No
podemos cambiar el pasado. Pero sí reconstruirlo. E incluso podemos contemplarlo de forma
diferente, percibirlo y hasta glosarlo de manera sugestiva con el poder que la
imaginación nos concede de barajar nuestros
recuerdos.
Tomamos el tren de Palencia a Salamanca a las 7 de la mañana, el
7 de julio de 1949. Me acompañaban la Sra. Feli y mi tía Carmen. Desde la
estación se divisaba el cerro del Otero. El Cristo de inmensas proporciones que
tantos recuerdos me traía de mi primera infancia nos despedía con sus
hieráticas manos abarcando las secas colinas, la ciudad y la vega del Carrión
hacia Venta de Baños y Valladolid. El viaje fue de una insistente monotonía. Y
feo. Después de Tordesillas el paisaje era cada vez más yermo, casi desértico
conforme nos acercábamos a la llanura salmantina.
A decir verdad no creo que se me notara muy entusiasmado
en ese viaje al encuentro con mi nuevo
destino. Tía Carmen iba exultante. Madre pensativa. Yo a ratos dormitaba. Y me
despertaba sobresaltado con el lamento de las ruedas al frenar y los resuellos
de vapor que se escapaban de los bajos
de la locomotora. El convoy paraba en
todas las estaciones. Para subir o bajar viajeros, o para acostarse a las
mangueras que bombeaban el agua a la
máquina del tren tan reseca y sedienta como la planicie castellana.
De Palencia
a la capital charra tardamos infinitas horas.
El tren comía la llanura
lentamente, a noventa por hora. Como un rumiante soñoliento.
Luego la soltaba
en penachos de una humareda gris que llegaban hasta el furgón de cola.
La vida es esto. Un largo viaje. Con parada y fonda en
múltiples estaciones. Sales de una a la que te habías acomodado. Y te diriges a
otra con la comezón en el estómago de la incógnita curiosa o de la
duda incierta de lo que te vas a
encontrar al poner pie a tierra en un nuevo apeadero.
Antes de rendirme a Morfeo en una
nueva cabezadita, llamó mi atención una
caprichosa nube blanca segregada de la humareda gris que la chimenea del
tren iba colgando en el horizonte. Cerré los ojos.
Con inusitada rapidez la nubecilla se desplazaba en dirección contraria y regresaba
a nuestro punto de partida, Carrión de los Condes, hasta enroscarse como una
bufanda en la torre del reloj del monasterio de San Zoilo. Yo la seguí,
intrigado.
Eran las diez de la mañana del año
1995.
Abajo en el claustro un grupo de
unas cien personas, hombres y mujeres de cierta edad conversaban, escanciaban
sidrina, y tomaban un agradecido aperitivo "bajo el silencio
secular, comentaba uno, de los muros y bustos que sostienen este nuestro
claustro, pero expresivos, como si nos reconocieran como antesala de los
recuerdos más entrañables…"
Y añadía otro:: "Carrión marcó
–creemos que para bien- los rasgos de nuestra identidad. Y aquí están nuestras
raíces, descubriendo que hoy somos por lo que ayer fuimos en el entorno y las
personas con quienes convivimos".
Después del aperitivo entre ojivas,
ménsulas y rosetones esculpidos del claustro plateresco, salieron todos hacia
el pueblo. Los recuerdos se sucedían al remontar, algunos ya renqueantes, el
centenario puente sobre el río Carrión. Ver de nuevo la fortaleza-iglesia de
Belén, asomarse al pretil del puente para contemplar la misma corriente, rebosante de truchas y barbos, que
serpenteaba hacia las choperas del Plantío.
.
La parada siguiente tuvo lugar en
la venerable iglesia de Santa María., un hito en el Camino de Santiago. Allí habían
alojado la imagen de la Virgen del Colegio. cuando los jesuitas se trasladaron
de Carrión a León. Ocupaba un discreto espacio en una capilla lateral. Era
preciso hacerle una visita. Y cantarle las antiguas canciones de cincuenta años
atrás. En especial la Salve Marinera: "Salve, Estrella de los
mares..." Las pilastras románicas
se transformaban por un momento en mástiles y los arcos románicos en velas y
jarcias surcando, guiados por la misma "Estrella" los mares de las dilatadas vidas de los antiguos alumnos de San
Zoilo.
Escasos kilómetros separan a la
iglesia de Sta. María de Carrión del
pueblo de Villasirga.
