sábado, 12 de septiembre de 2015

LA CABRA (12 septiembre 15 )

Teobaldo, el ermitaño de Peña Labra, en un paseo por los hayedos del norte de Palencia, me expuso cierta vez, a su manera, el perfil del miedo.
           
“El miedo es la mayor debilidad con la que cohabita el hombre. El nacimiento y la muerte son el pórtico y  la puerta trasera de la vida de cada individuo.  En el dintel de ambas portadas está grabada una palabra: Miedo. Las primeras edades del hombre se hallan  plagadas de recelos y desasosiegos, fruto de la ignorancia y la indefensión ante lo desconocido. Y todo desemboca en el lecho por donde discurre, a lo largo de toda la existencia, el miedo. El secreto de la madurez y aun de la felicidad del hombre está en la respuesta que cada uno endosa a esa ineludible situación vital”.

A poco de mi entrada  en el colegio murió en la enfermería de padres un sacerdote viejo. La enfermería de padres lindaba con la de los alumnos. A aquella venían los miembros de la provincia jesuítica que necesitaban reponerse de alguna dolencia y los que, ya muy ancianos, se recluían para pasar en el paraíso carrionés sus últimos días. La cercanía de tantos padres jubilados era la única pega que le poníamos al sitio más acogedor del colegio.
Ir a la enfermería significaba disfrutar de un paréntesis de mimos y relajación en contraste total con la dura “distribución” de la vida ordinaria en el centro.
Fingíamos a veces malestares o dolores de anginas. Sólo para pasar algunas horas en una de aquellas habitaciones cálidas, cuidados por el enfermero Hermano Astudillo, prodigio de asistencia casi maternal a todos los que pasaban por la enfermería. Hasta que llegaba D. Eustaquio, el médico de Carrión, y te despachaba lacónico:

-Este niño está más sano que un membrillo. A estudiar…

Y te salías apesadumbrado de aquel oasis, saboreando el caramelo que por lo bajo, como consolación,  te había deslizado el Hermano Astudillo.

Diez días pasé yo en la enfermería del colegio. Fue a consecuencias de la primera vacuna que anualmente ponían a todos los alumnos.
Una vacuna contra el tifus y no sé cuantos bichos más que, según el padre Prefecto, nos acechaban.

-Para evitarlos, afirmaba, el remedio consiste en inocular algunos de ellos en el hombro y que el organismo fabrique los anticuerpos que lucharán cuerpo a cuerpo contra los intrusos.

Sobre la pizarra de la sala de estudios, el padre nos describía con todo lujo de cómicos detalles esa cruenta batalla. A duras penas podíamos reírnos. El corte que con su navajilla había efectuado en lo alto del brazo el carnicero de D. Eustaquio se abultaba como una castaña y el dolor iba poco a poco invadiendo la espalda.
Un tormento que ni sentado ni acostado se podía soportar. Duraba de dos a tres días. Decían algunos que se curaba con dos sorbos de coñac mataquintos capaz por sí solo de inmunizar contra todo bicho que pretendiera invadirte.

Aquel año la vacuna se me complicó  con algunas fiebres y pasé  largos días como interno del Hermano enfermero. No era un dolor de anginas. Porque de lo contrario el tratamiento que siempre aplicaba Astudillo eran unos toques de algodón con tintura de yodo en la garganta, de la campanilla para dentro. A cada arcada, un caramelito como compensación.
La convalecencia duró más que la enfermedad. Era la norma de Astudillo. Nada. Ni el examen más trascendental, ni  el papel indispensable en alguno de los actos importantes del colegio podrían arrebatarle a ninguno de sus pupilos de la enfermería antes de que él decidiera darle de alta.

La enfermería tenía una salita con juguetes, libros y pasatiempos, que daba al patio de fútbol. Desde la ventana se disfrutaba del inmenso guirigay que se formaba en todos los recreos. Una nube de chicos, divididos en  varios equipos de fútbol, se disputaban los respectivos balones. No se señalaban faltas, aunque menudearan las patadas en las espinillas, porque no había árbitros. El enigma estaba, cuando los balones se acercaban a la portería, en distinguir a cuál de los porteros que estaba bajo los palos le tocaba defender la meta.

