domingo, 29 de noviembre de 2015

AGUR JAUNAK

Verano del 49. A finales de Junio los que aún se quedaban entre los muros de la gran casona nos dedicaron una despedida emocionante. Cerca de treinta "pipiolos" comenzamos asustados la andadura carrionesa cinco años antes. Sólo quedábamos diecinueve. Firmes y maduros. Baqueteados eso sí y pasados por el cedazo de una meticulosa y férrea formación espiritual y humanística. Con los acordes del "Agur Jaunak" ("adios amigos"),  interpretado por el coro colegial, fueron ascendiendo hacia las ménsulas del claustro plateresco todos los recuerdos y experiencias de aquellos años recios y felices. Y allí quedaron esculpidos para siempre.
         
El último acto de fin de curso, el de nuestra despedida, tuvo un invitado de lujo. El poeta jesuita Ramón Cué, antiguo alumno de Carrión. Acababa de ser ordenado sacerdote y nos dio un recital con la mayor parte de poemas que luego publicó en su libro “Mi Primera Misa”, entre ellas el poema dirigido a su madre: “Con Lino Blanco de Bodas”.  Impresionaban sus versos, declamados con cuidada expresividad, y subrayados por el estudiado y barroco revoloteo de su manteo sobre la escena.

Ramón Cué fue alumno de San Zoilo durante los años de 1926 a 1930. Alumno brillante. “Meritissimus”, le describen  los  Cuadros de Honor de aquellos años. 

Cué se quedó varios días en el colegio, jaula  ya vacía y callada, tras la desbandada estival de todos sus bullangueros moradores.
Yo bajaba  algunos ratos  a San Zoilo, sobre todo para darme un buen chapuzón en la piscina y vagar a mis anchas por la huerta, picar el resto de cerezas o brevas que aún pendían de los frutales y registrar en el pluviómetro esos últimos días las temperaturas diarias –máximas y mínimas- la humedad ambiental o las escasas lluvias de los días veraniegos.
A Ramón Cué le entusiasmaba descansar deambulando pausadamente por las tranquilas veredas de la huerta, se acercó varias veces a ver mi faena metereológica. Luego seguíamos paseando por los viales en sombra entre chopos, negrillos y árboles frutales.
Fue entonces cuando, a una pregunta mía, me describió las peripecias pasadas por los jóvenes jesuitas exiliados por la II República Española como consecuencia del fulminante Decreto de Disolución de la Compañía de Jesús el 31 de enero de 1932.

            - Para que entiendas un poco el tipo de organización en la que te vas a meter. Nos echaron “legalmente” de España por ser una Orden Religiosa “con obediencia a un poder extranjero”, dijo el P. Ramón.
            -¿Qué poder era ese? pregunté yo desorientado.     
-Un país descomunal y muy peligroso: el Vaticano
-Sigo sin entender
-Al terminar su formación, más o menos a los treinta años, los jesuitas hacen un voto especial de obediencia al Papa…
-Pero eso no querrá decir que todos los jesuitas, comenté yo, tengan que enrolarse en la Guardia Suiza del Vaticano, que, según tengo entendido, no pasa de un centenar de soldaditos de plomo ataviados con una indumentaria del siglo catapum…
-Nos dieron de plazo diez días para abandonar el noviciado o abandonar España. Todos los que entonces estábamos en Salamanca,  adonde tú vas a desembarcar  dentro de poco, más de doscientos, salimos sin dudarlo camino del exilio. Partimos sin rumbo cierto. Hacia Bélgica. Los jesuitas del Colegio Saint Michel de Bruselas nos albergaron una temporadita en un anexo del centro escolar sobre colchones tirados en el suelo. Luego nos instalaron a los novicios en la comuna de Marquain.
-¿El exilio duró…?
-Cinco o seis penosos años de diáspora por toda Europa. En Marquain,  un barrio de la ciudad de Turnai, vivimos los novicios en la escasez y pobreza más austeras. Las palanganas con que nos lavábamos servían  luego de fuentes en la mesa. Llevábamos de un sitio a otro las sillas. La luz era escasa. Todo era reducido y estrecho…

Lo dicho confirmaba la información que Teobaldo me había dado dos veranos antes en mis cortas vacaciones en Velilla de Guardo. Sentí un vivo deseo de encontrarme de nuevo con el de Peña Labra. Porque, además, tenía que completar su relato con otros detalles que seguramente él ignoraba.
No sabría, por ejemplo, que, a pesar de la expulsión, uno de los pocos colegios de jesuitas en España que siguieron su actividad, aunque reducida, fue el de Carrión de los Condes. No fue salvajemente asaltado ni incendiado como otras muchas casas, iglesias y colegios de jesuitas en el resto de España. Primero porque la propiedad de San Zoilo no era de ellos. Era una cesión del obispado de Palencia por tiempo indefinido. Y, lo más importante, porque, ante algunas amenazas, un gran número de carrioneses bajó del pueblo a defender a los “Padres” y montaron patrullas permanentes alrededor del monasterio para evitar cualquier expolio. Los profesores fueron acogidos por diversas familias del pueblo y pudieron continuar sus trabajos con relativa normalidad.

Fui el último en recoger mis bártulos y abandonar la casona aquel verano. Subí solo el puente del río Carrión. Arrastraba por su empinada cuesta con facilidad aquella maleta que cinco años antes  no podía menear, que me la tuvo que llevar mi hermana hasta el portón de entrada de San Zoilo. Los mismos barbos plateados de entonces se deslizaban aún entre las ventanas de la iglesia de Belén reflejadas en el remanso del río Carrión.

