martes, 3 de noviembre de 2015

ULTIMO DIA EN VILLAMEZ ( 3 noviembre 15 )

A todos les costó mucho  despertarse  a las siete del día siguiente. La campanilla matinal, sonajero diario para espabilar a los colegiales, susurraba apagada y lenta como una pesada niebla invernal. Y sin embargo era un día espléndido. Diáfano y soleado. Como solían ser las “mañanitas del Rey David”, en la segunda quincena de Junio. Muy cerquita ya de las fiestas de San Juan. Y en vísperas de los exámenes finales.

 -Hoy, día de campo -fue corriendo la voz por todos los dormitorios

Sería quizás la última salida del año a la alquería de Villamez. Estábamos encantados con la noticia de no tener clase. Porque, con la resaca del día anterior, hubiéramos estado en las aulas hostigados el día entero por las provocaciones del dios Morfeo.

Gran parte del camino estuvimos acompañados por tres rebaños de ovejas que ocupaban toda la calzada.  Procuramos adelantarlas para evitar pisar la siembra de granitos de café que iban dejando entre la polvareda de sus patas. Los perros pastores les impedían pastar por las cunetas, porque no era bueno que comieran la hierba todavía húmeda por el relente de la madrugada.

Pasamos el paseo de ida conversando con nuestro maestrillo preferido, el profesor de Historia.

 -A ver. Empecemos por lo negativo. Lo que menos os gustó de vuestra visita  de ayer a Burgos

La repuesta fue unánime. Las Huelgas.

-Era bonito. Pero después de comer… -dijo como justificación uno de los excursionistas- era algo así como si el Arte se te atragantara
-Mas bien no os dijeron algo que os hubiera atraído la atención –comentó el maestro en tono complaciente- Ignorabais, por ejemplo, que el rey Alfonso VIII, el de las Navas de Tolosa, fundador y morador eterno de ese monasterio después de su muerte, estuvo aquí en Carrión de los Condes innumerables veces…
 -Pues no, de eso no sabíamos nada
 -Aquí estuvo, por ejemplo, hacia 1180 para firmar los fueros de algunas villas cercanas. Y unos años después se reunió en Carrión con su primo Alfonso IX para firmar los pactos que, como última consecuencia, desembocarían en la anexión del reino de León por el de Castilla. Alfonso VIII fue amigo de trovadores y sabios. Influencia de su esposa doña Leonor. Ellos fueron los impulsores de la primera universidad española que se comenzó muy cerca de aquí. Se llamó el “Studium generale” de Palencia, embrión de la futura gran Universidad de Salamanca.
-El Arte -prosiguió el profesor- se saborea más cuando se le coloca en su contexto histórico. La Historia y el Arte, recordadlo siempre, van persistentemente de la mano. Son dos hermanos inseparables.
-¿Es verdad –preguntó uno de los chicos- que la abadesa de las Huelgas era muy mandona?
-Ya lo creo que mandaba. Esa abadía se convirtió en un señorío territorial muy extenso. La reverenda  abadesa de las Huelgas tenía extraordinarios poderes religiosos y civiles sobre numerosos obispos y nobles de la región
-¿Y a santo de qué?
-Pues por el rango que las abadesas tenían. Casi todas fueron de sangre real y llegaron a tener más autoridad que las mismas reinas. Lograron  gobernar sobre cerca de setenta villas y  dominar arbitrariamente doce monasterios. Tanto se les subió el poder a la cabeza que algunas se atrevieron a predicar en público y a oír en confesión a sus monjitas.
-Vaya escándalo, ¿no?
-Sí. Fijaos si llamó la atención en todo el mundo esta situación que un cardenal romano llegó a decir irónicamente que si el Papa llegara a casarse algún día, debería ser con la abadesa-papisa de las Huelgas
 -Así todo quedaba en casa, ¿eh?! –se atrevió a puntualizar el que estaba más cerca del profesor- Pero enseguida se arrepintió del comentario y, más rojo que una guindilla,  se escabulló a toda mecha del grupo.

Al llegar a la finca de Villamez, unos cuantos fuimos a conversar con los pastores que habían acampado en unos prados cercanos. Conversar con ellos fue durante una época una de nuestras distracciones favoritas.

Porque en clase de literatura se había hablado de algún comentario del escritor Miguel de Unamuno sobre la sabiduría de los pastores.
Declaraba Unamuno su inclinación a pasear con los cabreros. Le enseñaban a pensar. El pastor tiene todo el tiempo del mundo para cavilar. Para imaginar a sus anchas y calibrar sus conocimientos. Y para detectar cada día rincones nuevos para la reflexión.
Por eso también el lenguaje de los pastores castellanos que conocíamos era un modelo de precisión. La frase exacta. El epíteto adecuado. Estos cabreros nada tenían que ver con aquellos rebuscados y melifluos de las églogas o novelas pastoriles del Renacimiento. Aquellos bucólicos pastorcillos  eran una evasiva, un mero recurso literario. Iban ataviados con unos modelos y una cursilería trovadoresca en el lenguaje que en nada coincidía con los verdaderos gañanes y porquerizos de su época.

-A estos pastores de ahora nadie  les tiene en cuenta. Pocos son los hombres cultos, como Unamuno, que se acercan a unos humildes guardianes de ganado para conocer la auténtica reflexión sabia y  la entraña de la lengua. Porque el lenguaje lo hace el pueblo. No los eruditos. Estos, a lo más, lo desmenuzan y disecan. Y luego nos lo presentan enlatado en sus estructuras gramaticales.

Tal vez se pasaba dos pueblos el profesor de Castellano con este repaso a los intelectuales. Pero se le entendía muy bien lo que quería decir.

