viernes, 14 de agosto de 2015

RASTROJOS BAJO LA LUNA - LA VENGANZA (14 agosto 15 )

El mes de agosto era siempre el de mayor trajín en los pueblos castellanos. Todo giraba en torno a la cosecha de los cereales, el centeno, la avena y sobre todo el trigo. Para la siega venían grandes cuadrillas del norte, especialmente gallegos.
Los recién llegados desde comienzos de julio se iban ajustando para “el agosto” con la docena de terratenientes del pueblo. Cobraban en dinero, unas ciento y pocas pesetas y la manutención.
Los del pueblo y alrededores percibían la mitad en dinero y la otra en costales de trigo, cosa mal vista por los funcionarios del fielato que plantaban la oreja  a partir de ese momento para descubrir a quién revendían su trigo los jornaleros o a qué molino llevaban sus costales para la molienda doméstica.

Por eso llevar a los molinos el trigo del agosto era una odisea indescriptible. Lo llevábamos por la noche, a partir de las doce. Se iba a la molienda todo el tiempo que duraban  los costales ganados por el trabajo en agosto y  por lo que casi todo el mundo obtenía yendo a  “respigar” en los campos vacíos después del acarreo de las nías.
La molinera no admitía más de quince kilos por familia. Cuando almacenaba lo suficiente de varias familias lo molía a escondidas y acudíamos, por lo general una semana más tarde, a retirar  la harina blanquísima para el pan candeal y un saquito de salvado para dar de comer a los animales.
La obsesión de todos era que no faltase el pan y que las hogazas fueran de la mayor blancura posible. ¡Pero cuántos sudores nos costaba!
Tanto a la ida como a la vuelta de los molinos era preciso esquivar la ronda de los motoristas que patrullaban por los campos. Aparecían de pronto a lo lejos  dos potentes faros.  Emergían de las largas hileras de chopos como los ojos rojizos de legendarios dragones (había precisamente una de las máquinas de un guardia a la que llamaban “dragón”).
Y todos echábamos cuerpo a tierra agazapándonos en los recodos de los arroyos o cubiertos de hojarasca en las cunetas de la carretera. 

Ayudábamos también a las cosechas  en las eras. A los chavales nos encargaban parte de la trilla en los calores del mediodía. Pasábamos horas y horas sobre el trillo tras la cansina y soñolienta pareja de vacas, azuzando con el rejón a los perezosos animales, dando vueltas y vueltas al redondel de la mies extendida en el suelo desde las primeras  horas de la mañana. Hasta que el grano se soltara de la paja triturada.
   
El Hermano Roger nos había comentado en clase.

-Tanto los arados de “laburar” como los trillos empleados en las eras de esta tierra son una reproducción exacta de lo que ya se hacía “cuantidad” de siglos atrás en “Mesopotamí”.

Desde entonces, por lo  atrasados  que me parecían, les tomé manía a esos artefactos. ¿Tan pobre era la evolución e inventiva de nuestra civilización durante siglos?

Aunque también es verdad que, especialmente al trillo, le cogí también cierta reverencia y respeto por ser  uno de los objetos de mayor longevidad que hasta entonces había contemplado. 
Llegué a admirar sus recias tablas de madera durísima, y los silex incrustados como escamas bajo su piel estriada.
Pude contar en algún trillo hasta  trescientos de esos pedernales, diminutas piezas de piedra duras y cortantes como cuchillas. Se fabricaban la mayor parte de ellos en Cantalejos, un pueblo de la provincia de Segovia.
De pie como un auriga en el centro del trillo o sentado en el fondo sobre una banqueta,  seguía largo tiempo el chirrido monótono de  sus piedrecitas talladas sobre la paja desmenuzada. Era como una música lejana que viniera de las fértiles llanuras entre el Tigris y el Eufrates...

-Chiquillo, que se aflojan..!! -gritaba alguien desde debajo del carro donde estaba echando la siesta- ¡que se te cagan, leche..!!

Y despertabas azorado de la histórica ensoñación. Porque eso era lo peor que te podía pasar, que “se aflojaran las vacas”.
En ese momento había que operar con la máxima rapidez y en varios frentes. Te lo habían advertido repetidas veces.

- Cuando veas que una vaca se espatarra, lo primero tienes que parar el trillo. “Sooo Linda…Sooo Romera…!
-¿Y por qué?
-Es que si las bestias “se hacen” sobre la mies, las bostas embozan los pedernales, y hacen resbalar la  tabla, sin más, sobre la trilla.
-Ah! vale…
-Enseguida coges aprisa el  serón de esparto  y se lo aplicas entre el rabo y las dos patas traseras.

Omito la detallada descripción del evento. Cerrabas los ojos y agachabas la cabeza bajo el cesto hasta oír el chapoteo del pastelón en su caída. Y como los males no suelen venir separados lo normal era que la vaca compañera de la yunta se animara a continuación a hacer las mismas obligaciones forzándote a repetir idéntica liturgia.

El único consuelo era imaginar, al tiempo que le dabas un par de rejonazos furibundos a la yunta de  desvergonzadas vacas, que seguramente los rapazuelos de Mesopotamia debían haber pasado hacía siglos por los mismos trances. “La Historia siempre se repite”, que nos decía Roger.

Ir a “respigar” era otra de las faenas duras de la temporada. Al filo de la madrugada se vaciaban de mieses todos los días algunos campos. Los carros cargados  hasta los topes salían de ellos bamboleándose como enormes pasos de Semana Santa. Su silueta se perfilaba en el horizonte sobre la luna y las nubes color naranja del amanecer.

Entonces entraban las “respigadoras” para recoger las pocas espigas que quedaban perdidas en los rastrojos. Les acompañábamos  los más menudos a regañadientes, porque había que madrugar y porque íbamos ateridos por el relente en esas mañanitas tan frescas de los veranos castellanos.  En un libro de cuadros que tenía el Hermano Roger había uno de un pintor francés sobre las espigadoras en Francia.

Los rastrojos estaban a veces lejos, a tres o más kilómetros del pueblo. Llegar pronto era importante. Había que hacerlo antes de que llegaran los pastores que también hacían madrugar a sus magros rebaños para alimentarlos con las espigas huérfanas  a menudo enterradas bajo los terrones duros y pedregosos.

Al volver a casa, las espigas recogidas se extendían  al sol en los corrales o sobre las aceras de las calles hasta la media tarde. Luego se machacaban con un mazo para separar el grano y se aventaban con bieldos a la brisa del atardecer, al mismo tiempo que lo hacían las grandes parvas de las eras.
Las calles del pueblo se cubrían con un polvillo fino sobre el que se marcaban los pasos de los transeúntes y las líneas paralelas de las ruedas de las carretas. Como si fuera  la nieve del invierno.

Lo normal era ir a espigar los rastrojos de la vega. Hubo un día sin embargo en que nos juntamos cuatro amigos de la pandilla en un campo de arriba del pueblo, hacia la Loma. A la espera, sacudiendo contra el ribazo los pies aletargados por el frío, estaban cuatro cuadrillas de respigadoras. Una de ellas venía del cercano villorrio de San Mamés de Campos.
Una voz destacaba por encima de las demás del grupo. Y una silueta, alta y redondeada  se dibujaba contra la luna agosteña.