La víspera de mi vuelta a la normalidad escolar llegó a la enfermería un alumno con fuertes dolores de vientre. Uno de los Hermanos que cuidaba de los dormitorios le afeaba  continuamente el que se meara todos los días  en la cama.  El muy bárbaro llegó a decirle al chico:

-Remedio fácil. Átate el grifo, y…sanseacabó.!

Y el infeliz se la ató con un cordel durante varios días. Vino a por él la furgoneta del colegio y se lo llevaron a escape al hospital de Palencia con una inflamación de caballo.

Fue esa misma tarde cuando murió a pocos metros de la habitación de la enfermería de alumnos el anciano sacerdote, P.Llera, misionero de Las Carolinas.
Para muchos  era la primera vez que contemplaban de cerca un cadáver. Después, con la presencia de tantos ancianos jesuitas retirados en Carrión, nos acostumbramos a los frecuentes fallecimientos y a los velatorios y funerales.

El exmisionero Llera estaba muy gordo. Le expusieron sin ataúd en una alfombra y pasamos todos en fila a recitar un padrenuestro. El carpintero, H. Emparán, le hizo una caja tan grande como  un vagón de tren. Costó lo indecible llevarle hasta el cementerio que los Padres tenían detrás de la iglesia.

El cementerio de los frailes existía desde siglos, cuando San Zoilo era de los benedictinos. No estaba muy cuidado. La maleza trepaba sin respeto por las sobrias cruces de hierro.

Lo que más atraía sin embargo nuestra atención en el desvencijado cementerio era el osario antiguo que se asomaba por una puertecilla siempre abierta a ras de suelo en una de las paredes traseras de la iglesia.
El morbo infantil no tiene límites. A veces, pegados a las paredes de la cocina y el horno que daban hacia el camposanto, nos deslizábamos a hurtadillas a contemplar ese informe montón de venerables monjes que descansaban en  el húmedo agujero.

Cuando el sol daba de lleno sobre la abertura, las salamandras se deslizaban desde los ojos de las calaveras y se ponían tan ricamente a tomar el sol sobre las calvas.
Uno de los maestrillos nos atrapó en pleno divertimento macabro.
Nos temíamos lo peor. Pero se limitó a decirnos:

-Espero que saquéis la mejor lección de esta vuestra aventura
¿Cuál, padre?
-Pues que en esta vida no hay que tener miedo a los muertos sino a los vivos. Y en prueba de ello, ya que los muertos, como veis,  no os pueden hacer nada… ospa, que os quiero ver a toda velocidad hacia el recreo, no sea que yo me pique y os deje sin el idem toda una semana

Todavía ignoro por qué circunstancia surgía el día del terror en el colegio. Llegaba puntual, como lo hacía todos los años la época de las canicas o de la peonza, de saltar al burro o del  pica-pica.
Ese día  leíamos todos en grupo historias de miedo. En clase de literatura  era normal leer  de corrido durante varias horas obras enteras: Episodios Nacionales de Pérez Galdos, obras de teatro, o alguna novela entre las que recuerdo que seguíamos con extraordinario interés a “Mireya” de Gabriela Mistral o a “Colomba” de Próspero Merimé. 
El día del miedo estaba reservado a la lectura de obras e historietas macabras,  cuentos de Poe o Lord Byron y en especial a las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Un escalofrío recorría los bancos del estudio, en penumbra, con las contraventanas entornadas, durante la lectura completa de  “El Miserere” o de “Maese Pérez, el Organista”.

Luego, por la noche, nadie podía conciliar el sueño. Nos agrupábamos en la esquina de un dormitorio o enracimados de ocho o diez en alguna camarilla. Y allí seguían las hablillas de las morbosas experiencias de cada uno en el mundo del miedo.  

