lunes, 5 de octubre de 2015

SIN PALABRAS ( 5 octubre 15 )

Todo juego tiene sus riesgos. Todo viaje incluye sus peligros. Un naipe se rompe inesperadamente y hay que cambiar el mazo entero para empezar una nueva partida. Un tren descarrila y exige la reposición de una máquina nueva para seguir el rumbo.
Así es la vida. Con momentos duros de una apariencia inexplicable y de una realidad inexplicada.

Eso "sucedió" (y como tal con sus trágicos tintes de sensacionalismo pasó a la página de "sucesos" de la prensa y los telediarios del día siguiente) hace ahora seis años.

Tuvo lugar  a esta misma hora en la que intento en vano hablar algo sobre la más cruel y triste lección que he recibido en el ya octogenario camino recorrido. Noche del 4 al  5 de octubre del 2009.

Como la vida, algún día hablaremos de ello, parece ser un "totum continuum" en paralelo con el acontecer universal,  me pareció oportuno referirme a esta  trágica experiencia, interrumpiendo la descripción que  en las entradas precedentes voy hilvanando sobre una infancia medianamente feliz.

Pero como pasaba en las fuentes "reanas" de aquellas montañas palentinas, tan bien glosadas por el ermitaño Teoobaldo, se escamotea el manantial de las ideas. A eso lo llaman la mente en blanco. En tal estado es imposible que surja el ropaje con el que se visten nuestros pensamientos: las palabras.










domingo, 4 de octubre de 2015

MAESTRILLOS y COADJUTORES (4 octubre 15 )

Eran esas otras de las  palabras chocantes cuando entrabas en San Zoilo. El apelativo de "maestrillo" no era exclusivo del colegio sino un término empleado por todos los jesuitas en España.
Se llamaba así a los jóvenes jesuitas que acababan de terminar sus estudios de Filosofía. Llevaban en consecuencia ocho años dentro de la Orden. Dos de “Noviciado”. Tres de “Juniorado”,  destinados al estudio de las Humanidades Clásicas y a la Oratoria. Y tres más de severos estudios filosóficos. Con este bagaje la Compañía les enviaba durante otros tres años al “Magisterio” como educadores en sus colegios.

Los maestrillos ejercían de profesores, inspectores, tutores y raras veces, en el año final,  del complicado cargo de Prefecto de disciplina. Cargo importante y temible. Requería imponerse con seriedad a la chiquillería. Era decisivo en la criba de alumnos durante los dos primeros cursos en los que se daba casi el cincuenta por ciento de las bajas de los chicos a los que no se les veía aptos  -sin “vocación”- para ingresar dos o tres años más tarde en la ínclita Compañía de Jesús.

Se trataba pues de docentes muy jóvenes, entusiastas y totalmente entregados a nuestra formación. Más cercanos a nosotros y más imitables que los padres mayores. Daban clases y cuidaban directamente a los alumnos. En cualquier actividad, las veinticuatro horas del día, había un maestrillo pendiente de nosotros. En los estudios caminaban entre las mesas para solucionar cualquier duda. En los recreos se remangaban la sotana y participaban en las partidas de frontón o en el fútbol. Hubo quien vigilaba los recreos en bicicleta o en patines por los patios. Y otro que, desde la ventana de su habitación que dominaba todo el campo de recreo, imponía orden con su silbato cuando algo no iba.
Tan cercanos les sentíamos que a veces se permitían participar de nuestras travesuras. Uno, que ya llevaba varios años en el colegio, les dijo a varios alumnos que proyectaban ir a la huerta, hacerse con algunas patatas y llevárselas para asarlas al fuego en Villamez:

-Yo no he oído nada. Pero si os descubren os castigaré por ineptos. Las cosas hay que hacerlas bien. De lo contrario no se hacen.


Tuve a mi cargo en los últimos cursos el registro de la meteorología. Había un pluviómetro en la huerta donde acudíamos todas las mañanas para registrar la cantidad de lluvia, las mínimas y máximas de la temperatura, la presión atmosférica. Mensualmente se mandaban los resultados al centro meteorológico de Palencia. A finales de mayo y junio, cuando las cerezas reventonas eran una verdadera delicia, mi acompañante y yo traíamos a clase entre pecho y camisa unos buenos puñados que poquito a poco distribuíamos de tapadillo por todo el estudio.
           
