martes, 21 de julio de 2015

ADIOS CAMARADA (21 julio 15)

Mi primera niñez, al contrario, fue bastante más azarosa. Tenía yo dos años y medio cuando los mineros de Asturias, en octubre de 1934, se rebelaron contra su República, la del 14 de abril, aquella que con tanto entusiasmo habían rociado con ríos de sidrina hacía sólo tres años.
Estaban decepcionados. ¿Pues no decía la Constitución del treinta y uno en su artículo 1º que “España es una República democrática de trabajadores de toda clase que se organiza en régimen de Libertad y de Justicia”?.
De la meseta soplaban vientos con cierto tufillo a fascismo. Y otras bocanadas que anunciaban que ni ciertos sectores de las izquierdas estaban de acuerdo con la soñada República. El 34 fue tal vez el preámbulo de lo que se avecinaba a pasos de gigante.

Aunque los salarios de la minería eran de los más altos de España, su poder adquisitivo había descendido notablemente. La calidad del carbón, tanto de las cuencas asturianas como del norte de Palencia, les decían, no podía competir con las extracciones del  resto de  Europa.

Se barruntaba un incierto futuro. La solución pasaba por proclamar la “República de Obreros y Campesinos de Asturias” extensible a todo el país. Eso decían los pasquines distribuidos por todos los pueblos mineros del norte de España.
Y así nos llegaron al nuestro, Barruelo de Santullán, pueblo minero en el norte de la provincia de Palencia que algunos insisten en reconocer como la verdadera cuna de la revolución del 34.
 El primer recuerdo de mi niñez son esos días. El silbido de las balas por mi calle, el tableteo de alguna ametralladora desde la boca de los pozos cercanos, tres o cuatro esquirlas zumbando cerca de mi cara. Y mi madre corriendo despavorida para apartarme de la ventana. Vientre a tierra. El calor de su cuerpo y de sus lágrimas atenuaban el susto de la temeridad infantil.
Una hora después todas las ventanas de la casa estaban blindadas con mantas y colchones. Sabia medida. Porque por aquellos días un fragor de cien barrenos atronó todo el valle. Acababan de dinamitar la antigua iglesia románica del pueblo.

Duró apenas quince días. La revolución de Asturias fue rápidamente sofocada  por el  Ejército, siguiendo el consejo de un joven general llamado Franco, entonces gobernador de Baleares. Hubo muchos muertos. Quedó el resentimiento, amasado en niebla con el cisco negro de los detritos de las minas. Pronto, por desgracia, volvería la revancha.
A mí me sorprendieron uno de esos días canturreando sentadito a la puerta de la casa aquel himno famoso: “Si los curas y frailes supieran  / la paliza que van a llevar / subirían al coro cantando:  / Libertad, Libertad, Libertad !”. ¡Viva la República!! Y mi madre corriendo de nuevo azorada, arrebatando al niño y trancando aprisa la puerta de la calle. Esta vez  no fueron caricias lo que gané sino una sonada regañina.

Nuestra casa estaba en lo alto de un ribazo. Un regato que iba a perderse al cercano lavadero de las minas corría tres o cuatro metros abajo. A la calle se accedía por un puentecillo y a pocos metros estaba la escalinata de piedras desmochadas que iban a dar a la Fuente Moragas.

Ir a por agua a Moragas era la diversión  de mi hermana.

 Tanto le gustaba que muchas  veces tiraba en casa por el puente las herradas medio llenas para poder bajar a por otras a la Fuente. Yo la acompañaba agarrado al aro en el que se instalaban los dos cubos para facilitar el traslado. Más de una vez, al tropezar en el regreso con mis pasos todavía torpes en los escalones, el intento de mi hermana por salvar al hermanito le hacía soltar los cubos que volvían dando sonoros tumbos a los pies de la fuente.
A madre no le gustaba nada que volviéramos con las herradas abolladas.
Así que, antes de llenarlas de nuevo, les quitábamos, remachándolas con cantos redondos, los abollones y las magulladuras.

