierecilla mimada, soltó un vagido extraño, y se lanzó en pos de su ama profiriendo suaves jipíos parecidos al terciopelo de voz de la señora noble.

Poco antes de salir hacia Fuenterrabía, la solemne dama quiso hacerme un regalito.

-Nuestro amado Rey Alfonso ha muerto en Roma recientemente. Toma, niño, para que siempre guardes en tu memoria el recuerdo de Su Majestad, el Rey de los españoles.


Y me extendió un recordatorio de la muerte real con el escudo, el anagrama y una foto del Rey Alfonso XIII, fallecido en Roma el día 28 de febrero de 1941 bajo el manto de la Virgen del Pilar.

              
El Topo nos llevó al atardecer desde San Sebastián hasta Irún. Un viaje en el  tren Topo de aquellos tiempos era indescriptible.
Yo conocía los trenes de vía estrecha de La Robla, al norte de Palencia. Trenes bucólicos que, aunque escupían carbonilla y resoplaban agónicos al remontar las cuestas como cansinos abuelos, te paseaban lentamente por parajes bellísimos de las estribaciones de los Picos de Europa.
El Topo iba de continuo bajo tierra,  supongo que de ahí le vendría su nombre, por túneles estrechos como los del tren de la bruja de las barracas de feria. Traqueteaba endiablado a velocidad de vértigo. Chirriaban los frenos con lamentos atiplados en las interminables curvas.
Y las paradas secas en las numerosas estaciones te zarandeaban unos segundos: atrás, adelante...parón y agárrate que te estampo!!. Así veinte kilómetros. Al bajar era como si te hubieran manteado sin cesar durante casi una hora.

Fin de etapa. El tranvía de Irún llegó al último rincón del barrio de La Marina en Fuenterrabía.
Era un rincón precioso. Casas de  dos o tres pisos. Fachadas polícromas: verde, rojo, azul, ocre. Balcones atestados de geranios. Y unos listones de madera marrón a flor de las fachadas que las hacían muy bonitas.
La casa más florecida, en el primer piso, era la de tío Anselmo y tía Manuela.  Manuela era la mayor de los hermanos después de mi padre.
En Fuenterrabía vivía también el tío Carlos. En la vecina Hendaya las tías Valentina e Irune. Y en  París tía Josefa y Bárbara, la más joven de todos los hermanos. Hermosa familia.

Ya me lo había recomendado mi hermano.

-Si pasas por Fuenterrabía, vete siempre a casa de  tía Manuela. Y no te asustes del recibimiento

Pues menos mal que me lo dijo. Porque al despuntar la empinada escalera del primer piso se oyó una voz chillona:

-Anda, pues. Llegó último maketo... Pasa ya chico, no quedes ahí atontolinao pues... y sierra boca, si no entrar todas moscas de este pueblo..
.
La verdad que era para “atontolinarse” cuando te plantabas por primera vez ante aquella humanidad desbordante. Ciento veinte kilos. De lado tenía que salir para pasar de  la cocina al angosto pasillo de la casa. Y ya en el pasillo no podía cruzarse con ningún otro viandante.
Se diría que estaba en estado de malhumor continuo, mascullando sin cesar improperios en un sonoro vascuence, que a decir verdad no se compaginaba en absoluto con la bondad de su rostro y sus ojillos vivos y picarones.

-Aquí alcoba tuya. No orinas cama, verdad muchacho..?

Siempre era directa y espontánea. Cualidad que le produjo más de un disgusto cuando tenía que enfrentarse con los carabineros que vigilaban los pasos entre Navarra y Guipuzcoa.

Eran los tiempos del estraperlo. Tía Manuela se desplazaba dos veces por semana  a los vecinos pueblos de Navarra. Volvía de ellos con una ingente cantidad de saquitos de legumbres, harina o azúcar blanco y con botellines de aceite de oliva pegados bajo los pechos o estratégicamente colgados en el interior de los refajos.
Al bajar del autobús le preguntó cierto día un guardia qué era lo que llevaba bajo los ropones.

-¿Qué apetese que lleve, so jodido..?! Kilo de higas frescas quisás...¿quieres ver alguna?...

Sin darle tiempo para reaccionar echó mano bajo la faltriquera y dijo con una risa burlona:

-Anda, toma maketo, paquete asúcar para tu mujer. Dijo ayer que no tenía..

