lunes, 14 de septiembre de 2015

¡ CUIDADO CON LAS NIÑAS ! (14 septiembre 15)

Tras la estirada serpiente de diez largos meses entre las vetustos muros del fortín amurallado carrionés asomaban, como una cálida brisa de libertad, las vacaciones estivales
Las actividades escolares culminaban en el solemne acto de fin de curso que se celebraba en el claustro plateresco.
Entre dos alas del  cuadrilátero se alzaba la tribuna para profesores y  autoridades académicas.
Ocupaban  la izquierda, en el costado benedictino, el largo centenar de  alumnos, hoy muy serios y comedidos, sobrevivientes a  la dura encerrona de casi trescientos días.
En el lateral de entrada al claustro se situaban las familias, los invitados y autoridades del pueblo de Carrión.
La coral del colegio interpretaba los mejores motetes y las piezas más conseguidas de los conciertos celebrados durante el curso.Y lo hacía muy bien.
Las notas se enredaban en las  filigranas de piedra esculpidas en las ménsulas doradas y entre las nervaduras de las bóvedas  del claustro. Se escabullían luego por las ojivas laterales.
Una pareja de cigüeñas, estilizadas,  inmóviles sobre una sola pata en el inmenso nido de la torre del reloj, soñaban embelesadas por los acordes infantiles.

El Padre Prefecto proclamaba los nombres de los mejores de cada clase durante el curso académico. Nosotros ya lo sabíamos. Era para que se enteraran muchas de las familias que habían acudido a recoger a sus hijos. Nuestros pensamientos estaban en la emoción del mes y medio largo a estrenar que se nos avecinaba.

Desde el primer verano de vacaciones de San Zoilo me acostumbré a pasar gran parte de ellas lejos de Carrión. En casa de los parientes de Villalba de Guardo y Velilla unas veces. Y otras con los de Fuenterrabía y Hendaya. 
Me iba lejos, según machacaba tía Carmen todos los veranos, “por colaborar” con las fuerzas vivas del colegio en mi  protección personal contra los peligros y las amenazas estivales que a todos nos acechaban.
Las grandes amenazas que sobre los colegiales se cernían en los  largos meses de verano eran las malas compañías.
En mis andanzas particulares se trataba de evitar el roce con los veteranos pandilleros del colegio de los Maristas.
En el conjunto de alumnos, yo incluido, era, además, eludir tratos con el pertinaz enemigo emboscado y al acecho durante todo el verano: las chicas de nuestra edad.
           
-¡¡Cuidado con las niñas!!, repetía con cara estremecida el P. Espiritual durante las numerosas pláticas preparatorias de las vacaciones

-Y nosotros las cuidábamos…!! comentaría años más tarde mi amigo Eduardo

Yo, ¿por qué negarlo? me lo pasaba muy bien con mi prima Luci que venía de Madrid al pueblo todos los veranos. Desde luego que ni ocurrirseme llevarla a ver el colegio. Pero íbamos a bañarnos solos o con algunos amigos al remanso del rio camino de San Juan de Cestillos. 

Y no es que menudearan en exceso los arrumacos propios de adolescentes. Pero sí que los había. Hasta que un día apareció, como sigilosa alma en pena… la gendarme!. Nos quedamos blancos y demudados, como ángeles agarrotados sobre los panteones de un cementerio.

-Es que le estaba soplando una pajilla del ojo… -improvisó Luci- que de repente se había puesto más roja que una amapola.

Tía Carmen dio un respingo y esbozó un rabioso zapateado que nos dejó temblando.  Luego, tras un aparatoso sermón, concluyó:

-¡Cuánta razón tenía el reverendo que os echó el discurso del último día de colegio! Y el niño aquél que dijo una poesía que me hizo llorar… Para ver ahora lo que estoy viendo…santo Dios!!!

Mi tía se refería en primer lugar a la arenga de fin de curso pronunciada por el Padre Prefecto después de la lectura de las calificaciones anuales y del nombramiento para los cuadros de honor de los mejores alumnos del año.

El poema causante de su lagrimeo aludía a la poesía “A la Virgen del Recuerdo” que figura en el primer capítulo de la famosa novela “Pequeñeces” del jesuita P. Coloma.


Dulcísimo recuerdo de mi vida,
Bendice a los que vamos a partir…
¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida,
Recibe tú mi adiós de despedida,
Y acuérdate de mí!...

Lejos de aquestos tutelares muros,
Los compañeros de mi edad feliz,
No serán a tu amor jamás perjuros,
Conservarán sus corazones puros,
Se acordarán de ti.