-Es Lina” -dijo Sixto- la Linaza..!
-La Fiera de la Loma -confirmó Rubio

Surgió espontáneo el recuerdo de Floren y su partida del pueblo sin que la pandilla se hubiera vengado de la sucia Catalina.

-¡Llegó su hora!! -sentenció Rubio, mientras trazaba el plan de la venganza.

Hacía varios meses que habíamos olvidado a esta “personaja”, como la llamaba Zalito. La pandilla había conseguido entonces librar a Floren de las garras de la malvada limpiadora. Eso ocurrió  mientras yo me encontraba en el hospital palentino, convaleciente de la caída desde la balaustrada del primer piso de casa de Floren, al huir del achuchón que le estaba dando al chico  la despechugada infame.

Al día siguiente del accidente,  según me contaron mis amigos, se dirigieron todos en comisión al Francés, el Hermano Roger. Le espetaron de pe a pa el problema de Florencio.
La solución sólo tardó dos días. El Hermano Roger esperó al padre de Floren a pie de camioneta, a su llegada desde Frómista. Le explicó los hechos. Le tuvo que calmar y convencerle para que no fuera de inmediato al pueblo de la harpía a deslomarla. Y le sugirió que se llevara consigo  a la abuela y al muchacho. Con la distancia amainarían las pesadillas del chico y el tiempo borraría los recuerdos bochornosos.

Así fue. Floren partió con la familia al pueblo burgalés de Villarcayo. Nos escribió dos meses más tarde. Estaba contento porque había encontrado una nueva madre. Era una buena mujer que desde hacía poco tiempo vivía con su padre.
Pensaban casarse, pero todavía no podían hacerlo. Hasta que se arreglaran unos papeles que declararan a su primera madre definitivamente desaparecida,  como a tantos otros, en los aciagos días de las batallas del Norte.

Luego de la partida de Floren, la pandilla quiso tomarse la justicia por su mano. Había que lapidar a la culpable. Por “adúltera”. Que así lo ordenaba y lo describía la Biblia, según Pepín.
Menos mal que se les ocurrió ir a preguntar al Hermano Roger cuál era el ritual bíblico para lapidar a las féminas que habían “abusado del adulterio”.
El Francés tuvo que aplicarse a fondo para evitar la tropelía  y explicarles que no se trataba de ningún adulterio y que nadie podía tomar la justicia “por sus manos”, o sea convertirse  por sí mismo en la mano de la justicia.

-Pues si no es por las manos, que sea por los pies, a palos o a pedradas..
-¡Esto no puede quedar así...!!
-A esa “Linaza” hay que aplicarle dos  buenos tánganos de “aceite de ricino”!
-Pues, hala! en camino... -les dijo ya harto y en un potable castellano el Hermano Roger que para entonces había asimilado bastante nuestra lengua-
-Pero cuando lleguéis –añadió-  y eso sin que previamente os vean los  Civiles, acordaos de lo que un día en un caso “paresido” dijo Jesucristo: “El que de vosotros sea sin pecado que tire la primera piedra”!!
-Jope con los frailes...-susurró alguien- ¡siempre el freno!!
-Y jodiéndote las iniciativas...
-Las palabrotas no dan la razón a nadie, Gonzalito...
-Ya lo sé, Hermano, ni tampoco engordan, no te...  jiba!!

Pero ahora, en esta dulce y fresquita madrugada de verano, no estaba presente, por fortuna, el sentenciero de Roger. Así que manos a la obra.
La estrategia se urdió en pocos segundos  A la derecha del terreno había un escarpado terraplén sobre un arroyo reseco lleno de ortigas y zarzales. Rubio y Sixto se colocaron al borde del ribazo.

-Eh!, aquí...venir chavales -gritó el Rubio- he encontrado una poza a rebosar de espigas!

La primera en precipitarse hacia la trampa fue la avariciosa Catalina. Y era verdad. Había de espigas para llenar una talega.
Dando codazos a todo el mundo, “Linaza” se afanaba en recoger más que ninguno. Su orondo trasero apuntaba respingón hacia la luna. Sixto fingió de maravilla un brusco tropezón sobre un terrón cercano y cayó de lleno sobre el voluminoso pandero.
La guapa se desequilibró. Al otro lado Rubio, inclinado sobre la orilla del talud, le hizo la cama y ella dobló en redondo. Rodó entre zarzas y maleza unos tres metros hasta el fondo  del arroyo.
La recogieron con un brazo desportillado,  con las manos y la cara  llenas de rasguños de las espinas e infladas y amoratadas por las caricias de las ortigas venenosas. Todavía alcanzaron la última carreta que la llevara al pueblo.

-Pobrina... -decían Sixto y Rubio con cara compungida- no pudimos hacer nada por ella
-Está mu malica...-lamentaba una mujer mayor- tendrán que llevársela sin más al hospital
-Eso, eso -decía yo para mis adentros- y que  allí le pongan un barril de cloroformo. Que sepa lo que es bueno!!

Al día siguiente mandamos una carta a Villarcayo, a nuestro amigo Floren.
Decía escuetamente y en francés para que nadie se enterara: “Justice est faite”. Que quiere decir: “Se ha hecho justicia”.
Porque eso era lo que nos decía el Hermano Roger cuando acabábamos de cumplir el castigo merecido por alguna de nuestras fechorías.





miércoles, 12 de agosto de 2015

DE GALLOS Y OTROS ANIMALES (12 agosto 15 )

Los recursos que cada familia se inventaba para sacar adelante la esmirriada economía doméstica de los hogares de la posguerra eran de lo más pintoresco. Y los niños, mal que nos pesara, teníamos que contribuir, además de nuestros compromisos escolares, con lo que nos tocara. Ayudar a la trilla  o “respigar” en verano. Buscar hierba para los conejos todo el año. Ir a moler trigo al molino para poder comer pan blanco en vez del cochambroso “africano” del racionamiento.

Nuestra casa de la calle de Santa María tenía al fondo un amplio pajar. El local daba para apilar en los últimos días del verano unos doscientos sacos de paja de trigo, de avena o de centeno. La paja almacenada servía para  calentar en invierno la glorieta, un espacio de treinta o cuarenta centímetros por debajo del suelo de la cocina o de la salita de estar en los pueblos castellanos.
La glorieta comunicaba con la chimenea de la cocina.  En la esquina más alejada del fogón se atizaba un saco de paja diario. Yo era el encargado de poner todas las mañanas el costal de paja en su sitio. El secreto estaba en regular el tiro de la chimenea y  en hacer durar el rescoldo sin permitir que la corriente se lo llevara convirtiéndose en lo que en dicho vulgar se decía “humo de pajas”. De esa forma las baldosas rojas de la estancia se calentaban  con un tenor suave que se esparcía por la casa entera.

El espacio que quedaba libre en el pajar era como una  verdadera granja en miniatura. En ella se criábamos dos cerdos, diez o doce gallinas, y una docena de conejos. Era la forma de subsistir con unos cuantos animales domésticos en aquellos tiempos de carestía generalizada.
           