Al llegar a casa la encontré de fiesta. Mi hermano Chus, después de casi tres años, acababa al fin de llegar licenciado de la mili. Tres años. Y bien ganados. Por cabezón e insolente. Dos cualidades que en el plato de su personal balanza pesaban lo mismo que su buen corazón y su natural  tendencia a echar un capote a todo el que lo necesitara.
-Me he pasado la mili entera haciendo guardias. Unas por castigo. Otras por ayudar a los compañeros, decía.
Lo que no comentaba era que en ese cómputo entraban también los frecuentes enfrentamientos, y los bofetones a veces, a todo sargento, cabo o furriel que le amonestara por cualquier nadería.  Las Semanas de arresto a cada encontronazo absurdo con los mandos fue lo que alargó tanto su servicio militar.
Reunió a los amigos. Y pasaron la noche de bar en bar, empinando el codo y las copas más de lo necesario. Hasta casi entrada la madrugada.  El "Anís del Mono" fue el protagonista del nocturno desfile. La cogorza que Chus trajo a casa era pacífica y llorona. Y desternillante. A cada pregunta: "¿Pero por qué lloras?" se desparramaba en un torrente de lágrimas y cómicos lamentos. Al fin, entre  ayes y suspiros, cayó dormido sobre la trébede de la cocina.
Despuntaba ya la calurosa mañana de principios de julio cuando tres autoritarios aldabonazos nos despertaron a todos. Una pareja de guardias civiles requirió la presencia de mi hermano. Y, sin más, se lo llevaron esposado al cuartelillo. No opuso resistencia alguna. Con la cabeza aún envuelta entre los vapores de la "mona" y alguna que otra anisada lágrima espontánea deslizándose involuntaria por sus mejillas. Dos horas más tarde entraba en la prisión del pueblo. El motivo era de lo más chusco.
-"Ya veréis la que va a pasar cuando la tortilla cambie. Que os juro por ésta -gritaba Chus mientras chocaba la  vigésima copita de anís sobre el mono de la botella- que va a ser gorda... que si será...ya lo veréis...ya...
Uno de los amigos le tapó la boca y le arrastró raudo fuera  de la taberna.  Ni una hora transcurrió y ya estaba el chivatazo ante la autoridad. La orden de arresto le llegó en pocos minutos al capitán de la guardia civil.
Para no perder el ritmo de la mili, sólo estuvo una semana en la antigua casa que servía en el pueblo de cárcel provisional para vagabundos y malhechores de poca monta. Estaba solo. Yo le llevé las tres comidas todos los días. Esperaba hasta que terminara para llevarme la fiambrera de vuelta y conversábamos mientras tanto sobre su larga estancia en las milicias. Lo que me contó, restando por supuesto por mi parte lo que correspondía a sus prontas agresivas reacciones ante los mandos inmediatos, me quitó las ganas de cumplir con ese deber para con la Patria. Nunca iré a la mili, me prometí y le aseguré a mi hermano.
- Eso si puedes... Pero así y todo, no seas tonto, me dijo. Yo sé que si sigues estudiando harás el servicio de otra manera... a lo señorito. Y  de cura lo tienes aún más fácil. Además de  que ya he hecho yo la mili por los dos. ¿No crees?
Me pidió que le trajera alguna novelita. De las del Oeste. Eran libros pequeñitos, de  un papel que parecía lija y tapas chillonas de colores. O de historias románticas, de esas, de parecida edición, que  Corín Tellado empezaba a producir como churros. Lo más curioso de mi hermano era que  a penas si llegaba a  escribir con notable dificultad, pero devoraba los libros: historietas cortas y novelas  facilonas, con una voracidad pasmosa.
Salió pronto del trullo. En cuanto se lo dijimos a un familiar que tenía un cargo en la Diputación de Palencia.
-Venga, fuera muchacho... Y ya lo sabes... -le dijo el guardia a la puerta de la prisión-  la lengua quieta y el culo "apretao" para que nada suene
-Sí, como los borregos... no te...
Tuve que tirarle con fuerza de la manga de la chaqueta para impedir que se volviera y  se enzarzara de nuevo con el del "uniforme", vestimenta por la que, más que seguro, profesaba verdadero rechazo

Gran parte de aquel   mes de Julio del 49 lo pasé en despedidas a la familia. La primera a mi padrino en Saldaña. Tenía ya tres hijos, una incipiente calva y muchas canas. Todavía trajinaba con los aparatos de radio, ahora mucho más modernos que aquellos de los años 30. Una de las cosas de que más ufano aún se sentía era de haberme enseñado en aquellos duros meses de la guerra a leer y escribir con soltura. Y yo le agradecí haber sido mi primero, y único, brillante profesor particular, entre el croar de las ranas de Poza y el estruendo de las poleas de la central eléctrica del Viesgo.

Velilla de Guardo fue una visita obligada. Allí estaba de paso mi primo Camilo, vestido ya de dominico con su túnica, escapulario y esclavina blancas. Le iban muy bien los hábitos. Y lucían mucho agitados por la brisa, mientras paseábamos como antaño entre los hayedos de la transparente montaña palentina. El hábito no hace al monje.
De hecho no estaba obligado a llevarlo durante sus vacaciones en la familia. Pero a él le encantaba  cuando salía vestido de fraile y venía corriendo la chiquillería del pueblo a besarle la mano o el escapulario.
A saludarle vinieron en uno de los paseos dos mocitas. Rubia la más alta. Morena la otra. Esplendorosas ambas.
-Son Sole y Clara, mis dos vecinas y amigas de infancia. Juntos  y como hermanos hemos jugado y crecido por estos pagos, me comentó Camilo mientras se acercaban
-Hola Camilo. Te van bien. ¿Pero no pasas calor con esos ropones blancos?, dijo la rubia
-Eh! Un poco de respeto, niña... Y más ante mi primo, que aquí os presento, y que está de paso, porque dentro de nada se nos va con los jesuitas de Salamanca
-Con su montura y su lanza de caballero andante...¿No?...,dijo Sole
-!Y la armadura y el penacho blanco del príncipe Ivanhoe¡, añadió Clara
Azorado y sorprendido me quedé al recordar aquel veranito en el que yo  les leía a las dos chiquillas pasajes de la obra de Walter Scott y a continuación, sobre el verde de la pradera,  mimábamos sus aventuras románticas.
-Yo era Rowena, dijo Sole, la princesa
-Y a mi me llamaban  la judía Rebeca
-Y yo el enamorado caballero que, como me pasa ahora, no sabe con cuál de las dos quedarse...
-¡Qué galán! Eso ahora...porque entonces la preferiste... a ella!! dijo Sole con un precioso mohín de niña despechada.
Las dos me abrazaron efusivamente ante la atónita mirada de Camilo. Y hablamos largo rato de aquellos inocentes y felices momentos de un verano ya lejano. No pude evitar el mirarlas con nostalgia mientras se marchaban cimbreando sus caderas  al cruzar el arco de la fuente Reana. Se me antojaban dos Ninfas esculpidas allí desde el tiempo de los romanos, reflejada su esbelta silueta entre las flores del manantial.
-Eh...eh!  chaval... que te mojas...! Déjalas marchar, y tú... a lo tuyo
-Mira que sois mal pensados los de  la orden dominicana, le dije un poco mosca
-Piensa mal, y acertarás. Eso le va más con el "pragmatismo" jesuítico, ¿a que sí?

