domingo, 29 de noviembre de 2015

TODOS SOMOS GRIEGOS ( Y DESPUÉS LATINOS )

El armazón que sustentaba la vida diaria en el colegio se llamaba “distribución”, es decir el Horario de cada día. Este horario podía variar los  jueves, sábados, domingos, fiestas religiosas o imprevistos agradables que solía exponer en público el “Brigadier”, la máxima autoridad entre los alumnos.
La distribución de los días ordinarios consistía en: levantarse a las siete. Aseo y orden en dormitorios y camarillas.
Media hora después se bajaba a la capilla. Angelus, ofrecimiento de obras, misa y comunión diarias.
A las ocho y media, primer estudio del día. Desayuno y un corto recreo a las nueve. La primera clase a las nueve y media, seguida de un recreo cortito.
Diez y media, estudio para prepararla  y a continuación la segunda clase. A las doce unos veinte minutos de solfeo y música y luego la comida. Seguía el recreo más largo del día.
La tarde comenzaba a las tres con el rezo del rosario al pie de los pupitres. Un tercer estudio a las tres y veinte, seguido de la tercera clase del día. Había otro recreo largo a las cinco hasta que, a las seis comenzaba el último estudio preparatorio de la cuarta clase.
Las ocho era la hora de la “composición”: las tareas señaladas sobre las tres materias estrella: Latín, Griego y Castellano.
Se cenaba a las nueve. Inmediatamente se subía al coro de la iglesia para el examen de conciencia diario, y a la cama.

La “distribución ordinaria representaba pues ocho o nueve largas horas de trabajo diario. Incluso los sábados y domingos, con su particular distribución, había unas dos horas de composición latina o griega.
No es de extrañar que en los últimos cursos domináramos los clásicos latinos y algunos griegos. Habláramos un incipiente latín. Tradujéramos piezas significativas de la literatura latina.

Desde el principio nos comentaron que el latín y el griego eran dos lenguas muertas, en contraposición a las lenguas vivas actuales. Aunque, por cierto, especialmente el latín esté en el origen de muchas de ellas.

 -Pero, ojito, eh? –alertaba el profesor de esta asignatura- El Latín no es ninguna
momia en descomposición. Aquí muerto  no es sinónimo de cadáver. Me indigna que hayamos tenido que tragarnos tradicionalmente este sapo cuando el latín conserva una hechura mucho más sólida y expresiva que bastantes de los lenguajes actuales. Si, como dicen, el lenguaje es la fábrica del pensamiento, yo le desafío a muchos de los idiomas modernos a que compitan en lógica y en exactitud con la expresión latina.

 -Mucha razón tiene vuestro maestro de latines -nos comentaba luego el profesor de Historia-. No hay que olvidar con todo la evolución de las sociedades. Es verdad que el Latín no ha muerto. Ni está momificado…Llegó a “estancarse” en cierto momento. Ese parón supuso el nacimiento de las lenguas latinas modernas. Pero el quehacer de los clérigos y el saber de muchos hombres cultos han logrado conservarlo con el entramado íntegro y casi geométrico de su tejido lingüístico.

Casi geométrico. Era cierto. Aprender y analizar el latín era como componer y descomponer un inmenso mecano. Sus piezas –declinaciones, conjugaciones, terminaciones, casos…- tenían que encajar en una construcción ajustada, sin gazapo alguno posible. Era un innegable instrumento para el cultivo de la inteligencia lógica. Y además el arma indispensable para entrar en el mundo de los autores clásicos.

Traducir bien textos latinos era más difícil que analizarlos. Analizar era pura mecánica.
La traducción exigía el esfuerzo de la interpretación del autor latino y su elegante traslación a la lengua propia.
Superando este escollo, con apenas quince años cumplidos, yo me animé en una primavera de 1947 a traducir al verso castellano nada menos que la famosa Oda sobre una vida feliz, “Beatus ille…”, del gran poeta latino Horacio. En una Academia pública comparamos esta obra con la famosa Oda a La Vida Retirada de Fray Luis de León.

Aún  conservo la traducción de la pieza horaciana en el cuaderno de composición castellana, meticulosamente corregido por el profesor de la asignatura.

Así fue cómo  empezamos a asomarnos al espléndido ventanal de los Clásicos griegos y latinos.
Nuestros libros ordinarios de aventuras en esa primera etapa eran las Guerras de las Galias y La Anábasis. Los  héroes, César y Jenofonte. De Julio César aprendíamos estrategia. De Jenofonte la resistencia a las tiranías.

<<La Anábasis, que en griego antiguo  significa “Marcha al Interior” es el relato de la expedición de 10.000 soldados griegos que hacia el año 400 a. C. contrató Ciro, pretendiente al trono de Persia. Eran en su mayor parte descendientes de los famosos veteranos de las guerras del Peloponeso. En sus pesados escudos iban grabados nombres de gloriosas batallas como las de Platea, Maratón, Salamina o las Termópilas. Y, como ya había sucedido en esta última,  los diez mil fueron también traicionados por sus aliados que, al caer Ciro, se pasaron al bando contrario. Empezó entonces la retirada, un largo periplo para los griegos, perdidos y sin recursos más allá de Babilonia, en las profundidades del Imperio Persa. Funcionaron como una república errante. A Jenofonte, jefe de la expedición, le seguía una joven llamada Abria. Ella es la narradora de ese  interminable y azaroso viaje de regreso a Grecia durante miles de kilómetros en dirección contraria, hacia el Norte, para evitar atravesar  de nuevo el territorio persa.>>

A ciertos profesores  les gustaba hacer una especie de “Historia Comparada” a propósito de algunos episodios de la historia latina o griega.

-“Thalassa, Thalassa!!” (El Mar, el Mar!!) -fue el famoso grito que, aliviados, lanzaron los que sobrevivieron de los diez mil griegos al divisar a lo lejos la inmensa plataforma azul oscuro del Mar Negro y las naves que posibilitarían su regreso a la patria.

El profesor de Griego, coincidiendo con el grito final de la Anábasis, comentó entusiasmado:

-Ese clamor emocionado en el crepúsculo lejano de las inmediaciones del puerto de Trebisonda, a orillas del Mar Negro: "El Mar, el Mar!!”, tiene una réplica exacta  en aquel amanecer  de la isla Gunahaní, en el que desde la cesta del mástil  de la carabela Pinta, Rodrigo de Triana gritó "Tierra a la vista!!"... a los ya desalentados marinos de Cristóbal Colón.

Su entusiasmo fue no obstante más apasionado cuando terminó de evocar dos grandes gestas de los griegos: Las Termópilas y Salamina.

<<El tirano Jerjes, Rey de Persia, decidió someter a toda Grecia. Reunió una enorme flota y un ejército de más de dos millones de soldados. Montó una pasarela de barcazas para atravesar el Helesponto con sus tropas. Una tormenta destruyó parte del puente. Al muy bruto fanático no se le ocurrió, antes de reconstruirlo de nuevo, más que ponerle grilletes al mar enfurecido, propinarle trescientos azotes con unas cadenas de hierro incandescentes y ejecutar a los constructores.
Su escuadra se dirigió hacia Atenas por el mar Egeo. El ejército de tierra bajaba paralelo al mar cuando se encontró con los más aguerridos combatientes de Grecia, atrincherados en un desfiladero de apenas veinte metros de ancho, llamado “Puertas Calientes”: Las Termópilas. Los resistentes helenos lograron frenar algunos días al gran ejército.  A Leónidas, el mítico jefe griego, le dijeron que las flechas lanzadas por el descomunal ejército de Jerjes podían llegar hasta tapar la luz del sol. Y él respondió: “Pues lucharemos a la sombra”. Y cuando recibió el ultimátum del general persa para que depusiera las armas, le contestó: “Decidle que venga él a buscarlas”
Un traidor, “Eifaltes”, que en griego significa “pesadilla”, enseñó a los invasores el camino para envolver al menguado ejército griego y sitiarlo por la espalda. Murieron todos. Entre ellos, los famosos 300 espartanos conducidos por el rey Leónidas. Posteriormente se erigió en el lugar de la batalla una estela que decía: “Caminante, si vas  a Esparta diles que aquí hemos dado la vida por obedecer sus leyes”.>>

-Morir, antes que rendirse -interrumpió  de improviso el maestrillo su recital ante los fascinados escolares- ¿A quién os recuerdan los trescientos de las Termópilas?