Las gallinas ocupaban sobre la tierra un espacio central  acotado por una alambrada. La mitad  de ellas eran  ponederas y las otras de engorde. Estas se consumían en las fiestas o cuando caía alguno enfermo en casa y necesitaba de caldos gordos para reponerse.

En una esquina de la alambrada estaba el corralito para el gallo “Moctezuma”.
Yo le llamaba así por su  empaque y  orgullo de emperador. Siempre erguido, con la cresta roja
empinada y dos pendientes a cada lado de la cara, plumaje lustroso, colorido y abundante que se desparramaba desde la gola por sus lomos y se abría en la cola en forma de penacho o abanico gigante. Y para terminar, la estampa de sus poderosos espolones, fuertes como la greba de la armadura de un apuesto caballero andante.
Por lo general el gallo permanecía encerrado en su estrecho recinto para que engordara y además porque suelto llevaba a todas las gallinas al retortero. Sólo se le soltaba unos tres ratos por semana porque, según se decía, las gallinas “picadas” ponían mejores huevos y daban carne con mejor sustancia.

Cuando el primer rayo del amanecer se filtraba por una tronera del pajar que daba al corral de la señora Merche...bueno, al del obispo vecino, el gallo “Moctezuma” arqueaba el cuello y de su corvo pico salía el clarinazo más sonoro y zumbón de la alborada:

-¡¡Quiquiriquíii...!!
-¡¡Gallo comïii...!! -respondía el gallo tuerto de las eras detrás de los Maristas.
-¿¡Quién te lo dióoo...!? -preguntaba el  opulento de la huerta de San Zoilo.
-¡¡Yo lo cojíii..!! -decía  el gallo enano, pero matón, de un corral de San Andrés.
-¡¡Ya te las arreglaré yo a tíii...!! -sentenciaba el chivato y servil gallo cenizo desde el próximo corral del cuartel de la Guardia Civil.
Y así tres veces seguidas, en las que se iban sumando como a una estridente coral polifónica todos los gallos del contorno.

El final de “Moctezuma” sobrevino cuando por Pascua acudió Monseñor a descansar en la casa de al lado.

-Señora Merche -dijo el prelado a su ama de llaves- hay por ahí un gallo cantarín que no me deja pegar ojo al amanecer.  Si parece que lo tenga dentro de la habitación al condenado!

Por obra y gracia de aquel obispo manifiestamente antiazteca, como me lo había demostrado con ocasión del último tomo de la Historia de Méjico que casi me excomulga por haberle pedido que me lo dejara, mi admirado emperador “Moctezuma” terminó sus días en una vulgar cazuela de pollo al chilindrón.
Sólo guardé  tres preciosas plumas de su penacho que me sirvieron durante mucho tiempo para señalar las páginas de mis lecturas.

A los gorrinos, engordados durante meses, les llegaba, a mediados de noviembre, el día de la matanza. Su San Martín, como el refrán decía. El cerdo es el animal más cundidor porque de él todo se aprovecha, desde el morro hasta las pezuñas.

- Sujétale bien, muchacho. Así, mira…las patas traseras contra la artesa. Y aguanta firme, que esto se despacha en un ratico…verás.

Me lo decía el matarife. En una de las matanzas de San Martín. Cuando me encargaron de sujetar las patas traseras de uno de los animales. Pero fue tal la impresión que me produjeron los berridos de la víctima y el gesto del matachín al intentar hincar el  enorme cuchillo en el flanco de la bestia que solté  despavorido sus patas.

-¡Ay…Ay…Ay! Que se me suelta!... Que se escapa!... Que se va…Que se…

Que se fue. El bicho se escabulló rapidísimo, encontró abierta la puerta de la calle y enfiló calle Santa María abajo por la acera del asilo hacia el convento de las Claras.
En pocos minutos había cinco perros y más de veinte personas en persecución del fugitivo. Como si quisiera acogerse a lugar sagrado,  el cuitado fue a refugiarse en un rincón de la puerta principal de las monjas.
Allí le cercaron. Salió en ese momento la hermana portera, y se le iluminaron las mejillas porque pensó que era un regalo que le llevaban al convento.
Hubo que explicarle deprisa lo sucedido y prometerle una buena ristra de chorizos para que no se le ocurriera aplicar al chancho las prerrogativas de la ley de asilo en el lugar sacro.

No era difícil alimentar a las gallinas. Bastaban varios sacos de grano almacenados cada verano, mendrugos de pan mojado y algunas hojas diarias de lechuga muy verde para que fueran más sueltas y no tuvieran tanto olor los excrementos.
Los cerdos comían las mondas cocidas de las patatas y verduras, los salvados y todos los restos de las comidas.

El trabajo más ingrato venía sin duda alguna por parte de los conejos.

-Estos bichos son unos finolis, corcho
-Ya lo creo. Más difíciles de alimentar -me decía Ruiz, al tiempo que nos preparábamos para salir al campo- que los señoritos de capital.

Y era cierto. Había que  acertarles sus hierbas preferidas. Porque de lo contrario cuando se las echabas, después de olerlas, te miraban con sus ojuelos despectivos, revolvían a un lado y a otro el hocico como las comadres de los corrillos de chismosas y con las patas traseras emitían un taconazo seco y duro antes de retirarse mohínos al fondo de la conejera.
Por eso, “ir a por hierba para los conejos” era una de nuestras tareas más frecuentes. 
Con una azadilla y un saquito de cuarto recorríamos hasta llenarlo las cunetas de los caminos, las   orillas de los cuérnagos y las lindes de los sembrados.
Era el momento para atracarse de moras y endrinas, de bayas o de guindas silvestres y con frecuencia,  despistando previamente a los guardas del campo, de cerezas o frutas de los huertos. Y de pescar de paso algunos cangrejitos de  río.

El tío Vidal  me había enseñado una de sus grandes especialidades: pescar cangrejos en los arroyos. Mientras buscaba la hierba para los caprichosos lepóridos del pajar, yo montaba tres reteles en algún remanso del riachuelo con unos diez metros de separación.
Los reteles eran unos aros de hierro con una red tupida en cuyo fondo se ataba como cebo   un buen pedazo de carnaza, roja de preferencia. El aro pendía de una larga cuerda que se amarraba a un arbusto de la orilla.

-Baja el retel en un sitio no muy hondo y sombreado del arroyo -me decía el tío Zepelín- Cada cinco minutos te acercas. Con cuidado y muy despacito. Un ruidito de nada, o la más pequeña sombra que se mueva sobre el agua del remanso les hace huir como alma que lleva el diablo

El pescaba los cangrejos a mano. Iba a buscarlos en sus mismos escondrijos. Por eso tenía siempre los más gordos y carnosos. Que luego los llevaba al Mesón de Villasirga, donde acudían expresamente a comerlos el Gobernador de la provincia y el primo Guillermo, camisa vieja y secretario  muchos años de la Cámara de Comercio palentina.
La pesca del cangrejo de río era peligrosa porque la especie estaba muy protegida. Se necesitaba un permiso del ayuntamiento que sólo se daba para los meses de junio a octubre.