Tía Manuela tejía su red de clientes por las mañanas. Cuando, después de una noche de faena en el golfo, llegaba tempranito la barca de pesca de la familia, enfilaba a todo gas la bocana y depositaba presto en el muelle  la media docena de  cajas de pescado.
Los peces daban aún relucientes cabriolas en el fondo con las bocas abiertas y los ojillos ya vidriosos. El tío Anselmo y mis primos, Carlos y Nicolás, limpiaban los fondos y se retiraban a descansar.

Mientras tanto Manuela cargaba dos cajas sobre un rollo de tela que le protegía la cabeza y corría al portal de San Pedro. Hacía así varios viajes. Con una habilidad y una rapidez sorprendentes.

- Arrai ozkirri, fresco, fresquito...!! Ozkirri, ozkirri txardin...sardinas frescas..!

En el puesto de venta, camuflados bajo las cajas que componían el mostrador, estaban los artículos de contrabando       que se despachaban de tapadillo envueltos en el papel de estraza de los pescados.
El puesto, en ausencia de Manuela, lo regentaba su hija, mi prima Encarna, la moza más guapa de Fuenterrabía, que por algo había sido elegida ese año “Cantinera” en sus fiestas anuales más importantes.

Las fiestas comenzaron tres días después de mi llegada a Fuenterrabía. Durante la semana siguiente no salían a faenar los pescadores. Eso significó que  esos días tanto tío Anselmo como tío Carlos me llevaron por todos los vericuetos y rincones de la histórica ciudad.

Y subimos al santuario de la Virgen de Guadalupe para de allí seguir hasta el monte Jaizquíbel. Las vistas sobre la bahía, el Bidasoa   y la vecina Francia  espectaculares.
                                                                                   
También, en horas de pleamar salimos a pasear en barca por el estuario del Bidasoa. Yo, marinero de tierra adentro, comencé a marearme a los primeros metros y pesqué mi primera merlucilla al compás de las inocentes olas de la bahía.
Pues qué sería, pensaba yo sin decírselo a nadie, si nos adentráramos por aquellas montañas de espuma que  a lo lejos el oleaje del Cantábrico levantaba contra el faro de la bocana.

-Allí está Fransia, Hendaya -dijo tío Carlos- señalando unas pequeñas colinas a una distancia de un kilómetro apenas.
-Jodíos están ahora los gabachos pues, ocupados por nazis alemanes. Hitler estuvo conversando con general Franco en estasión de Hendaya. Generalísimo plantó cara y dijo que nanai de pasar tropas nazis a Africa por tierras nuestras.

Me impresionó mucho el encontrarme a tan sólo un kilómetro de la segunda guerra mundial. El Hermano Roger había intentado explicarnos en las largas conversaciones de nuestro campamento azteca a la vera del Carrión la barbarie que significaba esta contienda. Según él nuestra cruel guerra civil no había sido más que el prólogo, algo así como el ensayo general de la tragedia que entonces comenzaba.
Creo que, pocas horas antes de dejar el colegio, fue a mí al único a quien comentó que en el fondo no le preocupaba tanto la persecución a que le habían sometido los timoratos de fuera y de dentro de los Maristas de Carrión. Porque sentía que Francia, su país, le necesitaba en estos momentos. Pensaba enrolarse cuanto antes contra los alemanes en cierto movimiento “antiboss” que llamaban la Resistencia.

Mi admiración por Roger aumentó entonces hasta los confines de la heroicidad. Lo experimenté especialmente ahora cuando las palabras de Carlos sobre la guerra cortaron en seco mi mareo y me imaginé vivaqueando por entre la tupida vegetación de los montículos que bordeaban la costa francesa por sí de pronto aparecía la espigada silueta de Roger disfrazado de maquis y armado hasta los dientes.

Mi entusiasmo creció más aún cuando Carlos me dijo que los tíos de Francia querían conocerme. Que dos días después, como todos los jueves al atardecer, la barca del Portugués, marido de tía Irune, se acercaría a nosotros en medio de la bahía. La vista gorda de los carabineros de ambas orillas permitía de esta manera que la familia residente en Francia se avituallara semanalmente de provisiones escasas en sus tiendas por culpa de la guerra. 