 -¿Este soldado no es tropa?, dijo un día, guiñando un ojo cómplice, el maestrillo que vigilaba desde el estrado.

Y aceptó tan ricamente unas cuantas mensajeras del exuberante verano que ya asomaba por todas las esquinas.

Los jóvenes maestros huían  por todos los medios a su alcance de convertirse en el profesor “tostón” en las aulas. Solían animar sus enseñanzas con representaciones. Dividir a los chicos en bandos: romanos y cartagineses, cristianos y moros, indios y conquistadores…para que las clases fueran más atractivas.

Las clases de ciencias tenían lugar con frecuencia en plena huerta. Para estudiar, por ejemplo, la flor de los cerezos. La polinización, con las abejas y sus melifluas evoluciones en torno a los pistilos. Y la elaboración posterior de la miel en las colmenas de Villamez. O la evolución de cada una de las hortalizas que el Hno. Arrieta, responsable de los cultivos, vigilaba implacable para que no se los zapateáramos.

En los laboratorios se hacían disecciones para comprobar la anatomía de toda suerte de animales. Se hizo proverbial la aventura del gato. Lo cazaron unos alumnos un día de excursión en el pueblo cercano de Villanueva de los Nabos. El pueblo aquel del que se decía que era una pasmosa mentira geográfica, “pues ni era villa, ni era nueva, ni tenía nabos”. Llevaron el minino al laboratorio para ver cómo era un gato por dentro. Lo anestesiaron con cloroformo. El bicho se quedó más dormido que un lirón. Pero como tardaron mucho en inspeccionar sus interioridades: aquí el corazón, aquí el estómago, aquí el bazo…, el animal se despabiló, dio un violento respingo y salió de estampía por la ventana aterrizando en el cobertizo del patio de entrada. Y dicen que ya no volvió a despertarse más.

Alrededor de un maestrillo, clasificador insaciable de plantas y, con el tiempo, célebre entomólogo, se movía afanoso el grupo conocido por  los “bichólogos”, prestos a cazar al vuelo cualquier insecto y proceder de inmediato a su debida tipificación.
Tenía este profesor en su cuarto un divertido zoo en miniatura. Bichitos de todas clases, muestrarios de plantas e insectos. Sapos, ranas y hasta culebras. Los bichólogos le ayudaban a cazar moscas para dar de comer a las ranas. Alguna culebra se le escabullía de vez en cuando de la habitación. La alarma, y hasta la indignación de sus vecinos, era indescriptible. Hasta que en cualquier rincón aparecía enroscado el inofensivo reptil.
Este mismo profesor nos llevaba ciertas noches a un grupo para localizar desde un claro de la huerta las estrellas y las constelaciones.

Hubo sin embargo, entre la docena de maestrillos que llegamos a conocer en los años de estudio en San Zoilo, uno que nos dejó una huella imborrable: nuestra afición al arte y a la cultura. Era serio. Erudito. Nada deportista. Siempre con gafas de sol. En los recreos y en los largos paseos de Villamez un grupo de mayores se colocaba a menudo  a su alrededor hablando de temas de arte, de Historia, de cultura en general. No le gustaba que en esos corrillos se juntaran chicos de las primeras clases.

-Ya llegaréis a mayores, y podréis hablar de cosas serias… Ahora, a jugar!

En sus clases de Historia asignaba a los alumnos el nombre del personaje que estábamos estudiando: Garibaldi, Bismarck, Victor Manuel, Napoleón, León XIII…Y cada uno se encargaba de exponer el punto de vista del personaje y sus consecuencias históricas.

Con él aprendimos desde jóvenes a hacer “Weltanchaungs”, empleando la intraducible palabra alemana, que significaba algo así como la propia  visión que cada cual se tenía que formar sobre el mundo. Sobre ella nos habló una tarde primaveral al volver de un día de campo.
           