Los arroyos y riachuelos de la vega tenían un guarda que se encargaba de retirar los reteles piratas.
El guarda ese no nos daba miedo. Porque era el pobre tío Emeterio, un mutilado de guerra de los de izquierdas, a quien le faltaba parte de la mano derecha y cojeaba de la pierna del mismo lado.
Pero tenía una costumbre muy depravada, que manifestaba muy especialmente cuando en nuestras correrías nos acompañaban algunas niñas.
En el momento más inesperado surgía a nuestro lado del fondo de un cañaveral o de entre las ramas tupidas de un sauce llorón con la bragueta abierta y agitando el cacahuete a toda velocidad.

Se presentaron quejas al juzgado. Pero no llegaron a atenderse. Porque en un atardecer, en pleno verano, descubrimos aterrorizados al guarda colgado de una morera.
Alguien, creo que fue Rubio, apuntó cruelmente que parecía tener dos lenguas; una que surgía tiesa de la cara amoratada y otra, no menos violácea, que al deslizársele los pantalones hasta los pies le pendía lacia de entre las piernas.

Dijeron que el hombre estaba desquiciado por los malos tratos que recibió, como tantas otras víctimas de chivatazos incontrolados, en los meses posteriores a la guerra.
Y que tal vez lo que pretendió ahora al ahorcarse fue evitar, si le enchironaban por su proceder, que se repitieran, al ir de nuevo a prisión, las palizas y las humillaciones que entonces le propinaron en los calabozos de la provincia.



GARBANZOS DE ESTRAPERLO (12 agosto 15 )

Estábamos pasando por tiempos difíciles. No era preciso que nos lo recordaran los adultos. La infancia, en su inconsciencia, soporta airosa todos los contratiempos. Pero esto no quita para que en la tabla rasa de nuestros primeros años no fueran poco a poco grabándose a cincel las penurias y las privaciones que nos tocó vivir.
 Se notaba en las ropas mil veces remendadas. Más de uno llevaba los pantalones a piezas cosidas desde el interior, de tal manera que cuando íbamos a bañarnos y dejábamos al sol los pantalones del revés algunos parecían un damero de retales.
Los costurones martirizaban la piel al que no llevaba calzoncillos y, si se sentaba, tenía que cambiar mil veces de postura para que no se le enrojecieran las ingles o la rabadilla.

Trajes de domingo había sólo uno. Con sus correspondientes zapatos de  charol.
Las ropas domingueras se estropeaban poco. Y duraban... Tanto que, como nadie podía cortar el crecimiento de sus dueños, el llevarlas al cabo de un año  o más era un suplicio. Especialmente los zapatos.

Se llevaban mucho los vestidos “crecederos”, sobre todo las niñas. Eso hacía que, excepto en los pocos meses intermedios, que era cuando su anatomía se adaptaba a la hechura de la ropa, parecían unos adefesios, sólo atractivas por los lacitos y los entorchados que las mamás de buen gusto les iban añadiendo.
 En la Capital había una casa de trueque de ropa usada. Las madres iban con la ropa vieja que por un duro se cambiaba por otra de una talla mayor. No se admitían piezas sucias, demasiado parcheadas o remendadas.

-Es que, fíjate, lo que más tiempo me lleva es repasar la ropa. Estos niños son unos destrozones…
-Y los que no son niños… -comentaban las mujeres sentadas al atardecer en corrillos a la puerta de las casas sobre pequeñas sillas de asiento de boba-

Porque en los hogares una de las faenas más comunes era remendar la ropa. 

Siempre me llamaron la atención aquellos huevos de madera que servían para repasar las medias y zurcir los calcetines.
Llegué a tener una colección de ellos. Desde algunos chiquitos, infantiles, hasta uno que no cabía en un cazo y que debió servir, en mi imaginación, para reparar los tomates que tuviera en sus pies descomunales un personaje que vivía cerca del cementerio al que unos llamaban  el tío “Zapatones” y otros “El siete Leguas”.


El Hermano Anselmo puso en formación cierto día a todos los alumnos en el patio de la escuela

-Alguien tiene -dijo muy enfadado- la fea costumbre de tirar en los matojos del final del campo de fútbol restos de bocadillos. Algunos  casi enteros.

Envueltos en papel de estraza, el Hermano blandía dos ejemplares, uno de pan blanquísimo con tortilla francesa y finas lonchas de cecina y otro de pan moreno con dos sardinillas de conserva.
Durante media hora larga, insistió en afearnos el despilfarro que eso significaba. 
-Cuando la nación entera pasa por el hambre y las necesidades del final de nuestra guerra, no tiene ni el mínimo sentido este desperdicio.  Si no te lo vas a comer no traigas el chusco. Si lo traes y no te lo comes, guárdatelo y se lo das a la salida al primer pobre que encuentres por la calle.

Al final nos recordó que las autoridades nacionales habían ordenado últimamente medidas austeras para dar ejemplo y evitar abusos de ese tipo creando los viernes el “Día Semanal de Plato Unico”  y los lunes el “Día Semanal Sin Postre”.

-¿Y quién puede hacer eso? -me sugirió Sixto desde atrás- En mi casa todos los días son de sólo un plato. Y el postre “ni pintao”

En el camino hacia la clase Alonso nos aclaró además que lo del día sin postre era un camelo porque no era gratis, ya que, encima de la privación, tenías que enviar en perras, el precio equivalente para ayudar a los soldados mutilados.

Mientras tanto Zalito iba cavilando a media voz:

-Los viernes “D S P U” (día semanal de plato único). Los lunes “D S S P” (día semanal sin postre)... al paso que van -concluyó alzando la voz- cualquier día estos sabiondos se inventan la “S S C”: “Semana Sin Comer” y nos jodieron..
-Gonzalo, las palabrotas no engordan! dijo el Hermano que pasaba en ese momento a nuestro lado.

En las tiendas escaseaba todo o lo tenían en pocas cantidades.

-Anda hijo -me decía madre- Un poco de sal, un cuartillo de lentejas y tres cuartos de patatas tempraneras. Vete a “los Pelos  Blancos”

El ultramarinos debía un nombre  tan singular a dos de sus propietarios. Dos albinos miopes con las cejas blancas y enormes ojos azules que se parecían como dos huevos a los de los conejos blancos que criábamos en el pajar de nuestra casa.

Empezaron por entonces a funcionar las cartillas de racionamiento. Unos cartones que expendía la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes. 
Cada semana se recortaban los cupones de la cartilla, marcados con grandes números romanos, para obtener pequeños lotes que incluían garbanzos, bacalao, aceite, azúcar moreno y doscientos gramos diarios por persona de pan de centeno.  
Llamábamos a este pan “el Africano” o “el Mulato” según la pigmentación de su miga rasposa y amarga, devastadora de dientes  frágiles y de estómagos cansinos. Raro era el día que repartían carne magra, media docena de huevos, y un litro de leche más aguada que la de la tía Rosaura en sus peores días.
Eso era antes de que llegara el invento americano de la leche en polvo que todavía salía más aguada que la anterior  y tenía el sabor de las algarrobas.