La respuesta pareció muy fácil. En el reciente estudio sobre la invasión romana de España  habíamos estudiado, e incluso escenificado, los heroicos relatos de Sagunto y de Numancia. Alguien recordó también al pastor Viriato. Y la coincidencia en el caso con un traidor, como el de las Termópilas, que le vendió al enemigo.

-Hay una diferencia -comentó un alumno- Cuando el soplón que traicionó a Viriato fue a por su recompensa, el digno senado romano le despachó con  la famosa sentencia: “Roma no paga traidores”

Hubo quien derivó la atención al gesto de Guzmán el Bueno que, en el sitio de Tarifa, dejó que mataran a su hijo antes que entregar la plaza a los moros.
De ahí otro sacó a colación al General Moscardó que hizo algo parecido en el cerco del Alcázar de Toledo durante la pasada guerra civil española. O el asalto al Cuartel de la Montaña en Madrid y el asedio al Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza en Jaén, porque  ambos episodios, narrados en el libro de “La Cruzada Española”, se habían leído recientemente  durante los tiempos de silencio en el refectorio.

-No me refería a hechos puntuales de la pequeña intrahistoria nacional  -puntualizó el maestro- sino a acontecimientos de importancia más relevante en la Historia Universal.

<< Aplastada la resistencia de las Termópilas,  las tropas de Jerjes dominaron sin opsición el Atica entera. Tomaron y arrasaron Atenas. Los atenienses supervivientes se refugiaron en la isla cercana de Salamina. Y allí, por obra del gran estratega griego Temístocles, les ocurrió  a los persas, pero esta vez en el mar, algo parecido a lo sucedido  a los espartanos en el estrecho de las Termópilas.  Temístocles, con engaños y espías falsos, logró encerrar a la flota persa en la estrecha manga de salida de la bahía de Salamina. Los trirremes griegos, mucho más pequeños y ágiles que los pesados navíos persas, hostigaron sin descanso a los sitiados barcos de Jerjes hasta arrancarles los remos y dejarlos paralizados. La flota persa fue totalmente destruida en Salamina. Y la victoria, después de algunas batallas más, significó para los griegos el fin de la amenaza permanente de la invasión  de Grecia por los tiranos persas>>

Una mano se levantó más veloz que los trirremes griegos.

 -Yo sé un hecho histórico comparable a la victoria griega de Salamina –intervino raudo uno de los oyentes al terminar el relato
-Usted dirá, Don Rápido!
 -Fue en Lepanto, la armada que contra los turcos mandaba D.Juan de Austria
 -Sí señor. Así fue. La victoria de Lepanto, como en el caso de Salamina con los persas, cerró el paso a la invasión de Europa por el imperio otomano.
-Pues a mí me recuerda -dijo Andrés- aunque hiera nuestro honor nacional, al vapuleo que los barquitos ingleses, o los elementos como dijo el cabezota del rey Felipe, le metieron a los galeones de nuestra llamada con ironía “Armada Invencible”
-Muy bien los dos -dijo el profesor, aunque se notaba que le daban ganas de responder a la desenfadada interpretación del segundo alumno- Pero quiero llamaros la atención sobre  algo más reciente que entronca  de manera admirable con estos hechos decisivos de la Historia.

Siguió un largo silencio. No llegamos a adivinar la insinuación histórica del profesor. Sacó entonces de un abultado cartapacio un montón de recortes de periódicos. Los extendió pausadamente sobre la mesa. Hicimos corro alrededor de una impresionante exposición de fotos bélicas. Barcazas repletas de soldados, tanques, paracaídas, combatientes tendidos sobre la arena…

 -Son instantáneas de hace apenas dos años. De la segunda Guerra Mundial. Nos han ido llegando con cuentagotas. Yo las conservo porque convencido estoy de que no solo en años sino en siglos venideros se hablará de ellas como de un hito histórico para la Humanidad.

Nosotros no leíamos periódicos, ni oíamos la radio. Así que poco podíamos saber de los derroteros de aquella otra guerra  que siguió, en el intervalo de pocos días, a nuestra malhadada guerra civil. Tuvieron que ser los heroicos griegos de Salamina quienes nos introdujeran en los momentos históricos, que, sin saberlo, acababan de producirse escasos meses antes  a pocos kilómetros, en nuestra vieja Europa.

<<El llamado “Dia D” por los aliados de la segunda gran guerra  del siglo XX
 empezó a las tres de la mañana del pasado 6 de junio de 1944. Fue el Desembarco de Normandía. De hecho estaba planeado para el día 5. Una tempestad lo impidió. -¿Os acordáis que otro temporal retrasó también a Jerjes el traslado de sus tropas en el Helesponto?-
Ha sido la mayor operación marítima de desembarco conocida hasta la fecha. Comparable sólo a la que aquellos Persas montaron en la antigüedad para la invasión de Grecia.
El plan fue diseñado por dos grandes generales norteamericanos: Marshall y Eisenhower.
A lo largo de 80 kilómetros de playa, más de 150.000 soldados, respaldados por cientos de aviones y barcos de guerra, establecieron en menos de veinticuatro horas la primera “Cabeza de Playa”  que permitiría luego transportar de Inglaterra a Francia a más de tres millones de soldados e iniciar así la liberación de la Europa ocupada por otro tirano llamado Hitler.
La táctica que los aliados usaron para esta operación me recuerda también a la estrategia que el mismo Temístocles empleó en la batalla de Salamina: la desorientación del enemigo. Durante largos meses se hizo creer al ejército alemán que el desembarco se haría en el estrecho de Calais, en la reducida franja de mar que separa Inglaterra de Francia. De hecho, para engañar a los aviones espías nazis, el famoso general americano Patton había creado un gran ejército ficticio. Había sembrado enormes extensiones de terreno al sur de Inglaterra con tiendas de campaña vacías, tanques y aviones hinchables  y emisoras piratas falsas.
En las primeras horas del desembarco de Normandía murieron más de diez mil soldados.
Por detrás de las líneas alemanas que bordeaban la costa, no muy numerosas, puesto que el desembarco lo esperaban en otro sitio, se lanzaron varias brigadas paracaidistas.
Cuando se estableció el contacto entre estos paracaidistas y los soldados desembarcados en las diferentes cabezas de puente de la playa se consideró cubierto el objetivo.
El camino  de la liberación estaba abierto. La Resistencia Francesa iba destruyendo puentes y vías férreas para facilitar el avance. Dos meses después, el 25 de agosto de 1944, las tropas aliadas entraban triunfalmente en París>>

El episodio de Normandía no es más que un ejemplo. Tirando del hilo de los clásicos griegos y latinos ahondamos  con frecuencia en el intrincado ovillo no sólo de la Historia sino de muchos otros aspectos de la vida y de la experiencia cotidiana.
Si el Prefecto de Disciplina o un profesor te echaba una“Filípica” era sinónimo de la bronca que te habías ganado por tu mal comportamiento o tu desidia en los estudios.
Los alumnos de la Academia de Declamación nos aclararon en un acto público el sentido de esa palabra. Y recitaron fragmentos de los cuatro discursos, Filípicas de Demóstenes, un apasionado alegato contra la amenazadora ansia de poder de Filipo II de Macedonia sobre Atenas y las demás ciudades-estado griegas.

