miércoles, 9 de septiembre de 2015

TRAMOYAS Y BAMBALINAS ( 9 septiembre 15 )

A comienzos de  noviembre hicimos los primeros ensayos. Éramos doce. Escogidos porque en las clases de declamación destacábamos por la memoria y la expresiva recitación de las poesías.

Aprender y recitar versos era para nosotros una actividad ordinaria. El profesor de clase de castellano dedicaba el primer cuarto de hora de clase diaria al ejercicio de la improvisación y de la declamación. En todos los entreactos y descansos de las numerosísimas actuaciones públicas se recitaban poemas. Había una Academia  de Declamación que organizaba varios concursos a lo largo del año. Sabíamos ingente cantidad de poesías de los géneros más diversos y de los autores más insignes de nuestra literatura.
El esfuerzo para aprenderlas era considerable. Se puede medir por la extensión tan extraordinaria de algunos poemas  que decíamos de carrerilla y sin pestañear como “A buen juez, mejor testigo” de  Zorrilla, La Pedrada de Gabriel y Galán, “El Piyayo” de Fernández Luna (aquellos magníficos versos…”A chufla lo toma la gente / y a mi me da pena / y me causa un respeto imponente”…)
Lo más importante, por encima del ejercicio de la memoria, era sin embargo el recitado, la emoción y el tono, el énfasis. A ello se prestaban poemas como “La canción del Pirata” de Espronceda, “A las ruinas de Itálica” de Rodrigo Caro o, la más repetida de todas, la beckeriana “¡Qué solos se quedan los muertos!”.

Cuánta emoción cuando, al llegar la fiesta anual de la Independencia, consagración histórica de de la unidad de España, se organizaba un concurso de declamación alrededor del poema a los héroes del dos de mayo de 1808: “Oigo, Patria, tu aflicción / y escucho el triste concierto / que forman tocando a muerto / la campana y el cañón…” 
El auditorio vibraba con el trágico clamor: “¡Guerra! gritó ante el altar  el sacerdote con ira / ¡Guerra! repitió la lira / con idéntico cantar / ¡Guerra! gritó al despertar / el pueblo que al mundo aterra / Y cuando en hispana tierra / pasos extraños se oyeron / hasta las tumbas se abrieron / gritando: ¡Venganza y Guerra!
Y puesto en pie ovacionaba  el juramento final: “¡Héroes de la lealtad / que del honor al arrullo / fuisteis de la Patria orgullo / y honra de la humanidad / En la tumba descansad / Que el valiente pueblo ibero / jura con rostro altanero / que hasta que España sucumba / no pisará vuestra tumba la planta del extranjero!”

Pero en aquel atardecer, ya riguroso, de un otoño que pretendía ser invierno no se trataba de un recital más de poesía.

En un nutrido anaquel de la biblioteca escolar, entre los grandes clásicos del teatro, desde Sófocles y Calderón hasta Jacinto Benavente, dormitaba humildemente un apartado dedicado a una curiosa colección: la “Galería Dramática Salesiana”.
Sólo se consultaba estos diminutos libros una vez al año. Cuando se acercaba la navidad. Se trataba de adaptaciones de piezas teatrales de toda suerte para actores únicamente masculinos.
El resultado de estos arreglos se prestaba a situaciones alambicadas y ambiguas con papeles un tanto raros entre personajes del mismo sexo.
La mujer del protagonista se transformaba en su hermano mayor.  Éste se convertía en el confidente de su mejor amigo y ambos burlaban ladinamente su confianza. De ahí surgía el conflicto. Un embrollo. Todo para evitar un contexto de infidelidad planteado en la comedia original.
¿Alguien se imagina “La Venganza de  Don Mendo” de Muñoz Seca sólo para hombres? -“Mora de la morería / mora que conmigo moras”…- Pues allí estaba. Y así se representó con éxito notable repetidas veces.

La reunión de aquella tarde otoñal era el momento en el que se seleccionaban las comedias  de la “Galería Salesiana” para las próximas fiestas navideñas y se procedía al reparto de los papeles.

Nos habían precedido representaciones memorables de autores como  los Arniches, el referido Muñoz Seca o el francés Molière: “Los Aparecidos”, “El Médico a Palos”, “Don Mendo”, “La vida es sueño” y algún Auto Sacramental de Calderón de la Barca.
Ahora se trataba de leer la comedia escogida para representarla en las próximas fiestas de la Navidad. Se repartían los papeles que cada cual copiaba a mano del original. Ocho días para aprendérselo de memoria. Luego los agotadores ensayos durante los recreos y en los días que no había clase.

La escena teatral estaba al fondo del gran refectorio. Un escenario en toda regla, con sus bambalinas y bastidores, las candilejas y la concha del apuntador. Los decorados, de fabricación propia,  se colgaban del techo  y descendían a base de poleas adaptados a cada acto o cuadro de la obra teatral. Luego se enrollaban y se clasificaban por materias al fondo del escenario.
Más espectacular aún era el vestuario. Trajes de romanos, hábitos de monjes y de chinos, uniformes de comedias de capa y espada. Muchos habían sido confeccionados por las vecinas monjas carmelitas. Algunos de papel. Otros cosidos primorosamente por tan delicadas manos. Se conservaban en grandes armarios. Olían a alcanfor. Un olor que se convertía en compañero inseparable de los actores varios días después de la puesta en escena.