Diego contaba historias de meigas gallegas, de esas que dicen que no existen, pero “haberlas, haylas”. Pablo decía chismes sobre aparecidos en las campas asturianas. Otros recordaban habladurías de “hombres del saco”, “sacamantecas” y ánimas del Purgatorio en pena que no paraban de incordiar a la gente hasta que les encomendabas un septenario de misas.
Yo, por mi parte, evocaba los fantasmas enclaustrados en la hendidura del pozo de la casa de la abuela María en el corralón de Villalba de Guardo.
En el mismo pueblo, cuando llegaba el día de los difuntos surgía  de todas las esquinas un ejército de espíritus cubiertos de sábanas y en las cornisas de las casas colgaban calabazas en forma de calaveras escupiendo por los ojos y la boca el fuego y humo de las antorchas disimuladas en su interior.
Se decía que entre tantos espectros siempre había alguno que era real. Y que si lo tocabas se desvanecía al instante seguido de un ensordecedor trueno que obligaba a guarecerse despavoridos en sus casas a todos los falsos espantajos.

-Cuenta, cuenta, me dijo Pablo, lo de aquel de ahí arriba, de Carrión, que saltó de la caja cuando le metían en el cementerio

Tuve que corregirle. El difunto tío Anselmo no se tiró del ataúd. La caja se abrió cuando le flaquearon las piernas a uno de sus sobrinos, cayó el féretro en mitad del camino de entrada, se desencuadernó y apareció entonces la cara desencajada del comecuras de Anselmo. Aquel que, cuando volvía de su trabajo en los viveros, descargaba adrede ante el portal de los jesuitas de San Zoilo las ventosidades que expresamente se había aguantado durante la jornada.
Pero lo que en el grupo de niños insomnes en esa larga noche produjo un jolgorio desatado fue al describirles el descubrimiento de mi amigo y pandillero Rubio del colegio de los Maristas de Carrión. Rubio identificó los estampidos que se produjeron en todo el barrio durante la noche de su fallecimiento con las potentes emisiones de gases anticlericales de las que se ufanaba el pedorrero del tío Anselmo.

Acudió entonces a apaciguar la jarana el maestro de turno y nos mandó a cada uno a su cama sin contemplaciones. Pasamos la noche arrebujados todos en las mantas. Sin osar ni atisbar la oscuridad cercana. Y mucho menos atreverse a poner pie fuera de los dormitorios. Por si, a la vuelta de cualquier recodo, te salía uno de los misteriosos residentes de pensión fija en San Zoilo: la cabra del P.Tarín.

Los recovecos y rincones que por todas partes menudeaban en la construcción de un monasterio antiguo facilitaban la ambientación de leyendas y fantásticas historias a cada cual más espectrales.
Por las losas del claustro, se decía, deambulaban ciertas noches, apeados de sus ménsulas de piedra, los antiguos abades benedictinos. Cerraban la procesión algunos obispos yacentes bajo las losas cercanas a la puerta de la iglesia.
De las angostas celdas de castigo, donde el Hermano despensero guardaba los dulces más sabrosos, brotaban  enredadas en el viento de las noches frías las lamentaciones de los  monjes díscolos allí encerados.
  
La leyenda de más arraigo entre los estudiantes era sin duda la de la cabra. Según ella una cabra, que por su origen debía ser el demonio, vagaba a su placer por los rincones más recónditos de la escuela.
La historia venía de las tentaciones que el piadoso jesuita, P. Tarín, padeció durante su vida por parte del diablo ataviado de cabra. Murió el bendito fraile. Pero la cabra no abandonó el lugar donde él vivía.


Con el tiempo el sitio donde residió el ejemplar religioso se convirtió en  dormitorio  con el nombre de P. Tarín. Allí tenían sus camarillas los alumnos mayores. En un ladrillo del suelo, aparentemente chamuscado, había dejado su huella la señora cabra.
Decían que el bicho solía guarecerse en una cripta cubierta, debajo exactamente de ese dormitorio, donde se descubrieron luego, sin que durante siglos se sospechara, los sepulcros de los Condes de Carrión. 