Poco tiempo después murió mi padre. En el año mil novecientos treinta y cinco. A los treinta y cinco años.
Era vasco. De Oyarzun, Guipuzca. Un vasco andariego.

Por desavenencias con la familia, después del servicio militar cogió la trocha, recorrió Europa y vino al final a caer en estos parajes palentinos. Mi madre era de León. No lejos de aquí se conocieron. Ella tenía dieciséis años.
Tengo delante la foto de su boda. Siempre les he visto elegantes y guapísimos. Es una foto de época. Blanco y negro. De las que se llevaban en los años veinte. Un gran mostacho engominado. La frente con grandes entradas. Como yo. El reloj de bolsillo y su cadena colgando. Traje oscuro ajustado con botines negros.
Ella muy joven. Un rostro precioso. Le duraría siempre. El pelo suelto con listas de seda. Un vestido largo oscuro -en aquellos tiempos sólo las damas de la alta sociedad se casaban de blanco- y una gran franja también de seda a la cintura. Está sentada, ligeramente apoyada y abandonada al hombre protector.



El señor Manolo, trabajador incansable, había llegado a ser capataz de mina. Tenía una posición bastante sólida, una casa con buenos cimientos y cuatro hijos, cuando la silicosis, el azote  de los trabajadores de la mina, nos segó bruscamente su condición de vasco aventurero. Y nos dejó sin padre. Tal vez nunca llegamos a saber lo que en la vida significa esta carencia.

Su muerte es el segundo recuerdo de mis primeros años. Pasó mi hermano Carlos a besarle. Después mi hermana Ester. Y luego Chus, que no quería. Y a mí, de tan chiquitín, tuvieron que auparme hasta la caja para llegar a verle por última vez.
Me impresionó la inmensa fila de mineros, todos de negro, que llenaban varias calles. Al fondo había banderas, rojas y negras sobre todo.

Turnándose, le llevaron a hombros hasta el cementerio. Algunos lloraban con el puño en alto. Mi hermano Chus sollozaba con fuerza.  (Cómo reviviré años más tarde  una  situación parecida en tus exequias...).
Era un entierro civil. Y era de los primeros que se hacían en un pueblo de mineros después de los trágicos sucesos de la revolución de octubre de mil novecientos treinta y cuatro.

Adiós Camarada. Adiós Manolo.

domingo, 19 de julio de 2015

PORTICO . CINE DE ALCOBA (19 julio 15)


Puesto que la Memoria no entiende mucho de cronologías, permítaseme  abrir el camino de la infancia con la siguiente imagen  semicinematográfica, real y ficticia al mismo tiempo, que tantas veces he reproducido e imaginado con nostalgia.

Tarde de verano. Hora de la siesta. La hora mejor para contemplar desde la cama, en la penumbra, el desfile de mis sombras favoritas sobre la blanca pared de adobes enlucidos.
Es un  primer piso. La contraventana entreabierta, unida en el centro por una aldabilla de hierro, deja filtrar en la habitación la luz de la calle y como en una pantalla de cine proyecta en el muro reluciente con un sorprendente realismo, como si fuera una película de Fellini,  todo lo que circula sobre la calzada. Los carros que van y vienen de las eras,  las bicicletas y los viandantes, uno que otro burro y el galgo del cartero.
Pasa también un grupo de niñas. Ríen y chillan como los gorriones. Yo me levanto a toda prisa para ver si entre ellas está Anita. Abro un tanto la ventana y vuelvo a entornarla decepcionado.
La última imagen que contemplo desde la cama en mi particular pantalla  es la camioneta destartalada, con su baca atestada de bultos y maletas, que parte renqueando hacia el convento de las Clarisas en dirección a Frómista. Luego me duermo.

Hasta aquí la fantasía.  La realidad, adormilada en las vecinas piedras, revive a partir de este momento. 