Demóstenes se convirtió así en un modelo de tesón indomable para los que pretendíamos en el futuro dominar el arte de la Oratoria. De él se contaba las numerosas dificultades que tuvo en su juventud para argumentar sus discursos y, sobre todo, los problemas de dicción y potencia de voz, objeto de burla para Esquines, su adversario en el Ágora de Atenas. Para corregirlos Demóstenes daba largas carreras recitando poemas con piedras en la boca. O se apostaba a orillas del mar embravecido  tratando de superar con su voz el estruendo de las olas.

Fue un gran acierto el iniciarnos desde tan corta edad en el mundo clásico de griegos y romanos.
No sólo porque “in situ” eran apasionantes las páginas y los innumerables episodios capaces de impactar la imaginación de mentes juveniles.
La Ilíada y la Odisea, esas dos obras de un cronista ciego llamado Homero, que son la peana sobre la que se asienta toda la literatura occidental. La Eneida de Virgilio, los poemas de Ovidio, las guerras de las Galias o la ya citada Anábasis, entre muchas otras más, todas eran una fuente inagotable de historias, mágicas intervenciones mitológicas, amistades, odios, intrigas y aventuras sin fin.

-“Todos somos griegos”. Lo dijo un poeta inglés, Percy Shelley. Esa frase es cita obligada cuando se habla de la influencia que ha ejercido la cultura griega en nuestra civilización. Así es. Queramos o no seguimos abrevándonos en manantiales griegos.

Era la reflexión del profesor de arte al culminar el curso del 48. Acabábamos de repasar minuciosamente, de cara al examen final, toda la escultura y la arquitectura de los griegos. Hubo  una encuesta en clase en la última semana  sobre el monumento más fascinante del arte griego. Ganaron “Las Cariátides”, estatuas de mujeres que sostienen como columnas el entablamento del templo Erecteion en la Acrópolis de Atenas.

Como colofón nos resumió el arte griego en dos palabras: proporción y“areté”. Difícil de entender esta última. Era, referida al arte, algo así como “equilibrio y excelencia al expresar la belleza”.
           
-Pero en la historia de los griegos la “areté” no se aplica sólo -continuó diciéndonos- a su arte. Se extiende también a la ciencia, a la filosofía, al teatro,  a la política.  La plataforma sobre la que se asienta la “areté” es la idea de la perfección. Acabar bien todo lo que se comienza. Ser capaz de disertar, razonar y actuar con éxito. Para un militar es la valentía y pericia en los combates. Es la astucia de Ulises e incluso de su mujer Penélope, cuando de noche destejía el pedazo de túnica hilado durante el día, para engañar a los falsos pretendientes al trono de su esposo. La areté permitió el paso de las creencias míticas a la razón y del desorden a la organización y a la democracia de las “polis” griegas.  Por eso destaca el pensamiento filosófico-ético-político de los grandes griegos como Pericles, Sócrates, Aristóteles y Platón. Cuando os llegue el momento, tenéis que estudiar siempre a estos autores bajo esta perspectiva. No lo olvidéis.

Cerró con parsimonia el libro de apuntes que nos había dictado durante largos meses. Parecía meditar, dudar incluso en lo que quería decirnos. Nadie se movía. Porque la costumbre era que los alumnos no se levantaran de su pupitre antes de que el profesor lo hiciera y diera la orden. Se incorporó sobre la tarima. Y dijo brevemente:

            -Los griegos tuvieron sus defectos.-dijo brevemente- A ninguno de vosotros se le ha ocurrido preguntármelo. Desde luego que no eran perfectos. Ahí está su fatalismo dominante durante siglos. El desprecio por los débiles y por los enemigos. La lacra de la esclavitud. La condición de la mujer relegada casi siempre a segundo término. El caso es que tenían el arma para superar esos fallos. Bastaba con sublimar y ampliar a esos campos el básico concepto de la “areté”. Fue lo que luego consiguió la cristiandad en sus primeros siglos. La “areté” griega se transformó desde el primer momento en lo que desde entonces conocemos como la “virtud” cristiana. Registrad también este pensamiento para vuestros futuros estudios de los Clásicos. No es el menor de todos los valores que nos ha aportado la cultura griega.

-Podéis salir.

Y recogimos nuestros apuntes y libros. Felizmente nos esperaba aún en años próximos un largo camino a recorrer por las calzadas romanas y los senderos bordeados de pinos y cipreses que marcaban la ascensión a las acrópolis griegas. Junto con el sentido de la disciplina  y de la responsabilidad fue esta temprana iniciación en las Humanidades Clásicas una impronta que conservaríamos toda la vida.



miércoles, 11 de noviembre de 2015

MUCHOS SON LOS LLAMADOS ( 11 noviembre 15 )

La última infancia y la primera adolescencia son etapas imprecisas, moldeables aún, idóneas para absorber como una esponja el cauce y la corriente que desde el exterior le van marcando sus educadores. Esa fue la etapa que nos tocó vivir durante un lustro de hierro entre los muros adustos, pero cálidos, de un antiguo convento.

El cauce por donde discurría toda la actividad diaria era la condición de “llamados” por designio divino. Ciento veinte jovencitos estaban tocados por la selectiva varita mágica de la “vocación” religiosa. Gran número de ellos se desplomaba en el camino. Ya lo decía la cita bíblica: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”.
Los elegidos, los selectos, serían los que decididamente se subieran al par de balsas que, en dos afluentes paralelos, conducían a buen puerto. Esas dos corrientes eran: la  religiosidad primero y, en paralelo, el esfuerzo por la formación académica y  buen comportamiento. Lo percibimos, como en otra parte ya he dicho, desde los primeros meses de nuestra estancia en San Zoilo. Cada uno hizo luego la travesía a su manera.

La perseguida formación integral “apostólica” incluía en primer lugar numerosas prácticas religiosas. Por repetitivas, seguro que para muchos, entre los que me incluyo, desembocaban en una tediosa monotonía.
Misa y comunión diarias. Confesión semanal los sábados. Rosario a primera hora de cada tarde. Las Ave Marías echadas al vuelo al sonar las campanadas del reloj como las palomas que salían sobresaltadas por los ventanucos de la torre. Ejercicios y retiros espirituales. Visitas al Santísimo. Pláticas. Charlas misionales. Novenas…

Además el concienzudo, nunca mejor dicho, Examen de Conciencia diario al anochecer. Después de una breve oración de acción de gracias, el “brigadier” desgranaba con voz queda los puntos del examen al centenar de alumnos, somnolientos, apiñados entre los bancos y la sillería monacal del coro de la iglesia, con el mudo acompañamiento del órgano fastuoso:

Examina aquí en qué faltas has caído durante el día:

            1º Para con Dios – Si al despertar por la mañana has levantado el corazón a Dios; y si has rezado devotamente tus devociones.
–Si has estado atento en la iglesia al ofrecimiento de obras, misa y comunión y si en el rosario y todos los demás actos piadosos has estado con la devoción y compostura debidas.
            2º Para con el prójimo. –Examina si has tratado con el debido respeto a tus Profesores y Superiores. –Si has murmurado de ellos o de otras personas, y si has guardado a todos las consideraciones debidas. –Si por una secreta envidia te alegras de que no salgan bien las cosas a algún compañero. –Si con tus palabras o con tu mal ejemplo has desedificado a los demás, y si les has inducido de alguna manera a faltar a la disciplina del seminario.
            4º Para contigo. –Examina si has faltado a los sagrados deberes de la aplicación no empleando bien el tiempo en las clases y en el salón de estudio. Si has faltado a la templanza en la mesa. Si has acudido al amparo de la Virgen al asomar alguna tentación.

Seguía una extensa oración a coro reconociendo las ofensas cometidas y proponiendo su corrección y satisfacción para el futuro.

El Padre Espiritual, al que se podía acudir en cualquier momento por algún problema particular, llamaba a los chicos periódicamente.

-¿Y qué le cuento yo ahora? -me decía Pablo- dame una idea, hombre
-Pues primero le saludas
-Buenas tardes, Padre –el guaje esbozaba una profunda reverencia y el ademán de besar la mano al sacerdote- Ya está. Ahora ¿qué?
- Ahora tú no te adelantes. Deja siempre que él te pregunte.
 -Bien
-Luego las cosas van saliendo solas como las cerezas. Y todo acaba con unos consejitos de andar por casa
-Vale –dijo sin entusiasmo.