Mas siento al alejarme una agonía,
Cual no la suele el corazón sentir…
¿En palabras de niño quién confía?
Temo…no sé qué temo, Madre mía,
Por ellos y por mí…

Era esta composición poética el colofón obligado de todos los actos de fin de curso. La recitaba, ante la estatua de la Virgen de la Congregación Mariana que presidía el acto,  uno de los chicos que durante el año había sido señalado como mejor orador por la Academia de Declamación del colegio.

Los versos, recitados con entusiasmo adolescente, resbalaban como un orvallo suave  sobre los rostros encandilados de los alumnos, tensos en sus incómodas y cojeadas sillas. Al arrobo sucedía poco después la amenaza de una ceñuda nube que encendía destellos de alarma en los ojos abiertos como rosetones.
Dicen que el mundo es un jardín ameno
Y que áspides oculta ese j ardín…
Que hay frutos dulces de mortal veneno
Que el mar del mundo está de escollos lleno...
¿Y por qué estará así?

Y con ese cosquilleo en el estómago, con la aprensión de los escollos que llenaban el proceloso mar del mundo, los colegiales volvían a sus hogares.
Todos llevaban su plan de vacaciones repleto de actividades. Estar ocupados era el mejor antídoto contra los señuelos mundanos.

-“La gente pará cría malos pensamientos” -no cesaba de repetir alguno de los maestros- citando una frase que no estoy seguro si era de alguna de las novelas de Pereda o de Palacio Valdés.

El plan vacacional incluía la misa diaria, continuar con las prácticas piadosas que se hacían en el colegio, ayudar en las parroquias de los pueblos y trabajar en las campañas misionales.

En estas campañas se vendían libros, rifas y “bautizos de chinitos”. Quien más, quien menos todo el mundo recaudaba sus quinientas o mil  pesetas durante el verano que, al comenzar el nuevo curso, se mandaban al secretariado de misiones de Palencia para los misioneros de Anking en China.
En agradecimiento, todos los años nos visitaba alguno de ellos. Eran para nosotros verdaderos héroes. Después de sus charlas todos aspiraban a partir para las misiones en su compañía.

Juan José y yo, en los cortos días de mi estancia veraniega en Carrión, hacíamos la campaña misional  por los pueblos de los alrededores.
Nos llevaba su padre que era recaudador del municipio. Ibamos en coche, un diminuto Ford antiguo, que tan pronto se disparaba como una gacela por las rectas polvorientas de las carreteras como, al menor repecho, jadeaba lastimero hasta detenerse humeante y derrengado poco antes de llegar al cambio de rasante. Bajábamos.
Unos cuantos litros de agua refrescaban el radiador incandescente. Luego había que darle a la manivela. Lo hacíamos por turnos, a veces durante diez largos minutos.
Al fin arrancaba el motor carraspeando como un beodo acatarrado. Y pasábamos corriendo a la parte trasera para, empujándole, prestar una ayudita hasta culminar la cuesta.

Nos apeábamos del coche unos doscientos metros antes de llegar a cada pueblo. Para que no nos confundieran con la tarea del señor recaudador.
A pesar de ello, había algún paisano que renegaba al llamar a su puerta.

-¿Qué se les ofrece? -dijo con brusquedad el labriego mal encarado al entornar la portilla superior del portón.
-Algo para las misiones de China, señor…
- Jo… Por mi suegra que por siempre descanse en los infiernos!... Velay…Hoy están todos por pedir en este pueblo, ridiez. Hace un ratín el de la contribución, ayer el de los consumos… y ahora vosotros. A ver cuando viene alguno a dar, en vez de tanto pedir…so carajo!!

El portazo resonó por toda la calle. Varias vecinas curiosas se  asomaron para conocer la causa del altercado.
Algunos días venía en bicicleta un compañero llamado Fede desde Villaherreros, en la carretera de Osorno, y nos íbamos pedaleando a hacer campaña misionera por los pueblos de la Loma: Robladillo, Villasabariego, San Mamés de Campos.


En la última casa de postulación por  el caserío de San Mamés salió a recibirnos una moza rolliza y algo ligerita de ropa. Al verla me quedé de piedra. Ella pareció azorarse también en un principio. Pero se repuso al instante. Nos miró descarada varios segundos midiendo con ojos pícaros de los pies a la cabeza a los dos jovencitos.

-Me dais…cinco rifas. Vaya!

Al  inclinarse para poner las cinco pesetillas en la mano de mi compañero, me dirigió un guiño de provocativa complicidad. Los pechos turgentes asomaban desafiantes por el escote de la blusa. En el carrillo derecho se le notaban restos de algunas cicatrices, como si la zarpa de un rabioso animal lo hubiera desgarrado tiempo atrás.

-¿Queréis pasar a tomar cualquier cosilla? -se atrevió a insinuar la muy ladina.