En la pared, frente a nuestra casa, termina el lienzo de una muralla medieval. Sus últimos sillares descansan sobre los recios muros de la Iglesia de Santa María de las Victorias. 

Al lado hay casas solariegas, con blasones e inscripciones que dicen dónde nació el  Marqués de Santillana o el Rabí Dom Sem Tob, o dónde posaron los reyes que vinieron a esta ciudad de Carrión de los Condes para celebrar Cortes de Castilla.


Sobre el lienzo blanco todas las sombras toman entonces carta de autenticidad. Por la calle pasa  el cortejo esplendoroso de personajes que poblaron esta villa en sus mejores tiempos. Van vestidos con ropajes de clase adinerada unos, o con  andrajos de  plebe famélica los otros. Los primeros ocupan el centro de la calle, altaneros y señores de sus destinos. Los otros se deslizan pegados a la muralla, como si la humillación y la desgracia les empujaran a desaparecer entre sus piedras

Y todos se apartan,  despavoridos, cuando surge un escuadrón de guerreros, sudor y polvo, que vienen de lejanas lides contra el sarraceno o que preceden a la carroza de un importante caballero y de su dama.

Lo que nunca me llegué a explicar es por qué la calle de mis sueños medievales estaba siempre “adoquinada”. Eso hacía que los caballos resbalaran a cada paso y piafaran sudorosos en la ligera cuesta que sube hasta la iglesia de Santa María.

Lo mismo les pasaba a los toros, desprendidos de los altorrelieves del pórtico de la iglesia de Santa María, que, ahora cuesta abajo, perseguían en dirección a Frómista a los osados moros venidos por última vez a cobrar el “tributo de las Doncellas”. 

El fragor de esa estampida me despierta.

Ya no proyecta el sol las sombras de la calle en la pared del cuarto. Bajo despacio los peldaños de la empinada escalera de madera. Y con precaución.
Porque cierto día, por bajarlos de cuatro en cuatro, se hundió uno de los banzos medio carcomido. Me quedé colgado como una bailarina. Y cuando me sacaron, aunque no rota, tenía toda la pierna derecha descarnada y amoratada hasta la ingle.

Salgo a la calle. La brisa fresca de la tarde trae hasta el pueblo el polvo de las eras cercanas. Están aventando la trilla del día. Cuando las parvas desaparezcan y estén apilados los sacos repletos de grano, se uncirán de nuevo las parejas de bueyes a los carros de labranza y partirán al campo para recoger, al amparo del rocío nocturno, las nías ya segadas para la trilla de la jornada siguiente
Así  un día tras otro. Todo un mes. Es lo que llamaban “hacer el agosto”.

Agosto era el mes de más trasiego en toda la vida de este pueblo. En el otoño-invierno descansaban rastrojos y barbechos.
Despertaban  los campos con la primavera. Las tablas verdes amarilleaban lentas sobre las lomas hasta el verano. Y volvía  el trajín de la nueva cosecha.


Ese era por entonces, año tras año, el ritmo cansino del pueblo de  Carrión de los Condes, en Tierra de Campos y Castilla.

En él pasé la mayor parte de los días de mi infancia. Y, como vida no hay más que una, no exagero nada al decir que fue la mejor infancia de mi vida.

 


viernes, 17 de julio de 2015

PUNTO DE VISTA - AVISO PARA NAVEGANTES (17 julio 15)

Al doblar la esquina de los ochenta cambiamos  necesariamente de perspectiva. Ya no es tiempo, ni siquiera invocando a Max Scheler, de buscar “nuestro puesto de hombre en el Universo”. No está ya uno para vuelos de espacial envergadura.
Está más bien para, instalándose cómodamente, contemplar el espectáculo desde la butaca. Y si lo que avistamos no nos cautiva, circunstancia harto frecuente, nos queda el placentero repliegue  a la atalaya del pasado.