Y así fue. El sol empezaba a desaparecer tras la mole inmensa del Urquiola.
Todavía sus últimas melenas se desparramaban por las laderas del pico más alto. Fuenterrabía y toda la costa vasca estaban en penumbra mientras la costa del estuario del Bidasoa en Hendaya  se veía  aún envuelta en una tenue luz dorada que se reflejaba en el pacífico oleaje de la playa.
Había una media docena de barcas haciendo como si pescaran. De entre ellas surgió una verde oscuro. “Marianne”, tenia escrito en la proa con grandes letras amarillas.
Carlos y el Portugués apenas si intercambiaron palabras. Hola, agur, aprisa, vite, los fardos... y el muchacho.
Al ir a saltar de una embarcación a otra yo resbalé patosamente y me agarré como pude al borde de la barca del Portugués. La barca zozobró peligrosamente.

-Oh putain de merde -fue su primer saludo, mientras me izaba sin aspavientos hasta el asiento trasero.

Acababa justito mi tío de amarrar  la barca a uno de los pilones del puerto de pescadores de Hendaya cuando el sol desapareció por completo tras los montes del país vasco español. Este se cubrió enseguida de multitud de lucecitas en sucesión continua desde  Fuenterrabía hasta Irún y en desordenada profusión por los dispersos caseríos de las montañas.
El contraste me pareció angustioso. El litoral francés estaba totalmente oscuro. Ni la más tibia luz en calles o ventanas.

-Allons, -dijo el Portugués-  dans una media hora será toque de queda.

martes, 18 de agosto de 2015

"É PERICOLOSO SPORGERSI" ( 18 agosto 15 )


La estación del Norte en San Sebastián era un hervidero. Para mí era un caos impresionante.
Las máquinas de varios trenes piafaban como caballos agotados por una larga correría. Soltaban un vapor espeso por los altos de sus chimeneas y por los bajos de los brazos de sus palancas.

-Al salir de la estación, tira todo recto, chico. Verás enseguida, al pasar el puente  a la derecha, el Paseo de los Fueros. ¿Te enteras?
-Sí, sí señor
-No tiene pérdida, chico

Eso me decía el revisor del tren gritando por encima del estruendo y de los pitidos de un mercancías que llegaba en ese momento.

-¿Sabes el número?
-Pues ahora mismo no me acuerdo...
-Sopla! ¿Y cómo vas a dar a casa de tu hermana, rapaz!?
-Espere. Sí... Aquí está.”

Lo llevaba escrito con un carboncillo en la trasera. Al lado del cinto de cuero que  amarraba la maletilla de cartón, color caoba.

-Pues ala! Abur, muchacho. Suerte!
-Abur y gracias, señor

Estaba solo.  Esto sí que era para mí una aventura. Cuando desapareció el olor espeso del humo de los trenes percibí otro que no había notado nunca. Era la brisa del mar que se colaba río arriba, a  pesar de que, en bajamar  a esas horas, el agua corría río abajo a toda velocidad bajo los arcos del puente.
Y qué puentazo. Por lo menos siete veces más que mi querido medio puente del Carrión. Con cuatro monumentales columnas en cada esquina. Era el puente de María Cristina. El río se llamaba Urumea. Así lo decía el letrero que había en la barandilla de la entrada. Buen nombre para que Zalito le sacara un dicho.
Atravesar este majestuoso puente. Ver al fondo unos geométricos edificios, de piedra todos, ventanas con adornos tan bien pegados a las fachadas limpias y relucientes, cancelas de hierro torneado y hasta alguna de color dorado. Y la calle ancha y limpia, adoquinada. Para un niño provinciano, de un poblachón de casas con adobes y calles polvorientas, era una impresión indescriptible.

Así iba yo por la gran avenida, pasmado, con una boca abierta de tres palmos. 

 Me encontraba tan a gusto que, luego de localizar el número de la casa donde me esperaban, decidí seguir un rato río abajo, hasta   desembocar en el lugar más espectacular que pudiera  imaginar: el mar, la playa  de la Concha y con ella mi primer bautismo marino. Inefable para un chico de mar adentro.