Los dos saltamos como gatos sobre las bicicletas. Siguió un pedaleo zigzagueante por el temblor que nos sacudía como las ráfagas de un vendaval vapulean a los juncos de los arroyos.
Al salir a la carretera, Fede tomó, sin comentario alguno, la dirección hacia su pueblo y yo la dirección contraria hacia Carrión.

Cómo hubiera podido yo explicar a mi colega que la matona aquella no era otra que Lina, la Fiera de la Loma, la que, dos pisos más abajo de donde vivía mi abuela y la tía Carmen, frente a la casa donde una lápida recordaba el nacimiento en ese punto de D. Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, el de “Las Serranillas”, acosaba sin piedad a Floren, mi antiguo condiscípulo en los Maristas. Que yo la había visto correr con las ubres al aire detrás del pobre muchacho. Que Floren, el mejor especialista en tirachinas que yo había conocido, tuvo que marcharse por ello del pueblo. Y que varios compañeros de la pandilla, cierta mañana de verano, tomaron luego la justicia por su mano precipitando “accidentalmente” a la golfanta por un talud cuajado de ortigas y matojos punzantes. El sello de esa venganza justiciera eran las costuras cicatrizadas de su cara.


sábado, 12 de septiembre de 2015

¿MIEDO YO? (12 septiembre 15)

En la primavera del año 47 murió la abuela  María. Pasó los últimos  y difíciles años de su vida en una casa, al lado del puente del  río Carrión, donde ella y la tía Carmen, para que yo estuviera a unos pasos de San Zoilo, me habían preparado una habitación con mesa de estudio y estantería para mis  libros.

Pocos días después del fallecimiento de mi abuela -todavía no habían colocado la cruz sobre su sepultura-  acudimos de nuevo al cementerio del pueblo. Para enterrar esta vez, en la tumba contigua, a uno de nuestros compañeros del colegio.
El chico se llamaba Lorenzo Carrera. Se desnucó al colgarse de la portería de fútbol junto al comedor. Nada parecía presagiar su muerte cuando se lo llevaron sin sentido a la enfermería. Pero a la mañana siguiente, apenas instalados en la capilla para la misa cotidiana,  el P. Rector en persona nos dio la noticia. La capilla se convirtió en un mar de lágrimas.
En espera de que desde el norte  acudiera la familia, velamos  por turnos durante dos días al amigo. En largas filas, cada uno con un ramo de flores, fuimos a pie desde el Colegio hasta el cementerio. Numerosos carrioneses se unieron a la interminable comitiva.
Cuando el sol estaba ya a punto de ponerse detrás de las choperas de la vega, perfilando entre nubes rojizas la inmensa mole del monasterio de San Zoilo, el P. Rector pronunció unas palabras de despedida. Y terminó diciendo:

-Vuestro compañero, siempre risueño y optimista, reposa eternamente en este altozano de la Loma carrionesa.  Pero en este apacible atardecer, cuando las primeras estrellas  despuntan  ya  en el horizonte, una más acaba de instalarse sobre los cielos de Castilla. Es el alma de vuestro hermano. Elevad todas las tardes la mirada a las alturas y veréis que alguien os envía, desde lo más recóndito del firmamento, un guiño de esperanza.

El sepulcro se llenó de flores rociadas de lágrimas. Mi ramo se lo puse a la abuela. En la tumba de al lado.

-Cuida de mi amigo, abuela. Como si fuera tu nietuco ¿sabes? Ah! Mira que tú eres muy rezongona!  Por favor, no me le regañes…que es  buen chico!

El convento de las carmelitas lindaba con la huerta de los jesuitas.  Cuando en las tardes de mayo íbamos a cantar y recitar poesías a la Virgen de la Huerta, las monjitas, apostadas al otro lado de la tapia, nos tiraban caramelos y pétalos de rosas.
Corrió el rumor de que, entre las novicias del convento, había una que tenía visiones místicas y extraños éxtasis. Cuando, después de la misa, la piadosa hermana retiraba los avíos de la celebración, le aparecían empapados los corporales. Y una voz interna le aseguraba que era pipí del Niño Jesús.
Llamaron a un Padre, teólogo especialista en mística y sucesos sobrenaturales. Alguien empezó a maquinar que ya teníamos en el pueblo otra Santa de Carrión, como aquella monja de tiempos de Felipe V, especialista en bilocaciones. O como otra más reciente, Francisca del Valle, que tuvo también favores místicos asombrosos y colaboró mucho en la instalación del colegio de los jesuitas en Carrión.