            <<Leer mucho es imprescindible. El mundo entero es un libro abierto. Las interpretaciones que de ese mundo se hacen son infinitas. Cada uno tiene que dar con la suya. Esa concepción personal -mezcla individual de imaginación y memoria - es la que determina nuestras vidas. Es el motor del cambio y del espíritu de cada individuo y de las sociedades. No ser masa. Las masas pasan a todos por el mismo rasero. He conocido a catedráticos de universidad y a grandes cargos públicos que son masa. Vosotros también los conoceréis. Personas sin idea del mundo ni de nada. Sin “Weltanchaug”. Porque abrir los ojos al mundo que les rodea o zambullirse en un libro les cuesta tanto como mover la rueda de un molino.>>

No es que entendiéramos mucho. Pero era bonito. Y sugerente.  Algo así como una bocanada de aire fresco y sutil que ondulaba los trigales y se encaramaba hasta la cima de los chopos entre la neblina de las mañanas o los claroscuros del atardecer, donde los caminos del futuro de cada uno de nosotros se desdibujaban en la inmensa llanura castellana.
Este profesor, Quintín Aldea, fue el gran propulsor del descubrimiento de los sepulcros de los históricos Condes de Carrión, ignorados durante siglos entre los muros del fondo de la iglesia del colegio. Aldea con el tiempo llegaría a ser miembro de la Real Academia de la Historia.

Otros maestrillos fueron trasladando a los chicos numerosas aficiones: la filatelia, la fotografía. En un cuartico oscuro del primer piso aprendimos a revelar negativos en bandejas de esmalte y a satinarlos luego pegándolos en cristales.  Todo bajo la tenue luz  de una bujía recubierta con una telilla roja. Día hubo en que la lamparilla empezó a oler a chamusquina  amenazando con llevar al traste todo el tenderete.

Las actividades musicales tenían especial relevancia. Las clases de solfeo eran obligatorias. Si tenías buena voz y mejor oído, podías formar parte del coro colegial.

“De un salón en el ángulo oscuro, soñoliento y cubierto de polvo”, como el arpa de Becker, descubrimos cierto día un vetusto piano abandonado. Pedimos permiso varios para resucitarlo. Al levantar la tapa por primera vez dos ratones melómanos saltaron de entre las telarañas del teclado. 
No duré mucho en esa actividad. Con el tiempo me arrepentiría. El único que la llevó adelante fue Eduardo. Un gran experto con los años en piano y armonio.

Millán y yo, con la complicidad de otro maestrillo, preferíamos en esos ratos hacernos con el gramófono de las audiciones musicales que el director del coro ofertaba las mañanas de los sábados a los interesados por la música clásica. “La voz de su amo”, era la marca del aparato. Con el perrito aquel que husmeaba atento la bocina dorada.
Nos instalábamos al pie de la subida a la torre del campanario.

En un recodo de piedras medievales donde asomaban algunos canecillos románicos que daban a un ventanal ciego de la fachada de la iglesia, repasábamos la “Eroica” de Beethoven, “Las Walkirias” de Wagner o “Las cuatro estaciones” de Vivaldi. Sin que faltaran nunca las beethovianas oberturas de “Las ruinas de Atenas” o del Conde “Egmont”, nuestra obra preferida. Esta Obertura  interpreta la historia del Conde de Egmont, quien se sublevó contra la invasión española del ejército de Felipe II, y fue ejecutado en la plaza mayor de Bruselas, cuando España era la potencia más grande del mundo. Puro romanticismo adolescente.

A la torre del campanario se  accedía por una portezuela que estaba al fondo de una galería superior del claustro. Ahí estaban las habitaciones de los Padres mayores: Rector, Espiritual, Ministro y Prefecto de disciplina.

En esta galería se formaban las filas por la mañana para bajar a la capilla. De unos servicios -“lugares”-  que había en la pared derecha de la galería salió cierta mañana un maestrillo. Una carcajada unánime estalló en una parte de las filas.
La sotana se le había quedado enganchada en la cintura y descubrimos con gran alborozo que el padrecito llevaba pantalones cortos.
Antes de haber visto a nuestros profesores jugar al fútbol con los faldones de la sotana levantados hasta el cinturón, muchos pensábamos que los curas no usaban pantalones. Y mucho menos pensábamos que  los pudieran llevar cortos. 
El maestrillo sorprendido se dio la vuelta hacia los que se retorcían de risa. Con lo cual mostró la espalda a la otra mitad de los alumnos.
El jolgorio alcanzó tonos subidos. Las risotadas iban bajando incontenibles por los peldaños de las escaleras hasta las puertas de la misma capilla. Hubo que parar las filas durante un largo cuarto de hora. Hasta que el Prefecto de disciplina que apareció al darse cuenta de la enorme algarada amenazó con cuadrar y castigar a todo el mundo en el patio y sin recreos. Se acabó la bulla. Pero el percance se recordó durante mucho tiempo.