 Eran aún las diez de la mañana. Hace unos minutos estaba de verdad molido. ¡Qué viajecito! Lo de menos fue el baqueteo de la camioneta que a media mañana, hacía apenas 24 horas, me llevó  desde Carrión a Fromista.
Me acompañó hasta ahí el primo Marcelo. Esperó a que  llegara el tren mixto del norte, y me recomendó al revisor que iba hasta Miranda de Ebro, para que éste, a su vez, me recomendara al revisor  del tren correo que de Miranda iba hasta la estación del norte de San Sebastián.

El mixto paraba en casi todas las estaciones. Al cabo de  cinco o seis veces aprendí que podía bajar al andén de cualquier estación, beber agua en alguna fuente y volver al vagón antes de que acabaran de cargar o descargar las mercancías de los furgones de cola. 
En una de esas paradas subió al tren una pareja de la guardia civil. Custodiaban a un chico joven de mirada torva, sucio, con pantalones a remiendos, descalzo y con algunos restos de sangre coagulada en su pómulo derecho. Por poco me quitan mi sitio al lado de la ventana. Pero al fin se instalaron en los bancos vacíos del fondo.

Los asientos del tren eran de un suplicio indecible para los huesos. De madera barnizada y dura, plagados de muescas de las navajas albaceteñas que, al llegar el mediodía,  sacaban los viajeros para cortar el pan de hogaza. El “pan con tripa” que llamaban por Carrión, porque para cortarlo en rajas había que apoyarlo con fuerza contra el estómago.

En pocos minutos el vagón se adornaba con un olor penetrante de chorizo rancio, tortilla de patatas, salsas de cebolla y vino recio de esos que hacen carraspear al más pintado cuando desde el porrón baja en cascada el chorrillo espeso hacia el gaznate.

-Abre una miaja el ventanuco, guaje. Que nos “ascisiamos” con ese tufo a vinazo...

Yo me apresuré a obedecer a la oronda señora que me gritaba desde el fondo del compartimiento y corrí toda entera la ventana. Hasta que dos minutos después:

-Arre, chico... ¿es que nos “quiés” matar con ese ventisca que solo sirve pa curar al queso de Burgos? Cierra el postigo, “redios”!!

La señora gorda miró de reojo, y no muy bueno, al bocazas descontento. Antes de que se enzarzara la pelea, consulté con la mirada a uno de los guardias civiles sentados allá al fondo. Con las manos apoyadas en el acharolado gorro que tenía sobre las rodillas me indicó que achicara un tanto la entrada de aire.
Y mientras lo hacía, yo me sonreía tapándome la cara para que ninguno de los contrincantes lo percibiera. Recordaba el ejemplo que una vez nos puso en clase el Hermano Anselmo para explicarnos los  aumentativos y diminutivos. Era una situación calcada con la que estábamos viviendo en el tren. La señorita fina decía: “Uy!, hace un vientecillo (diminitivo) que molesta el cutis”. Y el bruto de turno replicaba: “Y una mierda -con perdón-, sopla un ventarrón (aumentativo) que revienta la pelleja!!!”.

Había en el compartimento una niña chiquitina que, desde que entró en el vagón, no había quitado el ojo al prisionero. Algo le estaba susurrando al oído de la que debía ser su madre.

-Señor guardia... con el debido respeto. Que dice mi niña, ¿“sabusté”...? que por qué no le damos un bocadito al pobre chico ese…”

La niña, apretujada contra el cuerpo de su madre, miraba al guardia entre asustada y tierna.

-Además de que siempre se ha dicho- prosiguió la señora-  que el hambre es una mala consejera.

El guardia no rechistaba.

-A ver si dándole algo de comer al muchacho se le aclaran las ideas... y quién sabe si se arrepiente  de sus fechorías. ¿Le damos el gusto a la chiquilla, mi sargento...?

El guardia que no pasaba de número raso, de lo de sargento nada, se limitó a encogerse desdeñosamente de hombros. La mujer interpretó la callada por respuesta y empezó a cortar un grueso mendrugo de pan cargado de pollo en salsa.
El bruto de la ventisca pasó el porrón a los dos guardias que le dieron dos buenas caladas de expertos bebedores. Para que el preso comiera tuvieron que quitarle las esposas.
El ambiente se hizo de lo más distendido. Se sucedían las rondas de vino. Hasta la niña se atrevió a acercarse a los guardias y a calarse uno de los tricornios de charol. El casco le cubría la cara entera.