En las interminables noches invernales, cuando el aire gélido silbaba por las rendijas de las ventanas mal entornadas, a muchos se les antojaba escuchar a lo lejos el amenazador cencerro del animal. Jamás la vio nadie. Pero, como si fuera una meiga gallega, los infantiles espíritus no dudaban de su existencia.

Estaba severamente prohibido asustar a los más pequeños con pormenores sobre la incómoda bestia. Más de una vez se encontró con un buen capón del maestrillo de turno el impertinente que se apostaba en una esquina semioscura e iba asustando, “Uh! uh uuuuuh! la cabra!!” a los que pasaban.

Los alumnos maduros, con cuatro o cinco años de permanencia en el centro, tenían más que superado el síndrome del  desfachatado rumiante. Pero, con todo y con esas, lo cierto era que, al atravesar uno solo a cualquier hora del día, y no digamos de  la noche, el temido dormitorio del P. Tarín, aceleraba el paso. Por si la cabra.

En el último curso nos desalojaron a los mayores del dormitorio Tarín.  Detrás del simple estuco del muro al que estaban apoyados nuestros catres de hierro se avecinaban, impulsadas por el P. Quintín Aldea, prospecciones importantes sobre los sepulcros de los Condes de Carrión, los históricos, no  los irreales y sombríos del “Cantar de Myo Cid”.
Nos dieron una habitación individual en el último piso de la fachada  que daba al pueblo. Los amaneceres en el buen tiempo encandilaban desde esa atalaya nuestros duendes adolescentes.
Un cuadro incomparable.

La silueta de la iglesia de Belén al fondo,  el puente en la penumbra enhebrando la orilla escarpada con el tapiz lozano de la vega, la neblina que surgía del río, el olor a tierra cultivada…
En los crudos inviernos el promontorio de Belén y la elegante torre de  San Andrés semejaban inmensos navíos entre las nubes de nieve que bajaban por la pendiente intentando arropar las choperas desnudas de las orillas del Carrión.

Si mirabas hacia arriba, en las largas noches estrelladas, podías contemplar el deambular de la Vía Láctea y sus constelaciones.
Nos sabíamos de memoria todo el mapa del firmamento. Y las míticas y sobrecogedoras leyendas que sobre él estaban grabadas. 

Las Pléyades, las Osas y Los Gemelos.

El gigante Orión que se enfrentaba al Toro…

Alfa Centauro, Casiopea, Vega de la Lira

Todo dando vueltas, cortejando en prodigiosa simetría geométrica, a la diminuta pero ilustre dama: la estrella polar.

-Fue en su origen el miedo, la inseguridad ante lo inexplicable, lo que provocó, entre los antiguos espectadores de este gigantesco fresco, la interpretación fabulada de las constelaciones.
-Pues yo veo en todo ello –dijo uno de los asistentes- un claro sentido poético de gran belleza 
-Claro que sí. De eso precisamente se encargaron tanto los sabios astrónomos de la antigüedad como los poetas épicos que nos trasmitieron la fastuosa sinfonía de las leyendas siderales. A mi entender dieron un ejemplo de lo que deberían intentar todos los credos: convertir los ancestrales y originarios miedos en poesía inspiradora de una contemplación creativa.
-Pero ¿seguro que  se creían en serio todas esas historias del firmamento?
-La contemplación y el estudio del cielo es algo común a todas las civilizaciones. Nosotros miramos al firmamento con ojos griegos. Ellos, traduciendo a la práctica, a través de los mitos, la interpretación inmemorial de los diseños estelares, colocaron a héroes humanos en las estrellas y bajaron de ellas a los dioses. Esa es la tela sobre la que se escriben, entre otros, los dos grandes poemas épicos de Homero: la Ilíada y la Odisea.

Era la interpretación que sobre el firmamento nos daba el profesor de literatura. En aquella noche que, para seguir paso a paso un eclipse total de luna, un grupo de alumnos pasamos en blanco.
Fue impresionante. Duró cinco horas. La sombra de la tierra iba engullendo a mordiscos la superficie lunar. Una penumbra inicial. La progresiva desaparición del astro que en la fase de eclipse total se convirtió en una bola roja anaranjada durante unos minutos. Y la salida de las sombras de una oronda luna llena que reapareció burlona en todo su esplendor como si nada hubiera pasado.