Todos esos productos se canjeaban en privado por otros que procedían del estraperlo. La tía Petra solía recibir, no se sabía cómo ni interesaba tampoco el conocerlo, grandes sacos de alubias pintas o de mantecosos garbanzos de Fuentesaúco.
Madre cocinaba como los ángeles o por lo menos tan bien como las monjitas de los conventos, que daba gusto pasarse por los alrededores de las casas de las clarisas, las agustinas o las carmelitas a la hora de los guisos.
De los ventanucos de sus cocinas salía un tufillo de ollas caseras apetitosas y excitantes.
El capellán de Santa Clara decía:

-El olorcito ese, es porque las monjas ponen mucho amor al cocinar. Yo mismo me encargo para que así sea de recordarles lo que con frecuencia les repetía Sta. Teresa a sus monjitas, y  que así lo dejó escrito en sus obras: “que Dios también está entre las ollas y los pucheros”
-Sí, sí -comentaba Rubio- lo que el curita saca con sus angélicas palabras, además de santificar a las hermanas, es que le hagan, con mucho amor, una comida de rechupete
-“Naíta” son los lamparones que lleva en la pechera de la sotana, de lo a gusto que tiene que engullir los guisos celestiales de sus monjitas -remachaba Sixto-

Para mí que la Sra. Feli, sin tantas motivaciones místicas ni predicaciones con segundas intenciones, le debía poner un gran cariño a la cocina. Porque sacaba  cocidos y estofados que le daban sopas con honda a los peroles y a las ollas conventuales.
Toda una mañana llevaba hacer aquellas comidas, a fuego lento, en los fogones de la cocina económica de carbón de coq.
Y se necesitaban, claro está, buenas alubias de Burgos y los mejores garbanzos de Zamora. De aquellos que no se sabía de dónde los sacaba para venderlos de hurtadillas la tía Petra. Un celemín de esas leguminosas representaba  el trueque por un conejo de dos kilos y medio y una docena de huevos de las gallinas que criábamos en el pajar de nuestra casa.
 
Me encontré un día con Pepín en la plazoleta detrás de la iglesia de Santiago, donde parece que en tiempos antiguos estaba la floreciente judería de Carrión. 
Ahora vivían en  grandes soportales contiguos a la iglesia algunas familias gitanas de tronío y, según comentaban, de mucha influencia  y mando entre los de su raza.
A Pepín se le notaba que llevaba algo escondido bajo la camisa.

-¿Qué tienes ahí? le pregunté, señalando el bulto que llevaba bajo el brazo
-Pues, ya ves…un saquito con dos kilos de garbanzos de esos de estraperlo, que le he comprado ahí, en el bojío de la señá Petra.

En ese momento Pepín tropezó con un canto y cayó de bruces a pocos metros de la tienda de la estraperlista.
La mercancía se desparramó toda por la calle. Parecía un ejército de canicas rodando en todos los sentidos.
Llevábamos varios minutos recogiéndolos, soplándoles  el polvo de uno en uno, cuando alguien se detuvo a nuestro lado. Una bota negra y reluciente machacaba sin piedad los últimos ejemplares.
Desde lo alto nos miraba la estatua ingente de un guardia, de los del charol. Había otro al lado con un gran mostacho que movía como el rabo de un conejo.

-¿Y eso..? ¿Dónde los “encontrastes”, so guaperas?...

No fue necesaria la respuesta. El portazo seco de la casa cercana delató la procedencia. Hacia ella se dirigieron los dos guardias.
Ignoro si hubo arresto, multa o cualquier otro escarmiento. Además de confiscar todo lo que encontraban era frecuente llevar al cuartel a la infractora y cortarle  el pelo al cero.
Por cierto, una canción se cantaba  en esa época que decía: Pelona / sin pelo / cuatro pelos que tenías / los vendiste al  estraperlo.
En fin, sólo supimos que el comercio clandestino de la Petra y la carnicería de su hija, a donde iban a parar los conejitos, gallinas y huevos de los canjes, no abrieron más sus puertas.



martes, 11 de agosto de 2015

LA FIERA DE LA LOMA (11 agosto 15)

Fue sin embargo Florencio el que más sufrió en aquellos días.
Floren vivía en el segundo piso del edificio del Banco de Santander, al lado del teatro Sarabia, enfrente de la casa donde, según indicaba una placa, había nacido el Marqués de Santillana. En el mismo edificio, piso tercero, vivían entonces la abuela María y  tía Carmen.
Floren procedía de la comarca leonesa del Bierzo. Durante la guerra, en el año 37, su madre, de origen carrionés, había desaparecido de manera extraña. Fue a buscar a su marido a Asturias, donde, según las referencias, tenía que encontrarlo luchando en el sitio a la ciudad de Oviedo. No se supo más de ella.
Su padre, por cierto, no estaba en ese sitio sino un poco más lejos en el cinturón de hierro de Bilbao donde un obús enemigo estuvo a punto de segarle la vida.

Cuando acabó la guerra, ya repuesto, vinieron padre e hijo a instalarse en Carrión, el pueblo de sus antepasados. Ahora el padre trabajaba en una cantera cerca de Burgos. Venía los últimos días de cada mes e ingresaba en el banco de la planta baja lo necesario para que Floren y la abuela fueran tirando buenamente.

Hasta les había buscado una limpiadora para que les adecentara la casa dos veces por semana.

La moza, entre dieciocho y veinte años, venía a pie desde San Mamés de Campos, un pueblecito de la Loma, a dos kilómetros de Carrión.   Sólo distinguías el villorrio cuando estabas a unos metros de él. Sus casas de adobe, sin pintar, y las tapias de los corrales de ovejas se confundían con el terruño de una ladera ocre sobre la que parecía estar el pueblo sesteando.

Se llamaba Lina. Les tenía, eso sí, la casa como los chorros del oro. Floren se quedaba embobado viéndola sacar el brillo de la tarima de madera con las dos bayetas en los pies descalzos. Zis,zás,zis,zás..., el movimiento de grupa y de caderas le turbaban el ánimo y algo más al chaval, y tenía que esconderse en una alcoba para seguir espiando, a pesar suyo y rojo como una guindilla, aquellas ondulaciones deliciosas.

La mozuela se percató muy pronto de esa pícara curiosidad. Un día en que la abuela asistía a una reunión de la parroquia, se encontró Floren solo, a su vuelta del colegio, con  “aquel cacho  tía” –así nos lo dijo en una de nuestras reuniones- en bragas escuetas y sin nada de cintura para arriba.
Zis,zás ,zis, zás...,  ondulaba a sus anchas  el pandero y...cuando se dio la vuelta, dos cuévanos de nata, como las ubres de la vaca Lucinda de la lechería, oscilaban rítmica y peligrosamente de norte a sur y de este a oeste.
Floren echó a correr escalones abajo, de cuatro en cuatro. Se refugió en los soportales de la plaza y no volvió a casa hasta que, apostado detrás de la columna que da al estanco, vio cómo bajaba la Lina, haciéndose la ingenua, y se perdía calle de Santa María abajo camino de su pueblo.

El acoso al pobre chico fue desde entonces aumentando sin piedad. Lina cambió de táctica  y empezó a  encerar los pisos de rodillas.
Floren intentaba en vano estudiar en la mesita de la alcoba. Imposible. El rabillo del ojo se le iba sin piedad a las orondas redondeces, a veces desnudas, que, tarareando pasodobles –“¡Florencio Alegre y olé...mi corazón!!”- le enseñaba sin recato aquella fierecilla.
Día hubo en que se acercó a él, le estrechó fuerte contra su mullida delantera y estampó en su nuca dos largos y sonoros besos que le estremecieron desde el cogote a las puntas de los pies.