El grupo se dio cita para comer en su famoso "Mesón"
donde te ponen un mandil y tienes que apurar a la antigua, con los dedos y sobre un pan de hogaza como plato, los típicos asados y lechazos castellanos.
Todo regado con un buen tinto de Toro servido en copas y vasos de
arcilla roja. Muy medieval.
La sobremesa
fue un momento propicio para la nostalgia.
El momento nostálgico de mayor
"saudade" se reavivó al anochecer. Instalados todos en la cómoda terraza
que ocupaba el antiguo campo de fútbol del colegio.
Estaba claro que
el antiguo monasterio se había transformado
en un lujoso hotel. A él acudían anualmente, convocado por un entusiasta
grupo que dirigía una revistilla llamada "Crónicas" ese centenar de
antiguos alumnos, venidos de todas las latitudes y acompañados muchos por sus
respectivas esposas. La brisa fresca, el susurro de los chopos que
bordeaban el césped del que fue flamante
campo de fútbol, arrebatado al reguñón del Hermano Arrieta, y el murmullo
lejano del mermado cuérnago, tan recordado por todos
desde la distancia, invitaban a la evocación
de antiguas vivencias entre esos "tutelares muros"
Entre otros muchos que habían
permanecido en la Compañía de Jesús, que al fin y al cabo era lo que pretendía
la Escuela Apostólica de San Zoilo, allí estaba mi profesor preferido, el
inolvidable P. Quintín Aldea.
"Nuestro presente –el de cada
uno- recordaba Aldea, está hecho con la materia de ese pasado. Un pasado que,
además de personal, es también patrimonio común y, por tanto, compartido por
todos… volver al aprecio de unos valores que, a pesar del paso acelerado del
tiempo, perduran vivamente en nosotros.
Lo que demuestra que nuestros
sudores no fueron estériles, que mereció la pena gastarnos en la forja de
aquellos jóvenes que fueron y siguen siendo lo mejor que teníamos. Los viejos
ideales se han demostrado vigentes".
Luego vino el momento de la
auténtica morriña. Como sucedía en los
antiguos tiempos, en los últimos anocheceres de julio, poco antes de irse a la
cama, contemplando el maravilloso cielo
estrellado castellano en las vísperas de las vacaciones, alguien inició las
canciones de siempre: "Desde
Santurce a Bilbao...", "Asturias, patria querida...", "La
rianxeira.
.."
Y la coda final. El indeleble himno
de despedida, de autor anónimo, que todo carrionés ha llevado como banderín de
la nostalgia encajado en el recuerdo de la gran casona.
"Cuatro días tanto sólo me quedan
en San Zuil para gozar
¡Ay! del manso arroyuelo,
reflejo del cielo, morada de paz.
Madre mía, si quieres que cante
llévame a San Zoilo para ver allí
las
corrientes del manso arroyuelo,
reflejo del cielo, morada de paz.
En San Zoilo, vergel castellano,
a la orillita del río,
ya no
hay mariposas
ni flores ni rosas, todo se acabó...
"Madre mía, si quieres...
Los "Cuatro días"
originales de la canción se convertían para los presentes en: "pocas horas tan sólo nos quedan"...
Porque al día siguiente..."cada mochuelo a su olivo" y una
renovada primavera más en el
alma.
Fernando, Domingo y Eduardo se
encargarían de plasmar todo lo sucedido
en las convivencias anuales de los
antiguos en la revistilla "Crónica
de los Antiguos Alumnos de los Jesuitas de Carrión de los Condes" y de
enviarla a todos los ausentes
desperdigados por los cuatro continentes.
Prometieron incluso escribir una
obra que describiera la historia del
siglo largo (1854-1959) que duró la estancia de la Compañía de Jesús en Carrión
Y así lo hicieron. Valía lo pena.
"Porque
hubo posteriormente una época - se comentaba al final del libro- en la que se pusieron de moda alegatos y
narraciones sobre la vida en colegios y
seminarios coetáneos con la vida nuestra en San Zoilo. Libros que se dedicaban,
no sin motivo por lo general, a ridiculizar los métodos de enseñanza y de
disciplina, la moral estrecha y apabullante, el adoctrinamiento político de la
época.
Simultáneamente,
como telón de fondo, suele haber en todas esas obras un poco de rencor cercano
al odio. No fueron niños felices. La infelicidad infantil suele brotar como
mala hierba al cabo de los años, amargando el cáliz de la existencia.