Las primeras estrellas que emergieron en la fase final del eclipse fueron Cástor y Pollux, de la constelación Géminis.

-El símbolo de la amistad para los antiguos, comentó el profesor.
-Una leyenda muy bonita, dijo Fernando
-¿Por qué no nos la recuerdas?
-Pues, sí. Cástor era mortal. Pollux, hijo de Júpiter, inmortal. Al fallecer el primero en una bronca, su amigo pidió a su padre que no se separaran. Y el dios les transformó en esas dos estrellas.
-Muy bien resumido. Ahí tenemos  el claro ejemplo de un mito esculpido en el firmamento.  La mitología es casi siempre la expresión de la sabiduría popular. Por lo general es la formulación, aunque en ella intervengan dioses y héroes inalcanzables, de un sinfín de experiencias humanas dichas de manera artística y simbólica.

En esa noche aprendimos para toda la vida cómo mirar e interpretar, entre poesía y fábula, la bóveda celeste. Un libro abierto, de una riqueza inagotable.

Antes de ir a dormir, miré hacia abajo desde mi ventana. Allí estaba, en la perpendicular, el cementerio de los frailes con el osario antiguo que se asomaba por un boquete a ras de suelo.
En las noches cálidas surgían de entre la maleza del camposanto, como remedo a los luceros del firmamento, las luminarias titilantes de los fuegos fatuos.





viernes, 11 de septiembre de 2015

LA NARANJA DE LOS REYES MAGOS ( 11 septiembre 15 )

Dos festejos excepcionales tenían lugar  durante las entretenidas fiestas navideñas. La cabalgata, en la víspera de los Reyes Magos. Y la  campaña, votación y proclamación de su Majestad el Rey de los Inocentes.

Era esta última una de las atracciones más sonadas de las vacaciones. Se nombraban los candidatos seis días antes del veintiocho de diciembre y comenzaba de inmediato la campaña a favor de los pretendientes a la corona real.
El día 28  tenía lugar por la mañana la coronación en un estrado montado en el gran escenario y la velada nocturna era presidida desde un sitio de honor por el rey inocente. En los entreactos se le dedicaban poesías, canciones y representaciones cómicas muy divertidas.

La cabalgata de los Reyes Magos no era menos vistosa que la de los Inocentes. Se celebraba la víspera de Reyes. Intervenían muchas más personas que en la del día 28, ataviadas todas con vestidos de época. En el cortejo  salían yeguas, mulas y caballos de la vaquería enjaezados, perros mastines que tiraban de carritos repletos de regalos y hasta asustadas cabras engalanadas.

Los tres Reyes con su vistosa comitiva acudían al gran Belén del refectorio a presentar sus regalos, y tenía lugar, en presencia y a veces con la participación de Sus Majestades, la última velada de la Navidad.

Luego, durante la noche, casi en la madrugada, los maestrillos se disfrazaban de Reyes Magos. En las sandalias y zapatillas, que se dejaban al lado de la cama, iban poniendo a cada uno sus regalos: peladillas, caramelos, pasas, higos secos procedentes de la despensa del Hermano Elguézabal…

Estaba prohibido espiar  el paso nocturno de los Reyes por dormitorios y camarillas. En mi primera navidad en el colegio, y a pesar de la prohibición por todos pactada, oí a  varios de los mayores que al día siguiente preguntaban en el patio  sin tapujos a algún maestrillo:

-¿Le hace alguna de sus peladillas, Rey Baltasar?

El aludido, que lucía aún sobre la frente y el cuello algunos trazos del color negro de su disfraz, esquivaba, francamente disgustado, toda respuesta. Para que no se nos desmoronara a los pequeños la sólida certidumbre en la existencia de los Reyes Magos.

Esa misma mañana me dieron de nuevo permiso para ir a casa. A media comida madre me recordó que tenía  que subir a mi cuarto.