Leoncio, Martos, Elpidio. Recios pastores curtidos como antiguos odres, rebosantes del sentido común que imprime el roce constante con la naturaleza. La vida de cada uno modela su lenguaje. El  suyo era la voz de los arroyos, los barbechos y los pastizales donde pacían sus rebaños. Aprendimos mucho de ellos. Y, de rebote, les enseñamos también a corregir algunas faltas de lenguaje (¿o tendencias, tal vez?) que eran frecuentes en el habla de las capas menos cultas de la región. Eran los famosos pretéritos que tanto nos llamaban la atención. Los “dijon”, “puson”, “trajon”, “vinon”… en vez de dijeron, pusieron, trajeron, vinieron…

Y ellos, disciplinados, llegaron a corregirlo. Elipio riñó y todo en casa con su “parienta” al intentar enmendarla.

-Que nos lo “dijeron” ayer los chicos de San Zoilo….que no se dice ni “dijon” ni “vinon”
-Anda ya, “remilgao”… -le contestó ella- “Pos” no. “Ende” que empezó a hablar mi abuela y los abuelos de ella “habemos” dicho  siempre así: “trajon” y “vinon”…
-¿Y tú como lo sabes?
-Hombre, es un suponer
-Los chicos nos han dicho que ya los pastores  hablaban como se debe desde que escribió Cervantes-¿Y ése quién es?-Mira que eres inculta, Palmira
-Ya, ya… “dijo la sartén al cazo… señorito Elipio¡¡”

Palmira dio un portazo y ahí se terminó toda discusión.

-Es lo de siempre –recapituló el pastor- unos nacen pa la siembra y otros pa la molienda…y a ver quién es el  salao que en dos envites cambia el barbecho en tierra de labrantío..¿eh?

Por la tarde, en el camino de regreso al colegio, el profesor quiso indagar más sobre nuestras impresiones de la visita del día anterior a Burgos.

 -¿Qué os pareció la Cartuja de Miraflores?

Hacía apenas veinticuatro horas que, en otro crepúsculo vespertino muy diferente, salíamos de la cartuja burgalesa.

El último detalle gravado en nuestra retina era el de una capilla vacía. En el testero una estatua. San Bruno, fundador de los cartujos. Con él había soñado yo la noche anterior.

La soledad y el silencio, en efecto, fueron los rasgos que más nos impresionaron en este monasterio a tres kilómetros apenas de la ciudad de Burgos. El silencio del paraje boscoso a orillas del río Arlanzón. Y el silencio de sus moradores.

-Las reglas de los monjes cartujos sólo les permiten hablar lo menos posible -nos dijo uno de los sirvientes laicos, llamados “donados”, que nos acompañó durante todo el recorrido.
- A mí me han dicho siempre –intervino uno de los alumnos- que los ermitaños no hablan nunca. Y que dicen únicamente cuando se cruzan: “Morir habemos”, y responde el otro: “Ya lo sabemos”
-No sé si eso será cierto en otras órdenes claustrales. Pero no es verdad si se refiere a los cartujos.

<<Tenemos, eso sí, nuestras normas de silencio. Nunca se puede hablar en la iglesia ni en los pasillos. Ni en el refectorio. Sólo hablamos en contados momentos del día y en los paseos dominicales. Y en el trabajo. Pero la conversación debe ser lenta, breve y espaciada. La mayor parte de las veces los monjes se comunican con misivas escritas que depositan en las casillas que tiene cada uno en la sala común o del capítulo.
Este silencio mitigado, va parejo con la vida solitaria, mezcla de soledad y vida en común, que llevan los cartujos.
Su fundador, San Bruno, se retiró, hace ya nueve siglos,  con otros seis compañeros a una zona de los Alpes, cerca de Grenoble en Francia. Formaron un eremitorio. Cada monje habitaba en su casita o ermita y trabajaba su huerto. Se reunían varias veces durante la jornada para orar juntos y celebrar los ritos de las horas litúrgicas.
Eso es lo que seguimos haciendo los cerca de treinta monjes que tenemos el divino privilegio de habitar la Cartuja de Miraflores. Y en un entorno, además, maravilloso que sin duda os va a gustar. Primero por sus muestras de Arte y luego por lo que hay detrás de estos austeros muros y que luego os explicaré.>>

Es difícil imaginar, al llegar a la explanada  del crucero que da acceso a la Cartuja, los tesoros que puede encerrar una construcción aparentemente  tan reducida. La iglesia es de una sola nave. Antes de llegar a su cabecera  hay que atravesar tres coros separados por rejas y retablos destinados a los laicos, los legos y los padres.

Y de pronto, una extraordinaria concentración de obras  de arte.

Boquiabiertos quedamos ante dos de ellas: el retablo mayor de Gil de Siloé, de madera policromada, terminado en 1499, punto culminante del último gótico europeo.

Y del mismo autor, a los pies del impresionante retablo, el sepulcro del rey Juan II de Castilla.

Este rey regaló a los cartujos su pabellón de caza en las inmediaciones de Burgos. Un incendio destruyó el primer monasterio cartujo. El actual, denominado Cartuja de Santa María de Miraflores, se terminó impulsado por la hija de Juan II, Isabel la Católica.

La idea de la reina fue convertir el templo en el panteón de su padre y de su esposa doña Isabel de Portugal.

El resultado fue una obra única de exuberante belleza escultórica.
         
Para calibrar la impresionante belleza del panteón real, sólo hay que recordar el comentario que, según cuentan, hizo el rey Felipe II en su visita a Miraflores:

-¿Y para eso, me pregunto, acabo yo de construir El Escorial?! –dijo, anonadado ante el mausoleo de sus antepasados.