Pero a las suaves colinas y riscos espontáneos de las estribaciones palentinas de los Picos de Europa les faltaba algo. No estaba Teobaldo, el ermitaño de Peña Labra. Su ausencia privaba de cierto exotismo a la ordenada floración veraniega  de aquellos parajes.
Había desaparecido meses atrás. En cuanto su amigo, el juez Palacios, le anunció confidencialmente su próxima sustitución. No se fiaba del sucesor. Así que en dos baulitos apiló sus libros. Con todo el mimo, me lo imagino, y el respeto que les profesaba, precisamente  por  estar la mayor parte de ellos "proscritos", según decía, en el "Índice de libros prohibidos"  por el magisterio eclesiástico.  Cargó todas sus escasas pertenencias en una acémila, caló el chambergo, le soltó una de sus clásicas peroratas a los bosques, veneros y quebradas del contorno y se perdió entre las sinuosas veredas de la montaña. Así me lo contó mi tío Santiago. Y me entregó un sobre. 

-Esto para el estudiante carrionés, había dicho al dárselo. Para  el posible jesuita en ciernes. Que no se lo tome como anticipo de mi testamento...o casi.

Me acomodé a la sombra del robusto peñasco de  Tuercas  donde en otro verano tuvimos tantas  charlas  sobre los problemillas y contradicciones de la vida que él parecía dosificar, adaptándose a mi edad con indudable maestría                                         

Abrí el sobre. Me sedujo al instante el título de la misiva escrita en dos planas, con una letra diminuta pero abierta, en renglones apretados y regulares.



IMPRESIONES DE UN BORREGO


-¿Y usted que hace todos los días hombre, digo ovino común?

-Pues verá. Mi vida transcurre como la de cualquier ejemplar de la especie. Yo no he querido nunca destacar. Porque, como te descuides, te lanza el pastor la dentellada de los perros a las ijadas o, a lo peor, se fija en lo lustroso que estás y te numera para la próxima expedición al matadero. Eso le pasó hace poco a uno de mis mejores compinches. Íbamos los dos de costumbre hacia el final de la manada. Pero a él, desdichado, se le ocurrió un día encandilarse con una oveja zascandil y pizpireta que movía las paletillas que no veas a unos metros de nosotros. El cuitado se fue acercando sigiloso al fondo del abismo, pues en eso terminó su imprudente tarascada. Le propinó a la presa un ligero linguetazo en la orejilla y un tenue mordisquito en la pata derecha. Como la aludida no se dio por enterada, o más bien, a lo que yo deduzco, se hacía la timorata para que la jugada continuara, se aceleró la adrenalina del machito y se lanzó al ataque en toda regla, como si la conquista ya estuviera asegurada. Cabezazo por aquí, restregón por allá y...¡ay que bien huele!, en el arrebato enardecido levantó sus patas delanteras y las colocó sobre la grupa de la ovejita. ¡Para qué lo hiciera!. No tuve tiempo para tirar de sus guedejas  hacia el suelo antes de que la cabeza aventurera de mi amigo sobresaliera sobre la polvareda del rebaño. La zalamera traidora dio un respingo, caracoleó con rápida y elegante displicencia y el conquistador rodó en una ridícula pirueta por el suelo. Hubo una estampida de terror a su alrededor. En pocos segundos el perro del pastor había atenazado ya por la yugular al insurrecto y lo mantenía inmovilizado en medio del extenso círculo que se produjo a la retirada de ovejas y corderos amedrentados. Llegó el hombre. Le soltó un puntapié al chucho para que no abusara de su instinto antiborrego y le propinó un bastonazo de bandera al imprudente enamoradizo. Levantaba ya la estaca para el segundo y rabioso vapuleo, pero... "No -se dijo-,¡hay que ver que ejemplar más rozagante!. No conviene estropearle. Dará un excelente peso en la romana cuando esta tarde se lleven la partida." Y así fue. Se lo llevó al cercado. Cuando enfiló el camión la senda de los matarifes sacó mi amigo su pata por el enrejado trasero del vehículo y me dirigió  una última mirada, nunca mejor dicho, con ojos de cordero degollado.

-Triste es la historia que me habéis contado, amigo
-Y fatalista. Es nuestro sino, caballero. Yo tengo la lección bien aprendida. Caminar quedo. Cuatro patas más entre los centenares que huellan las cañadas esquivando a penas la alfombra de redondos excrementos que deja la manada.. Sestear en el centro de mi grupo para que el pastor no se fije en mí. Y librarme, por favor, de poner los ojos, ni siquiera de reojo, en las ovejas casquivanas..Rumiar mis pensamientos con el hocico rozando los rastrojos. Y esperar...
-¿Y qué se puede esperar con esa vida?
-La espera es para mí la meta, señor mío.. Somos así los de mi especie. Y así lo van cantando mis validos por las veredas y los vericuetos en los que discurre, conformista, nuestra existencia "aborregada".

No había más. ¿Qué me quería decir el ermitaño?. Cosas de Teobaldo. Me prometí no deshacerme de tan hermético manuscrito hasta encontrar la clave de su interpretación.


TODOS SOMOS GRIEGOS ( Y DESPUÉS LATINOS )

El armazón que sustentaba la vida diaria en el colegio se llamaba “distribución”, es decir el Horario de cada día. Este horario podía variar los  jueves, sábados, domingos, fiestas religiosas o imprevistos agradables que solía exponer en público el “Brigadier”, la máxima autoridad entre los alumnos.
La distribución de los días ordinarios consistía en: levantarse a las siete. Aseo y orden en dormitorios y camarillas.
Media hora después se bajaba a la capilla. Angelus, ofrecimiento de obras, misa y comunión diarias.
A las ocho y media, primer estudio del día. Desayuno y un corto recreo a las nueve. La primera clase a las nueve y media, seguida de un recreo cortito.
Diez y media, estudio para prepararla  y a continuación la segunda clase. A las doce unos veinte minutos de solfeo y música y luego la comida. Seguía el recreo más largo del día.
La tarde comenzaba a las tres con el rezo del rosario al pie de los pupitres. Un tercer estudio a las tres y veinte, seguido de la tercera clase del día. Había otro recreo largo a las cinco hasta que, a las seis comenzaba el último estudio preparatorio de la cuarta clase.
Las ocho era la hora de la “composición”: las tareas señaladas sobre las tres materias estrella: Latín, Griego y Castellano.
Se cenaba a las nueve. Inmediatamente se subía al coro de la iglesia para el examen de conciencia diario, y a la cama.

La “distribución ordinaria representaba pues ocho o nueve largas horas de trabajo diario. Incluso los sábados y domingos, con su particular distribución, había unas dos horas de composición latina o griega.
No es de extrañar que en los últimos cursos domináramos los clásicos latinos y algunos griegos. Habláramos un incipiente latín. Tradujéramos piezas significativas de la literatura latina.