Nada hay  más inherente a la propiedad individual como nuestros recuerdos. Somos lo que recordamos. La pertinacia de las personas de edad por rememorar hechos pasados no es más que el pescante al que agarrarse antes que el furgón descarrile inapelable. Porque los recuerdos dan la seguridad de haber vivido. Y mientras la moviola nos permita rebobinar hacia escenarios ya pasados nos reafirmamos en que somos nosotros, en especial nuestro cerebro, los autores del guión  y del film original de nuestra vida.

Un amigo de infancia me participó recientemente una idea peregrina. Quiere escribir sus memorias “al revés”. Empezarlas en el crematorio por el chisporroteo último que le transformará en cenizas, y llegar, “a recules”,  hasta la tabla rasa antes del primer vagido de su alumbramiento. 
Defecto profesional del abogado que es. De los efectos  consecuentes  pretendía mi amigo explicar las causas de muchas de las circunstancias de su azarosa vida. Tranquilamente le expuse lo inverosímil de su empeño. Ni en las urnas de los columbarios ni en el pergamino virgen de la semilla humana hay trazos de vivencias para recordar. Me confió que él era “reencarnacionista”. No le insistí más. Está en su derecho.

Yo, mientras funcione el maravilloso trajín de las neuronas, prefiero bucear en el bloc de notas que durante ocho largas décadas se ha ido almacenando en mi Memoria. A sabiendas de lo capciosa, voluble e imprevisible que es esta noble dama. 
La Memoria es el ama de llaves de nuestros recuerdos. Mal que nos pese algunas veces, es una notable administradora que sabe librarnos de las reminiscencias superfluas y conservar y suministrarnos a cada paso las necesarias para nuestra  normal singladura.

Debido a ese instinto protector tenemos frecuentemente la impresión de que los recuerdos son selectivos. En general “pro domo sua”, es decir, para lo que a cada uno le conviene, lo agradable de preferencia.
De donde se deduce, porque es ella la directora de la orquesta, que algo debemos  desconfiar  de la memoria. La memoria, tal es su cometido y hay que agradecérselo, suele escamotearnos los malos ecos del pasado. Mandarlos, excepto tal vez ciertas ignominias y humillaciones que alimentaron las crisis más agudas de nuestra existencia, al vagón de cola del olvido.

Pero hagamos el esfuerzo de dar cuerpo a los recuerdos. Capturarlos. Vestirlos con la palabra. En negro sobre blanco. Los recuerdos entonces se transforman en espejismo de sí mismos. Entre los pliegues del cuadro reverdecen brotes escondidos. La memoria, tal vez sin ella misma darse cuenta, se trasmuta en conciencia. La pose espontánea deviene en sorprendente panoplia de experiencias vividas y, por eso mismo, asequibles a la interpretación, a lo que muchos de esos recuerdos han significado en nuestras vidas.

Y así llega un momento en el que los recuerdos se vuelven  sentimientos. Imaginación.  Oí comentar un día al dramaturgo Fernando Arrabal que “La imaginación es el arte de mezclar los recuerdos”. Eso hace que cuando uno empieza a escribir sobre sí mismo  choca con frecuencia con lo que los demás dicen que fue la realidad de lo contado. "Que no fue así". "Que te lo inventas".

Es que no han entendido que los recuerdos de cada uno son simple y llanamente “su” verdad.

La evocación de los recuerdos implica revivir, formando parte del ahora en un “mix” de impresionistas pinceladas, los momentos singularmente más agradables del pasado.

Desde mi infancia soñé con tener una biblioteca que fuera mía. Ahora contemplo sus centenares de ejemplares y mentalmente, ignorando al tedioso ISBN, los clasifico según lo que cada uno significó en el momento de su adquisición.

Le estoy tendiendo con ello un puente de plata a la memoria. Y le planteo además un desafío. Porque, dando un paso más y parodiando el sincretismo del que ella hace gala en la codificación de los recuerdos, he destacado en primer plano dos venerables tomos. La Ilíada y El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Todos los demás sestean mansamente en un segundo plano, a la sombra de los dos grandes colosos. Suena mucho a “clásico”. Pero yo me entiendo. Y basta.