En la pirámide colegial el vértice era el Rector. Los  hermanos coadjutores y aspirantes constituían el núcleo más distante de la organización del colegio.
A los alumnos  de San Zoilo se les conocía en los escritos jesuíticos de la época con el nombre de “apostólicos”, apóstoles en ciernes.
Había al mismo tiempo un exiguo número de muchachos que recibían el nombre de “aspirantes”.
Los primeros estaban destinados a ser sacerdotes  y, después de largos años –casi veinte- de formación, a profesar como miembros ya probados en la Orden. 
Los aspirantes se preparaban para ingresar como “coadjutores”, miembros de pleno derecho de la Compañía, pero sin preparación para el sacerdocio. Se les llamaba sencillamente Hermanos.

Los chicos aspirantes en Carrión eran unos doce. Se dedicaban a ayudar a los Hermanos en el mantenimiento de la casa. Y nos atendían a los estudiantes en la limpieza general, en el comedor, en la recogida de la ropa y su distribución después de lavada. Tenían todos los días una clase de cultura general y un Hermano consagrado a su formación.

Su presencia cercana en todo momento se nos hizo familiar. No recuerdo que a nadie se le ocurriera considerar a nuestros compañeros aspirantes como si fueran un equipo de segunda. Ni a exigirles nada que de lejos pareciera que les considerábamos como nuestros servidores.
Porque, además de haber sido llamados por “vocación” a formar parte de la misma Compañía que nosotros, veíamos que llegarían un día a ser como los admirables Hermanos Coadjutores que vivían y se afanaban en San Zoilo.

Además de que, y era éste un detalle de los que más nos convencían de su importancia como miembros de la misma avanzadilla que nosotros, que podían también ir a las misiones de China. Fue lo que le ocurrió al Hno. Gárate, un fortachón coadjutor, con unos kilométricos zapatos, que trabajaba en la vaquería. Le destinaron a la misión de Anking. Se le tributó una gran despedida con muchas actuaciones de todas las clases.

Los Hermanos Coadjutores en San Zoilo eran muy numerosos. La mayoría vascos: Otaegui, Arrieta, Emparán, Eguía, Elguezábal, Arrizabalaga, Menchaca, Sobremazas…nombres inconfundibles.
Eran enfermeros, cocineros, carpinteros, electricistas en la centralita del cuérnago, agricultores y ganaderos en la vaquería, en la enorme huerta del convento, en Villamez.

El Hermano Arrieta, muy celoso de sus tierras y de sus cosechas, se llevó la gran rabieta cuando trasformaron en campo de fútbol de hierba el gran cuadrilátero que lindaba con el cuérnago y con el polvoriento y diminuto terreno de patio donde se disputaban tres o cuatro partidos a la vez. 

-¡Bárbaros…campo de patatas van a transformar en “campo de patadas”! sentenció desdeñoso, herido por el despojo injusto del mejor patatal de su Huerta

Una historieta simpática se contaba de dos Hermanos vascos que estaban recogiendo membrillos en un árbol de la huerta. Uno de ellos resbaló desde lo más alto del árbol. Tuvo la suerte de topar con una rama. Colgado se quedó de ella evitando así un  gran batacazo. El Hermano que estaba un poco más arriba  le dijo aterrado:

-¡Uhi! a Dios grasias, hermano…que por poco se nos mata
-¿Grasias a Dios?... -dijo resentido el accidentado- Grasias a Dios, no. Grasias a rama. Intensiones de Dios ya se veían pues…

El Hermano Sobremazas tenía tres perros en la vaquería. En un carrito llevaban diariamente los restos de comida para alimentar a los cerdos. Y respondían para arrancar a toda velocidad a tres curiosos nombres: “Oye”, “Tú”, “Muerde”.
Cuando estos canes murieron compraron otros dos que tardaron bastante tiempo en llegar a la vaquería. El día de su presentación alguien dijo:

 -Por fin llegó la parejita de perros

Sobremazas les puso entonces los nombres de “Porfín” y “Llegó”.
De este Hermano, siempre tan chistoso, cuentan que poco antes de fallecer en Comillas les decía a los presentes:

-“No se les ocurra enterrarme en lo más húmedo del camposanto, porque con el asma que tengo me daría un ataque. Y si me oyen toser cuando me lleven en la caja no se asusten. Es la fuerza de la costumbre”