Florencio no dormía. Tenía raras pesadillas y se despertaba gritando, empapado en un sudor frío. Tenía los ojos como dos moras. Con frecuencia debíamos espabilarle a codazos en la escuela, cuando su cabeza caía como una calabaza sobre el libro abierto en cualquier página encima del pupitre.

-A ti te pasa algo, Floren  -le dijo Pepín.
-Nada. Que no he dormido bien, y estoy cansado...
-Nos dices de una vez qué es lo que tienes...lechuguino!!, dijo gritando Rubio.

Primero entre mocos y pucheros, y luego más sereno, nos contó de pe a pa toda la historia.

-No se lo puedo contar esto a mi abuela, porque le pasaría algo..
-Y  ¿por qué no se lo dices a tu padre?
-La muy zorra mentirosa me dijo ayer que quiere a mi padre, que un día se casará con él y que yo seré entonces hijo suyo!!!

Sixto dijo entonces por lo bajo que “nanai”
-Eso no está nada  claro -añadió Alonso
-Pues alguna decisión hay que tomar -afirmó Rubio
-Y  “de seguida” -sentenció Zalito

Antes que la pandilla decidiera la estrategia para liberar a Floren del cerco de  lujuria de la “Fiera de San Mamés” me sucedió un percance que me apartó casi veinte días de la pandilla y del colegio.
Fue en el mismo edificio en el que vivía Floren. Llegábamos juntos de los Maristas. El entró en su casa del segundo. Yo subí hasta el tercero. 

La tía Carmen o en su ausencia la abuela María, me preparaban casi todos los días la merienda. Una
rebanada de pan de hogaza con miel y un tazón de leche hervida. Yo extendía sobre la miel la capa de nata que subía hasta el borde de la taza.
La abuela María hervía siempre la leche antes de tomarla. Tenían que aparecer dos dedos de nata en la superficie del cazo. De lo contrario la leche había sido bautizada. El espesor de la nata denotaba el mayor o menor trapicheo de la lechera de turno. ¡Ay de la tramposa, si la nata no afloraba al romper el hervor y no se estancaba espesa y untuosa, dos dedos  y no menos, en lo alto!
A sus setenta años la abuela tenía más malas pulgas que un perro callejero. Yo creo que eran esos ácaros los que la mantenían en vigor, siempre más tensa que un arco de ballesta.
Un día en el que la leche estaba claramente adulterada se  plantó en jarras delante de la lechera, sin respetar la cola de los asistentes, y  le dijo bien alto, para que todo el mundo se enterara:

-Rosaura, no nos vendas  gato por  liebre...
-Pero qué dice...!
-Que si sigues echándole agua a la leche, te llevaré a los consumeros, mona
-El agua se la pondrá usted, mancheguina mohína. Para que le cunda más a sus nietucos...so roñosa1

Lo de mancheguina venía de lejos. Nunca pude averiguar su procedencia. Sólo sé que era algo que a la abuela le sacaba aún más de sus casillas.
Así que se quitó la zapatilla derecha y se la endilgó violentamente a la lechera por encima del mostrador. La tía Rosaura esquivó el artefacto que fue a aterrizar en una de las tinas.
La leche tintó de estrías blancas la pared azulada de la tienda. Dos vecinas apartaron a la abuela que salió erguida y cojeando del establecimiento.

-Señora María, que se deja usted la zapata...
-Para ella. Que la guarde y se la pudra dentro de la mercancía. A ver si así da más sustancia

A pesar de su evidente mal genio, yo tengo que romper una lanza en defensa de la abuela María y decir que no era verdad lo de que ella aguara en casa la leche que compraba. La  prueba era la espesa capa de nata que yo extendía todas las tardes sobre la miel y el pan de la merienda. Y que sabía a gloria.
Y lo de mohína y triste tampoco me cuadraba. Porque tenía en la memoria las veces que allá en el norte de Palencia, en Villalba de Guardo, la abuela cogía el pandero y arrastraba a las eras del molino, al otro lado del puente, a las mozas y mozos del pueblo para amenizar  las joticas  y las zarabandas de los buenos tiempos.

La merienda nos duraba un poco más de media hora. Luego bajaba yo a esperar a Floren en el descansillo del segundo. Lo hacía, mal que le pesara a los consejos de mi abuela, resbalando con el vientre sobre la barandilla de la escalera, a todo trapo, en  dos embestidas.
Ese día tardaba  el chico en salir más de lo debido. Se oía desde el interior algún que otro grito confuso, como de protesta.
La puerta se abrió bruscamente. Floren trataba de escaparse aterrorizado. Detrás de él apareció la criada. Tenía al descubierto uno de aquellos pechos imponentes. Asió por los pelos sin clemencia al muchacho arrastrándolo hacia adentro, y dio un portazo que hizo temblar de abajo arriba las escaleras de la casa.

Mi reacción instintiva fue echarme de bruces contra la balaustrada y deslizarme a toda prisa por la pendiente como de costumbre. Al llegar a la altura del primero intenté frenar  y mirar hacia arriba, por si Floren hubiera conseguido escabullirse de aquella arpía, con tan mala suerte que debí inclinarme demasiado hacia adelante, me fallaron las manos y salí despedido hacia el vacío.
Yo mismo oí el choque brusco de mi humanidad sobre las losas del zaguán. Se abría una puerta y una voz, a no sé cuantos kilómetros, preguntaba: “¿Pasa algo?”.

El atontamiento duró, quizás, una o dos horas. Cuando me incorporé estaba anocheciendo. Decidí no subir a casa de la abuela. Primero porque el dolor de todo el cuerpo  no me lo hubiera permitido. Segundo porque temía una bronca descomunal de la susodicha.
Salí a la calle. La nalga derecha, hasta la rodilla, parecía de corcho. Me daba vueltas la cabeza. La  mano del mismo lado estaba descolgada, tal como si fuera la de un muñeco de trapo.

-Chiquillo, qué pasó?. Si “pai” que estés borracho...
 
Marcelo, un primo del tío Vidal, me llevó en brazos hasta casa. Llamaron a don Fernando, el médico de la familia. Fractura de la muñeca derecha y otras zarandajas de contusiones varias, dictaminó.

-Habrá que ir mañana al Hospital Provincial. Rayos X de todo el cuerpo y operación del brazo roto. Mientras tanto le dais dos aspirinas y varias tomas de leche muy caliente.
-¿Con nata o sin ella?, ¿y de qué teta?...! -parece que pregunté yo medio adormilado-
-Este niño está delirando. Cama y que descanse. Hasta mañana.

La línea de autobuses Aja, que cubría el trayecto de Guardo hasta Palencia, acababa de estrenar el coche nuevo en sustitución de la tartana antigua, la de los continuos sofocones y sobresaltos al traspasar la cuesta de la Mora. Valía la pena viajar ahora, aunque fuera aún con aire doloroso y el brazo en cabestrillo.
La señora del asiento del fondo le preguntó a madre:

-¿Qué le ha cogido al chico? Le veo mu sufriente, el pobrecito…

Y la señora Feli:

-Resbaló de la baranda del ayuntamiento. Casi dos metros. Un milagro. Sólo se ha desgraciado la muñeca.