Señalando la puerta por donde los monjes, después de haber dormido apenas cuatro horas, entran a medianoche para los cantos de Maitines y Laudes, nuestra guía nos describió la vida del cartujo, sus celdas que son como austeras y diminutas casas individuales, sus trabajos:”ora et labora”, la alegría que impregna la vida de los cartujos impulsada precisamente por todas las privaciones que libremente ellos se imponen

-Y ahí estamos; humildes, sin ninguna aspiración terrenal, consagrados a la oración y al trabajo. Con la solidez que describe el escudo de la Orden de los Cartujos. Siete estrellas, representando a los fundadores, envuelven una cruz sobre la bola del mundo. Y una leyenda dice: “Stat crux dum volvitur orbis”. ¿Alguien sabe traducirlo?

-“Está la cruz en pie mientras el mundo gira”, tradujo alguno rápidamente.

 -Que Dios os bendiga

El sol poniente alzaba las doradas piedras de la iglesia sobre los tejados del monasterio. Los pináculos que coronan sus fachadas parecían los guardianes de tanto tesoro artístico y espiritual escondido en la inolvidable Cartuja de Miraflores.


-¡Eh!, ¡eh! –comentó el profesor- me parece que por aquí ronda el “recuerdo de Sthendal”

            -¿No quedamos en que eso sólo pasaba en Florencia, Padre?



RECORDANDO A STHENDAL ( 3 noviembre 15 )

Eran escasas las salidas fuera de la dorada jaula de San Zoilo. Las salidas semanales a la finca de Villamez no eran propiamente tales. El caserón del campo y la casona del monasterio se fundían en una entidad única. 
El cordón umbilical que los trababa eran los senderos, regatos y rastrojos del camino.

Una vez al año los colegiales se desplazaban al pueblo de Carrión  para la procesión del Corpus. 
Partía de la iglesia de San Andrés y recorría las principales calles de la villa. Balcones engalanados con banderas nacionales, con colchas multicolores o con enramadas de trepaderas y flores silvestres. Los pétalos de rosas sembraban de color el viento al paso de la monumental custodia.  Olía a incienso y primavera.

Nosotros desfilábamos, serios y fervorosos, conscientes de que ésa era una de las pocas oportunidades para que el pueblo de Carrión espiara a la muchachada oculta en el vetusto caserón del otro lado del río. El mejor traje. La corbata bien anudada. La raya del pantalón recta.  El planchado del pantalón bombacho se hacía con esmero la víspera, mojando la raya y manteniéndolo bajo el colchón durante toda la noche.
Y contaban las malas lenguas que, durante la sacramental procesión, quienes se apostaban en los rincones más propicios para escudriñar nuestra parada eran las adolescentes quinceañeras y las mozas más vacilonas del lugar. 
Mientras Pablo estaba en el colegio me martirizaba a codazos para que le enseñara donde se apostaba Anita para vernos pasar.

-Y yo que sé, chalao, pues no hace años ya de eso...
-Pero yo bien sé que todavía no se te ha ido de la cabeza...y los ojos siempre se disparan hacia donde está el corazón, chiquillo
-Anda, cállate, que nos están mirando

También recorríamos el pueblo en las frescas amanecidas de los sábados del mes de mayo. Rosarios de la Aurora. Se cantaba un misterio y se rezaba otro hasta llegar hasta la plaza de la Inmaculada, en  el lateral de la parroquia de Santa María. Repicaban las campanas a nuestra llegada. Desde la esquina del porche románico la Sra. Feli  y tía Carmen echaban al vuelo un beso emocionado.
A la vuelta se unían a las últimas filas las “Hijas de María”. Sus voces temblorosas y atipladas sobresalían sobre las nuestras cansadas por el largo camino de subida.

Esporádicas eran, un año así y otro también, las escapadas  urgentes para ayudar a la extinción de los frecuentes incendios que en el pueblo se declaraban. Las campanas de todas las iglesias, incluidas las de la torre de San Zoilo, tocaban a rebato.
Los dos cursos de los mayores, los Hermanos y todos los maestrillos libres acudían a arrimar el hombro. A nadie se le ocurría lla mar alos inexistentes bomberos. Desde el pilón de dar de beber a las mulas, desde la fuente del mercado viejo y aun desde la orilla del río se formaban largas colas, hormigueros humanos que transportaban azorados el agua de mano en mano en herradas y baldes desportillados.

El último  y más  espectacular  incendio al que asistí fue el de La Lanera de Carrión con peligro para más de medio pueblo. Las llamas lamían como furiosos canes los tejados cercanos. En el más próximo, pegado a las fauces de la fiera,  lanzándole el último cubo  de la cuerda, sobresalía la sotana de uno de los maestrillos de San Zoilo que no se apartó del lugar hasta que remitió la fogata. Cuando se extinguió el peligro el pueblo entero le dedicó una ovación agradecida.

Y luego estaban las idas al Cine Sarabia. El sitio era para mí un ramillete de resonancias infantiles. Era una preciosa sala, sólo superada por alguna de la capital, con patio de butacas, palcos y galería alta general, también llamada gallinero. Como los mejores teatros del siglo XIX
.
Era también sala de cine. Antes de entrar en San Zoilo iba yo a las películas, toleradas para menores, de los sábados y domingos. Media peseta costaba la entrada para los niños. Y si no la teníamos se buscaba la manera de deslizarse uno entre los pesados cortinones color burdeos de la puerta y trepar hasta la galería que asimismo la llamaban “gallinero”. El sitio hacía honor a su nombre. El griterío era ensordecedor cuando el sonido de los altavoces no llegaba a la galería. O en las películas del oeste, cuando el pataleo general aupaba al chico a la victoria final o al último beso conquistador de su anhelada dama.
Al gallinero se le llamaba también “paraíso”. Cuentan que en la inauguración de la sala la compañía española más famosa de entonces, la de Enrique Rambal, representó “La Pasión”. Al llegar el momento de la crucifixión el Buen Ladrón le dice a Jesús: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Y Jesús le responde: “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Desde el atestado paraíso-gallinero una voz potente le replicó sobre el discreto silencio de toda la sala: “Pues ya puedes darte prisa, porque aquí no cabe ni Dios”

Al Teatro Sarabia, con llenos totales, íbamos a representar nuestras comedias más conseguidas y  en él daba recitales el coro del colegio.