El “misticólogo”  P. Hernando, en contraste con su incorpórea especialidad, debía pesar más de cien kilos. Seguro que la camioneta de Frómista que se detenía frente al bar España, junto a la iglesia de Santa María, debió de respirar aliviada cuando puso pie a tierra el inmenso jesuita.
Los jugadores de cartas en la acera del bar, a punto de echar un órdago sonoro estrellando los nudillos contra el mármol de las mesas, se quedaron  con los naipes alzados y las bocas abiertas como buzones. Porque, además, después del orondo cura, se apeó una mujer muy desenvuelta que, oh desfachatez, llevaba pantalones!! La primera, así vestida, que osaba presentarse en sociedad ante los mayores del lugar.
Las zumbas y rechiflas menudeaban desde todas las ventanas y mesas de la cantina. Primero para el religioso.

-¡Ay va la leche! –comentaba uno- ¡Cómo se cuidan los del clero!!
-Y que estamos de buen año -se atrevió a decirle otro entre el jolgorio de sus compañeros de partida - ¿eh, reverendo?

El  corpulento teólogo, sin inmutarse, se encaró con el  insolente y le espetó con una seráfica pachorra:

-Si hijo, sí y después… ¡la vida eterna!! Para que te enteres…

Y se perdió, calle Santa María arriba, bamboleando su maciza humanidad en dirección al convento de las madres carmelitas.

Luego la tomaron, con modales y palabras mucho más provocadoras, con la de los pantalones.

-Pues aviaos estamos. Arresulta que tendremos que llevar nosotros sayas y las matronas pantalones! No te jiba!!
-Oyes, ¿le quitastes los pantalones a ese cura?
-A ver si le prestas  el pandero a la banda de música, monumento…!

La mujer se plantó en jarras frente a la chusma entera de camorristas:

-Pero… ¿qué os pasa, atontolinaos? Quisiera yo saber cuántos de vosotros llevan mejor que yo los pantalones, eh!? Vamos…que se levanten…!!

No se movió nadie. Y ella se fue derecho a  un viejo que sostenía aún la carcajada:

-¿Y usted de qué se ríe, viejo verde? Ande, ande… quítese de en medio y… vamos…mírese, mírese las calzas y, por favor…abróchese la jaula, no vaya a ser que se le escape el pajarito…!

Al pobre hombre se le agarrotó la boca desdentada y se quedó encallado, como el mascarón de proa de una vieja nave, contra la pared del Bar España.

El P. Hernando se dirigió directamente al convento carmelitano. Contra toda expectativa, según  comentó el capellán de las madres, la entrevista con la novicia visionaria no duró más de veinte minutos. Por todo comentario le dijo al fin a la atribulada hermana:

-Tenga cuidado, niña, no vaya a ser el diablo el que se le mea en los pañales…

Cuando estaba ya pasando el torno, cerca de la puerta de salida del convento, se dirigió a la  Madre Superiora que, desconcertada, le seguía en espera de  alguna aclaración a los místicos arrebatos de su  novicia:

-Ah, Reverenda Madre. Me permito recordarle que el hambre es el Edén preferido de la mayoría de las alucinaciones.
-No le entiendo ¿Qué quiere decir con eso su Paternidad?
-Pues que les dé unos buenos garbanzos de más, con tropiezos y buena sustancia, a sus monjitas, buena mujer… Queden con Dios.

Después de la visita al convento de las carmelitas, el P. Hernando se hospedó varios días en San Zoilo.
Mi amigo Millán y yo quisimos saber la opinión del gran experto en temas trascendentales sobre el misterio de la cabra que tanta zozobra les daba a generaciones enteras de alumnos.
Nos acompañó en la entrevista  el P. Espiritual del colegio.
Rezaba el rollizo cura su breviario paseando junto al cuérnago. Los patos le acompañaban chillando al amparo de la dilatada sombra del jesuita que abarcaba las dos orillas del regato. Esperaban que, en repuesta a sus disonantes graznidos, les soltara algunas migajas. Cuando llegamos nosotros, los animales huyeron al vernos, planeando raudos sobre la superficie del arroyo. Estaban acostumbrados a que les ahuyentáramos a pedradas hasta la vaquería.

Nos escuchó muy atento, con una sardónica sonrisa que presagiaba alguna de sus inesperadas y  perogrullescas explicaciones sobre multitud de miríficos  fenómenos que para él no eran más que fruto de la ignorancia o de los estómagos vacíos.

-Los dos estáis ya mayores… bien granaditos ¡no?  ¿Aún le tienes miedo tú  a esa cabra?  le preguntó a mi compañero
-¿Miedo yo? Bueno, más que miedo… precaución…
-El P. Tarín, al que tuve el honor de conocer en mi juventud, fue un abnegado jesuita. Que yo sepa - dijo el fraile riéndose de su propia ocurrencia- nunca fue pastor de cabras. No se me alcanza por qué semejante cornúpeta debió adquirir tan gran querencia por el santo varón y aposentarse además donde ya no queda ni un pelo de su sotana.