Mi Quijote lleva no obstante como anexo un libro francés, en rústica, de apariencia insignificante.  Se llama “La Moral de la Ironía”. Desde los años sesenta del pasado siglo,  es uno de los veteranos de mi librería. Tiene el privilegio de estar, como un escudero más, al lado del Caballero de la Triste Figura.
Primero porque  indudablemente la obra prima  de Cervantes, al igual que sus Novelas Ejemplares, rezuman Ironía de la buena por todos los costados.
Ocupa además tan honorífico lugar  porque ese pequeño ensayo, de un escritor francés apenas conocido, me situó  desde el comienzo, allá por los años 60, en el contradictorio puesto de “actor-espectador” que todos interpretamos en el gran teatro del mundo.
Es muy diferente, dicen, ver los toros desde la barrera a vivirlos en el ruedo. Pero lo difícil es tener que estar al mismo tiempo en el tendido y en el centro del albero.

Los pintores antiguos nos dejaron obras chatas, en planos uniformes. Hasta que los artistas del Renacimiento nos regalaron “la perspectiva” y ampliaron a cuotas insospechadas el subjetivismo.
Al “perspectivismo” del que habló Ortega y Gasset se le define como “doctrina del punto de vista”. Cada individuo mira en una dirección propia,  hacia su individual parte de verdad, a la cual tiene legítimo derecho; verdad que, por lo general, entra en contradicción con las certidumbres de los demás.

El conflicto entre esas dos verdades contrapuestas: la de la persona y  la de los demás,  el “yo” y el “nosotros” que le avasallan, el individuo y la sociedad que le coarta,  es el tema central del opúsculo “La Moral de la Ironía”.  El autor francés, Mr. Paulhan,  trata de encontrar en el “espíritu irónico” una plausible solución a esa  contienda que se libra en un mismo palenque, aparentemente sin salida.

Al empezar a escribir sobre mí mismo me prometí, en aras de la objetividad, buscar una segunda fila donde guarecerme. Jugar el rol  imparcial de espectador independiente. Pero qué pronto se me cambiaron las tornas. A poco del camino y cuanto más en sus vericuetos avanzaba más me convencí de la trampa que a mí mismo me había yo tendido. Los recuerdos, de puntillas, se iban raudos pasando a mi refugio. Y así me descubrí un día describiendo  mi pasado, al unísono con ellos, “desde la segunda fila”.

jueves, 16 de julio de 2015

ECHAR LAS CARTAS (16 julio 15)


"Hagan juego señores"..."No va más"... Sobre el silencio  de  templo profano  del  casino del barco repicaba  la bola contra las paredes de la ruleta. Las cabezas de los jugadores seguían  como autómatas sus movimientos circulares iniciales y en un zigzagueo lento ojeaban las indecisas acrobacias finales.

En un apartado rincón del salón alguien sobre un tapete rojo echaba las cartas a sus compañeros. Los naipes eran de una baraja española. Nunca he sido diestro practicante de los juegos de azar. De la baraja, sí. Desde niño. Aún hoy, repicados los ochenta, juego con mis nietos al "tute". Y los muy precoces llegan a vapulearme tanto como yo a ellos. Tablas.

En aquella última noche de travesía por el Adriático, el símil de la vida, como permanente juego de coincidencias, causalidades o aparentes caprichos de una serie infinita de probabilidades, tomaba cuerpo en el mazo de cartas que reposaba expectante en el centro de la mesa.

En  algunas largas partidas, como la niñez, suelen pintar "oros". El apogeo de la vida, cruce de lances, victoriosos o malogrados, menudea en manos de "copas" y "espadas". Es al final de la vida cuando mandan "bastos". Serán floridos como los colorean las cartas o marchitos y yermos, ajados por el manoseo incesante de las eventualidades de la existencia de cada uno.
Este esquema no funciona siempre. Las circunstancias  de cada vida encadenan a veces triunfos  de oros y luego espadas, otras bastos seguidos de copas...Al albur, sin manifiesto orden ni concierto.