Y el chaval salió de la sala de estudio cabizbajo, con una comezón en el estómago y la boca reseca igual que si  hubiera mordisqueado un palo de regaliz rancio.

Las grandes festividades religiosas, Navidad, Semana Santa, Santos Jesuitas como S. Francisco Javier, el mes de Junio dedicado al Sagrado Corazón… representaban a lo largo del año un plus de prácticas piadosas.
La más especial de las devotas manifestaciones que envolvían a los colegiales a lo largo del año era el mes de Mayo. Era un mes repleto de demostraciones de afecto y devoción a la Virgen María. Mes de las “flores”. De los “obsequios”. Papelitos que se escribían cada día ofreciendo una buena acción, sacrificios o promesas a la Virgen que se depositaban en los buzones de las clases.
El día 31 todos esos buenos deseos se quemaban frente a la hornacina de la Virgen de la Huerta adosada al muro que lindaba con el convento de las carmelitas. Asistía el colegio en pleno. Cada clase recitaba una poesía. La coral entonaba cánticos marianos a tres y cuatro voces. Del otro lado de las tapias el eco devolvía otras canciones de voces cristalinas y un enjambre de pétalos de rosas lanzadas por las monjitas de clausura.

La cúspide de la devoción a la Virgen se alcanzaba con la admisión a la verdadera élite del colegio: la Congregación Mariana. Se entraba en ella tras una meticulosa criba.
No pasaban todos la seleccion. Franquear el dintel de la Congregación constituía prácticamente un salvoconducto, el espaldarazo que confirmaba el arraigo del nuevo congregante en su vocación. Era la flor y nata de la casa.

Por ese barniz elitista, la dicha institución me produjo siempre una velada aversión.  Pero no había más remedio que bregar para llegar a ser "congregante".  
Había tres clases de congregantes: la junta, la corte, y el congregante raso. Sus miembros llevaban, para ponérselas todos los domingos y celebraciones importantes, medallas y orlas que les diferenciaban. Eran bandas, tamaño bufanda, para los de la junta. Amplia cinta para la corte. Modesto ribete para la clase llana.
Yo fui admitido tarde, en el tercer año, y nunca pasé de congregante mondo y plano. Motivos habría para ello.
Era la junta la que aprobaba, tras largas deliberaciones, a los nuevos integrantes de la Congregación.
Durante dos meses los candidatos recibían la categoría de aspirantes. Se les imponía en una reunión privada un cordoncillo con medalla.
Superado el balance positivo, se hacía la admisión en regla  con diploma acreditativo,  insignia y cinta ancha, en un acto muy solemne ante la estatua particular de la Virgen de la Congregación. Asistía toda  la comunidad.
Una vez admitido, podías añadir  a tu firma con todo orgullo las siglas “cm”: congregante mariano.

Comprobar el baremo que la junta aplicaba para admitir a los nuevos congregantes -la élite conviene recordar del alumnado- es subrayar hasta que punto tenían que ir unidos los dos aspectos básicos de un alumno ejemplar en San Zoilo: la religiosidad y el esfuerzo en los estudios y en la convivencia de la vida comunitaria.

Cada quince días se leían en público cinco notas generales: Deberes Religiosos, Conducta General, Aseo, Urbanidad, Aplicación al Estudio. La nota exigida para entrar en la Congregación era de 7 a 10 en cada una de ellas. Y una vez dentro…cuidadito!. Un solo 6 ó un 5 acarreaban aviso de expulsión. Si no se reparaban al cabo de un mes, el resultado era la exclusión automática de la institución mariana.

A partir de la lectura quincenal de notas planteaba uno de los jesuitas de San Zoilo. que fue director de la Congregación Mariana, el siguiente retrato ideal del estudiante carrionés:
            “…un alumno que entra en la iglesia o capilla con gran respeto y formalidad, que reza con devoción y modestia; que se porta en todas las circunstancias con verdadera responsabilidad de persona comprometida con el reglamento del colegio; que anda perfectamente aseado y limpio, tanto en su persona como en su dormitorio y demás enseres usados por él; que muestra ademanes adecuados, como persona fina, que sabe tratar a los demás con dignidad, pero con verdadera amistad, respetando la regla del tacto sin verdadera necesidad; que es un verdadero ESTUDIANTE, trabajo que desean de él sus padres, profesores educadores y superiores. Añádase a esto que, según la orden del Provincial, los inspectores o tutores tenían que dejar solos a los alumnos en estudios, composiciones o recreos, sin vigilantes, pues el que no cumpla con su deber por convicción propia no vale para la Compañía”

La aplicación del último punto, dejar solos a los alumnos, era muy relativa. Se solía aplicar en  gran parte con los alumnos de los últimos cursos. En general teníamos las veinticuatro horas del día a algún maestrillo que se ocupara de nosotros. Y sabíamos que el resto de profesores nos escrutaban además con el rabillo del ojo en todo momentopara indicar en su momento -“soplar” lo llamábamos- al Prefecto de disciplina las incidencias observadas.
Fue lo que a mí me pasó cuando en una de las lecturas de notas me escuché atónito:

-Y usted, joven, a ver si cuida un poco más sus uñas. Evitará el deterioro de algún libro de la biblioteca, lo cual es una manifiesta agresión al patrimonio común. Y ya sabe usted a lo que me refiero.

Claro que lo sabía. Fue un “soplo” del profesor que un día estaba solo conmigo en la biblioteca. Motivo: el rasguño que, en el azoramiento final de mis pesquisas, le hice al bíblico libro del “Levítico”, cuando acabé mi investigación sobre el sentido de la Purificación de las madres tras los cuarenta días de su “alumbramiento”.

Lo que de verdad disgustaba, a mí por lo menos, no eran los profesores que al fin y al cabo estaban para eso, corregir y dirigir nuestro comportamiento, sino los compañeros soplones. Y los había. Por aspiraciones personales  de los que catalogábamos como enchufados unos o porque con su cargo en la comunidad así lo tenían encomendados otros: encargados de clase, ediles, por ejemplo, o miembros de la junta y corte de la Congregación Mariana.  
Esta tenía sus reuniones o academias semanales. Se estudiaban en ellas temas sobre actualidad religiosa en España y en el mundo. Y se examinaba especialmente la actitud de los nuevos candidatos a la Congregación. Si tenían que llamar a alguno la atención lo hacían por breves recados escritos a los interesados: “Te has burlado a sus espaldas del profesor X”, “Llegas con frecuencia tarde a las filas”, “No se ve mucha aplicación en tus deberes religiosos”…La impresión de estar sujeto a un espionaje continuo por tus "modélicos" compañeros, aunque fuera supuestamente admitida para tu personal mejora,  se vivía en el fondo como una situación hiriente y desagradable.. 

Las prácticas piadosas eran iterativas y, por lo general, aburridas y monótonas. No era difícil por cierto adaptarse a ellas. Sin necesidad de sobresalir. Ese creo que fue mi caso. Y eso fue seguramente lo que me impidió subir peldaños en el escalafón del núcleo cimero de los congregantes.
Me salvó por otro lado, sin duda, mi  comportamiento de niño bueno y de tenaz trabajador en los estudios.
Rara vez bajé de ocho en una nota de estudio. Tuve por el contrario bastantes sietes en deberes religiosos. Porque, aun siguiendo de monaguillo, actividad que me venía de mi más tierna edad en el convento de las monjitas de Villandrando en Palencia, llegaba con frecuencia tarde o muy ajustadito a los oficios. Y, además, excepto en las actividades misionales de los veranos, nunca creo que destaqué por el ardor y cierto misticismo que muchos hacían patentes en la vida diaria.
Lo dicho. Lo justito en deberes religiosos. De siete. Pero, en fin, como se dice: “más vale un siete que un descosido”.