El tren aminoró la marcha en esos instantes ante la llegada a un apeadero semidesierto. Lo que pasó luego duró apenas unos segundos.
El preso acababa de apurar un trago de vino. Estampó lo que le quedaba de pan y pollo contra la cara de un guardia. Propinó  un certero golpe de porrón en la nariz del otro. Saltó por entre los pasajeros hacia la ventana. En el último impulso me dio un pisotón que me hizo ver constelaciones enteras. Y se lanzó al terraplén por el hueco que aún quedaba en la ventana abierta.
Mientras me apretaba la puntera del pie aullando de dolor vi cómo rodaba por entre la maleza  y cómo luego, renqueando, se perdía hacia la izquierda por un sotillo cercano.

Los “civiles” tardaron  unos instantes en reaccionar. Uno se tambaleaba con la nariz amoratada por el porronazo y el otro hacía lo mismo por los vapores del tintorro bebido. Cuando se despabilaron, uno de ellos tiró con fuerza de la palanca de alarma que había en el pasillo.
El tren dio un frenazo en seco. Bajaron los guardias. Dieron un ojeo por los alrededores del apeadero con la pistola en alto y se acercaron de nuevo a mi ventana.

-Muchacho, ¿viste por dónde se fue ese cabrón robaperas?!

Todavía me pregunto por qué, automáticamente, extendí mi brazo hacia la derecha en dirección contraria a la que había tomado el chico.
El tren tardó una media hora en arrancar, relinchando como un jamelgo cansado al que le cuesta recobrar el trote.

Horas más tarde, cuando en Miranda de Ebro me disponía a echar una cabezadita sobre un banco de la sala de espera aguardando la llegada del expreso de San Sebastián, apareció de nuevo entre dos guardias el  fugitivo “robaperas”.
El susto que me llevé sólo desapareció al ver que no le acompañaba la misma pareja de guardias civiles. El pobre llevaba la camisa y los pantalones hechos jirones y un brazo en cabestrillo.
En ese momento  me acordé de lo que estaba escrito en la base de la ventana por donde había saltado el mocito: “ E pericoloso sporgersi” -  “Es peligroso asomarse al exterior"

lunes, 17 de agosto de 2015

AL DIA SIGUIENTE ( 17 agosto 15 )


El día después significó la disolución drástica y definitiva de la pandilla. Tomaron parte en la conjura todas nuestras familias, los Hermanos del colegio y hasta la Benemérita.
Una pareja de la guardia civil se presentó en el domicilio de cada uno de los pandilleros. La reprimenda fue más para los progenitores que para nosotros

-Por esta vez, vale –decía uno- la próxima tendrán que vérsela estos mocosuelos con algún juez
-Y no les dejéis tan sueltos, coño!! Que por un tris no nos han quemao toda la chopera del río

Eso lo decía el  cabo del bigote que ya nos tenía fichados desde antiguo.  Los guardias insistieron en preguntar a todos  por la pertenencia al grupo de Arsenio “el Pupas”.
Por supuesto que lo negaron todos. No podía esperarse menos de la incorruptible fidelidad de los miembros de la pandilla.

En consecuencia las familias, por patria potestad y por absoluta mayoría, prohibieron a todos sus retoños volver a juntarse con unos chicos (los hijos de los otros) de los que no podían aprenderse más que cosas feas, peligrosas y subversivas.

En el colegio daban las notas finales del curso en los primeros días del mes de julio. Después del acto solemne de todos juntos en la sala de actos, el Hermano Roger reunió, de puertas a dentro, sin que nadie –s’il vous plait- llegara a enterarse,  a  los oficialmente fenecidos “Aztecas”. Lejos de echarnos el pelucón de marras, lamentó lo sucedido.

-Con el fuego no se juega, chiquillos
-El que con fuego juega, “chamuscao queda”, me ha dicho mi abuela con retintín. Y mira, mecachis, si me ha dao rabia que por poco le tiro la badila de la cocina a la cabeza
-Tranquilo, Rubio, tranquilo. Cuando uno mete “el pato”....

Jarana general.

-La pata, Hermano, se “dise” la pata... -dijo Rubio levantando la pierna por encima del pupitre- Como ésta
-“La  pata, la coba, o el rabo de la escoba” , canturreó Zalito, iniciando un zapateado.