Allí asistimos a los primeros largometrajes sonoros del cine. “Pastor Angelicus” sobre PioXII. “Forja de Almas” que contaba las actividades del P.Manjón en el Albaicín y el Sacro Monte de Granada. “La Canción de Bernadette” con el fondo de las apariciones de Lourdes.
Eran cintas naturalmente de tema religioso, pero no por eso dejaban de abrirnos la gran ventana del cine que en esos momentos se desplegaba ya con una proyección decisiva sobre los nuevos tiempos.


Me impactó especialmente un film italiano. “La corona de Hierro” del año 1941. Una mezcla de mitología clásica manejada con pinceladas de  cine americano. El protagonista, postergado en sus años jóvenes, trata de reconquistar su honor. Se había criado en los bosques, protegido por feroces alimañas. Recuperada su hidalguía,participa en la rebeldía contra un rey usurpador, y llega a ceñir la Corona. ¿Se trataría de la famosa corona de “Los Lombardos?

-En todo caso -comentaba en nuestros corrillos culturales el profesor de Historia-  la película será una inyección para el patriótico nacionalismo italiano
 -¿La Historia de España –sugirió alguien- no tiene sucesos parecidos a esa relato?
-A porrillo…dijo otro
-¿Y por qué, se puede saber, no los explotan los señores de nuestro cine?
-El cine español está tomando otros derroteros –añadió el profesor- No me atrevo a “epitetarlos”, pero me parece que difícilmente emprenderán el vuelo de las águilas…

Los mayores íbamos a los pueblos cercanos los domingos de primavera  por la mañana.  Dábamos  charlas a los asistentes en la media hora anterior a la misa mayor. El tema: los misioneros y su heroico quehacer en las misiones de China
.
El desplazamiento más largo, doce kilómetros, fue hasta Frómista. Este pueblo tiene la iglesia románica -me atrevo a decir- más armónica y bella de toda España. En mis apuntes minuciosos de arte estaba subrayada en triple.

Salí emocionado y medio mareado por haber podido hablar dentro de un recinto tan especial. Creo que divagué en mi discurso. Porque mi atención cabalgaba a rienda suelta por la proporción perfecta de las tres naves limpias y equilibradas, por las pilastras y sus capiteles, todos diferentes.
El sol más diáfano del año se colaba por la estrecha trompeta de los ventanales rasgados en los espesos muros. Sus rayos, partiendo de los ventanucos de los tres ábsides de cabecera, cortaban a los que descendían desde el cimborrio del crucero. La luz doraba las piedras y una especie de neblina áurea invadía la nave central  y su floresta de magníficos capiteles.

Impresión semejante me invadió en otra dominical visita que nos llevó al pueblo de Villarcázar de Sirga, a cuatro escasos kilómetros de Carrión. Tenía este pueblo una iglesia fortaleza inacabada de origen templario.
           
-Un “templazo” –dijo, aludiendo a los rasgos militares del conjunto, el profesor que nos acompañaba- Mitad monjes y mitad soldados eran estos enigmáticos Caballeros del Temple

La construcción incompleta no le quitaba empaque a la iglesia monumental. Un pórtico altísimo. Inicios románicos en el interior y terminación en un gótico primitivo con elevados arcos ojivales y bóvedas de crucería. Un ejemplo de cómo el arte gótico fue sublimando al arte románico, arraigado en el terruño, hasta elevarlo a la altura de los pináculos estilizados y de las torres proyectadas hacia el azul del cielo en las grandes catedrales.

Aparte de la monumentalidad  del conjunto hubo varios detalles que nos impresionaron. El retablo del altar mayor con las tablas hispano-flamencas del “Maestro de Sirga”.  Y la filigrana de los sepulcros del Infante Don Felipe y de su esposa Leonor de Castro.
D. Felipe era hermano de Alfonso X el Sabio. Y allí al lado está precisamente la imagen de “Santa María la Blanca” a quien el rey-poeta dedicó en galaico-portugués las famosas cuatrocientas “Cantigas” en loor de  Santa María y de sus milagros.


Santa Maria loei
 loo e loarei.

Rosa das rosas
e Fror das frores, 
Dona das donas,
Sennor das sennores


Santa Maria,
Strela do dia,
Mostra-nos vía
pera Deus y nos guia

La arquitectura y la poesía iban de la mano entre las piedras doradas del templo fortaleza. Fuera, las amapolas daban las primeras pinceladas del verano a los trigales de la llanura castellana.
A la salida del templo, el profesor nos comentó a los que nos veía mas ausentes:

-Me va por la cabeza que habéis estado más pendientes de las viejas piedras que del mensaje que venías a dar a vuestros oyentes, ¿o no?...
-Yo creo que debíamos -dijo uno- hacer más salidas de este tipo, de visitar obras de arte, digo
-Con todo lo que hay por estos alrededores
-Usted nos dijo una vez –recordó otro alumno- que esta provincia acumulaba uno de los centros más importantes, sobre todo en arte románico, de toda España
-Bien -aseguró el maestrillo- Algo, creo yo,  que podremos intentar hacer

Paseando bajo los negrillos de la huerta le comentamos al profesor de Historia la impresión  de “atontolinaos” que nos habían dejado los monumentos de Frómista y Villasirga.