Desde el principio nos comentaron que el latín y el griego eran dos lenguas muertas, en contraposición a las lenguas vivas actuales. Aunque, por cierto, especialmente el latín esté en el origen de muchas de ellas.

 -Pero, ojito, eh? –alertaba el profesor de esta asignatura- El Latín no es ninguna
momia en descomposición. Aquí muerto  no es sinónimo de cadáver. Me indigna que hayamos tenido que tragarnos tradicionalmente este sapo cuando el latín conserva una hechura mucho más sólida y expresiva que bastantes de los lenguajes actuales. Si, como dicen, el lenguaje es la fábrica del pensamiento, yo le desafío a muchos de los idiomas modernos a que compitan en lógica y en exactitud con la expresión latina.

 -Mucha razón tiene vuestro maestro de latines -nos comentaba luego el profesor de Historia-. No hay que olvidar con todo la evolución de las sociedades. Es verdad que el Latín no ha muerto. Ni está momificado…Llegó a “estancarse” en cierto momento. Ese parón supuso el nacimiento de las lenguas latinas modernas. Pero el quehacer de los clérigos y el saber de muchos hombres cultos han logrado conservarlo con el entramado íntegro y casi geométrico de su tejido lingüístico.

Casi geométrico. Era cierto. Aprender y analizar el latín era como componer y descomponer un inmenso mecano. Sus piezas –declinaciones, conjugaciones, terminaciones, casos…- tenían que encajar en una construcción ajustada, sin gazapo alguno posible. Era un innegable instrumento para el cultivo de la inteligencia lógica. Y además el arma indispensable para entrar en el mundo de los autores clásicos.

Traducir bien textos latinos era más difícil que analizarlos. Analizar era pura mecánica.
La traducción exigía el esfuerzo de la interpretación del autor latino y su elegante traslación a la lengua propia.
Superando este escollo, con apenas quince años cumplidos, yo me animé en una primavera de 1947 a traducir al verso castellano nada menos que la famosa Oda sobre una vida feliz, “Beatus ille…”, del gran poeta latino Horacio. En una Academia pública comparamos esta obra con la famosa Oda a La Vida Retirada de Fray Luis de León.

Aún  conservo la traducción de la pieza horaciana en el cuaderno de composición castellana, meticulosamente corregido por el profesor de la asignatura.

Así fue cómo  empezamos a asomarnos al espléndido ventanal de los Clásicos griegos y latinos.
Nuestros libros ordinarios de aventuras en esa primera etapa eran las Guerras de las Galias y La Anábasis. Los  héroes, César y Jenofonte. De Julio César aprendíamos estrategia. De Jenofonte la resistencia a las tiranías.

<<La Anábasis, que en griego antiguo  significa “Marcha al Interior” es el relato de la expedición de 10.000 soldados griegos que hacia el año 400 a. C. contrató Ciro, pretendiente al trono de Persia. Eran en su mayor parte descendientes de los famosos veteranos de las guerras del Peloponeso. En sus pesados escudos iban grabados nombres de gloriosas batallas como las de Platea, Maratón, Salamina o las Termópilas. Y, como ya había sucedido en esta última,  los diez mil fueron también traicionados por sus aliados que, al caer Ciro, se pasaron al bando contrario. Empezó entonces la retirada, un largo periplo para los griegos, perdidos y sin recursos más allá de Babilonia, en las profundidades del Imperio Persa. Funcionaron como una república errante. A Jenofonte, jefe de la expedición, le seguía una joven llamada Abria. Ella es la narradora de ese  interminable y azaroso viaje de regreso a Grecia durante miles de kilómetros en dirección contraria, hacia el Norte, para evitar atravesar  de nuevo el territorio persa.>>

A ciertos profesores  les gustaba hacer una especie de “Historia Comparada” a propósito de algunos episodios de la historia latina o griega.

-“Thalassa, Thalassa!!” (El Mar, el Mar!!) -fue el famoso grito que, aliviados, lanzaron los que sobrevivieron de los diez mil griegos al divisar a lo lejos la inmensa plataforma azul oscuro del Mar Negro y las naves que posibilitarían su regreso a la patria.

El profesor de Griego, coincidiendo con el grito final de la Anábasis, comentó entusiasmado:

-Ese clamor emocionado en el crepúsculo lejano de las inmediaciones del puerto de Trebisonda, a orillas del Mar Negro: "El Mar, el Mar!!”, tiene una réplica exacta  en aquel amanecer  de la isla Gunahaní, en el que desde la cesta del mástil  de la carabela Pinta, Rodrigo de Triana gritó "Tierra a la vista!!"... a los ya desalentados marinos de Cristóbal Colón.

Su entusiasmo fue no obstante más apasionado cuando terminó de evocar dos grandes gestas de los griegos: Las Termópilas y Salamina.

<<El tirano Jerjes, Rey de Persia, decidió someter a toda Grecia. Reunió una enorme flota y un ejército de más de dos millones de soldados. Montó una pasarela de barcazas para atravesar el Helesponto con sus tropas. Una tormenta destruyó parte del puente. Al muy bruto fanático no se le ocurrió, antes de reconstruirlo de nuevo, más que ponerle grilletes al mar enfurecido, propinarle trescientos azotes con unas cadenas de hierro incandescentes y ejecutar a los constructores.
Su escuadra se dirigió hacia Atenas por el mar Egeo. El ejército de tierra bajaba paralelo al mar cuando se encontró con los más aguerridos combatientes de Grecia, atrincherados en un desfiladero de apenas veinte metros de ancho, llamado “Puertas Calientes”: Las Termópilas. Los resistentes helenos lograron frenar algunos días al gran ejército.  A Leónidas, el mítico jefe griego, le dijeron que las flechas lanzadas por el descomunal ejército de Jerjes podían llegar hasta tapar la luz del sol. Y él respondió: “Pues lucharemos a la sombra”. Y cuando recibió el ultimátum del general persa para que depusiera las armas, le contestó: “Decidle que venga él a buscarlas”
Un traidor, “Eifaltes”, que en griego significa “pesadilla”, enseñó a los invasores el camino para envolver al menguado ejército griego y sitiarlo por la espalda. Murieron todos. Entre ellos, los famosos 300 espartanos conducidos por el rey Leónidas. Posteriormente se erigió en el lugar de la batalla una estela que decía: “Caminante, si vas  a Esparta diles que aquí hemos dado la vida por obedecer sus leyes”.>>

-Morir, antes que rendirse -interrumpió  de improviso el maestrillo su recital ante los fascinados escolares- ¿A quién os recuerdan los trescientos de las Termópilas?