La obra escogida, que obtuvo un rotundo éxito ese año de 1947, fue “El Rey Negro”, un cuento de Muñoz Seca en tres actos y siete cuadros.  Además de en el colegio, dimos varias sesiones  de “El Rey Negro” en el Teatro Sarabia de Carrión con llenos hasta el gallinero.
Y con ella, y con un triunfo semejante, nos fuimos a Valladolid para, con dos representaciones, contribuir a dar a conocer nuestro colegio en la gran ciudad.

Me tocó en el reparto el papel del protagonista, el estrafalario, pero honrado embaucador, don Francisco Lagarra y Matute. Bigote enorme pegado al labio con tal cantidad de resina que asfixiaba, chambergo agujereado, exageradas patillas y pantalones a retales.

Matute entraba en escena con cara de infeliz.
Vendía chucherías y sorteos varios.

-¡La Lotería del Niño!...Un quince mil ciento quince que parece capicúa. ¡Al plato bonito que abre el apetito…al platito que engaña que lo que no se come no daña…

 En una escena del cuadro tercero, calentándose todos en la fría medianoche al rescoldo de las cenizas de una hoguera, Matute se las daba de sabio y enteradillo.

-Porque yo he estudiado mucho, eh!... Y eso que no me he examinado más que una vez. Ahora que esa vez dejé al catedrático en la mitad
-¿En la mitad!? se asombraba Pizquita, uno de los pequeños mendigos
-Sí, explicaba Matute. Porque él era un cate-drático. Y como el cate me lo tuvo que dar a mí, se quedó con el drático nada más que  “pa” los restos
  
En otra de las  frecuentes comedias de “capa y espada” había un duelo entre dos espadachines. Ambos convinieron en que el arma de la pelea fuera a golpe de libros, cuanto más grandes mejor. Yo era el padrino del duelo y preguntaba:

-¿Cómo se van a dar? ¿A lo llano y de plano o con el lomo del tomo?
-¡Como mejor entre! decía uno de los contrincantes
-Pues con el lomo del tomo, sentenciaba el padrino. Porque aquí lo dice: “Tomo 1º. ¡Introducción!!

No faltaba en el repertorio de obras teatrales el género musical. Varias zarzuelas y comedias de tema misionero y ambiente chino, inspiradas en temas que nos traían los jesuitas de la misión china de Anking. El coro del colegio corría con las melifluas y sentimentales partituras musicales. Los que teníamos peor oído llevábamos la parte dialogada.
Salí como joven cocinero chino, recién convertido al cristianismo, en una de esas comedias orientales.
Entra un misionero en el momento en que el chinito cocinaba algo sobre unas brasas.

-¿Quiele plobal-lo, padle?
 -Tírame algo, que lo cojo al vuelo

El cocinero le tira un pedazo de lo que estaba asando.

-Pero bueno, Manuel –dice alarmado el misionero- ¿Cómo vas a darnos hoy a  comer carne, si es viernes de cuaresma?
-Oh, no te pleocupes, padle –le replica con toda lógica el cocinero- Yo antes llamalme Chiang-chung. Tú bautizalme y pusiste Manuel. Pues yo a esta calne dije: “Tú, calne, desde ahola selás bacalao. Y la bauticé.

-Desde que el mundo es mundo -nos había comentado el profesor de Lengua Castellana- el teatro ha tenido un influjo extraordinario en la historia de la Humanidad. La tragedia y la comedia griega explicaban al pueblo los  entresijos de los grandes temas de la mitología antigua y criticaban tanto a sus dioses como a las costumbres populares y al comportamiento de sus gobernantes. Lo mismo hicieron los comediógrafos romanos. En la Edad Media la cátedra ambulante del teatro, junto con la escultura de sus catedrales, fueron el libro en el que pueblo hojeaba el devenir de los grandes misterios. Calderón convirtió a sus “Autos Sacramentales” en auténticas aulas de Teología explicada al pueblo, al aire libre, en los patios de comedias de la Edad de Oro Castellana. Y no tenéis más que asomaros a las obras recientes de Echegaray, nuestro Premio Nobel de Teatro, o de Jacinto Benavente para trazar un certero retrato sobre los hombres y mujeres de las actuales generaciones.

El teatro, como constante formativa, era una tradición jesuítica aplicada a todos los ámbitos educativos. Un misionero de Brasil que, por razones de salud, vino destinado a San Zoilo nos habló de las Reducciones Jesuíticas instaladas al sur de aquel país y todo a lo largo de las riveras del río Paraguay.

-La música y el teatro, resumía, fueron las dos armas que los misioneros usaron en la educación de los indios.

No es de extrañar por lo tanto que la enseñanza en nuestro colegio se “teatralizara” constantemente. Las aulas escalaban con frecuencia el escenario. Entonces las clases públicas tomaban el nombre de  “concertaciones”.
La primera concertación que presencié con un cautivador asombro fue una que los mayores de entonces dedicaron al discurso de Cicerón “Pro lege Manilia”.