-Tengo un recuerdo –dijo el maestrillo- de mi paso por la Universidad de Salamanca. En una de las clases se nos habló del escritor francés Stendhal. Un profesor, no sé si fue de Literatura o de Historia del Arte, hablando  de la ciudad de Florencia,  nos comentó que ese novelista francés había pasado el día entero contemplando iglesias, fachadas, cúpulas, galerías, museos de escultura y pintura que hacen de Florencia el paradigma de belleza renacencista de toda Europa. Al caer de la tarde, cuando iniciaba la última de sus visitas, cuenta el mismo Stendhal, tuvo que desistir porque el corazón le latía con fuerza, se le nublaba la vista y temía caerse desplomado. El catedrático terminó diciéndonos: “Esta es una inconfundible reacción romántica ante la acumulación  de belleza y el exceso de deleite artístico”. Creo que a alguno de vosotros, los  actuales adolescentes románticos  de la edad del pavo, le puede  también haber rozado, ante la belleza de ciertos monumentos artísticos, la pluma  del ángel que aquella tarde derribó a Stendhal en la ciudad de Florencia. Y que universalmente se conoce como "El Síndrome de Sthendal"

-No creo que sea para tanto…-acertó a decir uno de los chicos, el menos apabullado por el brillante discurso, uno de tantos, al que nos tenía acostumbrados ese profesor. 

La promesa del maestrillo a la salida del templo-alcázar de Villasirga  tardó en cumplirse poco más de tres semanas. Y sobrepasó con creces los límites que nos habíamos propuesto.
Embutidos desde primeras horas de la mañana en  la vieja furgoneta del colegio hicimos los mayores una larga excursión a la ciudad de Burgos. 
La  denominada, por apodarla de alguna manera. furgoneta, era un renqueante y  protohistórico vehículo. Con el volante a la derecha. Lo conducía el Hno. Castro. Servía lo mismo para llevar gente a la capital que para cargar patatas en los campos cercanos. 
Luis Castro era un gran músico. Compositor de canciones y de las numerosas comedias musicales que representábamos en las navidades.

-Supongo -se atrevió a comentar uno de los viajeros- que además de llenar el depósito le habrá usted compuesto, Hermano, algún motete o algún himno para animar a este cacharro…
-Y que nos lleve enteros a destino –dijo otro mirando a las ruedas más lisas que un pergamino antiguo

El Hno. Castro tarareó los primeros compases del “Himno de la Legión” hasta llegar al final de la primera estrofa :  Mas, si alguno quién era le preguntaba, / con dolor y rudeza le contestaba:
Y todos a una, a voz en cuello, le replicamos: … soy el novio de la muerte / que va a unirse en lazo fuerte / con tan leal compañera
El padre que nos acompañaba cortó el himno con un gesto rápido.
Y para que todo no quedara en una laica manifestación de tintes tétricos, nos hizo rezar tres Avemarías implorando la protección de la Virgen del Camino.

Castro se sentó al volante. Detrás de él nos incrustamos, como sardinas enlatadas, los once alumnos de quinto curso más el profesor.
Yo iba en la parte trasera. El bamboleo de la carraca y el olor a petróleo mal quemado me duró una temporada larga.

Pero llegamos a la meta. E incluso volvimos. Fue una jornada inolvidable. Por el transporte. Había que parar cada poco. Para que los cuerpos de los viajeros salieran a tomar aire y recuperaran su elasticidad. Y para que los "caballos" de la furgonetilla tomaran algún resuello. Y luego el recorrido por la monumental "Caput Castellae", la ciudad de Burgos.

Pasado el arco monumental de Santa María, una de las doce puertas del Burgos medieval de la que se habla en el Cantar de “Mio Cid”, avistamos la catedral. Imponente la fachada y sus  dos esbeltas torres rematadas con las agujas de los chapiteles. Detrás las torrecillas  de la Capilla del Condestable y la linterna del crucero.Todo en un conjunto de maravillosas proporciones.
Conseguimos un guía. Un “cicerone”. Era un viejito cultísimo que nos condujo por losmás intrincados secretos del monumento. Desde el arcón de Mío Cid y el Papamoscas hasta la maravilla de la Escalera Dorada y el sepulcro del Cid y Jimena bajo la linterna del crucero.
El profesor apoyaba las anécdotas del “cicerone” con observaciones sobre  la arquitectura gótica. Coincidían con los detalles que teníamos  en los apuntes de clase, dictados por él mismo.

Nos permitieron acceder a los corredores y galerías exteriores junto a pináculos, contrafuertes y balaustradas centenarias flanqueando el fabuloso cimborrio del Condestable.  Y sacamos fotos que luego revelaríamos en el modesto laboratorio del colegio.

Poca atención le prestamos al monasterio de Las Huelgas que vimos a continuación. Efectos del cansancio. Aunque nos recordó momentos cumbres de la Historia de España. Porque allí está el sarcófago de Alfonso VIII, el de Las Navas de Tolosa, y de su esposa Leonor de Plantagenet, fundadores del monasterio.

Después de comer descansamos de las duras caminatas por la ciudad en un cine de estreno en el Espolón. La película fue muy alusiva a nuestra condición de alumnos de un colegio de jesuitas. Se llamaba “El Capitán de Loyola”. “Un héroe, un caballero, un santo”, decía el folleto de presentación. Su argumento: la vida de San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús, desde sus aventuras juveniles hasta la constitución de la Orden. Guión cinematográfico de José María Pemán.

La última visita fue a la Cartuja de Miraflores, orillas del río Arlanzón, a tres kilómetros de la ciudad.

Era noche cerrada cuando llegamos de vuelta a San Zoilo. El portero preguntó:

-¿Qué tal?
-Planchados -le contestó alguno, mientras corría renqueando hacia el dormitorio

Yo esa noche, por la inolvidable impresión que me produjo  la visita a Miraflores soñé  que volvía a la cartuja y me convertía en monje silencioso de por vida. Alguien me zarandeaba para despertar. Pero yo no podía responderle. De tanto estar callado se me había fundido la lengua con el paladar. Además ya no era yo. Era una estatua. La del fundador, San Bruno, que está a la entrada del templo. Desde mi hornacina oía los comentarios de la gente sobre el realismo de mi efigie.  