Predominó en aquellos años una acentuada rigidez en la formación espiritual. No era exclusiva de nuestro centro escolar. Tal rigor, dada la edad de los alumnos en incipiente maduración,  suele arrastrar acusados inconvenientes. Los escrúpulos y la casuística. La zozobra moral de no pisar en tierra firme. Que si consentías, que si no. Leve o grave. Venial o mortal. Y la continua tirantez  de la autoexigencia y la responsabilidad. Porque para entrar en la milicia ignaciana no bastaba con ser buenos, teníamos que ser los mejores.

Fuera de los tutelares muros de nuestra escuela predominaba entonces la imagen política idealizada del hombre perfecto, del caballero cruzado a la antigua usanza,  “monje-guerrero” austero y sacrificado. Era el trillado ideal falangista del “mitad monje-mitad soldado”. Utilizado con fines políticos, este slogan tuvo como resultado el adoctrinamiento y la construcción de una mística militarista de masas que fue el origen de tanta catástrofe entre las juventudes de media Europa. 
Una de las ventajas de nuestro aislamiento en el reducto privilegiado del monasterio carrionés de San Zoilo fue encontrarnos al abrigo de esa especie de mística contaminación.

En nuestro colegio existía es verdad un concepto severo de la disciplina y del trabajo académico, y un entrenamiento constante, machacador y por lo general tedioso, en el terreno de la religiosidad.
Pero puedo asegurar que distaba mucho del ambiente militarista. El colegio de San Zoilo no era un “cuartel de niños”.
Admitir el orden como pauta de comportamiento le da al adolescente un patrón de seguridad que evita las continuas pulsiones enfrentadas propias de la edad. Para conseguirlo hay que saber presentar a los alumnos una serie de obligaciones, sin tenerle miedo a esta palabra, que le tengan constantemente ocupado.

A los alumnos de San Zoilo no les quedaba tiempo para el aburrimiento. Las actividades religiosas podían ser  en algunos momentos apabullantes. Las académicas abrumadoras.  Pero había otras muchas, que se imbricaban incluso con las anteriores, compensatorias, atractivas y gratificantes: deportes, teatro, salidas al campo, filatelia, fotografía, concertaciones, academias de todo tipo, observación directa de la naturaleza, música y… tiempo, mucho tiempo, para la lectura que, junto con el crédito de buenos maestros, es una baza definitoria  en  el periplo futuro de cada escolar.

Ora et Labora. La textura de la formación integral del apostólico carrionés era simple y al mismo tiempo sólida. Un bastidor de base sobre el que se tensaban los cabos fundamentales. Luego se iban pasando, al haz y al envés, los hilos que formarían la trama definitiva, el quehacer diario, aparentemente monótono, pero moteado en el fondo con una gran variedad de actividades.

martes, 3 de noviembre de 2015

ULTIMO DIA EN VILLAMEZ ( 3 noviembre 15 )

A todos les costó mucho  despertarse  a las siete del día siguiente. La campanilla matinal, sonajero diario para espabilar a los colegiales, susurraba apagada y lenta como una pesada niebla invernal. Y sin embargo era un día espléndido. Diáfano y soleado. Como solían ser las “mañanitas del Rey David”, en la segunda quincena de Junio. Muy cerquita ya de las fiestas de San Juan. Y en vísperas de los exámenes finales.

 -Hoy, día de campo -fue corriendo la voz por todos los dormitorios

Sería quizás la última salida del año a la alquería de Villamez. Estábamos encantados con la noticia de no tener clase. Porque, con la resaca del día anterior, hubiéramos estado en las aulas hostigados el día entero por las provocaciones del dios Morfeo.

Gran parte del camino estuvimos acompañados por tres rebaños de ovejas que ocupaban toda la calzada.  Procuramos adelantarlas para evitar pisar la siembra de granitos de café que iban dejando entre la polvareda de sus patas. Los perros pastores les impedían pastar por las cunetas, porque no era bueno que comieran la hierba todavía húmeda por el relente de la madrugada.

Pasamos el paseo de ida conversando con nuestro maestrillo preferido, el profesor de Historia.

 -A ver. Empecemos por lo negativo. Lo que menos os gustó de vuestra visita  de ayer a Burgos

La repuesta fue unánime. Las Huelgas.

-Era bonito. Pero después de comer… -dijo como justificación uno de los excursionistas- era algo así como si el Arte se te atragantara
-Mas bien no os dijeron algo que os hubiera atraído la atención –comentó el maestro en tono complaciente- Ignorabais, por ejemplo, que el rey Alfonso VIII, el de las Navas de Tolosa, fundador y morador eterno de ese monasterio después de su muerte, estuvo aquí en Carrión de los Condes innumerables veces…
 -Pues no, de eso no sabíamos nada
 -Aquí estuvo, por ejemplo, hacia 1180 para firmar los fueros de algunas villas cercanas. Y unos años después se reunió en Carrión con su primo Alfonso IX para firmar los pactos que, como última consecuencia, desembocarían en la anexión del reino de León por el de Castilla. Alfonso VIII fue amigo de trovadores y sabios. Influencia de su esposa doña Leonor. Ellos fueron los impulsores de la primera universidad española que se comenzó muy cerca de aquí. Se llamó el “Studium generale” de Palencia, embrión de la futura gran Universidad de Salamanca.
-El Arte -prosiguió el profesor- se saborea más cuando se le coloca en su contexto histórico. La Historia y el Arte, recordadlo siempre, van persistentemente de la mano. Son dos hermanos inseparables.
-¿Es verdad –preguntó uno de los chicos- que la abadesa de las Huelgas era muy mandona?
-Ya lo creo que mandaba. Esa abadía se convirtió en un señorío territorial muy extenso. La reverenda  abadesa de las Huelgas tenía extraordinarios poderes religiosos y civiles sobre numerosos obispos y nobles de la región
-¿Y a santo de qué?
-Pues por el rango que las abadesas tenían. Casi todas fueron de sangre real y llegaron a tener más autoridad que las mismas reinas. Lograron  gobernar sobre cerca de setenta villas y  dominar arbitrariamente doce monasterios. Tanto se les subió el poder a la cabeza que algunas se atrevieron a predicar en público y a oír en confesión a sus monjitas.
-Vaya escándalo, ¿no?
-Sí. Fijaos si llamó la atención en todo el mundo esta situación que un cardenal romano llegó a decir irónicamente que si el Papa llegara a casarse algún día, debería ser con la abadesa-papisa de las Huelgas
 -Así todo quedaba en casa, ¿eh?! –se atrevió a puntualizar el que estaba más cerca del profesor- Pero enseguida se arrepintió del comentario y, más rojo que una guindilla,  se escabulló a toda mecha del grupo.

Al llegar a la finca de Villamez, unos cuantos fuimos a conversar con los pastores que habían acampado en unos prados cercanos. Conversar con ellos fue durante una época una de nuestras distracciones favoritas.

Porque en clase de literatura se había hablado de algún comentario del escritor Miguel de Unamuno sobre la sabiduría de los pastores.
Declaraba Unamuno su inclinación a pasear con los cabreros. Le enseñaban a pensar. El pastor tiene todo el tiempo del mundo para cavilar. Para imaginar a sus anchas y calibrar sus conocimientos. Y para detectar cada día rincones nuevos para la reflexión.
Por eso también el lenguaje de los pastores castellanos que conocíamos era un modelo de precisión. La frase exacta. El epíteto adecuado. Estos cabreros nada tenían que ver con aquellos rebuscados y melifluos de las églogas o novelas pastoriles del Renacimiento. Aquellos bucólicos pastorcillos  eran una evasiva, un mero recurso literario. Iban ataviados con unos modelos y una cursilería trovadoresca en el lenguaje que en nada coincidía con los verdaderos gañanes y porquerizos de su época.