No cabía insistir más. La respuesta estaba a la altura del tónico que el P. Hernando administraba a sus pacientes: el sentido común.
Aunque, acordándose quizás de la visita efectuada  el día anterior al convento cercano, añadió al instante con cara seria:

-O tal vez…mira por dónde… ahora se me ocurre.

Bajando la voz, como si a revelarnos fuera un gran secreto, agregó:

-¿Y si ese pobre animal estuviera por acaso muerto de hambre?... ¿Sabéis? El hambre es muy mala consejera. Os propongo que, en los rincones más estratégicos de la  casa, le coloquéis a la famélica  bestia unos buenos manojos de hierbas bien fresquitas
-Lo malo será en ese caso que se acostumbre  -observó Millán
-Y que entonces sigamos aquí teniendo cabra por los siglos…-dije yo
-Amén -concluyó el cura, satisfecho de que le secundáramos su ingenua inocentada.

Les contamos a todos el resultado de la entrevista con el  Padre competente en  hechos sobrenaturales. Y lo que resultó a la mañana siguiente fue algo totalmente inesperado.
En los más inverosímiles y recónditos escondrijos de San Zoilo aparecieron gavillas de toda clase de hierbas. Algunas escondían, cuidadosamente camuflados, unos cepos armados. Otras iban acompañadas de cuencos llenos, presumiblemente, de agua bendita. Todo estaba intacto. De la insolente cabra… ni pelos ni señales.

Únicamente, en una trampa disimulada en el frontón cubierto, apareció atrapado el conejo semental que la víspera se  le había escapado al Hermano de la vaquería.



LA CABRA (12 septiembre 15 )

Teobaldo, el ermitaño de Peña Labra, en un paseo por los hayedos del norte de Palencia, me expuso cierta vez, a su manera, el perfil del miedo.
           
“El miedo es la mayor debilidad con la que cohabita el hombre. El nacimiento y la muerte son el pórtico y  la puerta trasera de la vida de cada individuo.  En el dintel de ambas portadas está grabada una palabra: Miedo. Las primeras edades del hombre se hallan  plagadas de recelos y desasosiegos, fruto de la ignorancia y la indefensión ante lo desconocido. Y todo desemboca en el lecho por donde discurre, a lo largo de toda la existencia, el miedo. El secreto de la madurez y aun de la felicidad del hombre está en la respuesta que cada uno endosa a esa ineludible situación vital”.

A poco de mi entrada  en el colegio murió en la enfermería de padres un sacerdote viejo. La enfermería de padres lindaba con la de los alumnos. A aquella venían los miembros de la provincia jesuítica que necesitaban reponerse de alguna dolencia y los que, ya muy ancianos, se recluían para pasar en el paraíso carrionés sus últimos días. La cercanía de tantos padres jubilados era la única pega que le poníamos al sitio más acogedor del colegio.
Ir a la enfermería significaba disfrutar de un paréntesis de mimos y relajación en contraste total con la dura “distribución” de la vida ordinaria en el centro.
Fingíamos a veces malestares o dolores de anginas. Sólo para pasar algunas horas en una de aquellas habitaciones cálidas, cuidados por el enfermero Hermano Astudillo, prodigio de asistencia casi maternal a todos los que pasaban por la enfermería. Hasta que llegaba D. Eustaquio, el médico de Carrión, y te despachaba lacónico:

-Este niño está más sano que un membrillo. A estudiar…

Y te salías apesadumbrado de aquel oasis, saboreando el caramelo que por lo bajo, como consolación,  te había deslizado el Hermano Astudillo.

Diez días pasé yo en la enfermería del colegio. Fue a consecuencias de la primera vacuna que anualmente ponían a todos los alumnos.
Una vacuna contra el tifus y no sé cuantos bichos más que, según el padre Prefecto, nos acechaban.

-Para evitarlos, afirmaba, el remedio consiste en inocular algunos de ellos en el hombro y que el organismo fabrique los anticuerpos que lucharán cuerpo a cuerpo contra los intrusos.

Sobre la pizarra de la sala de estudios, el padre nos describía con todo lujo de cómicos detalles esa cruenta batalla. A duras penas podíamos reírnos. El corte que con su navajilla había efectuado en lo alto del brazo el carnicero de D. Eustaquio se abultaba como una castaña y el dolor iba poco a poco invadiendo la espalda.
Un tormento que ni sentado ni acostado se podía soportar. Duraba de dos a tres días. Decían algunos que se curaba con dos sorbos de coñac mataquintos capaz por sí solo de inmunizar contra todo bicho que pretendiera invadirte.

Aquel año la vacuna se me complicó  con algunas fiebres y pasé  largos días como interno del Hermano enfermero. No era un dolor de anginas. Porque de lo contrario el tratamiento que siempre aplicaba Astudillo eran unos toques de algodón con tintura de yodo en la garganta, de la campanilla para dentro. A cada arcada, un caramelito como compensación.
La convalecencia duró más que la enfermedad. Era la norma de Astudillo. Nada. Ni el examen más trascendental, ni  el papel indispensable en alguno de los actos importantes del colegio podrían arrebatarle a ninguno de sus pupilos de la enfermería antes de que él decidiera darle de alta.