-¡Qué maravilla! Si parece como que quisiera hablar
-Pero no puede, hombre…¿no sabes que es cartujo?




lunes, 5 de octubre de 2015

SIN PALABRAS ( 5 octubre 15 )

Todo juego tiene sus riesgos. Todo viaje incluye sus peligros. Un naipe se rompe inesperadamente y hay que cambiar el mazo entero para empezar una nueva partida. Un tren descarrila y exige la reposición de una máquina nueva para seguir el rumbo.
Así es la vida. Con momentos duros de una apariencia inexplicable y de una realidad inexplicada.

Eso "sucedió" (y como tal con sus trágicos tintes de sensacionalismo pasó a la página de "sucesos" de la prensa y los telediarios del día siguiente) hace ahora seis años.

Tuvo lugar  a esta misma hora en la que intento en vano hablar algo sobre la más cruel y triste lección que he recibido en el ya octogenario camino recorrido. Noche del 4 al  5 de octubre del 2009.

Como la vida, algún día hablaremos de ello, parece ser un "totum continuum" en paralelo con el acontecer universal,  me pareció oportuno referirme a esta  trágica experiencia, interrumpiendo la descripción que  en las entradas precedentes voy hilvanando sobre una infancia medianamente feliz.

Pero como pasaba en las fuentes "reanas" de aquellas montañas palentinas, tan bien glosadas por el ermitaño Teoobaldo, se escamotea el manantial de las ideas. A eso lo llaman la mente en blanco. En tal estado es imposible que surja el ropaje con el que se visten nuestros pensamientos: las palabras.










domingo, 4 de octubre de 2015

MAESTRILLOS y COADJUTORES (4 octubre 15 )

Eran esas otras de las  palabras chocantes cuando entrabas en San Zoilo. El apelativo de "maestrillo" no era exclusivo del colegio sino un término empleado por todos los jesuitas en España.
Se llamaba así a los jóvenes jesuitas que acababan de terminar sus estudios de Filosofía. Llevaban en consecuencia ocho años dentro de la Orden. Dos de “Noviciado”. Tres de “Juniorado”,  destinados al estudio de las Humanidades Clásicas y a la Oratoria. Y tres más de severos estudios filosóficos. Con este bagaje la Compañía les enviaba durante otros tres años al “Magisterio” como educadores en sus colegios.

Los maestrillos ejercían de profesores, inspectores, tutores y raras veces, en el año final,  del complicado cargo de Prefecto de disciplina. Cargo importante y temible. Requería imponerse con seriedad a la chiquillería. Era decisivo en la criba de alumnos durante los dos primeros cursos en los que se daba casi el cincuenta por ciento de las bajas de los chicos a los que no se les veía aptos  -sin “vocación”- para ingresar dos o tres años más tarde en la ínclita Compañía de Jesús.

Se trataba pues de docentes muy jóvenes, entusiastas y totalmente entregados a nuestra formación. Más cercanos a nosotros y más imitables que los padres mayores. Daban clases y cuidaban directamente a los alumnos. En cualquier actividad, las veinticuatro horas del día, había un maestrillo pendiente de nosotros. En los estudios caminaban entre las mesas para solucionar cualquier duda. En los recreos se remangaban la sotana y participaban en las partidas de frontón o en el fútbol. Hubo quien vigilaba los recreos en bicicleta o en patines por los patios. Y otro que, desde la ventana de su habitación que dominaba todo el campo de recreo, imponía orden con su silbato cuando algo no iba.
Tan cercanos les sentíamos que a veces se permitían participar de nuestras travesuras. Uno, que ya llevaba varios años en el colegio, les dijo a varios alumnos que proyectaban ir a la huerta, hacerse con algunas patatas y llevárselas para asarlas al fuego en Villamez:

-Yo no he oído nada. Pero si os descubren os castigaré por ineptos. Las cosas hay que hacerlas bien. De lo contrario no se hacen.


Tuve a mi cargo en los últimos cursos el registro de la meteorología. Había un pluviómetro en la huerta donde acudíamos todas las mañanas para registrar la cantidad de lluvia, las mínimas y máximas de la temperatura, la presión atmosférica. Mensualmente se mandaban los resultados al centro meteorológico de Palencia. A finales de mayo y junio, cuando las cerezas reventonas eran una verdadera delicia, mi acompañante y yo traíamos a clase entre pecho y camisa unos buenos puñados que poquito a poco distribuíamos de tapadillo por todo el estudio.
           
 -¿Este soldado no es tropa?, dijo un día, guiñando un ojo cómplice, el maestrillo que vigilaba desde el estrado.

Y aceptó tan ricamente unas cuantas mensajeras del exuberante verano que ya asomaba por todas las esquinas.

Los jóvenes maestros huían  por todos los medios a su alcance de convertirse en el profesor “tostón” en las aulas. Solían animar sus enseñanzas con representaciones. Dividir a los chicos en bandos: romanos y cartagineses, cristianos y moros, indios y conquistadores…para que las clases fueran más atractivas.

Las clases de ciencias tenían lugar con frecuencia en plena huerta. Para estudiar, por ejemplo, la flor de los cerezos. La polinización, con las abejas y sus melifluas evoluciones en torno a los pistilos. Y la elaboración posterior de la miel en las colmenas de Villamez. O la evolución de cada una de las hortalizas que el Hno. Arrieta, responsable de los cultivos, vigilaba implacable para que no se los zapateáramos.