Era mi versión camuflada, y sin testigos, de los hechos. Porque a ver el guapo que contaba en familia lo de Floren, mi deslizamiento archiprohibido por la barandilla del piso de la abuela, la furcia descocada y el odioso secuestro  de la criatura impúdicamente arrastrada por los pelos.

La estancia en el hospital provincial de Palencia tuvo dos fases. La primera nada más llegar. Pasaron por rayos X  todo el cuerpo, menos  la mano, porque así lo decía el parte del médico del pueblo.
Luego dos médicos muy jóvenes, de estreno, se ocuparon de la fractura a su manera. Palpoteaban sin miramientos la mano escacharrada y yo bramaba de dolor, sin que aquellos banderilleros le dieran la mínima importancia. En cierto momento uno sostuvo con firmeza mi brazo y el otro tiró con fuerza de la muñeca dislocada y la encajó en su sitio en un segundo. Casi me desmayé. Creo que vi más estrellas que un telescopio de Canarias que, según decían, era de los más potentes de la Tierra. Uno ordenó que me vendaran hasta el codo. Y el otro dijo a la monjita de la Caridad:


-De hoy en ocho días, le echaremos un vistazo.

Pasó la semana en la espera de que llegaran las primeras radiografías. Como no había nada de importancia, desaparecieron al poco tiempo las moraduras y los escorzones de las piernas. Pero la mano seguía doliendo. De tal manera que el jefe de los médicos ordenó al quinto día un nuevo retrato urgente de la mano rebelde.
Esta última radiografía llegó al octavo día, a la hora exacta del “vistazo” anunciado por los dos médicos banderilleros. Recibieron un rapapolvo de bandera. Desde la sala de espera oíamos los gritos y denuestos del jefe a los dos pipiolos. El antebrazo, en su unión con la muñeca, estaba astillado. Había que efectuar nueva ruptura y recomponer en el quirófano el desaguisado.

-Esta vez  -les decía yo-  fue con cloroformo. Te ponen una careta. Te dicen que cuentes hasta siete. Tú no llegas ni a cuatro, y empiezas a flotar, atrás, “alante”... y  pasan nubes grises y luego estrellitas que salen de un agujero negro como la pelusa de los chopos al acabar la primavera. Y al final te quedas quieto, acurrucado en un lejano túnel, sin sentir, ni ver, ni oír. En el vacío. Así tres horas.
-Sigue, sigue…que parece una película de intríngulis
-Lo malo viene al despertar. Tienes que vomitar el éter que te has tragado. Y como no tienes nada en el estómago, porque no te permiten comer doce horas antes de la operación, ni te dan ni agua siquiera hasta doce horas después, sólo tienes arcadas huecas y arrojones fingidos que te dejan como un pingo.
-Eh, sooo… para,  que me dan ganas de devolver…!
-Eso último es lo peor. A mí me duraron las ansias tres días y tres noches. Y todavía  tengo ahora el éter pegado a las narices.

Así les describía yo a los pandilleros mis días de internado en el hospital de la provincia. Gonzalo le daba con los nudillos a la escayola que llegaba casi hasta el codo. Y se reía porque sonaba a hueco, como cuando dábamos  con una piedra al viejo tronco de un árbol carcomido para que salieran los bichitos refugiados en su interior, mientras decía:

-¡A ver lo que te encuentras  ahí dentro cuando te quiten la cáscara, volantinero!

Sobre la rugosa piel de la escayola que empezaba a amarillear una semana antes de cortarla, tenía estampada la firma de todos mis amigos, y la de Anita –cómo no- , y algún que otro dibujo malicioso. Anita, en cambio, había puesto una flor de margarita con una cara sonriente en la corola.
Bueno, no estaban todas las firmas. Faltaba  la de Floren. Pero, en cambio,  el chico me había dejado  como recuerdo, dos de sus más fabulosos tirachinas.

LECCION MAGISTRAL ( 11 agosto 15 )

Los términos indefinidos, imprecisos y misteriosos creaban situaciones chuscas y esperpénticas. Aunque la desazón y la duda continuaran acuciándonos por dentro, nos reíamos con ganas cuando pasaban ciertas cosas o cuando se trataba de aclarar asuntos “del botón del ombligo para abajo”.

Por ejemplo. Las niñas saltaban a la  comba al lado del templete de los jardinillos del plantío. Apostado a unos veinte metros seguía el grupo de chavales sus saltos y sus evoluciones. Los pícaros espiaban el color del fetiche universal: sus braguitas.

-¡Blanca!
-¡Rosa!
-¡Azul claro!
-¡Con puntillas...!
-¡No lleva...!!!

La pelirroja aludida, con dos largas trenzas hasta la cintura  y la cara llena de pecas a redondeles, se enfrentó al grupo de provocadores, dio media vuelta, se dobló en dos, y se echó la falda a las espaldas enseñando a los descarados  el redondo culito con  su braguita color carne. La burlona, con las trenzas a ras de suelo, les sacaba una lengua de a palmo entre las piernas.
Alonso estaba demudado. Mordisqueaba las uñas y se contorneaba extrañamente, hasta que dijo por lo bajo a su vecino:

-Oye…yo... yo me voy... que me parece que voy a “fornicar”!!

Y echó a correr a todo trapo en dirección al río.

Había un olmo viejo y retorcido al fondo de las eras que daban hacia la salida de Palencia. Un gran tajo  marcaba el final de la escarpada donde el río se desviaba hacia las vegas de Villanueva y Villoldo.
Era un lugar privilegiado, de brisa fresca y permanente en los atardeceres calurosos. Sentados a la sombra del árbol secular nos parecía estar en la proa de un gran barco, presto a lanzarse  a la deriva por las olas de los oteros, laderas y colinas verdes, pardas, blancuzcas o azuladas de la gran llanura castellana.

 Aquella tarde, sin preámbulos, Sixto  preguntó a Pepín qué significaba la Lujuria. Porque es que era una constante en todas las prédicas del párroco de San Andrés.

-Siempre está igual. Como si soñara con ella. Que  la “lujuria” es la antesala del infierno. Que las mujeres lujuriosas, dijo el otro día, están atizando ya en las calderas del infierno unas llamas directamente proporcionales a sus pasiones pecaminosas...Y dale...y venga... Siempre acaba los sermones con el mismo postre.

Se lo había preguntado, para peor, a una tía suya, una beata de misa, rosario y novena cada día.

-Eso es cosa de mujerzuelas de mala vida. Algo que ni el señor cura ni yo te podemos explicar porque aún no toca, le respondió.

Entonces dijo Rubio:

-Pues yo pensaba que las lujuriosas son esas señoronas llenas de collares, pulseras, sortijas y todo el joyerío que llevan en las procesiones, que apenas pueden andar del peso... y van arrastrando los zapatos...

Alguien le corrigió:

-Entonces sería lujuriosa la misma Virgen de Belén. Porque hace unos años le robaron todo el tesoro del camarín de la iglesia. Hubo luego una suscripción particular. Acudieron con donativos de todo el pueblo y de la contornada. Ahora lleva encima un porrón de joyas y abalorios  que no veas.