La respuesta pareció muy fácil. En el reciente estudio sobre la invasión romana de España  habíamos estudiado, e incluso escenificado, los heroicos relatos de Sagunto y de Numancia. Alguien recordó también al pastor Viriato. Y la coincidencia en el caso con un traidor, como el de las Termópilas, que le vendió al enemigo.

-Hay una diferencia -comentó un alumno- Cuando el soplón que traicionó a Viriato fue a por su recompensa, el digno senado romano le despachó con  la famosa sentencia: “Roma no paga traidores”

Hubo quien derivó la atención al gesto de Guzmán el Bueno que, en el sitio de Tarifa, dejó que mataran a su hijo antes que entregar la plaza a los moros.
De ahí otro sacó a colación al General Moscardó que hizo algo parecido en el cerco del Alcázar de Toledo durante la pasada guerra civil española. O el asalto al Cuartel de la Montaña en Madrid y el asedio al Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza en Jaén, porque  ambos episodios, narrados en el libro de “La Cruzada Española”, se habían leído recientemente  durante los tiempos de silencio en el refectorio.

-No me refería a hechos puntuales de la pequeña intrahistoria nacional  -puntualizó el maestro- sino a acontecimientos de importancia más relevante en la Historia Universal.

<< Aplastada la resistencia de las Termópilas,  las tropas de Jerjes dominaron sin opsición el Atica entera. Tomaron y arrasaron Atenas. Los atenienses supervivientes se refugiaron en la isla cercana de Salamina. Y allí, por obra del gran estratega griego Temístocles, les ocurrió  a los persas, pero esta vez en el mar, algo parecido a lo sucedido  a los espartanos en el estrecho de las Termópilas.  Temístocles, con engaños y espías falsos, logró encerrar a la flota persa en la estrecha manga de salida de la bahía de Salamina. Los trirremes griegos, mucho más pequeños y ágiles que los pesados navíos persas, hostigaron sin descanso a los sitiados barcos de Jerjes hasta arrancarles los remos y dejarlos paralizados. La flota persa fue totalmente destruida en Salamina. Y la victoria, después de algunas batallas más, significó para los griegos el fin de la amenaza permanente de la invasión  de Grecia por los tiranos persas>>

Una mano se levantó más veloz que los trirremes griegos.

 -Yo sé un hecho histórico comparable a la victoria griega de Salamina –intervino raudo uno de los oyentes al terminar el relato
-Usted dirá, Don Rápido!
 -Fue en Lepanto, la armada que contra los turcos mandaba D.Juan de Austria
 -Sí señor. Así fue. La victoria de Lepanto, como en el caso de Salamina con los persas, cerró el paso a la invasión de Europa por el imperio otomano.
-Pues a mí me recuerda -dijo Andrés- aunque hiera nuestro honor nacional, al vapuleo que los barquitos ingleses, o los elementos como dijo el cabezota del rey Felipe, le metieron a los galeones de nuestra llamada con ironía “Armada Invencible”
-Muy bien los dos -dijo el profesor, aunque se notaba que le daban ganas de responder a la desenfadada interpretación del segundo alumno- Pero quiero llamaros la atención sobre  algo más reciente que entronca  de manera admirable con estos hechos decisivos de la Historia.

Siguió un largo silencio. No llegamos a adivinar la insinuación histórica del profesor. Sacó entonces de un abultado cartapacio un montón de recortes de periódicos. Los extendió pausadamente sobre la mesa. Hicimos corro alrededor de una impresionante exposición de fotos bélicas. Barcazas repletas de soldados, tanques, paracaídas, combatientes tendidos sobre la arena…

 -Son instantáneas de hace apenas dos años. De la segunda Guerra Mundial. Nos han ido llegando con cuentagotas. Yo las conservo porque convencido estoy de que no solo en años sino en siglos venideros se hablará de ellas como de un hito histórico para la Humanidad.

Nosotros no leíamos periódicos, ni oíamos la radio. Así que poco podíamos saber de los derroteros de aquella otra guerra  que siguió, en el intervalo de pocos días, a nuestra malhadada guerra civil. Tuvieron que ser los heroicos griegos de Salamina quienes nos introdujeran en los momentos históricos, que, sin saberlo, acababan de producirse escasos meses antes  a pocos kilómetros, en nuestra vieja Europa.

<<El llamado “Dia D” por los aliados de la segunda gran guerra  del siglo XX
 empezó a las tres de la mañana del pasado 6 de junio de 1944. Fue el Desembarco de Normandía. De hecho estaba planeado para el día 5. Una tempestad lo impidió. -¿Os acordáis que otro temporal retrasó también a Jerjes el traslado de sus tropas en el Helesponto?-
Ha sido la mayor operación marítima de desembarco conocida hasta la fecha. Comparable sólo a la que aquellos Persas montaron en la antigüedad para la invasión de Grecia.
El plan fue diseñado por dos grandes generales norteamericanos: Marshall y Eisenhower.
A lo largo de 80 kilómetros de playa, más de 150.000 soldados, respaldados por cientos de aviones y barcos de guerra, establecieron en menos de veinticuatro horas la primera “Cabeza de Playa”  que permitiría luego transportar de Inglaterra a Francia a más de tres millones de soldados e iniciar así la liberación de la Europa ocupada por otro tirano llamado Hitler.
La táctica que los aliados usaron para esta operación me recuerda también a la estrategia que el mismo Temístocles empleó en la batalla de Salamina: la desorientación del enemigo. Durante largos meses se hizo creer al ejército alemán que el desembarco se haría en el estrecho de Calais, en la reducida franja de mar que separa Inglaterra de Francia. De hecho, para engañar a los aviones espías nazis, el famoso general americano Patton había creado un gran ejército ficticio. Había sembrado enormes extensiones de terreno al sur de Inglaterra con tiendas de campaña vacías, tanques y aviones hinchables  y emisoras piratas falsas.
En las primeras horas del desembarco de Normandía murieron más de diez mil soldados.
Por detrás de las líneas alemanas que bordeaban la costa, no muy numerosas, puesto que el desembarco lo esperaban en otro sitio, se lanzaron varias brigadas paracaidistas.
Cuando se estableció el contacto entre estos paracaidistas y los soldados desembarcados en las diferentes cabezas de puente de la playa se consideró cubierto el objetivo.
El camino  de la liberación estaba abierto. La Resistencia Francesa iba destruyendo puentes y vías férreas para facilitar el avance. Dos meses después, el 25 de agosto de 1944, las tropas aliadas entraban triunfalmente en París>>

El episodio de Normandía no es más que un ejemplo. Tirando del hilo de los clásicos griegos y latinos ahondamos  con frecuencia en el intrincado ovillo no sólo de la Historia sino de muchos otros aspectos de la vida y de la experiencia cotidiana.
Si el Prefecto de Disciplina o un profesor te echaba una“Filípica” era sinónimo de la bronca que te habías ganado por tu mal comportamiento o tu desidia en los estudios.
Los alumnos de la Academia de Declamación nos aclararon en un acto público el sentido de esa palabra. Y recitaron fragmentos de los cuatro discursos, Filípicas de Demóstenes, un apasionado alegato contra la amenazadora ansia de poder de Filipo II de Macedonia sobre Atenas y las demás ciudades-estado griegas.