Es difícil saber  quién  fue en todo momento nuestro personal echador de cartas. El fieltro carmesí que cubría la mesa de juego sí que podría figurar como el depositario de todo lo ocurrido: la memoria estoica de miles de partidas disputadas sobre su  piel ya desgastada. Sabemos  sin embargo lo caprichosa y voluble que es la Memoria.


Llegados a este punto de la analogía hay  que aclarar una idea fundamental,

Estamos a dos pasos de Itaca. Llevamos ya cumplidos en gran parte los requisitos que recomienda Kavafis: "que el viaje sea largo... / no  apresures nunca el viaje / mejor que dure muchos años / y que atraques, viejo ya,  en la isla". 
Tenemos aceptada la idea de interpretar la vida como un gran juego de azar, un poliedro de innumerables caras y combinaciones. condicionadas a la Memoria de experiencias de todo tipo acumuladas en los muchos años (servidor 83) ya vividos.
Y hemos asimilado la analogía del mazo de naipes y del tapete sobre el cual las cartas han esbozado  sus filigranas como en una suerte de pergamino agostado ya en algunos de sus antiguos legajos.

Es preciso, antes de continuar, dilucidar un ligero  truco propio de todo lo que pretenda someter a la memoria los hechos del pasado. Será como "un aviso para navegantes". Terminé de redactarlo al llegar a Venecia. Fin de la travesía.



Hacía años que alguien  había plasmado ya la vida como un juego de cartas.


martes, 7 de julio de 2015

DE TROYA A ITACA (7 julio 15)


Ibamos en  crucero por las islas griegas.  Al atardecer yo leía a ratos a Kavafis en la terraza del camarote. El sol, violeta y oro, recortaba en caprichoso diseño los islotes lejanos. Sorteábamos las islas Cíclades. Había una ligera marejada, frecuente cuando se aproxima el paso del mar Egeo al Jónico. Fue entonces cuando pensé transcribir estas páginas con el sugestivo título: "De Troya a Ítaca, viaje de un nauta a la deriva".

Abandoné posteriormente la idea por no tener que ceñirme a una interminable serie de aventuras semejantes a las de Odiseo en su accidentado periplo por los mares griegos.

Es verdad que la vida es una gran aventura, una odisea. El éxito de la misma depende en gran parte de las compañías  que eliges para su andadura. He de confesar que en alguna de esas elecciones  la  flecha se me fue  muy lejos del blanco. Hasta sufrí  como Ulises algún Polifemo que, como en el grabado adjunto del blog de "Julieta Viajera", trató de hundir mi barca con andanadas de gruesos peñascos de ingratitud y traición. Es moneda corriente en empresas familiares al "cincuenta por ciento"·El episodio pasó. Uno de tantos entre todos los lances que acompañan al azaroso juego de la vida..

Porque la vida es también un juego. Un juego singular en el que el tablero mismo sobre el que se lleva a cabo la partida a veces se mueve tanto como aquellas encrespadas olas en el cruce de los mares griegos. 
Aun así decidí cambiar de rumbo. El mar, salvo esporádicas escaramuzas, es una sucesión repetitiva de olas que parecen copiarse a sí mismas. Cuando te despiertan para el desayuno miras por el ojo de buey desde tu litera y te topas, aunque la luz sea más nítida, con la interminable y monótona planicie que te deseó las buenas noches el día anterior.