En los laboratorios se hacían disecciones para comprobar la anatomía de toda suerte de animales. Se hizo proverbial la aventura del gato. Lo cazaron unos alumnos un día de excursión en el pueblo cercano de Villanueva de los Nabos. El pueblo aquel del que se decía que era una pasmosa mentira geográfica, “pues ni era villa, ni era nueva, ni tenía nabos”. Llevaron el minino al laboratorio para ver cómo era un gato por dentro. Lo anestesiaron con cloroformo. El bicho se quedó más dormido que un lirón. Pero como tardaron mucho en inspeccionar sus interioridades: aquí el corazón, aquí el estómago, aquí el bazo…, el animal se despabiló, dio un violento respingo y salió de estampía por la ventana aterrizando en el cobertizo del patio de entrada. Y dicen que ya no volvió a despertarse más.

Alrededor de un maestrillo, clasificador insaciable de plantas y, con el tiempo, célebre entomólogo, se movía afanoso el grupo conocido por  los “bichólogos”, prestos a cazar al vuelo cualquier insecto y proceder de inmediato a su debida tipificación.
Tenía este profesor en su cuarto un divertido zoo en miniatura. Bichitos de todas clases, muestrarios de plantas e insectos. Sapos, ranas y hasta culebras. Los bichólogos le ayudaban a cazar moscas para dar de comer a las ranas. Alguna culebra se le escabullía de vez en cuando de la habitación. La alarma, y hasta la indignación de sus vecinos, era indescriptible. Hasta que en cualquier rincón aparecía enroscado el inofensivo reptil.
Este mismo profesor nos llevaba ciertas noches a un grupo para localizar desde un claro de la huerta las estrellas y las constelaciones.

Hubo sin embargo, entre la docena de maestrillos que llegamos a conocer en los años de estudio en San Zoilo, uno que nos dejó una huella imborrable: nuestra afición al arte y a la cultura. Era serio. Erudito. Nada deportista. Siempre con gafas de sol. En los recreos y en los largos paseos de Villamez un grupo de mayores se colocaba a menudo  a su alrededor hablando de temas de arte, de Historia, de cultura en general. No le gustaba que en esos corrillos se juntaran chicos de las primeras clases.

-Ya llegaréis a mayores, y podréis hablar de cosas serias… Ahora, a jugar!

En sus clases de Historia asignaba a los alumnos el nombre del personaje que estábamos estudiando: Garibaldi, Bismarck, Victor Manuel, Napoleón, León XIII…Y cada uno se encargaba de exponer el punto de vista del personaje y sus consecuencias históricas.

Con él aprendimos desde jóvenes a hacer “Weltanchaungs”, empleando la intraducible palabra alemana, que significaba algo así como la propia  visión que cada cual se tenía que formar sobre el mundo. Sobre ella nos habló una tarde primaveral al volver de un día de campo.
           
            <<Leer mucho es imprescindible. El mundo entero es un libro abierto. Las interpretaciones que de ese mundo se hacen son infinitas. Cada uno tiene que dar con la suya. Esa concepción personal -mezcla individual de imaginación y memoria - es la que determina nuestras vidas. Es el motor del cambio y del espíritu de cada individuo y de las sociedades. No ser masa. Las masas pasan a todos por el mismo rasero. He conocido a catedráticos de universidad y a grandes cargos públicos que son masa. Vosotros también los conoceréis. Personas sin idea del mundo ni de nada. Sin “Weltanchaug”. Porque abrir los ojos al mundo que les rodea o zambullirse en un libro les cuesta tanto como mover la rueda de un molino.>>

No es que entendiéramos mucho. Pero era bonito. Y sugerente.  Algo así como una bocanada de aire fresco y sutil que ondulaba los trigales y se encaramaba hasta la cima de los chopos entre la neblina de las mañanas o los claroscuros del atardecer, donde los caminos del futuro de cada uno de nosotros se desdibujaban en la inmensa llanura castellana.
Este profesor, Quintín Aldea, fue el gran propulsor del descubrimiento de los sepulcros de los históricos Condes de Carrión, ignorados durante siglos entre los muros del fondo de la iglesia del colegio. Aldea con el tiempo llegaría a ser miembro de la Real Academia de la Historia.

Otros maestrillos fueron trasladando a los chicos numerosas aficiones: la filatelia, la fotografía. En un cuartico oscuro del primer piso aprendimos a revelar negativos en bandejas de esmalte y a satinarlos luego pegándolos en cristales.  Todo bajo la tenue luz  de una bujía recubierta con una telilla roja. Día hubo en que la lamparilla empezó a oler a chamusquina  amenazando con llevar al traste todo el tenderete.

Las actividades musicales tenían especial relevancia. Las clases de solfeo eran obligatorias. Si tenías buena voz y mejor oído, podías formar parte del coro colegial.

“De un salón en el ángulo oscuro, soñoliento y cubierto de polvo”, como el arpa de Becker, descubrimos cierto día un vetusto piano abandonado. Pedimos permiso varios para resucitarlo. Al levantar la tapa por primera vez dos ratones melómanos saltaron de entre las telarañas del teclado. 
No duré mucho en esa actividad. Con el tiempo me arrepentiría. El único que la llevó adelante fue Eduardo. Un gran experto con los años en piano y armonio.

Millán y yo, con la complicidad de otro maestrillo, preferíamos en esos ratos hacernos con el gramófono de las audiciones musicales que el director del coro ofertaba las mañanas de los sábados a los interesados por la música clásica. “La voz de su amo”, era la marca del aparato. Con el perrito aquel que husmeaba atento la bocina dorada.
Nos instalábamos al pie de la subida a la torre del campanario.

En un recodo de piedras medievales donde asomaban algunos canecillos románicos que daban a un ventanal ciego de la fachada de la iglesia, repasábamos la “Eroica” de Beethoven, “Las Walkirias” de Wagner o “Las cuatro estaciones” de Vivaldi. Sin que faltaran nunca las beethovianas oberturas de “Las ruinas de Atenas” o del Conde “Egmont”, nuestra obra preferida. Esta Obertura  interpreta la historia del Conde de Egmont, quien se sublevó contra la invasión española del ejército de Felipe II, y fue ejecutado en la plaza mayor de Bruselas, cuando España era la potencia más grande del mundo. Puro romanticismo adolescente.