Subí las escaleras de tres en tres. Allí, en el alféizar de la ventana, como en todas las madrugadas de Reyes, estaban, sobre unos zapatos míos viejos, pero limpísimos, los regalos depositados por los Magos de Oriente.

La habitación quedó por unos instantes envuelta en un halo de nostalgia. Me vi cabalgando sobre el cendal de una nube que, con los ojos tapados, me llevaba de repente hacia otra orilla aún inexplorada.


En un horizonte lejano, allá enfrente, quedaban desparramados los soldaditos de plomo  de antaño.  
Las motos y los coches huecos de hojalata, de colorines, que se ensamblaban con unas pestañas metálicas. Los caballos trotones de pasta de papel.

Los rompecabezas de cartón y los mecanos.   

Alguna peonza robusta de madera
dura de boj, para que no se cascara fácilmente.

Y los puñados de castañas, nueces, avellanas o higos secos. 

O los adoquines de Zaragoza, unos caramelos gigantes que tenías que chuparlos por etapas.

Y la clásica naranja de Valencia, cita obligada en todos los regalos de los Reyes Magos.

Sí. Allí estaba hoy también, la oronda naranja “washingtona”. La abuela decía que era la estrella que guió a los Magos al portal de Belén.

Al lado, un plumier precioso y un fenomenal estuche de pinturas.

Como era costumbre, en los postres se repartió en gajos entre todos la naranja valenciana. El rito de las ilusiones infantiles parecía cumplirse una vez más. No hice nada por romper el hechizo.

¿Para qué desvelarles que esa misma mañana, en los patios del colegio, había yo dejado de creer en los Reyes Magos?







jueves, 10 de septiembre de 2015

AMARGUILLOS AMARGOS (10 septiembre 15 )

El primer trimestre del  año pasaba tan rápido como el galope de un alazán. Desde los últimos días de noviembre, la construcción de un gran Belén junto al escenario, al fondo del comedor, anunciaba la llegada de la Navidad.

Las Navidades en Carrión eran siempre frías. Con mucha nieve. A todos los niños les gusta por lo general jugar a las batallas de nieve. Mucho más en aquellos años cuando, a poco que se oteara el horizonte, redoblaban a lo lejos tambores de guerra.
Desde la pista externa del frontón, donde la ventisca acumulaba las capas de nieve más duras,  salían pistas de patinaje de bastantes metros. Surgían excelentes patinadores. De mí puedo únicamente confesar que las recorría más veces sentado que sobre los dos pies, como las reglas mandan.

Durante la semana anterior a la navidad nos quitaban una clase diaria para que pudiéramos ensayar las comedias, los villancicos y otros actos que diariamente se sucedían en el refectorio, convertido en salón de actos a últimas horas del día.

Las clases se suspendían totalmente el día 22 de diciembre hasta el dos de enero. El horario era libre. La improvisación en las actividades ayudaba a la idea de encontrarse de vacaciones y mitigaba la separación de las familias en días tan particulares.

El día de la Nochebuena  los que habían recibido de sus casas algún paquete ponían parte de él en una Cesta común para que se repartiera entre todos durante la cena. Excepto si los jamones venían enteros. Entonces pasaban a los dominios del Hermano despensero.

El colegio mudaba su aspecto durante esos días. Las clases y  salas de estudio se trasformaban en cálidos salones de lectura a la sombra del pino de navidad. Lectura de aventuras. Títulos instalados aún en el recuerdo como “La Caverna de los suspiros” o“El Hechicero de los Omaguas”. En la espaciosa sala de juegos, lindante a los frontones, había campeonatos de ajedrez, parchís, juegos de mesa, ping-pong. Las ventanas revestidas con campanas de papel y otros dibujos navideños.Las veladas vespertinas en el refectorio, transformado en veinte minutos apenas en salón de actos, eran diarias y se alternaban en ellas las comedias, sainetes, zarzuelas y conciertos de la coral del colegio, preparados con ímprobos esfuerzos durante las semanas  o incluso meses anteriores.
También había sesiones de cine. Películas mudas a veces, comentadas por el Prefecto padre Jiménez.
Todas aún en blanco y negro.