El escenario del comedor era la tribuna romana de los “Rostros”.
Los actuantes vestían a la romana. Generales y caballeros romanos, envueltos en amplias togas o enfundados en vistosas armaduras.
Un orador expuso la situación por la que en aquel momento pasaba la república romana y sus principales personajes: Mario, Sila, Pompeyo…Luego fueron declamando, una parte en latín y otra en castellano, un resumen del discurso de Cicerón.
Los “pipis” seguíamos, maravillados y sin cansarnos, los largos discursos ambientados en un aparato teatral extraordinario. Tal fue el éxito de esta concertación que, al día siguiente se concedió un día extraordinario de vacación en Villamez.

En la primavera de mi tercer curso presentamos una concertación que en nada tuvo que envidiar a aquella primera que nos dejó boquiabiertos a los más pequeños.
El tema versaba sobre las batallas entre César y Pompeyo. Me encargaron el discurso de presentación que tuvo el honor de figurar entre una de mis más elogiadas composiciones en castellano. Era la introducción a la histórica victoria de César  en Farsalia contra las legiones de Pompeyo.  Pero en este caso concreto la batalla era la lucha por el dominio de la sintaxis latina escenificada  con himnos y reñidos desafíos individuales.

Contempladas a través del tiempo, en las neblinas de un pasado remoto, estas antiguas viñetas nos hacen  sonreír al socaire de sus ingenuidades hoy  pasadas ya de moda.

Pero en aquellos años, con la escasez de  recursos de entretenimiento que teníamos, la zambullida constante en  el mundo de la tramoya y de las bambalinas fue un divertimento continuo, la incursión en un mudo mágico que no sólo nos ayudó a obtener una aceptable cultura sino, y tal vez lo más importante, a disfrutar de momentos inolvidables en aquellos años tristes y sombríos del acontecer allende los muros de nuestro recinto monástico.








martes, 8 de septiembre de 2015

EL TUNEL Y LA BURBUJA ( 8 septiembre 15 )

En la primera semana de octubre tenían lugar cada año los "Ejercicios Espirituales". Mal trago.
El padre espiritual nos lo anunció aquel año en una de sus pláticas preparatorias. Dijo que los Ejercicios eran para reflexionar sobre las “postrimerías”. Quiso sondear entre los novatos el significado de esta palabra, y Juanjo le respondió:

-Las postrimerías es lo que se come al final de las comidas 

El padre se rió de la ocurrencia y aclaró:

-No son los “postres”, Juan José.  Las postrimerías son las cosas que a todo hombre le pasan al final de su vida. También les llaman los “Novísimos”.

Los que vivíamos en el pueblo lo entendimos muy bien. Porque en las Navidades anteriores, año 43, tres Padres jesuitas habían predicado allí  la Santa Misión.
En las fachadas de todas las iglesias y en medio de la plaza del ayuntamiento aparecieron unos cartelones que decían en inmensas letras negras: “Muerte, Juicio, Infierno y Gloria, ten cristiano en la memoria”. Eso eran los “Novísimos”.
Las Misiones coparon la actividad del pueblo durante aquellos diez interminables días. Las parroquias estaban a rebosar de fieles. Unos por devoción, otros por curiosidad y otros por obligación acudían a los sermones, casi todos atronadores y apocalípticos, de primeras horas de la mañana y últimas de la tarde.
Por obligación era porque los trabajadores que no justificaran la asistencia a los actos de la Misión podían quedarse sin paga.
Por curiosidad para ver cuál de los misioneros lo hacía mejor. Al final era como con los toreros y con apuestas en los bares. Llenaba más la plaza el que más banderillas -verdades más categóricas y regañinas más contundentes -le ponía a la feligresía.
Acudir por devoción no era casi ni necesario. Todas las calles del pueblo estaban cubiertas por un tendido de altavoces. Algunas prédicas se hacían en plena calle, frente a las iglesias.
Quisieras o no, y sin acudir a la iglesia, te embuchabas, aunque apalancaras las ventanas de la casa, todos los sermones, pláticas e incesantes cantos de penitencia de la Misión.

Los primeros Ejercicios Espirituales  en San Zoilo se me hicieron muy parecidos a la reciente Misión vivida en el pueblo.
Entre los escolares, apelotonados en los primeros bancos, había quienes lloraban a moco tendido ante la culpabilidad de sus pecados o las escenas de la Pasión. Otros temblaban despavoridos al sentirse presas de las trágicas escenas del Juicio final o de las truculentas penas del infierno. Y las soñaban luego en la oscuridad de la noche.

Con el tiempo comprendí que los Ejercicios eran otra cosa. Tenían otra estrategia muy diferente. Algo más militar y combativo. Por algo los había planeado el soldado Iñigo de Loyola. Pero, para los novatos especialmente, la encerrona inicial de cada curso en San Zoilo era como la travesía de un ingrato túnel.