La enfermería tenía una salita con juguetes, libros y pasatiempos, que daba al patio de fútbol. Desde la ventana se disfrutaba del inmenso guirigay que se formaba en todos los recreos. Una nube de chicos, divididos en  varios equipos de fútbol, se disputaban los respectivos balones. No se señalaban faltas, aunque menudearan las patadas en las espinillas, porque no había árbitros. El enigma estaba, cuando los balones se acercaban a la portería, en distinguir a cuál de los porteros que estaba bajo los palos le tocaba defender la meta.

La víspera de mi vuelta a la normalidad escolar llegó a la enfermería un alumno con fuertes dolores de vientre. Uno de los Hermanos que cuidaba de los dormitorios le afeaba  continuamente el que se meara todos los días  en la cama.  El muy bárbaro llegó a decirle al chico:

-Remedio fácil. Átate el grifo, y…sanseacabó.!

Y el infeliz se la ató con un cordel durante varios días. Vino a por él la furgoneta del colegio y se lo llevaron a escape al hospital de Palencia con una inflamación de caballo.

Fue esa misma tarde cuando murió a pocos metros de la habitación de la enfermería de alumnos el anciano sacerdote, P.Llera, misionero de Las Carolinas.
Para muchos  era la primera vez que contemplaban de cerca un cadáver. Después, con la presencia de tantos ancianos jesuitas retirados en Carrión, nos acostumbramos a los frecuentes fallecimientos y a los velatorios y funerales.

El exmisionero Llera estaba muy gordo. Le expusieron sin ataúd en una alfombra y pasamos todos en fila a recitar un padrenuestro. El carpintero, H. Emparán, le hizo una caja tan grande como  un vagón de tren. Costó lo indecible llevarle hasta el cementerio que los Padres tenían detrás de la iglesia.

El cementerio de los frailes existía desde siglos, cuando San Zoilo era de los benedictinos. No estaba muy cuidado. La maleza trepaba sin respeto por las sobrias cruces de hierro.

Lo que más atraía sin embargo nuestra atención en el desvencijado cementerio era el osario antiguo que se asomaba por una puertecilla siempre abierta a ras de suelo en una de las paredes traseras de la iglesia.
El morbo infantil no tiene límites. A veces, pegados a las paredes de la cocina y el horno que daban hacia el camposanto, nos deslizábamos a hurtadillas a contemplar ese informe montón de venerables monjes que descansaban en  el húmedo agujero.

Cuando el sol daba de lleno sobre la abertura, las salamandras se deslizaban desde los ojos de las calaveras y se ponían tan ricamente a tomar el sol sobre las calvas.
Uno de los maestrillos nos atrapó en pleno divertimento macabro.
Nos temíamos lo peor. Pero se limitó a decirnos:

-Espero que saquéis la mejor lección de esta vuestra aventura
¿Cuál, padre?
-Pues que en esta vida no hay que tener miedo a los muertos sino a los vivos. Y en prueba de ello, ya que los muertos, como veis,  no os pueden hacer nada… ospa, que os quiero ver a toda velocidad hacia el recreo, no sea que yo me pique y os deje sin el idem toda una semana

Todavía ignoro por qué circunstancia surgía el día del terror en el colegio. Llegaba puntual, como lo hacía todos los años la época de las canicas o de la peonza, de saltar al burro o del  pica-pica.
Ese día  leíamos todos en grupo historias de miedo. En clase de literatura  era normal leer  de corrido durante varias horas obras enteras: Episodios Nacionales de Pérez Galdos, obras de teatro, o alguna novela entre las que recuerdo que seguíamos con extraordinario interés a “Mireya” de Gabriela Mistral o a “Colomba” de Próspero Merimé. 
El día del miedo estaba reservado a la lectura de obras e historietas macabras,  cuentos de Poe o Lord Byron y en especial a las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Un escalofrío recorría los bancos del estudio, en penumbra, con las contraventanas entornadas, durante la lectura completa de  “El Miserere” o de “Maese Pérez, el Organista”.

Luego, por la noche, nadie podía conciliar el sueño. Nos agrupábamos en la esquina de un dormitorio o enracimados de ocho o diez en alguna camarilla. Y allí seguían las hablillas de las morbosas experiencias de cada uno en el mundo del miedo.  