Demóstenes se convirtió así en un modelo de tesón indomable para los que pretendíamos en el futuro dominar el arte de la Oratoria. De él se contaba las numerosas dificultades que tuvo en su juventud para argumentar sus discursos y, sobre todo, los problemas de dicción y potencia de voz, objeto de burla para Esquines, su adversario en el Ágora de Atenas. Para corregirlos Demóstenes daba largas carreras recitando poemas con piedras en la boca. O se apostaba a orillas del mar embravecido  tratando de superar con su voz el estruendo de las olas.

Fue un gran acierto el iniciarnos desde tan corta edad en el mundo clásico de griegos y romanos.
No sólo porque “in situ” eran apasionantes las páginas y los innumerables episodios capaces de impactar la imaginación de mentes juveniles.
La Ilíada y la Odisea, esas dos obras de un cronista ciego llamado Homero, que son la peana sobre la que se asienta toda la literatura occidental. La Eneida de Virgilio, los poemas de Ovidio, las guerras de las Galias o la ya citada Anábasis, entre muchas otras más, todas eran una fuente inagotable de historias, mágicas intervenciones mitológicas, amistades, odios, intrigas y aventuras sin fin.

-“Todos somos griegos”. Lo dijo un poeta inglés, Percy Shelley. Esa frase es cita obligada cuando se habla de la influencia que ha ejercido la cultura griega en nuestra civilización. Así es. Queramos o no seguimos abrevándonos en manantiales griegos.

Era la reflexión del profesor de arte al culminar el curso del 48. Acabábamos de repasar minuciosamente, de cara al examen final, toda la escultura y la arquitectura de los griegos. Hubo  una encuesta en clase en la última semana  sobre el monumento más fascinante del arte griego. Ganaron “Las Cariátides”, estatuas de mujeres que sostienen como columnas el entablamento del templo Erecteion en la Acrópolis de Atenas.

Como colofón nos resumió el arte griego en dos palabras: proporción y“areté”. Difícil de entender esta última. Era, referida al arte, algo así como “equilibrio y excelencia al expresar la belleza”.
           
-Pero en la historia de los griegos la “areté” no se aplica sólo -continuó diciéndonos- a su arte. Se extiende también a la ciencia, a la filosofía, al teatro,  a la política.  La plataforma sobre la que se asienta la “areté” es la idea de la perfección. Acabar bien todo lo que se comienza. Ser capaz de disertar, razonar y actuar con éxito. Para un militar es la valentía y pericia en los combates. Es la astucia de Ulises e incluso de su mujer Penélope, cuando de noche destejía el pedazo de túnica hilado durante el día, para engañar a los falsos pretendientes al trono de su esposo. La areté permitió el paso de las creencias míticas a la razón y del desorden a la organización y a la democracia de las “polis” griegas.  Por eso destaca el pensamiento filosófico-ético-político de los grandes griegos como Pericles, Sócrates, Aristóteles y Platón. Cuando os llegue el momento, tenéis que estudiar siempre a estos autores bajo esta perspectiva. No lo olvidéis.

Cerró con parsimonia el libro de apuntes que nos había dictado durante largos meses. Parecía meditar, dudar incluso en lo que quería decirnos. Nadie se movía. Porque la costumbre era que los alumnos no se levantaran de su pupitre antes de que el profesor lo hiciera y diera la orden. Se incorporó sobre la tarima. Y dijo brevemente:

            -Los griegos tuvieron sus defectos.-dijo brevemente- A ninguno de vosotros se le ha ocurrido preguntármelo. Desde luego que no eran perfectos. Ahí está su fatalismo dominante durante siglos. El desprecio por los débiles y por los enemigos. La lacra de la esclavitud. La condición de la mujer relegada casi siempre a segundo término. El caso es que tenían el arma para superar esos fallos. Bastaba con sublimar y ampliar a esos campos el básico concepto de la “areté”. Fue lo que luego consiguió la cristiandad en sus primeros siglos. La “areté” griega se transformó desde el primer momento en lo que desde entonces conocemos como la “virtud” cristiana. Registrad también este pensamiento para vuestros futuros estudios de los Clásicos. No es el menor de todos los valores que nos ha aportado la cultura griega.

-Podéis salir.

Y recogimos nuestros apuntes y libros. Felizmente nos esperaba aún en años próximos un largo camino a recorrer por las calzadas romanas y los senderos bordeados de pinos y cipreses que marcaban la ascensión a las acrópolis griegas. Junto con el sentido de la disciplina  y de la responsabilidad fue esta temprana iniciación en las Humanidades Clásicas una impronta que conservaríamos toda la vida.



miércoles, 11 de noviembre de 2015

MUCHOS SON LOS LLAMADOS ( 11 noviembre 15 )

La última infancia y la primera adolescencia son etapas imprecisas, moldeables aún, idóneas para absorber como una esponja el cauce y la corriente que desde el exterior le van marcando sus educadores. Esa fue la etapa que nos tocó vivir durante un lustro de hierro entre los muros adustos, pero cálidos, de un antiguo convento.

El cauce por donde discurría toda la actividad diaria era la condición de “llamados” por designio divino. Ciento veinte jovencitos estaban tocados por la selectiva varita mágica de la “vocación” religiosa. Gran número de ellos se desplomaba en el camino. Ya lo decía la cita bíblica: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”.
Los elegidos, los selectos, serían los que decididamente se subieran al par de balsas que, en dos afluentes paralelos, conducían a buen puerto. Esas dos corrientes eran: la  religiosidad primero y, en paralelo, el esfuerzo por la formación académica y  buen comportamiento. Lo percibimos, como en otra parte ya he dicho, desde los primeros meses de nuestra estancia en San Zoilo. Cada uno hizo luego la travesía a su manera.