Veníamos de visitar la mitológica hija del SoI, la Isla de Rodas. Qué diminuto me pareció al avistar desde la proa del barco el rocoso paisaje comparado con la opulenta inmensidad azul que nos empujaba hacia la costa. ¿Por qué este nuestro planeta se llama Tierra?
 Dado que el agua  de océanos y mares ocupa tres veces más que las tierras del planeta, éste, en buena lógica, debería llamarse "Planeta Agua". 
Pero da la casualidad que sólo a los humanos se les ha dado el sublime don del Lenguaje. Los habitantes del mar, en número  superior a los terrícolas, no poseen, por lo menos eso nos parece, la capacidad de redactar sus "Memorias". 
En consecuencia, los terrestres que experimentaban su seguridad  no en la voluble inestabilidad del oleaje sino en la solidez de "tierra firme", asumieron la parte por el todo como garantía de su supervivencia y colocaron el panel de Tierra y la acepción de "Globo Terráqueo" a la totalidad de nuestro planeta.

Poner "pie a tierra". Rodas. A las diez de la mañana. Después de algunos días, o incluso horas de navegación, evoco siempre, como vulgar terrícola, la vivencia 
de aquel bautismo marítimo en la  travesía de Vigo a Santa Cruz de Tenerife. 1952. Tenía yo veinte años. Nada más pasar las Islas Cíes pesqué un descomunal mareo. (merluza lo llamaban), No cesó hasta atracar en Santa Cruz y descender la escalerilla del Monte Urbasa, un barco mixto, de pasajeros y carga  de la Naviera Transatlántica. Sería un ancestral reflejo. Pues  yo me lancé de rodillas como un autómata para besar la Madre Tierra. Ella me recompensó con el cese instantáneo de la pesada modorra de aquellos dos interminables días de zarandeo atlántico.


Visitar la Isla de  Rodas pide una estancia de  varios días. Sólo estuvimos unas horas. Entre tanto vestigio histórico y artístico de Rodas guardo una particular viñeta: la plaza de Hipócrates. En ella confluyen las calles de Sócrates, Pitágoras y Aristóteles. No hay otro lugar en el mundo donde el visitante se vea envuelto en una nube semejante  de cultura clásica. Estábamos en Grecia. La singular plazoleta nos recordaba que aquí surgió la colmena de donde volaron las ideas básicas de nuestro pensamiento occidental.

Pasamos la noche siguiente a bordo, camino de Santorini. La inmensa bahía circular, la Caldera, que recibe al maravillado viajero al avistar Santorini es el resultado de  varias explosiones volcánicas. La primera y más violenta de todas ellas, asoló 1800 años a.c. la civilización minoica .  Platón, otro coloso del saber helénico -ahora caigo que no constaba su nombre en la plaza medieval de Rodas- ubica en estas aguas el mítico continente desaparecido de la Atlántida.

En el último día de la travesía por los mares griegos, antes de llegar a Corfú, te comunican que allá en lontananza se divisa la islita jónica de Itaca, patria de Ulises, final de sus ajetreadas peripecias, como juguete insumiso de los dioses y de los elementos.
  
Es el momento de releer a Kavafis.  


               ITACA 

                      Cuando emprendas tu viaje a Itaca 
                     pide que el camino sea largo...
                         
             ****
Ten siempre a Itaca en tu mente 
Llegar allí es tu destino. 
Mas no apresures nunca el viaje. 
Mejor que dure muchos años 
y atracar, viejo ya, en la isla, 
enriquecido de cuanto ganaste en el camino 
sin aguantar a que Itaca te enriquezca. 
Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no hubieras emprendido el camino.
pero no tiene ya nada que darte.
Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, 
entenderás ya qué significan las Itacas.

 Cierro el libro y le confirmo a Kavafis  el final verdadero de  sus versos.Para Ulises no fue sólo llegar a Itaca. Su odisea debía terminar  aún con un gran juego. Un monumental desafío de tiro al arco. Una apuesta decisiva. La última baza  con la que  exterminó con pulso firme a los que pretendían quedarse con sus dominios y con su dueña, la fiel Penélope. Pudo encontrar a Itaca empobrecida, pero al fin de la jugada decisiva supo ganar con su habitual astucia la última partida.