Diego contaba historias de meigas gallegas, de esas que dicen que no existen, pero “haberlas, haylas”. Pablo decía chismes sobre aparecidos en las campas asturianas. Otros recordaban habladurías de “hombres del saco”, “sacamantecas” y ánimas del Purgatorio en pena que no paraban de incordiar a la gente hasta que les encomendabas un septenario de misas.
Yo, por mi parte, evocaba los fantasmas enclaustrados en la hendidura del pozo de la casa de la abuela María en el corralón de Villalba de Guardo.
En el mismo pueblo, cuando llegaba el día de los difuntos surgía  de todas las esquinas un ejército de espíritus cubiertos de sábanas y en las cornisas de las casas colgaban calabazas en forma de calaveras escupiendo por los ojos y la boca el fuego y humo de las antorchas disimuladas en su interior.
Se decía que entre tantos espectros siempre había alguno que era real. Y que si lo tocabas se desvanecía al instante seguido de un ensordecedor trueno que obligaba a guarecerse despavoridos en sus casas a todos los falsos espantajos.

-Cuenta, cuenta, me dijo Pablo, lo de aquel de ahí arriba, de Carrión, que saltó de la caja cuando le metían en el cementerio

Tuve que corregirle. El difunto tío Anselmo no se tiró del ataúd. La caja se abrió cuando le flaquearon las piernas a uno de sus sobrinos, cayó el féretro en mitad del camino de entrada, se desencuadernó y apareció entonces la cara desencajada del comecuras de Anselmo. Aquel que, cuando volvía de su trabajo en los viveros, descargaba adrede ante el portal de los jesuitas de San Zoilo las ventosidades que expresamente se había aguantado durante la jornada.
Pero lo que en el grupo de niños insomnes en esa larga noche produjo un jolgorio desatado fue al describirles el descubrimiento de mi amigo y pandillero Rubio del colegio de los Maristas de Carrión. Rubio identificó los estampidos que se produjeron en todo el barrio durante la noche de su fallecimiento con las potentes emisiones de gases anticlericales de las que se ufanaba el pedorrero del tío Anselmo.

Acudió entonces a apaciguar la jarana el maestro de turno y nos mandó a cada uno a su cama sin contemplaciones. Pasamos la noche arrebujados todos en las mantas. Sin osar ni atisbar la oscuridad cercana. Y mucho menos atreverse a poner pie fuera de los dormitorios. Por si, a la vuelta de cualquier recodo, te salía uno de los misteriosos residentes de pensión fija en San Zoilo: la cabra del P.Tarín.

Los recovecos y rincones que por todas partes menudeaban en la construcción de un monasterio antiguo facilitaban la ambientación de leyendas y fantásticas historias a cada cual más espectrales.
Por las losas del claustro, se decía, deambulaban ciertas noches, apeados de sus ménsulas de piedra, los antiguos abades benedictinos. Cerraban la procesión algunos obispos yacentes bajo las losas cercanas a la puerta de la iglesia.
De las angostas celdas de castigo, donde el Hermano despensero guardaba los dulces más sabrosos, brotaban  enredadas en el viento de las noches frías las lamentaciones de los  monjes díscolos allí encerados.
  
La leyenda de más arraigo entre los estudiantes era sin duda la de la cabra. Según ella una cabra, que por su origen debía ser el demonio, vagaba a su placer por los rincones más recónditos de la escuela.
La historia venía de las tentaciones que el piadoso jesuita, P. Tarín, padeció durante su vida por parte del diablo ataviado de cabra. Murió el bendito fraile. Pero la cabra no abandonó el lugar donde él vivía.


Con el tiempo el sitio donde residió el ejemplar religioso se convirtió en  dormitorio  con el nombre de P. Tarín. Allí tenían sus camarillas los alumnos mayores. En un ladrillo del suelo, aparentemente chamuscado, había dejado su huella la señora cabra.
Decían que el bicho solía guarecerse en una cripta cubierta, debajo exactamente de ese dormitorio, donde se descubrieron luego, sin que durante siglos se sospechara, los sepulcros de los Condes de Carrión. 


En las interminables noches invernales, cuando el aire gélido silbaba por las rendijas de las ventanas mal entornadas, a muchos se les antojaba escuchar a lo lejos el amenazador cencerro del animal. Jamás la vio nadie. Pero, como si fuera una meiga gallega, los infantiles espíritus no dudaban de su existencia.

Estaba severamente prohibido asustar a los más pequeños con pormenores sobre la incómoda bestia. Más de una vez se encontró con un buen capón del maestrillo de turno el impertinente que se apostaba en una esquina semioscura e iba asustando, “Uh! uh uuuuuh! la cabra!!” a los que pasaban.

Los alumnos maduros, con cuatro o cinco años de permanencia en el centro, tenían más que superado el síndrome del  desfachatado rumiante. Pero, con todo y con esas, lo cierto era que, al atravesar uno solo a cualquier hora del día, y no digamos de  la noche, el temido dormitorio del P. Tarín, aceleraba el paso. Por si la cabra.