La perseguida formación integral “apostólica” incluía en primer lugar numerosas prácticas religiosas. Por repetitivas, seguro que para muchos, entre los que me incluyo, desembocaban en una tediosa monotonía.
Misa y comunión diarias. Confesión semanal los sábados. Rosario a primera hora de cada tarde. Las Ave Marías echadas al vuelo al sonar las campanadas del reloj como las palomas que salían sobresaltadas por los ventanucos de la torre. Ejercicios y retiros espirituales. Visitas al Santísimo. Pláticas. Charlas misionales. Novenas…

Además el concienzudo, nunca mejor dicho, Examen de Conciencia diario al anochecer. Después de una breve oración de acción de gracias, el “brigadier” desgranaba con voz queda los puntos del examen al centenar de alumnos, somnolientos, apiñados entre los bancos y la sillería monacal del coro de la iglesia, con el mudo acompañamiento del órgano fastuoso:

Examina aquí en qué faltas has caído durante el día:

            1º Para con Dios – Si al despertar por la mañana has levantado el corazón a Dios; y si has rezado devotamente tus devociones.
–Si has estado atento en la iglesia al ofrecimiento de obras, misa y comunión y si en el rosario y todos los demás actos piadosos has estado con la devoción y compostura debidas.
            2º Para con el prójimo. –Examina si has tratado con el debido respeto a tus Profesores y Superiores. –Si has murmurado de ellos o de otras personas, y si has guardado a todos las consideraciones debidas. –Si por una secreta envidia te alegras de que no salgan bien las cosas a algún compañero. –Si con tus palabras o con tu mal ejemplo has desedificado a los demás, y si les has inducido de alguna manera a faltar a la disciplina del seminario.
            4º Para contigo. –Examina si has faltado a los sagrados deberes de la aplicación no empleando bien el tiempo en las clases y en el salón de estudio. Si has faltado a la templanza en la mesa. Si has acudido al amparo de la Virgen al asomar alguna tentación.

Seguía una extensa oración a coro reconociendo las ofensas cometidas y proponiendo su corrección y satisfacción para el futuro.

El Padre Espiritual, al que se podía acudir en cualquier momento por algún problema particular, llamaba a los chicos periódicamente.

-¿Y qué le cuento yo ahora? -me decía Pablo- dame una idea, hombre
-Pues primero le saludas
-Buenas tardes, Padre –el guaje esbozaba una profunda reverencia y el ademán de besar la mano al sacerdote- Ya está. Ahora ¿qué?
- Ahora tú no te adelantes. Deja siempre que él te pregunte.
 -Bien
-Luego las cosas van saliendo solas como las cerezas. Y todo acaba con unos consejitos de andar por casa
-Vale –dijo sin entusiasmo.

Y el chaval salió de la sala de estudio cabizbajo, con una comezón en el estómago y la boca reseca igual que si  hubiera mordisqueado un palo de regaliz rancio.

Las grandes festividades religiosas, Navidad, Semana Santa, Santos Jesuitas como S. Francisco Javier, el mes de Junio dedicado al Sagrado Corazón… representaban a lo largo del año un plus de prácticas piadosas.
La más especial de las devotas manifestaciones que envolvían a los colegiales a lo largo del año era el mes de Mayo. Era un mes repleto de demostraciones de afecto y devoción a la Virgen María. Mes de las “flores”. De los “obsequios”. Papelitos que se escribían cada día ofreciendo una buena acción, sacrificios o promesas a la Virgen que se depositaban en los buzones de las clases.
El día 31 todos esos buenos deseos se quemaban frente a la hornacina de la Virgen de la Huerta adosada al muro que lindaba con el convento de las carmelitas. Asistía el colegio en pleno. Cada clase recitaba una poesía. La coral entonaba cánticos marianos a tres y cuatro voces. Del otro lado de las tapias el eco devolvía otras canciones de voces cristalinas y un enjambre de pétalos de rosas lanzadas por las monjitas de clausura.

La cúspide de la devoción a la Virgen se alcanzaba con la admisión a la verdadera élite del colegio: la Congregación Mariana. Se entraba en ella tras una meticulosa criba.
No pasaban todos la seleccion. Franquear el dintel de la Congregación constituía prácticamente un salvoconducto, el espaldarazo que confirmaba el arraigo del nuevo congregante en su vocación. Era la flor y nata de la casa.

Por ese barniz elitista, la dicha institución me produjo siempre una velada aversión.  Pero no había más remedio que bregar para llegar a ser "congregante".  
Había tres clases de congregantes: la junta, la corte, y el congregante raso. Sus miembros llevaban, para ponérselas todos los domingos y celebraciones importantes, medallas y orlas que les diferenciaban. Eran bandas, tamaño bufanda, para los de la junta. Amplia cinta para la corte. Modesto ribete para la clase llana.
Yo fui admitido tarde, en el tercer año, y nunca pasé de congregante mondo y plano. Motivos habría para ello.
Era la junta la que aprobaba, tras largas deliberaciones, a los nuevos integrantes de la Congregación.
Durante dos meses los candidatos recibían la categoría de aspirantes. Se les imponía en una reunión privada un cordoncillo con medalla.
Superado el balance positivo, se hacía la admisión en regla  con diploma acreditativo,  insignia y cinta ancha, en un acto muy solemne ante la estatua particular de la Virgen de la Congregación. Asistía toda  la comunidad.
Una vez admitido, podías añadir  a tu firma con todo orgullo las siglas “cm”: congregante mariano.

Comprobar el baremo que la junta aplicaba para admitir a los nuevos congregantes -la élite conviene recordar del alumnado- es subrayar hasta que punto tenían que ir unidos los dos aspectos básicos de un alumno ejemplar en San Zoilo: la religiosidad y el esfuerzo en los estudios y en la convivencia de la vida comunitaria.

Cada quince días se leían en público cinco notas generales: Deberes Religiosos, Conducta General, Aseo, Urbanidad, Aplicación al Estudio. La nota exigida para entrar en la Congregación era de 7 a 10 en cada una de ellas. Y una vez dentro…cuidadito!. Un solo 6 ó un 5 acarreaban aviso de expulsión. Si no se reparaban al cabo de un mes, el resultado era la exclusión automática de la institución mariana.