Lo más penoso fue el silencio total durante los tres días enteros de los Ejercicios. En los ratos libres se podían leer libros piadosos en la biblioteca. O pasear por los senderos de la huerta, meditando sobre los sermones de la capilla.
A mí no me salía eso de seguir "meditando" en las charlas de la capilla. Me distraía más bien siguiendo el rastro de las lagartijas o espiando las caprichosas filigranas de las nubes que discurrían en libertad al otro lado de las tapias.

Donde mejor me lo pasaba era, sin duda, en la biblioteca. Lejos de leer libros beatíficos, me dediqué más bien a tomar posesión de algo que me entusiasmaba. Poco tenía que ver ésta con aquella biblioteca adusta y casi medieval de mi venerado vecino de la calle Santa María, el  obispo antiazteca. Ni con la del colegio de los Maristas. Acababan de ampliarla a finales del curso anterior. 
Nada de volúmenes con uniformes de  cantos dorados, como si estuvieran en una parada militar. Muchos, casi un centenar, eran cortos relatos de la editorial Mensajero. Recuerdo algunos, como si se tratara de nostálgicos amigos de la infancia: “Ahora y después”, “Alma Viajera”, “El cazador de venados”…
Durante el curso escolar la biblioteca estaba abierta  todos los días de vacación y en los momentos de estudio libre. También se podía pedir permiso para ir a ella durante los recreos largos.  La biblioteca fue el lugar que  yo más frecuenté en el colegio. Yo veía que muchos alumnos, incluso durante los recreos, pedían permiso para ir a una visita al Santísimo en la capilla. Eso daba galones para una buena nota en  Deberes Religiosos  a final de mes. Mi querencia estaba más bien entre los libros.  
 
Intenté superar el record que ya me había impuesto en los Maristas. Cuando en las clases de lengua el profesor recordó que para mejorar el estilo existía el aforismo latino de Plinio: “Nulla dies sine linea” -no dejar pasar un día sin escribir algunas líneas-  yo añadí en la libreta donde regularmente anotaba mis lecturas: “Nullus mensis sine libris” -no dejar pasar un mes sin haber leído algunos libros-.

La regla principal de la biblioteca era el silencio absoluto. No solía haber vigilancia. Si a ella iban profesores se les consideraba como un lector más.
 Fue el primer espacio de la escuela donde noté la ausencia de vigilantes. Esa sería la norma estricta y predominante durante toda la estancia en San Zoilo. Aplicada sobre todo a los últimos cursos. Nada de guardias ni acechos torticeros para pescar in fraganti a los infractores.
Se trataba de educar para la responsabilidad. El que no fuera capaz de cumplir sólo, sin control externo y en cualquier momento del día, no era digno aspirante a entrar en la Compañía de Jesús.
Así nos lo recordaron, y así se fue repitiendo en constante estribillo en años posteriores, desde aquellos primeros ejercicios espirituales del año 44 que, por cierto, tuvieron un especial colofón.

Abrumados con la tensa presión de las dos primeras jornadas en las que con todo lujo de tétricos y amenazadores detalles se glosaban las tres primeras postrimerías  -muerte, juicio, infierno-  la mayor parte de los pipis salíamos de las pláticas cantando entre lágrimas los cantos penitenciales previamente ensayados: “Perdona a tu pueblo, Señor…”, “Pequé, ya mi alma sus culpas confiesa…”, “Sálvame, Virgen María”…
Toda esa enorme aflicción terminaba al finalizar el segundo día, en la ceremonia de una confesión general en toda regla. Con esa confesión se consideraba borrada toda huella de anterior maldad acumulada durante la primera década de nuestra corta existencia. ¡Hay que ver el vacío  brillante que allá por los más adentros te dejan esas confesiones generales! Como si te hubieras engullido una pastilla de jabón Lagarto.

Y vino entonces la distensión del día final; la alegría de la Gloria  y de la Resurrección.
A tres o cuatro de los nuevos les cogió en las últimas charlas un ataque de risa floja  que, por contagio, recorrió en oleadas toda la capilla desde el primero hasta los últimos bancos. Sacaron a los más afectados. La histeria se repitió de nuevo. Al fin tuvieron que llevarnos a todos los novatos a la huerta. 
Allí, bajo un árbol frondoso, recibimos la última prédica. Cada uno redactó luego su plan de vida personal para el nuevo curso. Con la redacción de esa nueva carta de marear terminaban siempre los Ejercicios Espirituales.

El “plan de vida” era el tren de vía estrecha que recorría toda la vida del colegial desde el comienzo al fin de cada curso. Se revisaba mensualmente  en los retiros espirituales de una mañana. Y se actualizaba  diariamente en los exámenes de conciencia vespertinos en el inmenso coro de la iglesia que parecía el de una catedral.





Sentados al anochecer en los duros bancos de madera o en la sillería labrada adosada a las blancas y húmedas paredes del viejo coro monacal, acosados por el sueño, había que desmenuzar día tras día la andadura del plan en los pequeños detalles de cada jornada.
Uno se prometía mejorar al día siguiente, pero el sueño apabullaba los buenos propósitos y los borraba por completo antes del amanecer.
Así que los sucesivos planes de vida, por lo menos los míos, llegaron año tras año a su término hechos unos zorros, irreconocibles, con más jirones que los pantalones de los chicos robaperas que el Hermano Arrieta  troceaba sobre las tapias  de la huerta.