En el último curso nos desalojaron a los mayores del dormitorio Tarín.  Detrás del simple estuco del muro al que estaban apoyados nuestros catres de hierro se avecinaban, impulsadas por el P. Quintín Aldea, prospecciones importantes sobre los sepulcros de los Condes de Carrión, los históricos, no  los irreales y sombríos del “Cantar de Myo Cid”.
Nos dieron una habitación individual en el último piso de la fachada  que daba al pueblo. Los amaneceres en el buen tiempo encandilaban desde esa atalaya nuestros duendes adolescentes.
Un cuadro incomparable.

La silueta de la iglesia de Belén al fondo,  el puente en la penumbra enhebrando la orilla escarpada con el tapiz lozano de la vega, la neblina que surgía del río, el olor a tierra cultivada…
En los crudos inviernos el promontorio de Belén y la elegante torre de  San Andrés semejaban inmensos navíos entre las nubes de nieve que bajaban por la pendiente intentando arropar las choperas desnudas de las orillas del Carrión.

Si mirabas hacia arriba, en las largas noches estrelladas, podías contemplar el deambular de la Vía Láctea y sus constelaciones.
Nos sabíamos de memoria todo el mapa del firmamento. Y las míticas y sobrecogedoras leyendas que sobre él estaban grabadas. 

Las Pléyades, las Osas y Los Gemelos.

El gigante Orión que se enfrentaba al Toro…

Alfa Centauro, Casiopea, Vega de la Lira

Todo dando vueltas, cortejando en prodigiosa simetría geométrica, a la diminuta pero ilustre dama: la estrella polar.

-Fue en su origen el miedo, la inseguridad ante lo inexplicable, lo que provocó, entre los antiguos espectadores de este gigantesco fresco, la interpretación fabulada de las constelaciones.
-Pues yo veo en todo ello –dijo uno de los asistentes- un claro sentido poético de gran belleza 
-Claro que sí. De eso precisamente se encargaron tanto los sabios astrónomos de la antigüedad como los poetas épicos que nos trasmitieron la fastuosa sinfonía de las leyendas siderales. A mi entender dieron un ejemplo de lo que deberían intentar todos los credos: convertir los ancestrales y originarios miedos en poesía inspiradora de una contemplación creativa.
-Pero ¿seguro que  se creían en serio todas esas historias del firmamento?
-La contemplación y el estudio del cielo es algo común a todas las civilizaciones. Nosotros miramos al firmamento con ojos griegos. Ellos, traduciendo a la práctica, a través de los mitos, la interpretación inmemorial de los diseños estelares, colocaron a héroes humanos en las estrellas y bajaron de ellas a los dioses. Esa es la tela sobre la que se escriben, entre otros, los dos grandes poemas épicos de Homero: la Ilíada y la Odisea.

Era la interpretación que sobre el firmamento nos daba el profesor de literatura. En aquella noche que, para seguir paso a paso un eclipse total de luna, un grupo de alumnos pasamos en blanco.
Fue impresionante. Duró cinco horas. La sombra de la tierra iba engullendo a mordiscos la superficie lunar. Una penumbra inicial. La progresiva desaparición del astro que en la fase de eclipse total se convirtió en una bola roja anaranjada durante unos minutos. Y la salida de las sombras de una oronda luna llena que reapareció burlona en todo su esplendor como si nada hubiera pasado.

Las primeras estrellas que emergieron en la fase final del eclipse fueron Cástor y Pollux, de la constelación Géminis.

-El símbolo de la amistad para los antiguos, comentó el profesor.
-Una leyenda muy bonita, dijo Fernando
-¿Por qué no nos la recuerdas?
-Pues, sí. Cástor era mortal. Pollux, hijo de Júpiter, inmortal. Al fallecer el primero en una bronca, su amigo pidió a su padre que no se separaran. Y el dios les transformó en esas dos estrellas.
-Muy bien resumido. Ahí tenemos  el claro ejemplo de un mito esculpido en el firmamento.  La mitología es casi siempre la expresión de la sabiduría popular. Por lo general es la formulación, aunque en ella intervengan dioses y héroes inalcanzables, de un sinfín de experiencias humanas dichas de manera artística y simbólica.

En esa noche aprendimos para toda la vida cómo mirar e interpretar, entre poesía y fábula, la bóveda celeste. Un libro abierto, de una riqueza inagotable.

Antes de ir a dormir, miré hacia abajo desde mi ventana. Allí estaba, en la perpendicular, el cementerio de los frailes con el osario antiguo que se asomaba por un boquete a ras de suelo.
En las noches cálidas surgían de entre la maleza del camposanto, como remedo a los luceros del firmamento, las luminarias titilantes de los fuegos fatuos.