A partir de la lectura quincenal de notas planteaba uno de los jesuitas de San Zoilo. que fue director de la Congregación Mariana, el siguiente retrato ideal del estudiante carrionés:
            “…un alumno que entra en la iglesia o capilla con gran respeto y formalidad, que reza con devoción y modestia; que se porta en todas las circunstancias con verdadera responsabilidad de persona comprometida con el reglamento del colegio; que anda perfectamente aseado y limpio, tanto en su persona como en su dormitorio y demás enseres usados por él; que muestra ademanes adecuados, como persona fina, que sabe tratar a los demás con dignidad, pero con verdadera amistad, respetando la regla del tacto sin verdadera necesidad; que es un verdadero ESTUDIANTE, trabajo que desean de él sus padres, profesores educadores y superiores. Añádase a esto que, según la orden del Provincial, los inspectores o tutores tenían que dejar solos a los alumnos en estudios, composiciones o recreos, sin vigilantes, pues el que no cumpla con su deber por convicción propia no vale para la Compañía”

La aplicación del último punto, dejar solos a los alumnos, era muy relativa. Se solía aplicar en  gran parte con los alumnos de los últimos cursos. En general teníamos las veinticuatro horas del día a algún maestrillo que se ocupara de nosotros. Y sabíamos que el resto de profesores nos escrutaban además con el rabillo del ojo en todo momentopara indicar en su momento -“soplar” lo llamábamos- al Prefecto de disciplina las incidencias observadas.
Fue lo que a mí me pasó cuando en una de las lecturas de notas me escuché atónito:

-Y usted, joven, a ver si cuida un poco más sus uñas. Evitará el deterioro de algún libro de la biblioteca, lo cual es una manifiesta agresión al patrimonio común. Y ya sabe usted a lo que me refiero.

Claro que lo sabía. Fue un “soplo” del profesor que un día estaba solo conmigo en la biblioteca. Motivo: el rasguño que, en el azoramiento final de mis pesquisas, le hice al bíblico libro del “Levítico”, cuando acabé mi investigación sobre el sentido de la Purificación de las madres tras los cuarenta días de su “alumbramiento”.

Lo que de verdad disgustaba, a mí por lo menos, no eran los profesores que al fin y al cabo estaban para eso, corregir y dirigir nuestro comportamiento, sino los compañeros soplones. Y los había. Por aspiraciones personales  de los que catalogábamos como enchufados unos o porque con su cargo en la comunidad así lo tenían encomendados otros: encargados de clase, ediles, por ejemplo, o miembros de la junta y corte de la Congregación Mariana.  
Esta tenía sus reuniones o academias semanales. Se estudiaban en ellas temas sobre actualidad religiosa en España y en el mundo. Y se examinaba especialmente la actitud de los nuevos candidatos a la Congregación. Si tenían que llamar a alguno la atención lo hacían por breves recados escritos a los interesados: “Te has burlado a sus espaldas del profesor X”, “Llegas con frecuencia tarde a las filas”, “No se ve mucha aplicación en tus deberes religiosos”…La impresión de estar sujeto a un espionaje continuo por tus "modélicos" compañeros, aunque fuera supuestamente admitida para tu personal mejora,  se vivía en el fondo como una situación hiriente y desagradable.. 

Las prácticas piadosas eran iterativas y, por lo general, aburridas y monótonas. No era difícil por cierto adaptarse a ellas. Sin necesidad de sobresalir. Ese creo que fue mi caso. Y eso fue seguramente lo que me impidió subir peldaños en el escalafón del núcleo cimero de los congregantes.
Me salvó por otro lado, sin duda, mi  comportamiento de niño bueno y de tenaz trabajador en los estudios.
Rara vez bajé de ocho en una nota de estudio. Tuve por el contrario bastantes sietes en deberes religiosos. Porque, aun siguiendo de monaguillo, actividad que me venía de mi más tierna edad en el convento de las monjitas de Villandrando en Palencia, llegaba con frecuencia tarde o muy ajustadito a los oficios. Y, además, excepto en las actividades misionales de los veranos, nunca creo que destaqué por el ardor y cierto misticismo que muchos hacían patentes en la vida diaria.
Lo dicho. Lo justito en deberes religiosos. De siete. Pero, en fin, como se dice: “más vale un siete que un descosido”.

Predominó en aquellos años una acentuada rigidez en la formación espiritual. No era exclusiva de nuestro centro escolar. Tal rigor, dada la edad de los alumnos en incipiente maduración,  suele arrastrar acusados inconvenientes. Los escrúpulos y la casuística. La zozobra moral de no pisar en tierra firme. Que si consentías, que si no. Leve o grave. Venial o mortal. Y la continua tirantez  de la autoexigencia y la responsabilidad. Porque para entrar en la milicia ignaciana no bastaba con ser buenos, teníamos que ser los mejores.

Fuera de los tutelares muros de nuestra escuela predominaba entonces la imagen política idealizada del hombre perfecto, del caballero cruzado a la antigua usanza,  “monje-guerrero” austero y sacrificado. Era el trillado ideal falangista del “mitad monje-mitad soldado”. Utilizado con fines políticos, este slogan tuvo como resultado el adoctrinamiento y la construcción de una mística militarista de masas que fue el origen de tanta catástrofe entre las juventudes de media Europa. 
Una de las ventajas de nuestro aislamiento en el reducto privilegiado del monasterio carrionés de San Zoilo fue encontrarnos al abrigo de esa especie de mística contaminación.

En nuestro colegio existía es verdad un concepto severo de la disciplina y del trabajo académico, y un entrenamiento constante, machacador y por lo general tedioso, en el terreno de la religiosidad.
Pero puedo asegurar que distaba mucho del ambiente militarista. El colegio de San Zoilo no era un “cuartel de niños”.
Admitir el orden como pauta de comportamiento le da al adolescente un patrón de seguridad que evita las continuas pulsiones enfrentadas propias de la edad. Para conseguirlo hay que saber presentar a los alumnos una serie de obligaciones, sin tenerle miedo a esta palabra, que le tengan constantemente ocupado.

A los alumnos de San Zoilo no les quedaba tiempo para el aburrimiento. Las actividades religiosas podían ser  en algunos momentos apabullantes. Las académicas abrumadoras.  Pero había otras muchas, que se imbricaban incluso con las anteriores, compensatorias, atractivas y gratificantes: deportes, teatro, salidas al campo, filatelia, fotografía, concertaciones, academias de todo tipo, observación directa de la naturaleza, música y… tiempo, mucho tiempo, para la lectura que, junto con el crédito de buenos maestros, es una baza definitoria  en  el periplo futuro de cada escolar.

Ora et Labora. La textura de la formación integral del apostólico carrionés era simple y al mismo tiempo sólida. Un bastidor de base sobre el que se tensaban los cabos fundamentales. Luego se iban pasando, al haz y al envés, los hilos que formarían la trama definitiva, el quehacer diario, aparentemente monótono, pero moteado en el fondo con una gran variedad de actividades.