Se percibía muy pronto. No tardamos mucho en comprenderlo. Los dos pivotes sobre los que giraba toda la vida colegial de los internos de Carrión eran la vida de piedad y la vida académica. Acabábamos de experimentar el sorbo más espeso de la espiritualidad: los Ejercicios ignacianos. Al día siguiente sería el reparto de libros y el acceso a la puerta grande de las actividades escolares.

Entre esos dos polos –piedad y estudio- discurrirá toda una larga travesía por donde deambularán las actividades de ocio, deportes, música, teatro, compañerismo, fiestas colegiales, colegas que nos dejaban de improviso, terrores y ensoñaciones propias de la infancia y de la adolescencia que se agrandaban con el escenario de la casona, a ratos preñada de los detalles casi románticos de un antiguo monasterio y otros salpicada de terroríficos recovecos hundidos en el misterio.

Detrás del decorado de todos los días, que de tan monótonos parecían copiarse incesantemente a sí mismos, había una serie de vivencias compartidas que hicieron así y todo inolvidable, para los que sobrevivimos en su largo recorrido, la estancia de cuatro o cinco años en la gran casona. Cinco largos años entre las que, desde el exterior, parecían repulsivas cercas de un viejo monasterio.

A pesar de haber pasado momentos duros y grandes privaciones durante largos años, no se equivocó mucho cuando uno de nosotros, con el correr del tiempo, nos llamó “los niños afortunados de la posguerra”.


Confinados en aquel rincón privilegiado de la llanura castellana, en la encrucijada de la seca Tierra de Campos con la fértil Vega del Carrión, instalados en una gran burbuja, muy poco advertimos de la represión instalada en toda la piel de toro durante los férreos años que siguieron a la guerra civil, ni de los años negros que sucedieron al final de la segunda guerra mundial.

Al contrario de lo que sucedía en nuestras reuniones pandilleras de años anteriores en el  aquel refugio azteca de sueños infantiles, a la sombra de la iglesia-fortaleza de Belén, en San Zoilo nada se comentaba sobre los desmanes cometidos en ambos bandos nacionales, salvajemente enfrentados  apenas una media docena de años atrás.
Y eso que nos constaba que entre las familias del largo centenar de estudiantes las había de todos los colores del espectro político español, no el del momento, sino el de hacía unos pocos años.

Algo se habló en un recreo de los famosos “maquis”. Porque Pablo, el asturiano, dijo un día que allá por su tierra había un batallón de ellos, que  debían llamarse “maquis”, según él, porque siempre estaban “maquinando” tropelías por pueblos y caseríos.
El Padre Prefecto le aclaró que “maquis” venía de los “maquisards” franceses, rebeldes resistentes contra la invasión de la nación vecina por parte de los nazis. Y para hacer gala de cierta imparcialidad, añadió:

-Aquí los maquis son considerados por unos como vulgares y toscos bandoleros
y por otros como patriotas rebeldes, apuntalados por el comunismo internacional. ¡Vaya usted a saber!

Yo estuve apunto de declarar mi admiración por los maquis franceses. Mi mejor profesor en el colegio de los Maristas me constaba que era uno de ellos.
Pero me contuve. Porque, en materia política, habíamos aprendido mucho sobre la debida discreción los que en la playita del río Carrión, donde se reflejaba la adusta mole de la iglesia-fortaleza de Belén, formábamos años atrás la heroica pandilla de los Aztecas.

Nunca tuvimos en San Zoilo clases expresas de formación política como sucedía en las escuelas de todo el país. Más en las escuelas públicas que en las escuelas religiosas. Porque los maestros nacionales, como funcionarios, no tenían más romances que adaptarse a los dictados estatales.
Recuerdo vagamente algún izar de banderas que duraron muy poco. Con la consabida oración a José Antonio: “Señor y Dios nuestro, José Antonio esté contigo. Queremos lograr aquí, la España difícil y erecta que él ambicionó…etc….”
También vivimos clases de gimnasia muy parecidas a las que se impartían en los campamentos de juventudes. Y soportamos frecuentes lecturas bélicas de la reciente “Historia de la Cruzada Española” como: “El Cuartel de la Montaña”, “El Santuario de Ntra. Sra de la Cabeza” o “El Alcázar de Toledo”.

Estas lecturas  se daban desde el monástico púlpito del refectorio, en la primera parte de las comidas. Fui en los dos últimos años uno de los voceros asiduos del púlpito monacal. Se necesitaba una voz potente y una articulación precisa para que  llegaran hasta los últimos rincones del inmenso comedor las lecturas patrióticas o las vidas de los santos o el clásico Martirologio de cada día.
Hasta que al  padre Prefecto le venía en gana decir: “Deo gratias”, que significaba el permiso para hablar, sin gritos y sin la boca llena. Y recordando con frecuencia que no había que morder el pan sino comerlo a cachitos. Ni sorber la sopa. Que eso lo hacían los gorrinitos de la vaquería.