Y todos a coro, batiendo palmas: “La pata, la coba, o el rabo de la escoba...” mientras Gonzalo pirueteaba con la punta de la  chaquetilla ajustada a la cintura.

Se abrió bruscamente la puerta de la clase. Era el Hermano Gil. Todos, como autómatas, corrieron a sus puestos. El intruso movió dos veces la cabeza al compás de su barriga oronda y cerró la puerta con el mismo estrépito con el que la había abierto.

-Sois de casta buena, dijo Roger.
-Sí, sí...castos y jodidamente resfriados por el jarro de agua fría que  nos han echao encima !
-Cómo... cómo..?
-Nada, Hermano, es por un chiste que es la que va de siete  o la de diez veces que nos lo ha repetido el Hermanito de Religión en clase de Historia Sagrada
-¿Y qué dise esa historia, Gonzalo?
-Anda, díselo tú, Alonso, que yo no estoy para  chascarrillos.

Alonso contó deprisa y con desgana:

-Le prevengo que es uno muy malo. Pues nada… eso fue que un día se  presentó san José a las puertas del cielo. Y de dentro dijo san Pedro: ¿Quién va?. ¡El casto José!, respondió el santo. Inmediatamente abrieron las puertas. Luego se presenta una mujer bíblica. ¿Quién va?. ¡La casta Susana!. Pues pa dentro. Y un pobre chupao que, de tanto esperar en una esquina sin saber qué decir para entrar en el paraíso había cogido un resfriao de caballo, soltó en ese momento un estornudo fenomenal. ¿Quién va? dijo san Pedro. El “castornudao”, comentó el pobre hombre. Y se abrió la puerta y se coló en el cielo como los demás.

El francés se quedó a dos velas, sin entender ni matute. Más gracia que el chiste que, por supuesto ya no la tenía, nos hizo la mirada anodina de pollo  mojao que se le puso al fraile.

Hubo un largo silencio.  A través de los altos ventanales del aula empezaba a molestar el cálido sol del veranillo de la primera semana de julio.
Al fin yo me decidí a pedir disculpas al grupo. Era yo quien había metido en sus molleras toda la barahúnda de leyendas y  de imperiales oropeles de los aztecas.
Los chavales movían inquietos la cabeza.

-En la pandilla –dijo alguien por lo bajini- no hay culpables  
-Pero es que además -añadí yo entonces-  debe de  haber una maldición
-¿Por qué?
-No sé: Algo así como la excomunión o cualquier exorcismo...
-Anda ya! ¿Y de quién?
-Pues de quién te crees que va a ser...
-Ni pajolera idea...!
-No puede venir más que de mi vecino, el obispo ese  antiazteca que, por alguno de sus espías, de seguro sabía lo del campamento indio.

Roger soltó una carcajada. Pero yo percibí que por la cabeza de los chicos pasaban negros nubarrones y amenazas lejanas. Así lo confirmó Sixto al instante.

-Pues sí, algo salió mal...
-¿El qué?
-Algo anunciaba que todo se venía abajo -afirmó Sixto- Era impepinable. Primero la hoguera no acababa de prender.
-Pues es verdad
-Malo. Después -comentó el chico desesperado- yo le apliqué el mechero...Mecachis...No, la ceremonia no era así...Tenía que salir mal...
-Y para culminar tanto fatalismo - intervino muy serio entonces el Hermano Roger- hicisteis lo que nunca se debe hacer
-¿Cuál?
-Venga, venga... las cosas no suceden sin más, por motivos ocultos irracionales, sino porque hay causas reales que las provocan.  Tú mismo lo has dicho, Rubio, o tu abuela: “Quien juega con fuego, termina abrasado”. Pero bueno...¿a quién se le ocurre  dejar encendido un fuego en un sitio cerrado, hecho de tablones y ramas secas, y marcharse tan tranquilos a tomar un baño!? Solo se le ocurre al que asó...¿cómo se dise...Gonsalo?
-La burra...!!, le respondió el chico
-No, no, así no es..”

Roger azorado hizo memoria  porque fue él quien un día  dijo a los chicos, en lugar de “asar la manteca”, “asar la burra”, en consonancia con  el “beurre” francés. Así que ahora concluyó tan tranquilo:

-Ya sé, se dise: “Al que asó la mantequilla...”!