-A estos pastores de ahora nadie  les tiene en cuenta. Pocos son los hombres cultos, como Unamuno, que se acercan a unos humildes guardianes de ganado para conocer la auténtica reflexión sabia y  la entraña de la lengua. Porque el lenguaje lo hace el pueblo. No los eruditos. Estos, a lo más, lo desmenuzan y disecan. Y luego nos lo presentan enlatado en sus estructuras gramaticales.

Tal vez se pasaba dos pueblos el profesor de Castellano con este repaso a los intelectuales. Pero se le entendía muy bien lo que quería decir.

Leoncio, Martos, Elpidio. Recios pastores curtidos como antiguos odres, rebosantes del sentido común que imprime el roce constante con la naturaleza. La vida de cada uno modela su lenguaje. El  suyo era la voz de los arroyos, los barbechos y los pastizales donde pacían sus rebaños. Aprendimos mucho de ellos. Y, de rebote, les enseñamos también a corregir algunas faltas de lenguaje (¿o tendencias, tal vez?) que eran frecuentes en el habla de las capas menos cultas de la región. Eran los famosos pretéritos que tanto nos llamaban la atención. Los “dijon”, “puson”, “trajon”, “vinon”… en vez de dijeron, pusieron, trajeron, vinieron…

Y ellos, disciplinados, llegaron a corregirlo. Elipio riñó y todo en casa con su “parienta” al intentar enmendarla.

-Que nos lo “dijeron” ayer los chicos de San Zoilo….que no se dice ni “dijon” ni “vinon”
-Anda ya, “remilgao”… -le contestó ella- “Pos” no. “Ende” que empezó a hablar mi abuela y los abuelos de ella “habemos” dicho  siempre así: “trajon” y “vinon”…
-¿Y tú como lo sabes?
-Hombre, es un suponer
-Los chicos nos han dicho que ya los pastores  hablaban como se debe desde que escribió Cervantes-¿Y ése quién es?-Mira que eres inculta, Palmira
-Ya, ya… “dijo la sartén al cazo… señorito Elipio¡¡”

Palmira dio un portazo y ahí se terminó toda discusión.

-Es lo de siempre –recapituló el pastor- unos nacen pa la siembra y otros pa la molienda…y a ver quién es el  salao que en dos envites cambia el barbecho en tierra de labrantío..¿eh?

Por la tarde, en el camino de regreso al colegio, el profesor quiso indagar más sobre nuestras impresiones de la visita del día anterior a Burgos.

 -¿Qué os pareció la Cartuja de Miraflores?

Hacía apenas veinticuatro horas que, en otro crepúsculo vespertino muy diferente, salíamos de la cartuja burgalesa.

El último detalle gravado en nuestra retina era el de una capilla vacía. En el testero una estatua. San Bruno, fundador de los cartujos. Con él había soñado yo la noche anterior.

La soledad y el silencio, en efecto, fueron los rasgos que más nos impresionaron en este monasterio a tres kilómetros apenas de la ciudad de Burgos. El silencio del paraje boscoso a orillas del río Arlanzón. Y el silencio de sus moradores.

-Las reglas de los monjes cartujos sólo les permiten hablar lo menos posible -nos dijo uno de los sirvientes laicos, llamados “donados”, que nos acompañó durante todo el recorrido.
- A mí me han dicho siempre –intervino uno de los alumnos- que los ermitaños no hablan nunca. Y que dicen únicamente cuando se cruzan: “Morir habemos”, y responde el otro: “Ya lo sabemos”
-No sé si eso será cierto en otras órdenes claustrales. Pero no es verdad si se refiere a los cartujos.

<<Tenemos, eso sí, nuestras normas de silencio. Nunca se puede hablar en la iglesia ni en los pasillos. Ni en el refectorio. Sólo hablamos en contados momentos del día y en los paseos dominicales. Y en el trabajo. Pero la conversación debe ser lenta, breve y espaciada. La mayor parte de las veces los monjes se comunican con misivas escritas que depositan en las casillas que tiene cada uno en la sala común o del capítulo.
Este silencio mitigado, va parejo con la vida solitaria, mezcla de soledad y vida en común, que llevan los cartujos.
Su fundador, San Bruno, se retiró, hace ya nueve siglos,  con otros seis compañeros a una zona de los Alpes, cerca de Grenoble en Francia. Formaron un eremitorio. Cada monje habitaba en su casita o ermita y trabajaba su huerto. Se reunían varias veces durante la jornada para orar juntos y celebrar los ritos de las horas litúrgicas.
Eso es lo que seguimos haciendo los cerca de treinta monjes que tenemos el divino privilegio de habitar la Cartuja de Miraflores. Y en un entorno, además, maravilloso que sin duda os va a gustar. Primero por sus muestras de Arte y luego por lo que hay detrás de estos austeros muros y que luego os explicaré.>>

Es difícil imaginar, al llegar a la explanada  del crucero que da acceso a la Cartuja, los tesoros que puede encerrar una construcción aparentemente  tan reducida. La iglesia es de una sola nave. Antes de llegar a su cabecera  hay que atravesar tres coros separados por rejas y retablos destinados a los laicos, los legos y los padres.

Y de pronto, una extraordinaria concentración de obras  de arte.

Boquiabiertos quedamos ante dos de ellas: el retablo mayor de Gil de Siloé, de madera policromada, terminado en 1499, punto culminante del último gótico europeo.

Y del mismo autor, a los pies del impresionante retablo, el sepulcro del rey Juan II de Castilla.

Este rey regaló a los cartujos su pabellón de caza en las inmediaciones de Burgos. Un incendio destruyó el primer monasterio cartujo. El actual, denominado Cartuja de Santa María de Miraflores, se terminó impulsado por la hija de Juan II, Isabel la Católica.

La idea de la reina fue convertir el templo en el panteón de su padre y de su esposa doña Isabel de Portugal.

El resultado fue una obra única de exuberante belleza escultórica.
         
Para calibrar la impresionante belleza del panteón real, sólo hay que recordar el comentario que, según cuentan, hizo el rey Felipe II en su visita a Miraflores:

-¿Y para eso, me pregunto, acabo yo de construir El Escorial?! –dijo, anonadado ante el mausoleo de sus antepasados.

Señalando la puerta por donde los monjes, después de haber dormido apenas cuatro horas, entran a medianoche para los cantos de Maitines y Laudes, nuestra guía nos describió la vida del cartujo, sus celdas que son como austeras y diminutas casas individuales, sus trabajos:”ora et labora”, la alegría que impregna la vida de los cartujos impulsada precisamente por todas las privaciones que libremente ellos se imponen

-Y ahí estamos; humildes, sin ninguna aspiración terrenal, consagrados a la oración y al trabajo. Con la solidez que describe el escudo de la Orden de los Cartujos. Siete estrellas, representando a los fundadores, envuelven una cruz sobre la bola del mundo. Y una leyenda dice: “Stat crux dum volvitur orbis”. ¿Alguien sabe traducirlo?

-“Está la cruz en pie mientras el mundo gira”, tradujo alguno rápidamente.

 -Que Dios os bendiga

El sol poniente alzaba las doradas piedras de la iglesia sobre los tejados del monasterio. Los pináculos que coronan sus fachadas parecían los guardianes de tanto tesoro artístico y espiritual escondido en la inolvidable Cartuja de Miraflores.


-¡Eh!, ¡eh! –comentó el profesor- me parece que por aquí ronda el “recuerdo de Sthendal”

            -¿No quedamos en que eso sólo pasaba en Florencia, Padre?



RECORDANDO A STHENDAL ( 3 noviembre 15 )

Eran escasas las salidas fuera de la dorada jaula de San Zoilo. Las salidas semanales a la finca de Villamez no eran propiamente tales. El caserón del campo y la casona del monasterio se fundían en una entidad única. 
El cordón umbilical que los trababa eran los senderos, regatos y rastrojos del camino.

Una vez al año los colegiales se desplazaban al pueblo de Carrión  para la procesión del Corpus. 
Partía de la iglesia de San Andrés y recorría las principales calles de la villa. Balcones engalanados con banderas nacionales, con colchas multicolores o con enramadas de trepaderas y flores silvestres. Los pétalos de rosas sembraban de color el viento al paso de la monumental custodia.  Olía a incienso y primavera.