Los libros, es decir, la parte de las enciclopedias escolares destinada a la Historia de España sí que se encargaban, profusamente desde luego, de magnificar al Régimen victorioso del momento, vituperar a todo lo que no estuviera bajo su égida y retrotraernos a la España Imperial que gobiernos impotentes y conspiraciones masónicas y ateas habían dilapidado.

El fin de la guerra mundial, el año 1945, tuvo, excepción que confirma la regla, una repercusión especial en el colegio.
En primer lugar todos sabíamos que entre los profesores había dos bandos: los anglófilos y los germanófilos. Sólo dos o tres eran de estos últimos. Pero muy echados “pa lante”.
En un acto público de los alumnos de segundo sobre geografía europea los alumnos se dividieron en dos secciones que trataban de describir a los dos países más importantes enfrascados entonces en la segunda gran guerra mundial. Sección A: Alemania. Sección B: Inglaterra.
La especie de clase pública, a la que se llamaba “concertación”, consistió en un fuego graneado de preguntas geográficas e históricas de alumnos mayores  y profesores  a los de segundo  que representaban mitad por mitad  a los ingleses y a los alemanes.
La pugna derivó a hechos de armas puntuales y a diferencias políticas, interpretadas de manera pintoresca por los pequeños pero no así por los adultos presentes según las preferencias por uno o por otro de los dos países. La discusión se agrió lo suficiente como para que tuviera que intervenir el padre rector para poner orden entre los acalorados y empecinados profesores.
Tras una poesía bélica de Espronceda, se permitió únicamente a los alumnos cantar los himnos nacionales inglés y alemán.
La victoria, indecisa hasta el final, recayó, como no podía ser de otra manera, en la sección B: los ingleses. Pura premonición, comentaron algunos entre dientes.
Meses más tarde nos enteramos de que el Padre Provincial de los jesuitas había mandado una circular a todos sus miembros para que se abstuvieran de entablar cualquier discusión política ante los alumnos.

El fin de la guerra mundial tuvo, de rebote, otras secuelas en nuestra vida ordinaria. A poco de terminar la contienda, la ONU decretó el boicot general al régimen franquista. Fueron días de nerviosismo y postración para unos y de exaltación patriótica exultante para otros. Nos dejaron seguir por la radio la ingente manifestación de protesta que se organizó en la plaza de Oriente de Madrid. Se organizaron otras por provincias. Nosotros no fuimos a ninguna. Pero sí seguimos con cierta pasión los comentarios que, dentro de nuestros muros, llovían por todas partes.

“Han tocado neciamente el honor nacional”,- decía uno- “¿No se acuerdan de 1808?. Si entonces nos echamos en brazos de un rey torpe y traidor, Fernando VII, sólo porque habían avasallado nuestro patriotismo, ¿qué quieren que hagamos ahora?

Otro hablaba irónicamente de la expresión que en alguna ocasión había emitido el propio Caudillo: “Eso es una tortilla sin huevos”.

Había quien vibraba con la chusca idea, pero sin duda convincente en esos momentos, de que se metieran toda su ayuda por donde les entrara. “Vamos a demostrarles que somos capaces de hacerlo todo solos. Desde aviones hasta  alfileres!!”

Y otro que, presumiblemente, era el que más daba en la diana: “¿No querían Franco? Pues van a tener Franco por los siglos…Hasta hartarse!! El boicot ha sido una monumental torpeza”.

Sin embargo, el punto débil que la nueva situación internacional más nos golpeó a todos fue el estómago.
Privado de las importaciones del exterior, el país se refugió en un control intenso de los alimentos. Más racionamiento que antes, si aún cabía, y más ingenio, en nuestro caso, para dar de comer a las  más de ciento cincuenta personas de nuestra comunidad.

San Zoilo tenía entonces, al final de la huerta, una flamante vaquería nueva edificada a comienzos de los cuarenta en sustitución de la antigua que, de tan vieja, se desplomó estrepitosamente bajo el peso de la nieve durante un crudo invierno.
Una docena de vacas, la conejera, el gallinero con una incubadora de trescientos huevos, a la que frecuentemente acudíamos para ver despuntar el milagro de la vida en los pollitos que rompían el cascarón, las cien ovejas que iban y volvían cansinamente de Villamez en busca de pastos, las patatas y frutas de la huerta, nos ayudaron a pasar aquellos años de verdaderas penurias y carestías.

La despensa y la cocina eran los dominios de los Hermanos vascos Eguía y Elguiazábal.
Este era el más generoso. Hasta hacía la vista gorda a algunas incursiones nuestras por la despensa a la caza de tabletas de chocolate negro o de algunas galletas María. O del dulce de membrillo y la mermelada que guardaba en las antiguas celdas de castigo de los frailes benedictinos.
Eguía trabajaba en la cocina con la chapela puesta. Más de una vez le vimos ayudarse de la gorra amplia y lustrosa para levantar las tapaderas y olisquear las grandes ollas donde nadaban en abundante caldo las muelas, los titos, las alubias pintas, las lentejas y sus gusanos o los garbanzos. Cierta noche nos hizo una sopa de muelas intragable.

 -No le hagan asco a las muelas, había dicho el padre prefecto a los chicos que miraban el plato con una cara indescriptible, las vacas también las comen y mira si engordan…!