Destacaban las del inteligente perro RinTinTin, Charlot. El Gordo y el Flaco,Y las del “Oeste”. Sin que faltaran en éstas los pataleos y clásico griterío cuando “el chico” amarraba implacable su victoria final.


Todas las películas pasaban por la censura previa. Se cortaban las escenas escabrosas y luego se recolaban con acetona. Un discreto cuaderno, colocado delante del foco, tapaba en parte el exagerado escote de alguna dama o lo cubría totalmente cuando se aproximaba algún beso que había escapado a la tijera protectora.

 -Oooh! gritaban los más traviesos

La proyección paraba desafinando con un lastimero sollozo de la cinta al detenerse.

-A ver si mandamos a todos a la cama, hombre…Con un cero en comportamiento para los alborotadores, claro…!

Pero como estábamos en Navidad, todo se olvidaba al instante, y la función continuaba entre los codazos cómplices  y los guiños de los revoltosos.
Había ocasiones en las que, en la oscuridad, el rollo de la película salía equivocado. Echaban el final, y quedaban aún dos rollos por proyectar. El buen padre se esmeraba en explicarnos lo ocurrido:

-Se trata simplemente de una “elipsis cinematográfica”-argumentaba la mar de serio-  El fin de la película ya lo hemos visto. Ahora viene el nudo del argumento (!)

Formé parte en una época del equipo censor cinematográfico. Procurábamos, antes y después de los tijeretazos, pasar lentamente una y otra vez sobre las escenas comprometidas. Aunque tuviéramos que confesarnos al día siguiente por nuestro regodeo en las escabrosas escenas.

-Vas a tener que decirle al padre que te releve de ese cometido, hijo -me aconsejaba siempre el cura en el confesionario- Quien quita la ocasión, quita el peligro.

A los del pueblo nos dejaban ir a comer a casa el día de Navidad y el de Reyes. 
En mi primera Navidad de estancia en san Zoilo la nevada caída durante la madrugada había sido imponente. 

Dejé a todos los colegiales enzarzados en una colosal pelea de nieve.Al muñeco gigante le estaban montando un nuevo vástago que amenazaba con ser más alto que su predecesor.


La nieve había caído sobre el suelo helado del día anterior. A las pocas horas era casi imposible mantenerse de pie sobre el terso cristal de hielo. El pueblo entero sufría las consecuencias del temporal.  
Subir la empinada cuesta del puente era escalar la ladera congelada de una montaña. El remanso del río estaba cubierto por una gruesa capa de hielo.
 Desde arriba, a través del  gélido espejo, se veía en el fondo desplazarse impasible un flemático banco de barbos plateados.



Pocas horas antes se había producido un accidente espectacular en la misma bajada. Un carro, cargado con barricas de vino, patinó  sobre la nieve helada a la mitad del puente. El vehículo se deslizó a toda velocidad por la pendiente helada. El peso de los barriles levantó a la mula por los aires. Carro y mula fueron a estrellarse contra la esquina de la primera casa. El pobre bicho pataleaba todavía bajo el peso del carromato.

La familia estaba al completo. Mi hermano Chus había venido otra vez de la  mili con un permiso de un mes. Comimos pato con manzana. Uno de los mejores guisos de la señora Feli. La abuela María cantó a los postres, con aire casi gregoriano, varios villancicos antiguos con regusto a chimenea de un refugio de  pastorcillos remotos. La tía Carmen le acompañaba con la pandereta y algún que otro zapateado que todos jaleábamos con palmas. Un Niño Jesús regordete recostado en una cuna de paja sonreía desde el último estante de la alacena. Feliz Navidad.

Pero yo les dije que a las cuatro tenía que irme. A partir de las cinco comenzaban los preparativos para la función de la noche y nos faltaba aún por montar ciertos acabados del escenario.
Y pegar en la sala de juegos algunos carteles para la próxima elección del Rey de los Inocentes.