Nosotros desfilábamos, serios y fervorosos, conscientes de que ésa era una de las pocas oportunidades para que el pueblo de Carrión espiara a la muchachada oculta en el vetusto caserón del otro lado del río. El mejor traje. La corbata bien anudada. La raya del pantalón recta.  El planchado del pantalón bombacho se hacía con esmero la víspera, mojando la raya y manteniéndolo bajo el colchón durante toda la noche.
Y contaban las malas lenguas que, durante la sacramental procesión, quienes se apostaban en los rincones más propicios para escudriñar nuestra parada eran las adolescentes quinceañeras y las mozas más vacilonas del lugar. 
Mientras Pablo estaba en el colegio me martirizaba a codazos para que le enseñara donde se apostaba Anita para vernos pasar.

-Y yo que sé, chalao, pues no hace años ya de eso...
-Pero yo bien sé que todavía no se te ha ido de la cabeza...y los ojos siempre se disparan hacia donde está el corazón, chiquillo
-Anda, cállate, que nos están mirando

También recorríamos el pueblo en las frescas amanecidas de los sábados del mes de mayo. Rosarios de la Aurora. Se cantaba un misterio y se rezaba otro hasta llegar hasta la plaza de la Inmaculada, en  el lateral de la parroquia de Santa María. Repicaban las campanas a nuestra llegada. Desde la esquina del porche románico la Sra. Feli  y tía Carmen echaban al vuelo un beso emocionado.
A la vuelta se unían a las últimas filas las “Hijas de María”. Sus voces temblorosas y atipladas sobresalían sobre las nuestras cansadas por el largo camino de subida.

Esporádicas eran, un año así y otro también, las escapadas  urgentes para ayudar a la extinción de los frecuentes incendios que en el pueblo se declaraban. Las campanas de todas las iglesias, incluidas las de la torre de San Zoilo, tocaban a rebato.
Los dos cursos de los mayores, los Hermanos y todos los maestrillos libres acudían a arrimar el hombro. A nadie se le ocurría lla mar alos inexistentes bomberos. Desde el pilón de dar de beber a las mulas, desde la fuente del mercado viejo y aun desde la orilla del río se formaban largas colas, hormigueros humanos que transportaban azorados el agua de mano en mano en herradas y baldes desportillados.

El último  y más  espectacular  incendio al que asistí fue el de La Lanera de Carrión con peligro para más de medio pueblo. Las llamas lamían como furiosos canes los tejados cercanos. En el más próximo, pegado a las fauces de la fiera,  lanzándole el último cubo  de la cuerda, sobresalía la sotana de uno de los maestrillos de San Zoilo que no se apartó del lugar hasta que remitió la fogata. Cuando se extinguió el peligro el pueblo entero le dedicó una ovación agradecida.

Y luego estaban las idas al Cine Sarabia. El sitio era para mí un ramillete de resonancias infantiles. Era una preciosa sala, sólo superada por alguna de la capital, con patio de butacas, palcos y galería alta general, también llamada gallinero. Como los mejores teatros del siglo XIX
.
Era también sala de cine. Antes de entrar en San Zoilo iba yo a las películas, toleradas para menores, de los sábados y domingos. Media peseta costaba la entrada para los niños. Y si no la teníamos se buscaba la manera de deslizarse uno entre los pesados cortinones color burdeos de la puerta y trepar hasta la galería que asimismo la llamaban “gallinero”. El sitio hacía honor a su nombre. El griterío era ensordecedor cuando el sonido de los altavoces no llegaba a la galería. O en las películas del oeste, cuando el pataleo general aupaba al chico a la victoria final o al último beso conquistador de su anhelada dama.
Al gallinero se le llamaba también “paraíso”. Cuentan que en la inauguración de la sala la compañía española más famosa de entonces, la de Enrique Rambal, representó “La Pasión”. Al llegar el momento de la crucifixión el Buen Ladrón le dice a Jesús: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Y Jesús le responde: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Desde el atestado paraíso-gallinero una voz potente le replicó sobre el discreto silencio de toda la sala: “Pues ya puedes darte prisa, porque aquí no cabe ni Dios”

Al Teatro Sarabia, con llenos totales, íbamos a representar nuestras comedias más conseguidas y  en él daba recitales el coro del colegio.


Allí asistimos a los primeros largometrajes sonoros del cine. “Pastor Angelicus” sobre PioXII. “Forja de Almas” que contaba las actividades del P.Manjón en el Albaicín y el Sacro Monte de Granada. “La Canción de Bernadette” con el fondo de las apariciones de Lourdes.
Eran cintas naturalmente de tema religioso, pero no por eso dejaban de abrirnos la gran ventana del cine que en esos momentos se desplegaba ya con una proyección decisiva sobre los nuevos tiempos.


Me impactó especialmente un film italiano. “La corona de Hierro” del año 1941. Una mezcla de mitología clásica manejada con pinceladas de  cine americano. El protagonista, postergado en sus años jóvenes, trata de reconquistar su honor. Se había criado en los bosques, protegido por feroces alimañas. Recuperada su hidalguía,participa en la rebeldía contra un rey usurpador, y llega a ceñir la Corona. ¿Se trataría de la famosa corona de “Los Lombardos?

-En todo caso -comentaba en nuestros corrillos culturales el profesor de Historia-  la película será una inyección para el patriótico nacionalismo italiano
 -¿La Historia de España –sugirió alguien- no tiene sucesos parecidos a esa relato?
-A porrillo…dijo otro
-¿Y por qué, se puede saber, no los explotan los señores de nuestro cine?
-El cine español está tomando otros derroteros –añadió el profesor- No me atrevo a “epitetarlos”, pero me parece que difícilmente emprenderán el vuelo de las águilas…

Los mayores íbamos a los pueblos cercanos los domingos de primavera  por la mañana.  Dábamos  charlas a los asistentes en la media hora anterior a la misa mayor. El tema: los misioneros y su heroico quehacer en las misiones de China
.
El desplazamiento más largo, doce kilómetros, fue hasta Frómista. Este pueblo tiene la iglesia románica -me atrevo a decir- más armónica y bella de toda España. En mis apuntes minuciosos de arte estaba subrayada en triple.

Salí emocionado y medio mareado por haber podido hablar dentro de un recinto tan especial. Creo que divagué en mi discurso. Porque mi atención cabalgaba a rienda suelta por la proporción perfecta de las tres naves limpias y equilibradas, por las pilastras y sus capiteles, todos diferentes.
El sol más diáfano del año se colaba por la estrecha trompeta de los ventanales rasgados en los espesos muros. Sus rayos, partiendo de los ventanucos de los tres ábsides de cabecera, cortaban a los que descendían desde el cimborrio del crucero. La luz doraba las piedras y una especie de neblina áurea invadía la nave central  y su floresta de magníficos capiteles.

Impresión semejante me invadió en otra dominical visita que nos llevó al pueblo de Villarcázar de Sirga, a cuatro escasos kilómetros de Carrión. Tenía este pueblo una iglesia fortaleza inacabada de origen templario.
           
-Un “templazo” –dijo, aludiendo a los rasgos militares del conjunto, el profesor que nos acompañaba- Mitad monjes y mitad soldados eran estos enigmáticos Caballeros del Temple

La construcción incompleta no le quitaba empaque a la iglesia monumental. Un pórtico altísimo. Inicios románicos en el interior y terminación en un gótico primitivo con elevados arcos ojivales y bóvedas de crucería. Un ejemplo de cómo el arte gótico fue sublimando al arte románico, arraigado en el terruño, hasta elevarlo a la altura de los pináculos estilizados y de las torres proyectadas hacia el azul del cielo en las grandes catedrales.