A la torre del campanario se  accedía por una portezuela que estaba al fondo de una galería superior del claustro. Ahí estaban las habitaciones de los Padres mayores: Rector, Espiritual, Ministro y Prefecto de disciplina.

En esta galería se formaban las filas por la mañana para bajar a la capilla. De unos servicios -“lugares”-  que había en la pared derecha de la galería salió cierta mañana un maestrillo. Una carcajada unánime estalló en una parte de las filas.
La sotana se le había quedado enganchada en la cintura y descubrimos con gran alborozo que el padrecito llevaba pantalones cortos.
Antes de haber visto a nuestros profesores jugar al fútbol con los faldones de la sotana levantados hasta el cinturón, muchos pensábamos que los curas no usaban pantalones. Y mucho menos pensábamos que  los pudieran llevar cortos. 
El maestrillo sorprendido se dio la vuelta hacia los que se retorcían de risa. Con lo cual mostró la espalda a la otra mitad de los alumnos.
El jolgorio alcanzó tonos subidos. Las risotadas iban bajando incontenibles por los peldaños de las escaleras hasta las puertas de la misma capilla. Hubo que parar las filas durante un largo cuarto de hora. Hasta que el Prefecto de disciplina que apareció al darse cuenta de la enorme algarada amenazó con cuadrar y castigar a todo el mundo en el patio y sin recreos. Se acabó la bulla. Pero el percance se recordó durante mucho tiempo.


En la pirámide colegial el vértice era el Rector. Los  hermanos coadjutores y aspirantes constituían el núcleo más distante de la organización del colegio.
A los alumnos  de San Zoilo se les conocía en los escritos jesuíticos de la época con el nombre de “apostólicos”, apóstoles en ciernes.
Había al mismo tiempo un exiguo número de muchachos que recibían el nombre de “aspirantes”.
Los primeros estaban destinados a ser sacerdotes  y, después de largos años –casi veinte- de formación, a profesar como miembros ya probados en la Orden. 
Los aspirantes se preparaban para ingresar como “coadjutores”, miembros de pleno derecho de la Compañía, pero sin preparación para el sacerdocio. Se les llamaba sencillamente Hermanos.

Los chicos aspirantes en Carrión eran unos doce. Se dedicaban a ayudar a los Hermanos en el mantenimiento de la casa. Y nos atendían a los estudiantes en la limpieza general, en el comedor, en la recogida de la ropa y su distribución después de lavada. Tenían todos los días una clase de cultura general y un Hermano consagrado a su formación.

Su presencia cercana en todo momento se nos hizo familiar. No recuerdo que a nadie se le ocurriera considerar a nuestros compañeros aspirantes como si fueran un equipo de segunda. Ni a exigirles nada que de lejos pareciera que les considerábamos como nuestros servidores.
Porque, además de haber sido llamados por “vocación” a formar parte de la misma Compañía que nosotros, veíamos que llegarían un día a ser como los admirables Hermanos Coadjutores que vivían y se afanaban en San Zoilo.

Además de que, y era éste un detalle de los que más nos convencían de su importancia como miembros de la misma avanzadilla que nosotros, que podían también ir a las misiones de China. Fue lo que le ocurrió al Hno. Gárate, un fortachón coadjutor, con unos kilométricos zapatos, que trabajaba en la vaquería. Le destinaron a la misión de Anking. Se le tributó una gran despedida con muchas actuaciones de todas las clases.

Los Hermanos Coadjutores en San Zoilo eran muy numerosos. La mayoría vascos: Otaegui, Arrieta, Emparán, Eguía, Elguezábal, Arrizabalaga, Menchaca, Sobremazas…nombres inconfundibles.
Eran enfermeros, cocineros, carpinteros, electricistas en la centralita del cuérnago, agricultores y ganaderos en la vaquería, en la enorme huerta del convento, en Villamez.

El Hermano Arrieta, muy celoso de sus tierras y de sus cosechas, se llevó la gran rabieta cuando trasformaron en campo de fútbol de hierba el gran cuadrilátero que lindaba con el cuérnago y con el polvoriento y diminuto terreno de patio donde se disputaban tres o cuatro partidos a la vez. 

-¡Bárbaros…campo de patatas van a transformar en “campo de patadas”! sentenció desdeñoso, herido por el despojo injusto del mejor patatal de su Huerta

Una historieta simpática se contaba de dos Hermanos vascos que estaban recogiendo membrillos en un árbol de la huerta. Uno de ellos resbaló desde lo más alto del árbol. Tuvo la suerte de topar con una rama. Colgado se quedó de ella evitando así un  gran batacazo. El Hermano que estaba un poco más arriba  le dijo aterrado:

-¡Uhi! a Dios grasias, hermano…que por poco se nos mata
-¿Grasias a Dios?... -dijo resentido el accidentado- Grasias a Dios, no. Grasias a rama. Intensiones de Dios ya se veían pues…

El Hermano Sobremazas tenía tres perros en la vaquería. En un carrito llevaban diariamente los restos de comida para alimentar a los cerdos. Y respondían para arrancar a toda velocidad a tres curiosos nombres: “Oye”, “Tú”, “Muerde”.
Cuando estos canes murieron compraron otros dos que tardaron bastante tiempo en llegar a la vaquería. El día de su presentación alguien dijo:

 -Por fin llegó la parejita de perros

Sobremazas les puso entonces los nombres de “Porfín” y “Llegó”.
De este Hermano, siempre tan chistoso, cuentan que poco antes de fallecer en Comillas les decía a los presentes:

-“No se les ocurra enterrarme en lo más húmedo del camposanto, porque con el asma que tengo me daría un ataque. Y si me oyen toser cuando me lleven en la caja no se asusten. Es la fuerza de la costumbre”