Entre la algarabía que se armó, alguien se hizo el remilgado y dijo:

-Uy!, qué francés más fino, por favor..!

Luego todo se quedó otra vez parado. Como el viejísimo reloj que había en un pasillo del colegio. Con el péndulo mohoso, la esfera desgastada y el sarcasmo de  sus maderas carcomidas en la cimera.
Eran momentos, sin duda, para recordar toda la vida. Un halo dominante de gran tristeza, y al mismo tiempo la dulzura ácida de sentirse bien con alguien y tener que dejarlo, o dejarlos a todos, sin remedio.

Porque hasta el mismo Hemano Roger, según nos confesó sin aspavientos, tenía que marcharse de este pueblo. Había timoratos a quienes no gustaban sus métodos de investigación por los pueblos y campiñas próximas.
Y había mentecatos que decían que nos había protegido demasiado. Que no se podía ser tan “liberal” con unos retoños tan jovencitos. Que el arbolito, o se  endereza de pequeño o se convertirá en una fea carrasca retorcida de por vida.

-Pues a mí no me retuerce nadie, dijo Rubio  poniéndose de pie, todo estirado. Que estoy más tieso que el chopo de la cuesta...!!
-Y lo que no se ve, torero!!...la...

Alguien tapó la boca de Zalito. Y esto bastó para que el Rubiales se sentara de nuevo más rojo que una amapola, terminando así el único y efímero conato de insubordinación.
De vuelta a casa yo iba dándole patadas a las piedras de la calle. Con rabia. Sin fallar ninguna.

-Que te amuelas los zapatos, niño... -me gritó  antes de llegar a mi lado el
primo Marcelo-  Rediez, la mala uva que te llevas...¿Tantos cates ganaste..?
-Qué va…! Ninguno.
-Pues claro. Eso ya lo sabía yo, sabiondo..
-Bien que me lo he trajinao, no creas..
-Por eso te espera una gran sorpresa en  casa. Te vas de viaje, moreno...!

-¿Es verdad eso del viaje? -grité antes de entregar las notas- Me lo ha dicho Marcelo ¿a dónde?

 La señora Feli estaba pero que muy seria desde el incendio de la chopera. Sin levantar la vista del perol de alubias pintas que borboteaban sobre la cocina económica, y sin mencionar siquiera las notas del colegio, dijo fríamente:

-Pues, sí. Es verdad. Te quiero lejos. Hay que poner coto a tanto mal comportamiento. Vaya correrías las de este año, niño..!!.

Me quedé plantado. De golpe. Como la estatua de un museo.

-Y vaya banda de malandrines en la que te metiste… Hasta el. mismísimo Monseñor me lo comentaba el otro día...!

Fui a sentarme en un rincón de la cocina. Por un lado se confirmaban, como se lo insinué a mis amigos, mis sospechas sobre el cargante obispo. Por otro no sabía cómo defenderlos  de tanta majadería como de ellos se decía. La señora Feli atajó con firmeza.

-Lo mejor es  eso. Poner tierra de por medio. Mañana por la mañana coges la camioneta. Y en Frómista el tren que va a San Sebastián. Luego a Fuenterrabía, a pasar el verano en casa de tus tíos. Espero que allí te portes como debes.

Yo estaba doblando convulsivamente el borde del papel de las notas del colegio. Me venía la idea de hacer con ellas un amasijo y tirarlas al fogón o al perol de las alubias. Sería interesante. Dos alubias y un sobresaliente. Pedazo de chorizo con notable. Tocino aprobadillo...Porque me alegraba cantidad lo del viaje a las Vascongadas. Pero también me entristecía, y mucho, el enfado de mi madre...Ella se acercó. Puso sus manos cálidas sobre mi cabeza. Cogió el cartón y fue leyendo pausadamente. Y me apretó con fuerza contra su cadera.

-Muy bien. Estas son las notas de un chico inteligente y bueno  -Tardó algunos segundos en añadir con tono persuasivo y cálido- Y no las de un correcalles cualquiera. Muy bien, hijo.

Me dio un beso muy largo en la mejilla. Mientras yo sollozaba en su regazo, algo así como una nube, como el algodón con azúcar que vendían en las ferias, inundó la estancia.
Y yo me dije:

-Bueno. Pues tal vez lleve razón. Seguro que la lleva. Dicen que las madres no se equivocan nunca.