Aparte de la monumentalidad  del conjunto hubo varios detalles que nos impresionaron. El retablo del altar mayor con las tablas hispano-flamencas del “Maestro de Sirga”.  Y la filigrana de los sepulcros del Infante Don Felipe y de su esposa Leonor de Castro.
D. Felipe era hermano de Alfonso X el Sabio. Y allí al lado está precisamente la imagen de “Santa María la Blanca” a quien el rey-poeta dedicó en galaico-portugués las famosas cuatrocientas “Cantigas” en loor de  Santa María y de sus milagros.


Santa Maria loei
 loo e loarei.

Rosa das rosas
e Fror das frores, 
Dona das donas,
Sennor das sennores


Santa Maria,
Strela do dia,
Mostra-nos vía
pera Deus y nos guia

La arquitectura y la poesía iban de la mano entre las piedras doradas del templo fortaleza. Fuera, las amapolas daban las primeras pinceladas del verano a los trigales de la llanura castellana.
A la salida del templo, el profesor nos comentó a los que nos veía mas ausentes:

-Me va por la cabeza que habéis estado más pendientes de las viejas piedras que del mensaje que venías a dar a vuestros oyentes, ¿o no?...
-Yo creo que debíamos -dijo uno- hacer más salidas de este tipo, de visitar obras de arte, digo
-Con todo lo que hay por estos alrededores
-Usted nos dijo una vez –recordó otro alumno- que esta provincia acumulaba uno de los centros más importantes, sobre todo en arte románico, de toda España
-Bien -aseguró el maestrillo- Algo, creo yo,  que podremos intentar hacer

Paseando bajo los negrillos de la huerta le comentamos al profesor de Historia la impresión  de “atontolinaos” que nos habían dejado los monumentos de Frómista y Villasirga.

-Tengo un recuerdo –dijo el maestrillo- de mi paso por la Universidad de Salamanca. En una de las clases se nos habló del escritor francés Stendhal. Un profesor, no sé si fue de Literatura o de Historia del Arte, hablando  de la ciudad de Florencia,  nos comentó que ese novelista francés había pasado el día entero contemplando iglesias, fachadas, cúpulas, galerías, museos de escultura y pintura que hacen de Florencia el paradigma de belleza renacencista de toda Europa. Al caer de la tarde, cuando iniciaba la última de sus visitas, cuenta el mismo Stendhal, tuvo que desistir porque el corazón le latía con fuerza, se le nublaba la vista y temía caerse desplomado. El catedrático terminó diciéndonos: “Esta es una inconfundible reacción romántica ante la acumulación  de belleza y el exceso de deleite artístico”. Creo que a alguno de vosotros, los  actuales adolescentes románticos  de la edad del pavo, le puede  también haber rozado, ante la belleza de ciertos monumentos artísticos, la pluma  del ángel que aquella tarde derribó a Stendhal en la ciudad de Florencia. Y que universalmente se conoce como "El Síndrome de Sthendal"

-No creo que sea para tanto…-acertó a decir uno de los chicos, el menos apabullado por el brillante discurso, uno de tantos, al que nos tenía acostumbrados ese profesor. 

La promesa del maestrillo a la salida del templo-alcázar de Villasirga  tardó en cumplirse poco más de tres semanas. Y sobrepasó con creces los límites que nos habíamos propuesto.
Embutidos desde primeras horas de la mañana en  la vieja furgoneta del colegio hicimos los mayores una larga excursión a la ciudad de Burgos. 
La  denominada, por apodarla de alguna manera. furgoneta, era un renqueante y  protohistórico vehículo. Con el volante a la derecha. Lo conducía el Hno. Castro. Servía lo mismo para llevar gente a la capital que para cargar patatas en los campos cercanos. 
Luis Castro era un gran músico. Compositor de canciones y de las numerosas comedias musicales que representábamos en las navidades.

-Supongo -se atrevió a comentar uno de los viajeros- que además de llenar el depósito le habrá usted compuesto, Hermano, algún motete o algún himno para animar a este cacharro…
-Y que nos lleve enteros a destino –dijo otro mirando a las ruedas más lisas que un pergamino antiguo

El Hno. Castro tarareó los primeros compases del “Himno de la Legión” hasta llegar al final de la primera estrofa :  Mas, si alguno quién era le preguntaba, / con dolor y rudeza le contestaba:
Y todos a una, a voz en cuello, le replicamos: … soy el novio de la muerte / que va a unirse en lazo fuerte / con tan leal compañera
El padre que nos acompañaba cortó el himno con un gesto rápido.
Y para que todo no quedara en una laica manifestación de tintes tétricos, nos hizo rezar tres Avemarías implorando la protección de la Virgen del Camino.

Castro se sentó al volante. Detrás de él nos incrustamos, como sardinas enlatadas, los once alumnos de quinto curso más el profesor.
Yo iba en la parte trasera. El bamboleo de la carraca y el olor a petróleo mal quemado me duró una temporada larga.

Pero llegamos a la meta. E incluso volvimos. Fue una jornada inolvidable. Por el transporte. Había que parar cada poco. Para que los cuerpos de los viajeros salieran a tomar aire y recuperaran su elasticidad. Y para que los "caballos" de la furgonetilla tomaran algún resuello. Y luego el recorrido por la monumental "Caput Castellae", la ciudad de Burgos.

Pasado el arco monumental de Santa María, una de las doce puertas del Burgos medieval de la que se habla en el Cantar de “Mio Cid”, avistamos la catedral. Imponente la fachada y sus  dos esbeltas torres rematadas con las agujas de los chapiteles. Detrás las torrecillas  de la Capilla del Condestable y la linterna del crucero.Todo en un conjunto de maravillosas proporciones.
Conseguimos un guía. Un “cicerone”. Era un viejito cultísimo que nos condujo por losmás intrincados secretos del monumento. Desde el arcón de Mío Cid y el Papamoscas hasta la maravilla de la Escalera Dorada y el sepulcro del Cid y Jimena bajo la linterna del crucero.
El profesor apoyaba las anécdotas del “cicerone” con observaciones sobre  la arquitectura gótica. Coincidían con los detalles que teníamos  en los apuntes de clase, dictados por él mismo.

Nos permitieron acceder a los corredores y galerías exteriores junto a pináculos, contrafuertes y balaustradas centenarias flanqueando el fabuloso cimborrio del Condestable.  Y sacamos fotos que luego revelaríamos en el modesto laboratorio del colegio.

Poca atención le prestamos al monasterio de Las Huelgas que vimos a continuación. Efectos del cansancio. Aunque nos recordó momentos cumbres de la Historia de España. Porque allí está el sarcófago de Alfonso VIII, el de Las Navas de Tolosa, y de su esposa Leonor de Plantagenet, fundadores del monasterio.

Después de comer descansamos de las duras caminatas por la ciudad en un cine de estreno en el Espolón. La película fue muy alusiva a nuestra condición de alumnos de un colegio de jesuitas. Se llamaba “El Capitán de Loyola”. “Un héroe, un caballero, un santo”, decía el folleto de presentación. Su argumento: la vida de San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, desde sus aventuras juveniles hasta la constitución de la Orden. Guión cinematográfico de José María Pemán.

La última visita fue a la Cartuja de Miraflores, orillas del río Arlanzón, a tres kilómetros de la ciudad.

Era noche cerrada cuando llegamos de vuelta a San Zoilo. El portero preguntó:

-¿Qué tal?
-Planchados -le contestó alguno, mientras corría renqueando hacia el dormitorio

Yo esa noche, por la inolvidable impresión que me produjo  la visita a Miraflores soñé  que volvía a la cartuja y me convertía en monje silencioso de por vida. Alguien me zarandeaba para despertar. Pero yo no podía responderle. De tanto estar callado se me había fundido la lengua con el paladar. Además ya no era yo. Era una estatua. La del fundador, San Bruno, que está a la entrada del templo. Desde mi hornacina oía los comentarios de la gente sobre el realismo de mi efigie.  

-¡Qué maravilla! Si parece como que quisiera hablar
-Pero no puede, hombre…¿no sabes que es cartujo?