A la salida del comedor alguien comentó al hermano Eguía  lo famélicos que ese día nos íbamos a la cama. Y el hermano le replicó, parafraseando el dicho conocido -“De malas cenas están las sepulturas llenas”- con su inimitable concordancia vizcaína:

-Eso buena cosa para salud, muchachos. Recordad refrán. “Malos cenas, sepulturas llenos”

Eguía era también algo miope. Cuántas veces nos vinieron las lentejas y las alubias pintas sin escoger y llenas de bichitos o palitroques.

Ponían a mediodía un pedazo de pan. Si se quería comer pan en la cena, se podía guardar un trozo, envuelto en la servilleta, en el servilletero de cada uno. O una manzana del postre. O parte de los paquetes con viandas que a veces nos enviaban las familias para ayudar y que, hoy por ti, mañana por mí, repartíamos entre los más amigos.

El postre, cuando la fruta escaseaba, consistía a veces en una docena de cacahuetes que abríamos parsimoniosamente. Una vez extraído el grano se cerraban las cáscaras de nuevo y, en cualquier descuido, se le cambiaban al vecino por otras llenas.

Cierta vez el maestrillo vigilante sorprendió a Juanjo en esta operación. Le confiscó todos los cacahuetes de su plato. A cada poco pasaba por la mesa del chico comiéndose uno y recordándole con retranca la intervención del muchacho, que desde comienzo de curso se había hecho famosa, a propósito de los Ejercicios Espirituales:

            -Por hoy, Juan José, se te acabaron las “postrimerías”…!



martes, 1 de septiembre de 2015

VILLAMEZ ( 1 septiembre 15 )

Una grata sorpresa nos esperaba al terminar el desayuno de nuestro segundo día de curso. Apareció el Padre Rector para anunciar un día de campo en la finca de Villamez.

La casa de campo de Villamez se convirtió enseguida en uno de los mejores recuerdos de la vida colegial en Carrión.  Era una pequeña quinta con un viejo caserón, a  seis  kilómetros del colegio. Tenía un frontón. Un campito de fútbol. Un riachuelo donde se podía pescar. Una extensa arboleda, una de esas choperas de hojas cantarinas que en los calurosos mediodías acompañaban como fondo a la cantilena estridente de los grillos y de las chicharras.
Comíamos al aire libre. Las mesas de madera vieja renqueaban penosamente si te apoyabas demasiado. En el fondo un fogón a leña para calentar la comida. La comida se preparaba en las cocinas de San Zoilo. En un carro la transportaba hasta Villamez en grandes peroles la mula de la vaquería del colegio.

A finales de cada mes de  abril apuntaba ya el buen tiempo. El viento suave del norte que acariciaba los visillos de las ventanas anunciaba el fin de los rigurosos inviernos carrioneses. En el primer día soleado de la primavera era costumbre despertar a los colegiales con la luminosa noticia: “Hoy, día de campo”.  
A partir de esa fecha se iba regularmente a pasar el día en Villamez los jueves, día semanal en que no había clases.

Inolvidables seis kilómetros por la Vega del Carrión, tan diferente de la Loma reseca que se extendía al otro lado del pueblo. El recorrido duraba casi una hora. Camino de Saldaña, entre regatos, tierras de barbecho y la amarilla alfombra de hojas secas en otoño. O bordeando trigales salpicados de amapolas, huertas a penas florecidas y cerezos en flor a partir de la primavera. 
Y… ¡cuidado con no patear los sembrados!, para no mosquear a los labradores de la vega.

En la época del verano, ya entrado julio, los que no lo conocían se lo pasaban  estupendo dando vueltas y más vueltas  en la era sobre el trillo. 

Adosado a la casa de campo de Villamez estaba el redil con un rebaño de más de un centenar de ovejas. El pastor era Ventura, amigo del tío Vidal.

-¿Pero qué “te se”  perdió por aquí, chiquillo?, dijo al verme, fingiendo ignorar mi ingreso en los jesuitas

Me encogí de hombros. Sin respuesta. Porque seguro que fingía. Lo mío lo sabía ya de sobra. Se veía con el tío Vidal casi todos los días en el bar “La Espuela”, a la subida del puente. Además añadió a continuación:

-Hace escasamente tres días “vinon” por el pasto todos tus amigotes. ¿Sabes “cualos”?

De hecho la pandilla iba a ver a Ventura con frecuencia. Para que nos indicara en qué ribazos estaban las moras más carnosas o en qué remanso de un cuérnago se asentaban los cangrejos más opulentos.

-Ellos me “dijon” –insinuó Ventura con aire fullero- lo de tu entrada en San Zuil
-¿Y qué más? -le pregunté aparentando el mayor desinterés
-Pues…división de pareceres, como en los toros. Unos que qué chorra. Otros que “pai” mentira. La más afectada, “ende luego” era la rubita esa, que no podía disimular que bebía por ti los vientos. Que ya podías habérselo dicho. Que es una perrada que te fueras a la inglesa sin “en siquiera” decir ni “mu”

Eché a correr furioso.

-Me esperan -le grité de lejos- tengo un partido de fútbol, ¿Sabes?...