-Eso se llama lujo, so zoquete, -le precisó Sixto- no lujuria


-La lujuria es un pecado capital -aclaró Pepín- uno de los siete pecados más importantes, mortales de necesidad
-Y eso...?
-Pues ya lo sabes; que si la pringas con uno de ellos en el buche, sin haberte confesado, te vas de patas y pa siempre a las calderas del señor Pedro Botero
-Eso es  todo por dar miedo, y nada más -insistió otra vez Rubio- sigo sin enterarme

Florencio, el de los tirachinas, hablaba poco. Estaba sentado junto al tronco del inmenso árbol y levantó la mano como si estuviera en una clase del colegio.

-Yo también se lo pregunté a la abuela hace dos días -dijo tímidamente.
-¿Y qué...?
-Dijo que la lujuria es un hambre exagerada de hacer cosas carnales
-Toma -dije yo- eso servirá para cuaresma, que no te  dejan ni oler carne si no compras la bula que venden los obispos...

Pepín aclaró, sin alterarse, que la abuela de Floren no había dicho “comer carne” sino “hacer cosas de carne”, que no era lo mismo. Que no se trataba de cosas de comer, sino de uno de los enemigos del alma, que son tres.

-El Cabo, el Alcalde y el Cura de San Andrés!!!, -soltó presto Zalito en medio de una carcajada general.

Cuando se terminó el jolgorio, intentó proseguir Pepín en plan maestro.

-Entonces, los enemigos son...
-El Alcalde, el Cura y...el “Cabrón”..!!!.

Nuevo tumulto. Tres de la pandilla se echaron encima de Zalito, le maniataron, le quitaron la camisa y se la pusieron a modo de mordaza para que se callara.

-¿Puedo seguir?...
-“Mmm...!”, el prisionero asintió con la cabeza.

El seminarista en ciernes dijo que, según el catecismo, nos persiguen sin parar tres enemigos: el Mundo, la Carne y el Demonio.
Son los que se encargan de echarnos zancadillas y de mandarnos tentaciones de fuera para que nos maten el alma que está dentro.
Entonces,  la Carne y las indigestiones que se cogen abusando de ella... eso es lo que hace el pecado de Lujuria.

-¿Habéis entendido?...

Silencio general. Alonso, sin quererlo, se acordaba de una indigestión de callos que había cogido hacía dos días. Y enseguida de otra de ciruelas claudias muy maduras que cogió el verano pasado y que se las pasó moradas. Luego, deducía, los empachos no venían sólo por la carne...
Zalito hacía señas para que le quitaran la mordaza. Pero nadie lo hizo; no fuera a despacharse con una nueva patochada.
Así que fue el mismo Sixto que era un redicho, y que al fin y al cabo era quien había empezado el embrollo, quien acabó diciéndole a Pepín en plan castizo y elegante:

-Pues como “Vueciencia” –así era como llamábamos en el colegio a los empollones de la clase- no nos diga ahora qué  carne es esa con la que se guisa la lujuria nos vamos a ir todos de aquí en ayunas y con las tripas destempladas. ¿Está claro...?!.

Pepín no se inmutó. Dispuso a toda la cuadrilla en círculo frente al olmo. Se acomodó él mismo delante del tronco y empezó a dar órdenes con rapidez, sin permitir que nadie hiciera comentarios.

-Sixto, agárrate la nariz
-¡.....!?
-Que te la cojas, leche!!

Luego ordenó a Alonso que se agarrara la oreja derecha y a mí que hiciera lo propio con la oreja izquierda. Hizo desatar a Gonzalo.

-Ya que estás sin camisa, te tocas el ombligo. ¡Sin chistar! ¡venga!

A Floren y a Romero les asignó a cada uno una de sus piernas.

-Pedro Rubio...cógete la pilinga!...

-¿Qué ¡¡ ¿ la mía..!!?, dijo pálido de terror el pobre chico.

Y sin dar tiempo a que explotara la juerga entre la tropa, gritó Pepín:

-¡Silencio todos!!...¿ cuál va a ser  Pedrito?...Venga ... pero sin sacarla, hombre!!

Nos tuvo así cerca de dos minutos. Cada cual miraba para un lado y se hacía el longuis lo que podía.
Zalito apretaba como si fuera un timbre el botón de la barriga y vaciaba enseguida los mofletes a punto de estallar en una sonora carcajada.

-Ya basta! -dijo Pepín .

Y todos respiramos. Luego fue preguntando uno por uno qué es lo que habían sentido con sus respectivos tocamientos. Nada, naturalmente.

-Y tú Rubiete...¿tú le notaste algo...?”
-Hombre, Pepín...¿qué te voy a decir?...Pues...chs..., nos has tenido mucho tiempo manos a la obra, y así... te notas  a pocos, de refilón, un cosquilleo...

Sin dejar que estallara la inevitable algarabía, Pedrín sentenció solemnemente:

-Sixto: Eso es “La Carne”!. Y de ahí le salen todos los guisos, empachos y jarturas con que se forma la Lujuria, ¿estamos?.


Nadie osó hacer ni un solo comentario. A mí sí que me pasó fugazmente por la mente, como si fuera el relámpago que en ese momento cortó en dos la chopera de la vega, por qué el Hermano Abel estaba siempre persiguiendo obsesivamente a los que durante las clases no tenían sus manos encima del pupitre.
Una nube espesa y torva venía por la llanura. Diez minutos más y estallaría la tormenta. Una de esas típicas tormentas veraniegas de Castilla que atraviesa colinas y llanadas a lomos de mil caballos desbocados y deja en pos de sí un telúrico sabor a carga eléctrica y  un relajante olor a gleba húmeda, agradecida.

-¡Hala! se terminó. Abur, muchachos -dijo Pepín.

Todavía, mientras nos dispersábamos, se oyó al guasón de Gonzalo que gritaba:

-Suelta la vela...! que se acabó la procesión, chiquillo!!!
-Bah!, serás tontaina, mariquita...!! -le replicaba Rubio a lo lejos

Lo peor fue al día siguiente. En el colegio. Teníamos lección de castellano con el Hermano Anselmo. Iba ese día de metáforas, tropos y analogías.

-Explíquenme, señores, en breves palabras, la frase que les voy a poner en la pizarra”

Con impecable letra redondilla fue escribiendo el Hermano en el encerado,  y subrayando con especial énfasis el final de la propuesta.

Qué significado, o significados, tiene la expresión popular: “Poner toda la carne en el asador”

Como si le hubieran plantado una tachuela en el asiento del pupitre, saltó Rubio asustadísimo. Instintivamente se había echado una mano a la bragueta. Con la otra intentaba sacarse algo de la boca amoratada. El refrán de la pizarra le había sorprendido mordisqueando la goma de borrar que ahora tenía encasquillada en la garganta. Tuvieron que llevarle de urgencia a la enfermería.
El Hermano Anselmo, más asustado que el paciente, no se explicaba lo ocurrido.

-No ha sido nada -dijo Sixto-  el asado ese de carne tal vez estaba un tanto duro y ... al ( casi iba a decir “lujurioso”, pero no lo hizo)...al tragón de Rubio se le ha debido atravesar en el gaznat