-Ahí va… rediola !! -dijo mi hermano- a éste sí que le han sorbido ya por completo la mollera!!
-Y tú que te calles -exploté furioso- no vayas a salir una vez más con el cuento de la perra gorda. Que a ti te la dieron como a un chino, pero conmigo no ha colado, tonto!
           
Lo de la perra gorda incandescente que les ponían a los frailes para hacerles la coronilla, como tantas veces con guasa me insinuaba mi hermano, lo había solucionado yo hacía tiempo. La primera vez que el barbero Mazzantini, colilla entre dientes y bigotazo chamuscado, bajó desde Carrión al barrio de San Zoilo, como hacía cada mes, para cortar el pelo a toda la comunidad, logré ocultarme por ver cómo tonsuraba a los padres y maestrillos. Y vi cómo enjabonaba lo alto de la cabeza de cada uno y, con un cuidado indecible, rasuraba el  blanquísimo redondel sobre su cogote.

-O sea que de perra gorda en ascuas…na de na , que te la tragues, chalao..!!
-Haiga paz, que es Navidad -arbitró el tío Zepelín- mientras se servía la penúltima copa de orujo gallego.

El regreso hacia el Colegio a media tarde fue terrible.  Había fraguado aún más el hielo  sobre las calles y las aceras. Madre me había comprado dos cajas de amarguillos para añadirlos a la Cesta común de la Navidad.                                            
A medio camino habían rodado ya varias veces por el  suelo los típicos dulces de Carrión y su temerario portador. A la ventana de su casa estaba asomado el gran Rubio, uno de mis antiguos pandilleros. El chaval gritó alarmado, llevándose las manos a la cabeza:

-Pero ¿adonde vas, alma de Dios? Que tal pareces una bailarina en una pista de patinaje, ¡habráse visto!

Yo me encogí de hombros, mientras contemplaba resignado en medio de la calle una de las cajas con el contenido reducido a escuálidas migajas. El chico salió a poco de su casa con una enorme pala de madera, de las de aventar la trilla en las tardes de verano.

-Siéntate ahí, rufián atrevido. Y agárrate fuerte. Sólo te puedo llevar hasta lo alto del puente ¿eh, volatinero?

Asentí agradecido. Se había forrado las botas con dos pedazos de saco. Por el centro de las calles me arrastró hasta la taberna “La Espuela”  en el comienzo del puente.

-Fin del viaje, monstruo de las nieves
-Gracias Rubiales. Feliz Navidad

Aferrado a las duras piedras del pretil del puente, salvé como pude la empinada cuesta de bajada.

Un grupo de personas se arremolinaba aún al final de la pendiente, alrededor del carro accidentado del vinatero volcado esa misma mañana. La mula embotada sonreía en una postura de danza macabra con todos sus dientes fuera y las cuatro patas al aire. Una viejita le comentaba a su vecina:

-Velay lo que sucede, comadre. Castigo divino. Eso ocurre por no respetar las fiestas de guardar como Dios manda

Un borracho se aferraba a un escuálido chapitel de vino helado que se escapaba por la rendija de uno de los toneles. Con voz rugosa mascullaba:

-Saca la bota, María, que me voy a emborrachar… Muchacho, ¿no ties  por ahí algo de aperitivo? -me dijo señalando las cajas de los amarguillos

Le alargué la caja de las pastas desmenuzadas y seguí pasito a paso mi camino  sobre la capa de hielo que, en la ligera pendiente hacia el colegio, el vino de las barricas despanzurradas había teñido de rojo.
Para acortar la llegada entré  por la puerta de la iglesia. Atravesando el templo se accedía al claustro plateresco.
Un tropel de chicos se perseguía  en el interior del claustro a zurriagazo limpio con sus bufandas. Lo hacíamos con harta frecuencia para espantar el frío en los inclementes días del invierno.
Uno de los bufandazos impactó de lleno sobre los pocos  amarguillos  supervivientes de la segunda caja. La turba los pisoteó implacable sobre las venerables losas del ala del claustro donde estaban enterrados algunos obispos y abades benedictinos.
Con amarga decepción tuve que explicar a mis amigos el fiasco de mi aportación a la cesta común de la Navidad.