Y era verdad. Jugábamos los pipiolos del nuevo curso contra los del año anterior. En la contienda desfogué toda mi rabia. El balón, sin actividad durante todo el verano, estaba reseco, duro como un pedrusco. Porque nadie había tenido tiempo de engrasarlo con sebo para que se ablandara. Yo jugaba de defensa. Creó que propiné más patadas de las que recibí. Que no fueron pocas. En una arrancada desde la defensa hasta conseguí meter un gol. De los escasísimos que he conseguido en mi vida en toda mi modesta carrera futbolística. Nos ganaron por 7 goles a 4.

A la vuelta, en grupos de ocho a diez, rezamos por vez primera el Rosario diario. El rezo del "santo Rosario" era otro de los  rituales más arraigados en  la vida del colegio.
¡Ay, el rezo del “santo rosario”!... Paseando por el campo, todavía se soportaba su reiterada monotonía de mantra oriental.  No así diariamente  dentro de la gran casona.
Creo que el mayor suplicio de los años que pasamos en San Zoilo fue ese rosario diario a primeras horas de la tarde.
Llegábamos a la sala de estudio agotados y resudados por las carreras del largo recreo después de la comida de mediodía  El primer misterio se rezaba de pie junto al pupitre de cada uno. Los cuatro restantes sentados, intentando no cabecear ni rendirse al sueño traicionero. Un tormento.

Los atardeceres, a la vuelta de Villamez eran de una belleza deslumbrante. Espectacular.
Cada uno interpretaba el inmenso lienzo de la naturaleza a su manera.
El mismo paisaje era un fantástico navío boyando entre nubes tornasoladas. Y a los pocos minutos se alborotaba en una feroz batalla entre monstruos…
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Durante el primer  día de campo en la finca, los chicos mayores habían fabricado   grandes pértigas y zancos con los que vadeaban maravillosamente los arroyos y regatos del camino. Quisieron enseñarnos a los nuevos. Pero como el primero que lo intentó cayó de plomo en medio del regato y salió más calado que un barbo, ninguno se atrevió a repetir el remojón.

El chapuzón, sin problemas, nos lo dimos media hora después en la particular piscina del colegio.
Fue un bautismo en toda regla. Como una ablución tonificante a la entrada del intricado boscaje de la disciplina diaria donde penetraríamos a partir del día siguiente.

Es difícil toparse con una piscina más original y natural como la que teníamos en San Zoilo.
Por la parte del colegio que daba hacia la carretera de León entraba en la huerta un ramal del río Carrión. Todos lo conocían como “El Cuérnago”.
Desaparecía bajo la calzada, atravesaba oculto el edificio de un viejo molino convertido en central eléctrica y resurgía majestuoso en el interior del colegio. La corriente se filtraba a través de unas tupidas rejas que recogían la hojarasca y las ramas secas arrastradas desde el exterior.

A partir de ahí, el cuérnago, ensanchado artificialmente se remansaba en una balsa de unos doce por veinte metros. Las paredes eran de cemento. El piso seguía siendo de cantos y tierra. En la entrada se formaba un profundo  pozo. 
Era  frecuente  poder pescar, buceando en este lugar, algún barbo,  o cangrejos y bastantes truchas. 
Unas compuertas de salida regulaban el caudal del agua de la balsa-piscina. 
El cuérnago se estrechaba entonces y atravesaba, plagado de patos, la huerta entera hasta la vaquería del fondo por donde se perdía, camino de otras huertas de la  fértil vega carrionesa.
Disfrutábamos así de un agua constantemente renovada que fluía fresca y natural como la del  río.
De vez en cuando se vaciaba la piscina, y hacíamos una limpieza general del fondo. En el pozo de entrada se llenaba una buena cesta de pesca.
Esta alberca gigante representaba el gran alivio para los calurosos días de junio, julio y septiembre. Los que vivíamos en Carrión podíamos disponer de la piscina incluso en el tórrido agosto castellano.

Las normas eran estrictas. Nos las explicó el padre Prefecto desde el primer día. Bañarse con camiseta de tirantes. No zambullirse antes de que suene el pitido de un vigilante. Los mayores podrán saltar  desde la escalera de seis peldaños sobre el pozo. Los pequeños, si no saben nadar, estarán sentados en el borde con los pies en el agua.

-¿Y no podremos bajarnos nunca? -dijo uno de los pipiolos
-Podréis entrar acompañados por algún mayor que os enseñe a nadar. Pero por aquí, cerca de las compuertas, donde hay poco más de un metro de profundidad.  ¿Lo dicho? Venga… al agua, patos!!

Cierto día, en que se le ocurrió a un menudo saltar en lo hondo, se vio casi engullido por el ligero remolino que formaba el agua al entrar en el pozo. Al rescate se lanzó con sotana y todo el maestrillo vigilante de turno. Detrás de él se echaron en tromba todos los mayores. Nunca sonó mejor aquello de que “se las pasó moradas” porque, aunque no fue nada grave, le sacaron más violáceo que un lirio.

En esa segunda noche de internamiento, agotados por el trajín del día de campo, se esfumaron, por cierto de manera definitiva, los sollozos y los gimoteos de la natural morriña del primer día.