Me
gustaría en contraposición, al retratar la vida de aquellos años nuestros,
indagar las causas, los ingredientes por los que, a pesar de los pesares,
vivíamos contentos, y así lo recordamos, encerrados entre las cuatro tétricas
paredes de un viejo convento".
La exhaustiva recopilación de
documentos, testimonios y recuerdos que recoge esa voluminosa obra, termina, a
modo de resumen, con una oda en endecasílabos de rima libre
.
La nubecilla, ovillada aún en el reloj de la
torre de San Zoilo, me hacía un guiño de
nostálgica complicidad.
Desde la
iglesia de Belén contemplo
el sol que
languidece entre los chopos,
San Zoilo
recias
piedras doradas de poniente.
En el vergel
florido castellano
tal vez no
vuelen ya las mariposas
ni exhalen su
perfume aquellas rosas,
pero cierto
yo sé que estoy y están
cientos de
niños y de adolescentes
dentro del
caserón solemne y quieto.
En ménsulas
de claustro plateresco
alguien cifró
sus nombres y apellidos
junto a
profetas, reyes, patriarcas
y un latín
ojival de medallones
que guarda
una Sibila desconchada.
Ven, empuja
el portón alto y austero,
verás, oirás
y palparás aún fresca
la infantil
maravilla de sus voces,
los silencios
que enmarcan sus plegarias,
la inmensa
algarabía deportiva
y el esfuerzo
tenaz en sus estudios.
Hablaban
latín ¿sabes?, y hasta griego
quizás, y a
base de concertaciones
de muchos
"pensums" y composiciones
colmaron su
baúl de Humanidades.
Dominaban la
escena y el teatro,
eran
espadachines o rufianes,
misioneros o
chinos, da lo mismo,
y grandes
oradores defendiendo
a Reyes
Inocentes en su día
o a patricios
romanos en el foro.
Entra un
poquito más, no te detengas.
Siente la
bocanada de aire fresco,
es la huerta,
los patios, los gorriones.
Hay cerezos
en flor. Hay violetas
que acarician
con mimo las abejas.
Y hay un
grupo de niños que se afanan
en hallar los
secretos y la hechura
de
"bichos", plantas y frutales.
A veces
traspasaban bullangueros
las tapias de
la huerta solariega.
Jueves de
Villamez en primavera,
mañanitas de
abril con sus rebaños,
regatos,
lirios. trigos y pastores
-ancha que
era Castilla, la de siempre-
auroras de
rosarios en el pueblo,
cadenas
contra incendios, y funciones
en la sala
Sarabia carrionesa.
Tal era su
andadura, con firmeza
llevados de
la mano, sin desmayos,
por
experimentados profesores
o jóvenes
maestros jesuitas
apodados de
humildes "maestrillos".
En horas de
escasez y de penurias
junto con
ellos la vereda hicimos
del remedo de
un Oxford castellano.
Y todos
juntos la raigambre echamos
de una vida
futura, en amalgama
de espíritu y
"Humanitas" al tiempo,
forjada en el
umbral definitivo
de la niñez y
de la adolescencia.
No sé si has
visto el cuérnago famoso.
Es el manso
arroyuelo aquel de antaño
que ya desde
"pipiolos" nos mostraba
el cielo entero y sus constelaciones:
Orión, Alfa
Centauro, Casiopea...
Ahora ya no
hay patos, ¡coitadiños!
cómo corrían
planeando el agua
cuando les
perseguíamos, exhaustos.
Y así es
mejor. El agua está más tersa.
Ya hay muchos
entrañables compañeros
que han
levantado el vuelo al Infinito.
Seguro que
han copado con premura
estos cielos
serenos de Castilla
-yo así
haría- que sigue reflejando,
como entonces, el arroyuelo manso,
morada de la
PAZ... gratos recuerdos.
Medio adormilado aún en el duro banco
de aquel tren camino de Salamanca, no salía de mi asombro. La última reflexión
y los endecasílabos eran de mi autoría y estaban fechados en junio del
año 2005 (!).
Un brusco frenazo me catapultó del
caprichoso encomio de la nostalgia a la bullanguera realidad de una atiborrada
estación salmantina
-Coge la maleta, hijo, que ya hemos
llegado, dijo madre
Atardecía. Tuvimos aún tiempo para acercarnos
al Colegio de los Jesuitas en el Paseo de San Antonio. Al subir la cuesta de
"Santo Espíritu" se admiraba un espléndido paisaje sobre la ciudad
antigua. Era verdad.